La conciencia de sí

 


Por encima de Samoens. Junto al río Le Giffre, 1 de julio de 2021

Camino del Col de La Golese – Por encima de Samoens.



Curioso lo alejado de sí mismo que puede sentirse uno estando tan cerca uno de otro, tan cerca como para no saber bien quién es el uno y quién es el otro. Descanso al final del día en un húmedo bosque a la orilla del río Le Giffre y cuando me echo sobre el colchón neumático con todo en orden, ya comprendo la evidencia de esa dualidad. La subida, la niebla, la pequeña preocupación porque se abra al menos un poco el cielo para poder secar la tienda y parte de la impedimenta, incluso mi inmersión en la lectura, y después, en Samoens, la búsqueda de un negocio que vendiera cartuchos de gas o la espera en el restaurante a que abrieran el supermercado, o el interrogante de su carga con los usuales tres litros de agua o me arriesgo a encontrarlo o no por el camino. Sí, esas cosas, esas cosas que me sucedían a diario cuando trabajaba en la escuela y no me encontraba conmigo mismo hasta un buen rato de llegar a casa. ¿Raro? Yo no sé lo que haría Buda cuarenta días y cuarenta noches sentado en posición loto bajo la copa de un árbol, pero imagino que durante todo ese tiempo sí mantendría con frecuencia una conciencia de sí. Va peñazo, ¿no? Pues sí, a uno, que curiosamente pasa los días solo, le suceden esas cosas. Esta tarde fui especialmente consciente de ello. En casa, que también paso la mayoría del tiempo solo, los días que tenemos visita o hay encuentros familiares, me sucede algo parecido; cuando la cancela ha quedado cerrada tras de nosotros siento que vuelvo a recuperar mi yo. Ni mejor ni peor, que en absoluto quiere decir que esté deseando que mis hijos o algún amigo se vaya cuanto antes; que no es eso.

También se pierde a veces la conciencia de sí cuando uno está enfrascado en un trabajo creativo que te absorbe. En esa circunstancia acaso el yo se está comunicando con alguna clase de instancia superior siguiendo las pautas de una inspiración que ¿viene de dónde? ¿De dónde le viene a Beethoven esas primeras notas ta-ta-ta-tán con que comienza su quinta sinfonía? En este caso es un regalo estar fuera de sí, siguiendo precisamente los dictados de eso que llamamos inspiración y que no sabemos si viene de algún ignoto lugar de nuestro yo donde crecen y se desarrollan por generación espontánea una idea, una frase musical, unos versos, o nos lo está dictando algún enanito preñado de ideas geniales que pasa aleatoriamente por nuestra cabeza y nos lo sopla al oído.

Estar fuera de sí porque las circunstancias externas nos absorben, pues bueno… ya tendremos tiempo por la tarde de volver a nosotros; sin embargo estar fuera de sí porque el enanito de la inspiración se ha presentado de improviso en nuestros circuitos neurales, pues mejor, muy bien, porque con toda seguridad lo que salga de ahí, que después reconoceremos, admirados incluso, como producción propia, con toda seguridad será producto de nuestro yo más genuino… o eso querremos creer.



Lo siento por los que os acercáis por este blog de vez en cuando, porque estas reflexiones me suenan, acaso, sin interés para otro que no sea yo mismo. El caso es que mi yo, sin embargo, estaba muy sensible esta mañana mientras descendía entre la niebla del Col de la Golèse. Me había puesto la capa de agua y miraba a mi alrededor con una intensidad inusual; aunque quizás fuera porque la mañana estaba realmente hermosa; la exuberancia de los verdes entre los que despuntaban las margaritas, los botones de oro o esas grandes gencianas parecidas a los gordolobos, o un espigado abeto seco al que acompañaba a sus pies su nieto lleno de juventud; o las raíces de otro abeto que cruzaba horizontal el talud recordando la presencia de los tentáculos de un monstruo marino o acaso los ficus que envuelven con sus brazos los templos de Angkor, o también aquella serpiente de Lacoonte que estrangulaba con su cuerpo a éste y a sus hijos.



En fin, cosas que le suceden al vagabundo. Si estuviera tan enamorado como el protagonista de
El jardín de los Finzi-Contini, no me sucederían estas cosas; es la ventaja de no estarlo, porque puedes ver la realidad con un poco más de amplitud. Porque eso de enamorarse está bien, pero se puede llegar a sufrir tanto y a estar tan enajenado que mejor tratar de ser más comedido y contentarte con los efluvios que desprenden los cuerpos bonitos, sus voces o sus sonrisas.



Ayer tarde se me acabaron las existencias, y el muesli y la leche de la mañana fueron lo último que tomé hasta las dos de la tarde en que me senté a la mesa en un restaurante. No sólo comí bien, que también disfruté lo suyo con la atención que me dedicó una guapetona camarera que viendo que me atascaba con el francés trucó inesperadamente su francés por el idioma de Cervantes.

Había mirado por encima mis apuntes y me salían tres días, a paso de vagabundo, para llegar a otra nueva civilización, precisamente a La Meca, más conocida como Chamonix, así que de nuevo me tocaba hacer una voluminosa compra.



El tiempo está muy jodido, y con él he descubierto un problema con mi tienda que no había advertido hasta ahora. Con la tienda cerrada y con lluvia dentro se produce una gran condensación que deja mojada la parte interior. Hasta ahí ningún problema, ni saco y mis cosas quedan secas. Con la tienda anterior, cuando llovía al recogerla hacia dos paquetes, en uno iba el doble techo empapado metido en una bolsa de plástico, y en otro el interior seco. Si no lograba secar el doble techo al día siguiente no había problema porque el interior se conservaba seco. Con ésta es diferente, si la recojo mojada y no hay manera de secarla al día siguiente, al volverla a poner me encontraré todo mojado, incluido el suelo. No se me ha ocurrido pensar en ello hasta hoy mismo que me llevó una hora secar la tienda por dentro y por fuera aprovechando un escaso sol que aparecía y desaparecía constantemente. No sé si existe la tienda perfecta, confort, peso, estanqueidad, etcétera. Me temo que no y que a algún compromiso hay que llegar siempre. El problema es que añadir más peso a mi equipo no veo que mi espalda lo vaya a resistir. En fin, cosas de este pequeño mundo en que me muevo este verano.

El bosque, el río, me acogen una noche más. De momento no llueve.








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