Macizo de La Vanoise. Un alto balcón sobre el valle de Mont Cenis, 14 de julio de 2021
Cercanías de Bessans – Sobre el valle de Mont Cenis.
Joder, qué oscuro veía todo esta mañana. Llovió toda la noche y antes del amanecer me desperté con cierto malestar. Al rato tuve que salir corriendo bajo la lluvia. Estaba en un principio de diarrea. El aspecto a mi alrededor era lúgubre. Todo el valle estaba cubierto por un espeso manto de nubes. Preocupado porque la cosa pudiera ir a más, tardé en dormirme. Sobre las ocho dejó de llover. No sé yo si no habría preferido que la lluvia hubiera seguido durante todo el día. Me esperaba un largo ascenso entre las nubes que ponía a prueba mi entereza. Tampoco había refugios cercanos. Dentro de la tienda todo estaba seco pero ella misma chorreaba agua por todos los lados. Vamos, que mi ánimo no estaba muy alto. Salí de aquel bosque de arbustos como un proscrito camino del Calvario. Mira que si por ahí arriba me entra una de esas cagaleras de no parar, me iba diciendo temeroso. Fue después de un buen rato que se me ocurrió que lo mismo había manera de sortear la etapa. La aplicación del Osmand es buena para esas cosas. Me fijé un punto de destino en Modane, un punto de obligado paso de mi ruta, y enseguida tuve un itinerario alternativo. Era una buena solución de momento; pasaba por algunos pueblos y ello me permitiría observar si mi sistema digestivo iba a peor o no e incluso podría encontrar una farmacia en el camino.
Vistas así las cosas la jornada se hacía más amable. El sendero se alternaba con el asfalto, pero aún así era agradable caminar junto al río con una sensación de seguridad nueva. Cerca del mediodía, en Mont Cenis, aclaró un poco y decidí parar a secar la tienda y decidir mi continuación. Encontré que desde allí, ahora menos pesimista mi ánimo, podría alcanzar mi track original. Así que con la tienda seca y bien comido en Mont Cenis parecía que pudiera volver a mi vida corriente.
El campanilleo de la lluvia, las nubes penetrando en el bosque y cubriendo las montañas con una suave y semitransparente celosía; las flores, todas ellas con pequeñas perlas sobre sus pétalos, la niebla invadiendo porosa los alrededores. Todavía es posible dejar un resquicio de ventana en mi tienda por el que mirar todo este mundo invadido como cada tarde por la lluvia. Vuelta a la normalidad; de nuevo, tras el desánimo matinal, yo y la montaña. Me gustaría tener una tienda de cristal para poder estar más cerca de ella en estos largos días de lluvia.
Esta tarde me pesaba ya mucho menos el macuto que por la mañana, un problema de física que no sé resolver. Con un contenido idéntico, más pesado esta tarde por el agua, mi mochila era más ligera. Había comido bien, la diarrea no fue adelante, disminuyó la espesura gris de la mañana y todo eso hizo que mi macuto se hiciera mucho más ligero. Subí desde Mont Cenis disfrutando de ese esfuerzo que me pedía un empinado sendero. Así dos horas con un casi agradable chirimiri cayendo sobre mi capa de agua hasta que quiso llover más fuerte, justo el momento en que llegué a un rellano donde cantaba el gorgojeo de un manantial, un balcón sobre el valle que alguna gracia angelical había dispuesto allí para mí, porque yo de dioses no quiero saber nada, pero de ángeles, enanitos y gnomos, en todos creo a pies juntilllas; a ver si no a qué viene ahí mismo el agua que necesitaba y el pradito en que pasar el resto de la tarde. Las veleidades de caminar demasiadas horas para llegar a determinados lugares se han acabado hace mucho y ahora manda un caminar sosegado acorde con la edad, el peso y la condición estética del lugar donde decido finalizar mi jornada, a lo que habría que añadir, como hoy, la necesidad de que el lugar esté acompañado por un torrente, un riachuelo o un gracioso manantial como el de hoy de aguas tranquilas que poco más allá se precipita ladera abajo desde una teja y que proporciona en su caída una música conventual de apaciguar el ánimo más inquieto.
