Bicicleta, cuchara, manzana

 


Refugio d’Anterne 2 de julio de 2021

Por encima de Samoens – Refugio d'Anterne

 

Un sendero estrecho recorría el interior del apretado bosque que lazada tras lazada se alejó enseguida del río. Mañana de sol, sí señor, que quién lo diría a estas alturas. Y además el camino una preciosidad que pronto se tropezó con una estrecha garganta por la que debía de despeñarse el río antiguamente. Varias escaleras de hierro ayudaban a salvar altos resaltes. Grandes rocas lavadas por las corrientes de agua ofrecían formas propias del escultor Henry Moore. Después vendría la aparatosa cascada de Rouget en donde me entretuve en montar el trípode para yo también dejar constancia de ese frívolo retrato frente a algo llamativo. Fue un poco más arriba que empezó la historia de mi espalda. En la siguiente cascada volví a parar, esta vez porque no me llegaba la camisa al cuello. Llegué y plas, me senté. Unos minutos más tarde me levanté y seguí caminando y caminando y caminando hasta que aquello empezó a mosquearme porque no se correspondía con la orografía del terreno que tenía en mente, así que eché mano del teléfono y date: estaba fuera de ruta desde hacía un buen rato. Lo comprendo enseguida. La última cascada tenía la culpa. Me había levantado y había comenzado a caminar automáticamente, tan automáticamente como para no ver que aquello era una ramificación. Nada, como estaba sobrado de fuerzas… ja… Media vuelta y ahora cien o ciento cincuenta metros de descenso de propina. La desatención se paga.

Mi pensamiento recurrente hoy a partir de mitad del recorrido fue la duda permanente de si mi espalda resistirá mucho en estas condiciones. Mil trescientos metros de desnivel y algunos descensos, veinticuatro kilómetros. No es mucho y sin embargo he tenido que parar un puñado de veces. También es cierto que me volví a pasar con la comida y acaso con el agua, que la hay por todas partes. ¿Podré seguir atravesando collados y valles durante mucho tiempo? El sólo pensarlo me produce tristeza, una leve melancolía me atraviesa por dentro. Medio siglo haciendo este tipo de vida y ahora…


Había subido con la vista tan pegada en el suelo que sólo a la tarde, cuando salí después de cenar del refugio reconocí un paisaje que me era familiar. Todo el farallón de montañas que tenía delante lo había franqueado tres años atrás cuando comencé una variante de la Vía Alpina en Chamonix atravesando los Alpes camino una vez más del otro extremo alpino que se hunde en las tierras de Eslovenia. Había ascendido desde Argentière hasta el balcón mirador frente al Macizo del Mont-Blanc y desde allí al Col de Brevant, me había colado en las montañas que sigo ahora a través del Col d'Anterne. Me encantan estos encuentros. Tantos años atravesando los Alpes por distintos lados han dejado en mí un batiburrillo geográfico en el que me desenvuelvo mal por culpa de mi memoria. Me ha sucedido otras muchas veces, llegar a un collado y de golpe descubrir un paisaje, unas montañas que ya había visitado. A la edad que tengo si no fuera porque de vez en cuando me molesto en dejar los itinerarios marcados en el Google Earth me sería muy difícil reconstruir muchos de ellos. Me ayudan también los libros en los que voy dejando mis reflexiones y experiencias, pero aún así… Probablemente, hoy estoy más pesimista y ni siquiera el recuerdo de Carlos Soria me anima, llegará un día en que tendré que alimentarme con los relatos y las fotografías que como Garbancito voy dejando por el camino. En realidad todo ello es parte importante de mi yo, ese yo que no tengo ni idea de lo que es pero que añora y ama este tipo de vida con todas sus fuerzas. Sí, hoy subía hecho una mierda a media mañana, pero aún así... Sigo sin saber por qué hago esto, pero es como si en ello siguiera mi destino, no imagino un verano mejor pese al sufrimiento que en determinados momentos me acarrea. Hoy, por ejemplo, dormí tan bien tan bien que desperté casi con el sol en los ojos, esa manera de dormir que te deja todo entero con la satisfacción de haber pasado la noche completa entre los brazos de algún ser angelical.

Algo tiene que ver esto con aquello de que hablaba ayer, la conciencia de sí, y que para mí tiene un alto significado que nutre no sólo la autoestima y el valor que podamos asignar cada uno a nuestro modo de vida. A Carlos no le imagino yo comiéndose el coco con reflexiones metafísicas de este tipo pero seguro estoy de que se siente muy a gusto dentro de su pellejo con la vida que hace. A mí me da por darle vuelta a estos asuntos y muchas veces llego a la conclusión racional, aparte de porque me guste lo que hago, de que debo de seguir haciéndolo por simple higiene mental y por lo que a la corta y a la larga se deriva de ello.

Días atrás me refería al documental sobre Pascual Maragall, Bicicleta, cuchara, manzana. No le creo a Maragall empeñado en actividades como esta de patear montañas, pero para el caso es lo mismo. En el film lo que me llamó hondamente la atención fue la manera en cómo compaginaba la conciencia del efecto devastador de su enfermedad, recuerdo que tenía Alzheimer, con su irrefrenable deseo de seguir haciendo lo que siempre había hecho, y ello hasta el punto de verse obligada la familia a llevar al desguace su coche porque se negaba rotundamente a alterar sus hábitos. Soy muy pesado con esto de la edad, pero es lo que hay y son asuntos que no se me van de la cabeza porque estoy plenamente implicado en resolver positivamente todo lo que la edad pueda echarme encima. Hace dos o tres meses hablaba con Carlos Soria por teléfono y me contaba de alguien que con setenta y seis años había tirado la toalla y que había conseguido a través de un amigo ponerse en comunicación con él después de que supiera de la existencia de Carlos, de su edad y sus actividades. Su único propósito era oír a través de su voz algo de aquello que mantiene a éste en plena actividad. Creo que aquel hombre terminó por volver a desenterrar su macuto, sus bastones y sobre todo sus ganas de vivir.


Hoy estaba tumbado a la vera del sendero dando alivio a mi espalda y tres mujeres mayores, en otras circunstancias la habría llamado ancianas, que bajaban por el mismo camino se pararon a hablar conmigo quizás con la misma curiosidad con la que yo he parado en alguna ocasión a gente mayor. Me vieron fatigado, pero cuando les dije que iba camino de Niza, un mes más o menos de camino, ya tuve admiradoras con que nutrir mi ego.

Pese a todo terminé por llegar al final del recorrido, el refugio de Anterne.






 

 

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