Modane, 18 de julio de 2021
Sobre el lago Le Plan d'Amont – Modane.
Creo que en un par de días estoy en los dominios del Delfinado, unas montañas que me son caras por razones varias, en ellas, en la Meije, viví una de las primeras aventuras alpinas que fue un espaldarazo a cuanto pudiera desear en la montaña, una ascensión y travesía de La Meije con María López Carmona y Fulgencio Casado que tras una fuerte tormenta en las cumbres nos obligó a vivaquear con lo puesto por encima de los cuatro mil metros en una grieta del glaciar; una ascensión con mi chica años más tarde que nos dejó a pocos metros de la cumbre de Les Ecrins, para mí una de las montañas más bellas de los Alpes, y que quise repetir con Victoria en un esfuerzo por hacerle llegar a ella también esa belleza inconmensurable que se abre ante el montañero que comienza su ruta a las dos o tres de la madrugada, ese ambiente de los cuatromiles, el alba dorando de miel y ámbar los seracs, las montañas más altas de los Alpes emergiendo de la noche con los primeros rayos del sol, la lenta ascensión por la gran pala del glaciar somero de Les Ecrins. Superamos la línea de los cuatro mil y en algún momento Victoria no se sintió segura y decidimos regresar. También recuerdo aquella madrugada como una de las más bellas que he vivido. Había subido otra vez con María y Fulgencio, pero de entonces mi memoria no retuvo ese ambiente y esa belleza plástica que nos rodeaba.
Sin embargo la razón de mi recuerdo persistente estos días es otra. Nada más comenzar este año a caminar desde el lago Lemán, un compañero del FB al que conocía poco, se interesó enseguida en unos comentarios por el Delfinado. Quería saber si pasaría por allí, unas montañas que también habían dejado huella en él. Le contesté que sí, que pasaría por allí. Ya tendríamos tiempo cuando llegara de comentar alguna cosa. Una semana después un amigo común me mandaba un guasap comunicándome que aquel había fallecido. Estaba solo en el pueblo y la familia había intentado reiterativamente hablar con él sin resultado. El teléfono no respondía. Los familiares determinaron desplazarse desde Madrid al pueblo. Sólo encontraron su cadáver. Un infarto. Hay hechos de la vida que hablan con una fuerza extraordinaria, y la muerte es uno de ellos, como lo es el Alzheimer o el nacimiento de un hijo. La muerte, que para el sujeto que la piensa resulta incomprensible, se quiere hacer comprender en la muerte de los otros, pero con todo lo real que ésta es no quiere decir que con ello se comprenda. Se quiere hacer comprender, habla, pero aunque no siempre diga la misma cosa, su decir, a no ser que uno sea sordo, nos conturba especialmente y en el caso de este compañero lo hace mostrando una de las características de la vida que acaso con la edad se agudiza. Me refiero a la fragilidad.
Es la relevancia de esa fragilidad la que me asalta estos días con alguna frecuencia cuando relaciono las montañas que tengo que atravesar con este amigo. Es cierto que sólo existe el presente, pero por mucho que uno esté inmerso en él, el instante se proyecta hacia adelante, o se mira en el espejo del pasado, y es ese proyectarse, que viéndose interrumpido por la muerte crea la sensación de algo quebradizo y frágil. Y mirar la vida cara a cara y descubrir esa inmensa fragilidad tan próxima, tan cerca, descorazona. La ambigüedad, la certeza de mañana y pasado mañana, se han quebrado y es entonces que sorprendidos caemos acaso en que lo efímero y lo frágil de la existencia han empañado la diáfana cotidianidad en la que vivimos y ha vuelto a colocar las cosas en su sitio.
Vamos, que todo estaba tan claro y despejado que a duras penas daban ganas de sacar la cámara. Y es que además me cansé mucho, acaso también por culpa del sol. El descenso hasta Modane se me hizo interminable. Imposible llegar a la hora de la comida, así que a mitad de cuesta me paré a comer algo. Mis existencias casi estaban a cero, así que poco pude comer. Lo peor fue que sólo descubrí que era domingo cuando pisé las primeras calles de Modane. Domingo y hora de la siesta. No había un alma en la calle y por supuesto ni tienda, ni bar, ni restaurante. Me senté resignado a la sombra en una acera e hice cábalas. No había tu tía. Encontré que al día siguiente, a dos o tres horas de subida tendría un supermercado. Eso salvaba el aprovisionamiento que necesitaba de un par de días hasta llegar a Monginevro. Para esta noche y mañana por la mañana quedaba un puñado de frutos secos, un poco de pan y un par de barritas energéticas. Buena pitanza para un hombre que ha caminado ocho horas con un abultado macuto a la espalda. Paciencia. Cogí agua en una fuente cercana y confié en encontrar un lugar para acampar cerca del pueblo.
Hubo suerte, un sitio discreto, más arriba de una vía del tren, que no parecía tener mucho tránsito. Eso sí, tendré las campanas de la iglesia del pueblo dándome las horas.
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