Ahora la lluvia vuelve a ser amiga y compañera, música para mis oídos y mi ánimo. Hay cobertura y ello me permite poner nombre a los pájaros que cantan en las ramas de los árboles próximos: una curruca capirotada, un pinzón vulgar y un chochín común. Me gusta poner nombre a los pájaros que oigo mientras camino, algo que me sería imposible sin una excelente app, BirdNet, que me acompaña desde hace ya tiempo.
Qué gracia, me digo, cuando pienso en eso que muchos dicen: que la realidad es una; ni una ni trina, como la Santísima Trinidad, más bien múltiple y diferenciada según los ojos con los que se mire, según el ánimo, según el lugar en donde has nacido, según los años que tengas y, por supuesto, según el grado de imbecilidad en que estés sumido, cosa que nos atañe a todos en muchos momentos de la vida. Ayer dejé a medias Another Year, de Mike Leigh, año 2010, un film por donde la realidad desfila de manera muy diferente según de quién se trate. Una mujer mayor alcohólica que no quiere curarse, que sólo quiere que la doctora le dé algo para dormir y así seguir embarcada en su propio sueño, su realidad; una amiga de la doctora que vive una soledad profunda y que no quiere darse cuenta de ello; un amigo que fuera de su trabajo es incapaz de ver otra realidad, otra vida posible.
El papel que representamos cada uno en la vida, por convicción, por imposición social, moda o simple inercia, quizás sea el responsable de alguna clase de ceguera, o iluminación, según se mire. Debería haber alguna clase de verdad objetiva (“objetiva”, qué gracia, ¿verdad?, eso de hablar de una verdad objetiva), un sitio donde agarrarse para no caer en el vacío y te coman los cocodrilos, pero… todo eso ya lo probaron las religiones queriendo dejar todo atado y bien atado y aunque siga siendo útil para muchos, esa fe del carbonero de que hablaba don Miguel de Unamuno, lo que sucede es que siempre nos va a tocar bregar con verdades a medias y realidades escurridizas por muy despierto que uno esté.
Esta mañana mientras recorría un sendero vecino al río, tan tumultuoso que me impedía oír a la lectora que hablaba de las triquiñuelas de que se valían las mujeres del siglo X en Japón para proporcionar acceso a sus habitaciones a sus amantes en la corte, volví a pensar en un documental sobre el Alzheimer del que ya he escrito aquí. Hace no mucho hablaba en mi diario de un científico norteamericano que teniendo sesenta años había decidido terminar su vida a los setenta y cinco. Determinar una fecha para morirte, así a palo seco, sin saber qué te podrá pasar por la cabeza entonces o qué calidad de vida tendrás, me parecía totalmente fuera de lugar, pero en el asunto del Alzheimer mis dudas se desvanecían considerando el momento en que se llega a perder la conciencia de uno mismo. Pensaba en Pascual Maragall (una consideración: en casa hacemos una aportación mensual para la fundación que él mismo creó cuando cayó enfermo y que se dedica a investigar un cauce posible de paliarlo. Quizás alguno estéis interesados en contribuir…), pensaba en este hombre, en el documental y se me hacía difícil que no desease dejar la vida antes de atravesar ese umbral irremediable que en determinado momento atraviesan todos los enfermos de Alzheimer. Qué sentido puede tener seguir viviendo cuando tú ya no eres tú y ha desaparecido la conciencia de tu ser, de tu relación con las personas que más has querido siempre. Y ello sin contar el terrible espectáculo de la degradación a partir de determinando momento. En España tenemos ya ley de eutanasia, pero es una ley infinitamente alejada todavía de las necesidades de ciudadanos que por decisión propia quieren marcharse de esta vida, un derecho que es irrenunciable por mucho que Papá Estado se oponga.
Dejó de llover hace un rato. El rumor del manantial, el pinzón y el cuadro de nubes y montañas que tengo delante son mi compañía en este final de jornada.



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