Nubes

 


Bajo el col de Vallonet, 26 de julio de 2021

Junto al Col de Girardin - Bajo el col de Vallonet. 

 

Tumbado a resguardo del viento tras la tienda contemplo las nubes que, navegando por el cielo como grandes continentes, se hacen y deshacen como debió de suceder a lo largo de millones de años con el planeta Tierra. Ahora se forma en el zenit una enorme nube blanca que con su hermana a un lado pudieran ser Australia y Nueva Zelanda, con una más pequeña que se desgaja ahora de Australia y que bien podría ser la isla de Tasmania. Más a la izquierda unas nubes mucho más gruesas, que esconden parte de su territorio tras la montaña próxima, podrían ser la India, China, Rusia, incluso hay una brillante protuberancia en medio que podría corresponder al Himalaya. Pero todo se mueve y transforma de continuo como debió de ser en el planeta si compusiéramos un documental a una velocidad de fotograma por millón de años. Wegener, que trabajó sobre los movimientos tectónicos, vio esta película en su imaginación probablemente contemplando como esta tarde hago yo, la evolución del movimiento de las nubes. Así descubrió que Brasil y toda la cuenca del Orinoco y el Amazonas eran una especie de costilla arrancada al golfo de Guinea en África. Maravillosa intuición la de este hombre que supo forjarle a la orografía una historia deambulatoria tan inquieta, un planeta que no sabiendo estarse quietecito, como lo malinterpretaron los que escribieron el Genesis, irrumpe con fuerzas colosales produciendo grandes cordilleras o sumiendo en el fondo de los mares continentes enteros que los poetas más tardes poblaron de seráficas criaturas.

Y mientras tanto con glaciares que cubrían los continentes o con desiertos que los sustituían, por allí debió de empezar a amenizar el planeta un simio que muchos miles de años más tarde fue capaz de pensarse a sí mismo y fabricar una buena cerveza, un logro que hace del homo sapiens sapiens un ser prometedor aunque un tanto aberrante en las cosas importantes.

Ahora las nubes han dejado de formar continentes y componen manchas desiguales que igual pueden servir a los intérpretes del test de Rorschach para saber si padecemos de hambre, de abstinencia sexual o si tenemos algún problema psicológico relacionado con el complejo de Edipo, que ser útiles para que un artista de la modernidad pictórica los copie y nos tome el pelo pretendiendo para su obra la sala magna del MoMa de Nueva York.



Muy temprano esta mañana ya tenía encima a uno de esos enanitos a los que se les mete una idea en la cabeza y ya no la suelta por más que el camino se ponga de patas o sortee un abismo de tres pares de narices, que fue el caso al tomar la desviación que llevaba al fondo del valle hacia La Barge, un senderito desvencijado de palmo y medio de ancho que escoraba peligrosamente hacia un abismo que cortaba el hipo de sólo mirarlo de reojo. Pues ahí mismo fue donde el enanito empezó a hacer digresiones sobre algunos aspectos que contribuyeron a la evolución del hombre. Qué cosas, ¿verdad?, estas de los enanitos curiosos o impertinentes que asaltan al vagabundo en cualquier parte, aquí te pillo aquí te mato. Pues ese capricho mañanero que se le había cruzado en la cabeza a mi enanito versaba sobre el esfuerzo, algo que probablemente tenía que ver constatando éste la cuesta de padre y señor mío que dejaban al rojo la bielas de mi aparato locomotor.

Una profesora de historia que tuve cuando estudiaba magisterio, mantenía que el motor esencial de la evolución del hombre estaba en el desarrollo de las herramientas que poco a poco fue inventando éste. Por su parte, cuando Yahvé expulsó del Paraíso a Adán y Eva, ya se lo dejó a ambos muy clarito, a partir de ese momento tendrían que ganarse el pan con el sudor de su frente. A mi enanito, tratando de unir ambas propuestas, lo que se le ocurría era que en un principio el hombre empezó a ser hombre cuando dejó de vivir de gorra, cuando abandonó a ese ególatra de Yahvé, que si bien les daba de comer, les sometía a la humillación de sus caprichos. El hombre había empezado a ser hombre cuando transgredió el mandato divino, y enderezó hacia el camino de su evolución al tomar el esfuerzo como referencia de su hacer diario.

¡Hele!, con mi enanito que, pese al vacío que sorteaba, tan lúcido le veía yo esta mañana.



Ahora solo me quedaba por ver como relacionaba esta historia de la emancipación de Adán y Eva con las teorías de mi antigua profe de historia, lo cual, según me explicó, se deducía como simple prolongación de ese esfuerzo que a partir del momento de la expulsión del Paraíso tuvo que hacer el Adán de turno, que dicho de paso dejó de ser un adán para convertirse en persona. Dejar de vivir de la sopa boba le supuso ponerse las pilas y empezar a pergeñar que para mantenerse vivo debía desarrollar todas sus facultades mentales y físicas. Sapiens, expulsado del tonto Paraíso donde ningún esfuerzo tenía que hacer que no fuera otro que levantar la mano para tomar una fruta, se vio obligado a inventar esto y lo otro y lo de más allá en un esfuerzo continuado de supervivencia. Si las herramientas son el motor de la evolución del sapiens, como afirmaba doña Micaela, era sin embargo el esfuerzo que precedía a estos inventos lo que verdaderamente le puso en el camino de una evolución sin freno. Si el buen dios les hubiera tenido a la sopa boba, sapiens probablemente no habría todavía bajado de los árboles.

Y es que el esfuerzo parece no estar de moda, que ya me ha sucedido en más de una ocasión hacer apología de la pedagogía del esfuerzo en este mundo que tiende a crear niños de mantequilla y tener que salir por piernas porque algunos de mis contertulios, profes ellos, veían en mis opiniones cierto tufillo de ultraderecha. Sí, hasta ahí llego la cosa, amigo Sancho.

Y qué coño, y sin dar tanto a la manivela de los argumentos, ¿qué hace un tipo que se pasa media jornada sudando tinta bajo un mochilón camino de ninguna parte? Y volvemos por la enésima vez al porqué, y no deseando obviamente regresar al manido tema de por qué esto de subir montañas, y dado que en el asunto del esfuerzo estamos, quién sabe si por alguna condición atávica, lo que hace sapiens esforzándose es un poderoso ejercicio de síntesis entre la comodidad y su contrario entresacando de esa lucha, de ese litigio entre opuestos, lo mejor de sí mismo. De lo que resultaría que del esfuerzo, sea cual fuere, se destila alguna clase de sutil elixir, quizás mayor si el esfuerzo está dirigido a algo tan inútil como subir una montaña, que satisface alguna necesidad también atávica en el ser humano.

La verdad es que me gusta bastante toda esta historia que me dicta el enanito y que hace del esfuerzo el motor de nuestra evolución y que acaso es el objeto de nuestra más íntima satisfacción.



Cuando el sendero tocó la carretera en La Barge estaba un tanto asustado ante la perspectiva de trece kilómetros de asfalto hasta Fouillouse, que yo no veía claramente en el mapa. Preocupación tonta. Los diseñadores de senderos habían tenido el buen gusto de abrir un recoleto y bonito camino junto la río, y cuando hubo que enderezar hacia el Col du Vallonet metieron el sendero por un empinado bosque muy agradable de ascender.

En la épicerie de Fouillouse, además de comer bien había de todo lo que necesitaba para un par de días. Después de comer di un estirón de casi dos horas hasta cerca del Col du Vallonet. Puse la tienda para protegerme del viento y de inmediato me tumbé a contemplar las nubes.








 

No hay comentarios: