¿Qué será eso que llaman realidad?

 

 

Región de Queyras. Bajo el col de Girardin, 25 de julio de 2021

Villard – Ceillac – Col de Girardin.

 

Ráfagas de viento agitan a ratos la tienda con violencia. El sol también viene y va; cuando se va hace frio y cuando viene la tienda es un tostadero. Las ovejas balan lejos como bebés desatendidos por la madre. Nubes blancas y cielo azul, tal como lo pintan los niños. Pasa una pareja de caminantes, ella levanta cortés el brazo a la vez que me desea un bon soirée.  Gente cortés ésta que habita al norte de los Pirineos. Un fin de semana como hoy y en una ruta clásica como ésta, al cabo del día has correspondido con no menos de un centenar de bonjours. Acabo de tomarme un té con unas pastas, el tiempo, aunque ajetreado de vientos y algo frío es bueno y no me queda otra cosa que hacer que saborear el momento, con el cuerpo cansado pero satisfecho y con la sensación de estar donde tengo que estar.

Me encuentro en tierra conocida. Hace un par de años hice esta misma ruta, que coincidía aquí con el tramo rojo de la Vía Alpina. Mi hija Lucía y Quique, su chico, viajaban en esas fechas por esta parte de Francia e hicieron conmigo la etapa completa entre Ceillac y Maljasset.



Esta mañana me costó mucho ponerme en movimiento. Mi cuerpo nada más despertar estaba como si le hubieran dado una tunda, cansado y renuente a hacerme caso, se obstinaba en arrebujarse en el saco y hacerse el sordo. La verdad es que algo de pena sí me daba, el pobre. Le dejé dormir un rato más. El despertador había sonado a las seis y media y a las siete le tomé por el hombro y le agité, eh, tú, arriba, que ya han pasado las burras de la leche, le dije. Pero nada, ni caso. Media hora más tarde logré que se quitara las legañas y me hiciera algo de caso. El día por levante estaba pachucho y cubierto; tenía un aspecto algo enfermizo. No me extraña que cuando se asomó y vio el panorama hiciera un atisbo de meterse otra vez en el saco hasta el embozo. Por poniente sin embargo se veían grandes manchas de azul entre las nubes.

Ceillac es un pequeño pueblo de montaña que ha logrado sobrevivir a las horteradas del turismo de montaña conservando su arquitectura tradicional y su ambiente rural, y ello pese a la avalancha de turismo que sufre. No me entretuve allí más que para hacer una fotografía del agradable rincón que forman una fuente de cuatro caños y la pequeña iglesia, que a esa hora mañanera vestía sus sillares con el color cálido de la hora.



Por encima de Ceillac el Pointe de la Saume, de más de tres mil metros, se erguía estirado y altivo presidiendo el valle. Más arriba, por encima del lago de Sainte Anne, las cumbres más altas, los Pics de la Font Sancté, formaban un gran farallón en torno al lago. Era domingo así que la concurrencia era numerosa.

El lago no tenía desagüe y yo venía sin agua confiado en que la encontraría por el camino. Una señora, cuando me vio que había llenado mi cantimplora en el lago, pareció llevarse las manos a la cabeza. ¿Pero va a beber usted el agua del lago? Se quedó más tranquila cuando le respondí que llevaba pastillas potabilizadoras para tratar las aguas sospechosas. En estos tiempos que vivimos, en que tantos son los que miran el agua de los arroyos con reticencia y en donde una mayoría de la población se ha abonado a consumir agua mineral, menos en Francia que en España porque aquí no hay menú que no venga acompañado de una botella de agua del grifo, el placer de agacharse en un torrente para beber un largo trago de agua va resultando con tanta modernidad algo exótico e incluso improcedente.



Paré un buen rato en el lago Saint-Anne a comer, a reponer fuerzas y a tomar el sol antes de emprender el último trecho hasta el Col Girardin, que con sus casi 2700 ya en Ceillac me había parecido más alto de la cuenta. Pero bueno, al final no fue para tanto.

Llevo unos días que he descubierto un modo de ajustar cuentas con los asuntos trascendentales de la vida. Desde que Darwin se largó con el capitán Fitz Roy en el Beagle a dar la vuelta al mundo, todo en el planeta Tierra se ha revolucionado de tal manera que cuesta creer que tras él se sigan manteniendo en pie las religiones y nuestro desasosegado deseo de pervivencia. En realidad no lo he descubierto ahora, que me viene dado desde mucho tiempo atrás cuando en las largas noches de vivacs me siento dispuesto a contemplar en silencio las estrellas. Es un ejercicio muy sencillo. Eliges para tu vivac un lugar en donde la contaminación lumínica ambiental sea mínima y te sumes en la contemplación de todo ese universo nocturno. Piensas en las distancias a que están esas estrellas, a miles de años luz tantas de ellas. Después intentas comprender que en esa inmensidad surgió una vida muy primitiva. Que transcurrieron siete mil millones de años. Que en ese tiempo hace dos millones de años surgió un ser que podría ser el ancestro más remoto del hombre. Que transcurridos esos dos millones de años ahí estas tú mirando las estrellas… Es cosa no fácil de explicar, pero si fuéramos capaces de hacer el esfuerzo de contextualizar todos estos datos en el entorno de nuestra propia vida, tengo la sensación de que en esa situación la visión que tenemos sobre la vida, la nuestra, adquiere una dimensión tan pequeña, tan diminuta, tan insignificante, tan nada en el espacio y tiempo que rige el universo, que por fuerza tiene que disponernos de una manera algo diferente ante la realidad que vivimos. Es como si un inmenso relativismo estuviera acechándonos al punto de convertir en nimiedades tantas cosas que parecen importarnos sumamente.

¿Quién puede sostener desde una visión tal todas esas ficciones que a lo largo de la historia hemos mantenido con mayor o menor ahínco? ¿Quién en una historia del hombre de dos millones de años puede injertar con éxito la concepción del mundo que han inventado los creadores de las religiones? Es como si la humanidad hubiera vivido, viviera, dentro de un inmenso bosque que le hace totalmente imposible ver en plenitud esa insignificancia que somos y que continuamente magnificamos, descontectualizamos para adaptarla a una ficción que haga sostenible nuestra despreocupación por esa realidad global.

Ni qué decir tiene que nuestra vida por insignificante que sea es nuestra vida, aunque ésta dure apenas nada y que por poco que dure es vida. Sólo que lo que yo llamaba más arriba “descubrimiento”, ese esfuerzo por percibir una realidad global a todos los niveles, se me antoja como una útil herramienta para relativizar y desdramatizar los asuntos de la vida de manera que viéndolos en su infinita pequeñez podamos dedicarnos en cuerpo y alma a nosotros mismos y a nuestros yos que son la gente que queremos o tenemos cerca.

Imagino que todas estas cosas que pasan por la cabeza al vagabundo alguna conexión deben de tener que ver con la vida simple que hace. Llevo un mes ya haciendo vida de salvaje, viviendo en los bosques, en las montañas, teniendo por compañía a las marmota, las cabras montesas o los pájaros, cuando no las lluvias, las tormentas, el sol o el azul del cielo, y en estas circunstancias es fácil que las ideas, tantas veces apresadas en esa otra realidad del mundo, la política, la economía, los sucesos, la pandemia, quede algo diluida para dar paso a otro realidad que no olvidando de todo el mundo en que vivimos, sí trata de poner en contexto la existencia enfatizando el valor de la vida como tal y tratando de dejar a un lado todo lo que ese mundo loco en que vivimos trata de inocularnos.









 

 

No hay comentarios: