Relámpagos y truenos. Continúa la fiesta.

 


Refugio de La Balme, 8 de julio de 2021

Cercanías de La Grand Berge – Refugio de La Balme.

 

La lluvia ha quedado en un débil repiqueteo sobre el techo de la tienda. Una cierta placidez me acompaña. Anochece. ¿Y si veo una peli?, me digo. Mi chica, cinéfila de toda la vida, me ha preparado un puñado de buen cine para días como éstos. Así que abro el explorador de archivos y elijo lo primero que pillo, Abel, de Diego Luna, la historia de un niño con dificultades de integración. Pero a los pocos minutos de empezar una fuerte descarga eléctrica ilumina la tienda como si fuera de día. Resisto todavía un poco pero enseguida es imposible oír nada en medio de aquella hecatombe. De nuevo el diluvio se desploma sobre el mundo de mi tienda. Apago el teléfono. Echo una ojeada a mi alrededor. De momento todo está seco, sólo la humedad propia de la condensación en las paredes. Cómodamente dentro del saco miro con gratitud hacia el ábside de mi tienda que regularmente se ilumina con los relámpagos. No hay viento. El agua cae desgarradora pero estoy tranquilo; ya he comprobado que la lluvia fuerte la soporta bien. Tendré que tener cuidado en el futuro para evitar instalarla en lugares propicios a los vientos. Al menos eso me dará tranquilidad.

Esa tranquilidad que tengo en este momento, y que a poco se convierte en un delicado placer, contemplar lo que me rodea, la noche, el agua, la tormenta. Me quedo dormido en este estado de contemplación.


Llueve toda la noche, pero no me incomoda, todo lo contrario, lo siento como un arrullo. Al amanecer las nubes cubren el valle. Nos se ven las cumbres. Una hora después estoy en camino. La primera dificultad de la mañana añade adrenalina al poco de comenzar a caminar. Un torrente se precipita con toda su fuerza cortando el sendero. Aquello me excita; su fuerza, su violencia provocada por la lluvia de la toda la noche me hace dudar. Subo por la ladera un centenar de metros tratando de encontrar un paso no demasiado arriesgado. Despliego los bastones en su máxima longitud y pruebo en un lugar donde se estrecha el torrente. Hay una roca en medio de él desde donde podría saltar a la otra orilla, acaso… Pero después de dar una gran zancada y situarme sobre la roca compruebo que ésta se mueve alarmantemente. Estoy en mitad del torrente. Me tiembla el pulso. El agua se precipita a mi alrededor con gran estruendo en una pendiente de treinta o cuarenta grados. No, no me atrevo. Vuelvo atrás chapoteando ya con las botas ya dentro del torrente. Bajo de nuevo por la ladera y me resigno a tener que meter las botas irremediablemente en el agua allá donde se corta el sendero. Busco el apoyo de un par de rocas sumergidas que me parecen más fiables. Tomo aire y… allá voy. Estoy en mitad del torrente ancho tres o cuatro metros, que produce un ruido algo abrumador. Las rocas prominentes, aunque bajo el agua, se ofrecen estables y en tres o cuatro zancadas… uf… piso firme en la otra orilla. El corazón me palpita como una patata frita.
  Más arriba tendré otra aventura similar, pero bueno, se ve que ya se me ha acostumbrado el cuerpo. Las nubes ralean por arriba y por abajo y el viento que sube del valle termina laminando la ladera y envolviéndola en la niebla. Camino cubierto por la niebla hasta alcanzar la nieve. ¿Venís del Col de Bresson?, les grito a una chicas que descienden por un nevero lejos del camino. Sí. Ajá, merci.

Muy alpino todo, la niebla, la nieve, una ladera de roca muy empinada que se pierde en las alturas. El collado está sólo y abandonado como un proscrito. Desde que he dejado la ruta común con el Tour del Mont Blanc el sendero aparece solitario con sólo algún ocasional caminante. Al otro lado del collado la visibilidad queda limitada al valle que se hunde entre neveros camino del refugio de la Balme. Cincuenta minutos al refugio, dice una señal.



Están en la hora de descanso. Espero.. Aprovecho para secar la tienda y cambiarme de calcetines. El rato de bonanza apenas dura lo suficiente como para secar la tienda. A mitad de la comida salgo a ver y la tienda parece una bandera ondeando al viento sobre la balaustrada del refugio. Gruesas gotas de lluvia vuelan horizontales. Ha vuelto a empezar la fiesta. Había pensado bajar hasta Landry, algo más de tres horas, pero las lluvias se han adelantado lo suficiente como para que decida quedarme en el refugio. Se lo comento a Fran, que desde ayer mismo ha comenzado a trabajar en el refugio. Fran estudia ingeniería y ha pasado seis meses en Granada desarrollando una aplicación relacionada con la autonomía de los automóviles. Es la primera vez desde que he salido de casa que vuelvo a utilizar el castellano.

Es pronto. El refugio está caldeado y apenas lo ocupan cinco personas, gente añosa que se encuentra aquí como en la propia casa. Fuera truena discretamente. Me voy al cine con Abel. Apenas entiendo los diálogos, una pésima banda sonora que se une a una difícil habla latinoamericana que necesitaría de subtítulos. Cuando me enfrento a asuntos humanos complejos pareciera que la razón quedara desvalida frente a una espesa niebla. Surge entonces dentro de mí esa necesidad primaria que nombramos comprender, a veces un grito en el desierto que se pierde en la nada. Tratamos continuamente de comprender el mundo, a los otros, a nosotros mismos, pero parece que estuviéramos condenados a rozar siempre una lejana verdad que adivinamos, nos parece, que acaso, pero… Abel es un caso de esos, un niño perdido en el laberinto de alguna pequeña disfunción que sólo encaja a ratos en la realidad general o en la de su familia y cuyo desasosiego termina colapsando en una inesperada y angustiosa huida de casa que sólo puede ser mitigada por el deseo de abandonar la vida. Abel termina por ser ingresado en el centro sanitario del que había salido al principio de la película. El intento de reinserción no he sido posible. La madre abandona el centro. Toma pesarosa un taxi. El taxi se aleja, se pierde en el laberinto de la ciudad. Fin.


La tarde transcurre tranquila en el refugio. No llega hasta aquí el rumor de la lluvia. Fran me dice que mañana y los días siguientes se espera una mejoría del tiempo.

 








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