La meditación y su prima hermana la oración

 

 

Plaine de Tavernette, 19 de julio de 2021

Modane –Col de la Vallée Étroite – Plaine de Tavernette

 

A veces no entiendo cómo llegada esta hora del día todavía me quedan ganas de ponerme a escribir. No lo entiendo, de veras, ni que hubiera hecho alguna clase de voto. Y si fuera de los que busca provecho material a todo, no te digo, que esto no se pagaría ni a euro la palabra, euros además con los que no sabría qué hacer, que me sobran si nos atenemos al dicho ese de que rico es el que menos necesita y no el que más tiene. Que bueno, que aunque no me lo explique aquí estoy de nuevo con el cuerpo rendido tratando de poner cada cosa en su sitio después de una larga jornada en que la protagonista, la reina del día, ha sido mi espalda hasta el punto de que después de poner la tienda, ordenar mis cosas y hacerme un barreño de té para hidratarme, no he podido hacer más que tenderme en la colchoneta y dormitar a ver si el dolor se aliviaba. Así que bueno, aunque no me den un duro por esto ni esté sujeto a ningún voto, ahí va, bien que antes dé cuenta del lugar y la hora… uf, tardísimo, casi las ocho de la tarde. El lugar, un amplio valle de solitarias y verdes praderas rodeadas por la derecha de apuntadas cresterías a las que tengo que agradecer que me hayan ocultado un agresivo sol que ya me estaba haciendo bastante daño. La fotofobia que se me ha agregado sin que nadie la invitara a esos otros pequeños males de la edad, me está jodiendo también más de la cuenta. Por el medio de esta pradería corre un riachuelo a cuya orilla me he aplicado a pasar la noche, primero por tener el agua a mano y después por la música que desprende y que tan bien acuna mi sueño. Dicho esto ya puedo comenzar mi crónica, aunque antes quisiera decir que en estos prados nada de tomillo, romero o cualquier otra planta de olorosa fragancia, que lo que viene a mi nariz se parece mucho a aquella ocasión en que el buen Sancho ayudaba a su señor, que maltrecho había quedado, creo recordar por la paliza que le diera el Vizcaíno, a montar a Rocinante y, teniendo el trasero de su maestro poco menos que a un dedo de su nariz, se le escaparan a éste tales ventosidades que de no ser porque el señor Quijano estaba gravemente malferido, el cuerpo de su señor habría ido al suelo en medio de aquella tuforada. Aquí no son ventosidades del buen hidalgo sino el olorcillo campestre que viene de la bosta de las vacas.

En fin, empecemos por donde habría de empezar toda crónica a fin de que el lector quede al tanto de lo acaecido durante la jornada, no vaya a ser que con tanto rodeo no quede espacio para lo que debe quedar.



El badajo de la campana del pueblo golpeó solemne siete veces sobre el bronce. Aquí me acuerdo de las grandiosas secuencias de la construcción de una enorme campana y su izamiento hasta el campanario de una catedral en la película de Tarkovski, Andrei Rubliov, y me encantaría hablar de ella y la filmografía de Tarkovsky del que soy devoto feligrés, pero bueno, continuemos. Después una curruca capirotada cantó brevemente desde las ramas de un pino próximo.

El cielo se ha habituado tanto en largar sobre estas tierras baldes continuos de agua a diario que ni siquiera ayer tarde, día de sol toda la jornada, resistió la tentación de bautizar abundantemente esta tierra durante toda la noche. Uno, que entiende de pocas cosas, no se explica de dónde saca el cielo tanta agua.

La primera cosa a solucionar era hacer la compra para un par de días, lo que pude hacer en Valfrejus, un complejo turístico con todo lo que necesitan ciertos turistas para pasar sus vacaciones; entretenimientos, ya a las diez de la mañana les intentaban divertir con actividades lúdicas para niños y adultos a través de una megafonía que debía de oírse en París, tiendas en que gastarse la guita y así mover el dinero; en fin de todo, incluso se habían acordado de atender a las necesidades religiosas de los turistas y en un prado, frente a un gran crucifijo, se desarrollaba un acto que yo al principio había confundido con una sesión de taichí. Mientras que más arriba habían organizado unas carreras de coches para los niños, aquí lo que había era un numeroso grupo de adultos en estado de meditación activa que atendía obedientemente las indicaciones de un hombre mayor con movimientos de brazos, postración y en una actitud de gran devoción. Aquí, el cronista, dado, como se sabe, a extenderse en digresiones en torno a los asuntos que le pasan por el magín, debe detenerse un momento antes de continuar camino del supermercado en donde tiene que comprar la jala. 



Lo primero que se me ocurre viendo a esta gente, es que las ficciones, religiosas o de otro signo, no sólo en ocasiones funcionan, sino que acaso son necesarias, algunas, para el buen funcionamiento de la sociedad. Acaso, decía. Lo que aquella gente hacía era orar y entonces, al vagabundo, que ha tenido largas experiencias de oración en su niñez y recuerda aquel arrobo en que le sumía su devoción infantil, se le ocurre que por una vez debería ponderar aquellos actos de la niñez que se desprendían de una educación religiosa, que hoy ve equívoca e improcedente, que debería ponderarla como algo positivo dado su carácter notablemente parecido a la meditación que practicó posteriormente con más o menos continuidad a lo largo de toda la vida. Viendo a aquella gente pensaba que la oración y la meditación son actos que proporcionan sosiego y paz interior, y por tanto, deseables. Hay quien siente una profunda religiosidad, sin practicar ninguna religión, y asigna la idea de Dios a la Naturaleza, a ese Todo, que compone la totalidad de la que formamos parte, a la Vida como ente abstracto suprahunano. Quizás sea indiferente el concepto que nos formamos en nuestro interior sobre lo que es divino. Lo que sí es real, estemos en lo cierto o no en nuestras apreciaciones religiosas o en mantener la idea de la religión como una ficción, ese acto que pretende acercarnos a Dios para unos, la oración, y que para los no creyentes, es simple meditación; lo que sí es real, decía, es su efecto de apaciguamiento, de paz interior, de conexión con los otros seres vivos.



Con las compras hechas volví a ponerme en camino. Algo más de cuatro horas de subida hasta el col de la Vallée Étroite con una parada intermedia para comer algo y secar la tienda. El refugio Thabor quedaba a quince o treinta minutos fuera de ruta, así que allí quedó. Nuevas montañas al otro lado del collado y parajes solitarios, muchos más solitarios que aquellos otros senderos de La Vanoise que había dejado atrás ayer. Yo y mi espalda necesitábamos parar ya desde hacía un buen rato, pero precisaba encontrar agua previamente. Antes de llegar al collado reconocí un lugar en el que había dormido en otra ocasión haciendo el tramo rojo de la Vía Alpina, una bóveda metálica de medio cañón cerca de la cual sonaba un riachuelo, pero preferí atravesar el collado y descender a las praderías en donde al fin monté mi tienda.

Las nueve y media, y como no podía faltar aquí está la lluvia de nuevo. Me voy con la cena.











 

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