Tormenta amiga

 


Macizo de La Vanoise. Cercanías de Bessans, 13 de julio de 2021

Les Roche-Cercanías de Bessans.

 

A las diez comienza la tormenta. He cenado bien y me acomodo en el saco esperando el sueño mientras los relámpagos iluminan intermitentemente el cielo de la tienda. Me duermo arrullado por la lluvia. Avanzada la noche algún trueno especialmente violento me despierta. Mi saco y mi tienda se deben parecer mucho al útero materno. Encogido en el confortable calor me vuelvo a dormir. Amanece pero es lo mismo, la lluvia sigue cayendo recia sobre las montañas. Pasadas las ocho una luz inesperada me despierta: ¡es el sol que ha llegado a mi tienda! Esto es un perfecto mundo de contrastes. El sol apenas durará para secar mi tienda porque después todo se volverá a sumergir en la niebla, pero ahí quedan unos minutos en que las montañas, espléndidas entre las nubes, suben inmediatamente del valle convirtiendo todo en un mundo gris, frío y del todo desapacible.

El calor de los primeros rayos del sol se ha esfumado y ahora estoy de nuevo en invierno. Hace frío, zambullido en la niebla miro escéptico el día que tengo delante. A los pocos minutos de chapotear en el agua y caminar sobre la vegetación las botas hacen agua. Los prados y las flores rezuman sin embargo una belleza suave y aterciopelada que nunca tienen a pleno sol. Los gordolobos, amarillos y espigados sobre el verde húmedo, son una caricia para los ojos.

Después de un par de horas, allá en el fondo del valle aparecen los tejados dispersos de Bessans atravesados por un ancho río de aguas verdeazuladas proveniente de los glaciares.


Había dejado atrás el pueblo y aprovechaba para charlar un rato con Victoria, cuando de repente primero un trueno, y enseguida la lluvia, interrumpió nuestra conversación. Paré a ponerme el equipo de agua, pero… no lo veía claro, si puedo evitar caminar bajo la lluvia lo prefiero. Miré a mi alrededor, a la izquierda el río y a la derecha un bosquecillo de apretados arbustos. Volví a cargar el macuto sin más y me escurrí entre ellos a la búsqueda de un lugar discreto. Encontré un lugarcito emboscado cerca del camino. Llovía pero logré montar la tienda en un tiempo récord; una ventaja añadida de esta ligera casa de tela que me sirve de hogar. Estaba ya colocando todo dentro mientras fuera comenzaba a llover fuerte, cuando caí en que no llevaba ni gota de agua. Una hora después aproveché que llovía menos para salir disparado al río. Aguas dudosas, pero no había problema. Las pastillas potabilizadoras cumplirían su función.


La historia de las parejas se presenta muchas veces apasionante y llena de interés. Es el caso de la historia filmada por Felix van Groeningen en Alabama Monroe, un largometraje que a mitad de película creí que había terminado con la muerte de la hija de los protagonistas y que remontaba sin embargo con una potencia extraordinaria y con una complejidad que llena de mérito a los guionistas, Carl Joos y el propio director, que han hecho un trabajo admirable del comportamiento confuso y complejo de la pareja. Tuve que demorar la segunda parte porque las tormentas hacían imposible oír los diálogos. Hace un par de noches terminé con ella. Puro ambiente bohemio del cine estadounidense, música, amor, sexo, una inusitada y frágil criatura que nace en medio de aquel torbellino donde padre y madre parecen venir de mundos dispares y la nena que enferma gravemente y muere. Los caminos del amor, del encuentro y desencuentro se hacen más tortuosos a partir de este momento y asistimos a un continuo pugilato afectivo y religioso. La necesidad de seguir viviendo e intentar sobreponerse a la pérdida de la hija proporciona un doloroso cuadro que es a la vez un profundo análisis de cómo una pareja puede lidiar con incompatibilidades que, pese al amor, terminan por hacer la convivencia imposible. Y la música continuamente presente y que emana de un cine, el estadounidense, en el que pese a sus naturaleza tan específica, nos sentimos cómodos porque forma parte de un acerbo cultural que nos es muy familiar.


Mientras escribo oigo un trueno aislado a lo lejos y de repente siento que hay algo entre la tormenta y yo mismo que querría explicar. No se me ocurrió antes pero esta persistencia diaria de ella rodeándome a cada momento me lleva a intentar comprender la esencia de esta relación que tengo con ella. Siempre fue para mí un espectáculo como pocos puede ofrecer la naturaleza, especialmente cuando estás solo metido en una pequeña tienda en alta montaña, pero este año a partir del estreno de la nueva tienda, no teniéndolas todas conmigo, mi relación era de temor, algo ajeno a mí que podía convertirse en un peligro vital; sin embargo a estas alturas, de nuevo protegido en la tienda después de la comida, de la tormenta y el agua, y con toda la experiencia de los días anteriores tengo la impresión de estar estableciendo una nueva relación con ella. No sé si “tormenta amiga” responde lejanamente a algo que se me impone, pero por ahí anda la cosa. Hasta ahora son sin lugar a duda las tormentas y sus lluvias torrenciales los más impresionables compañeros del camino. Desde que la tienda se me presenta como segura gana fuerzas mi capacidad para disfrutar de esta conjura de los elementos a que me veo sometido. De parecida manera a que uno tiene relación con el bosque, las flores o el cielo cuajado de estrellas desde su vivac, la tormenta, con esa voz potentísima con la que nos habla como un Yahvé que quisiera asombrar con su fuerza a su pueblo elegido, se me presenta hoy en el aspecto amable de amiga, de compañera de viaje. De vez en cuando aterrizo en un pueblo, compro lo que necesito, como en un restaurante y, pese a que los franceses son gente de envidiable cortesía, siempre me siento ajeno. Y entonces ¿qué es lo que no me es ajeno? Obviamente ese mundo desde el que he descendido a una aldea o un pueblo, la montaña, los senderos, y, sí, la tormenta, las tormentas que en definitiva terminan siendo una parte importante del camino. ¿Qué recordaré si no cuando llegue el invierno y frente al fuego de la chimenea mi memoria recale en el verano anterior? Eso, la tormenta amiga, tormenta enorme y desproporcionada. Sí, recuerda, alma mía, aquellos memorables días, diré entonces. Escalo para mi alma, decía un escalador con espíritu de poeta. Yo acaso camino para mi alma y una parte importante de lo que nutre a ésta precisamente ¿no serán esos ratos algo sobrecogedores bajo el techo de la tienda, esas noches en que me dormía arrullado por los truenos y la lluvia?

Joseph Conrad escribía sobre el mar porque lo amaba profundamente pese a la aleatoriedad de sus peligros. Julio Villar se rodeó de estrellas y mar durante meses, años, navegando en una cáscara de nuez y, aunque de tanto en tanto le visitaba algún petrel, su soledad necesariamente no tenía otros compañeros que el agua y el cielo. Los compañeros del vagabundo igualmente son las montañas y los elementos que hacen de ella un formidable complejo vivencial y emocional.

Tal como está el tiempo mi poca disposición a caminar bajo la lluvia va a permitirme a este paso unas larguísimas tardes de lectura y contemplación. Je ne suis pas pressé.








 

 

No hay comentarios: