Los caminos terminan en el mar

 


 

Por encima de Peysey–Nancroix, 9 de julio de 2021

Refugio Balme - Por encima de Peysey–Nancroix.


Hace un rato que hay movimiento en el refugio. Imposible seguir durmiendo con este trajín. Me incorporo y me asomo a la ventana; perfecto, al fin el sol luce sobre las cumbres. Al fondo del valle, cerrando el horizonte, se alzan con todo su esplendor las montañas del macizo de La Vanoise, una crestería de elevadas cumbres todas cubiertas de nieve. Ellas indican la dirección de mi siguiente itinerario camino del mar. No sé, pero en mis largos recorridos casi siempre es así, un mar como reclamo, que probablemente no sea el final pero que constituye una referencia. Tantas veces que he salido del Cantábrico para, atravesando el Pirineo, terminar en el Mediterráneo, o viceversa; o salir del Adriático para acabar en el Mediterráneo a la altura de Mónaco. Cierto inverno partí de Sevilla camino del Cantábrico y después de alcanzar Ribadeo quedé tan prendado del mar, de caminar a su orilla, que continué camino hasta Irún; tras lo cual me fue necesario poner en el punto de mira otro mar, que no pudo ser otro que el Mediterráneo. El camino había sido tan largo que cuando llegué al cabo de Creus ya estábamos al final del verano. Pasé todo el otoño como un vagabundo recorriendo la ribera del Mediterráneo, durmiendo junto a las olas, emborrachándome con los amaneceres día tras día; así hasta Málaga en que enderecé mis pasos hacia Sevilla a fin de cerrar el círculo.

Una vuelta a España a pie

Es difícil caminar sin tener un destino en mente; no sé, lo he experimentado varias veces y aunque en ocasiones hablo de vagar sin rumbo en realidad termina siendo inevitable tener presente un destino. Recuerdo que hace unos años había atravesado todo el arco alpino, había llegado naturalmente al Mediterráneo, y pareciéndome que a mi cuerpo aquello no le hubiera bastado, la noche de mi llegada a Niza terminé inventándome que los Alpes no terminaban allí, que en realidad lo que sucedía era que los Alpes en Niza habían hecho submarinismo, se habían sumergido en el mar para volver a emerger en Córcega. Al día siguiente, después de ver los cuadros de Chagall, es pecado pasar por Niza sin ver las pinturas de Chagall y Matisse, me embarqué para Córcega. Dos semanas trotando por la maravillosa dorsal de montañas de la isla para regresar al mar, a Cerdeña a Barcelona, a Madrid, y a casa, al fin, después de tres meses.


Bueno, quizás como tantas otras cosas, sufrimos alguna clase de condicionamiento que nos obliga a poner un objetivo en nuestros actos. De momento estoy lejos del mar y no tengo ninguna gana de llegar allí. La aventura está en el camino. Desayuno, me despido de Fran que me ha tratado como un cliente de excepción y ya estoy descendiendo un nuevo sendero. Cuatro horas de bajada, más o menos, hasta Landry que con la novedad del sol acariciando las laderas al poco se forman pequeñas nubes a ras de suelo. Estoy como si estrenara algo nuevo. Cuando el camino, ya bastante abajo, se mete en el bosque, el paseo se hace íntimo y acogedor. A mis espaldas, las montañas, desnudas ahora de la niebla de ayer, sobresalen como dos grandes pirámides que presidieran el valle. Enfrente las altas cumbres del macizo de La Vanoise se han cubierto de unas nubes ligeras que dejan ver bajo su falda de algodón grandes neveros que cruzan de parte a parte la ladera.


Desmond Morris introduce el tema de la autonomía en los sapiens. Es un tema que siempre me ha preocupado como maestro y padre y que me llena de zozobra cuando lo veo muy cercano en mi entorno, un niño o una niña que bajo la sobreprotección de sus padres crecen mal y a los que se les acumulan dificultades frente a la adolescencia generadas por dicha actitud. Morris, precediendo al comportamiento de los sapiens, suele ilustrar comportamientos similares que se dan en sus primos hermanos los monos. De este modo se comporta una hembra de chimpancé con su retoño: “Durante la primera fase, el hijo es amado, mimado y protegido por la madre. Llega a comprender la seguridad. En la segunda, es incitado a volcarse hacia fuera, a establecer contactos sociales con otros jóvenes. La madre se vuelve menos cariñosa y limita su actuación protectora a los momentos de grave temor o de alarma, cuando peligros externos amenazan la colonia. En realidad, llega a castigar al grandullón si éste se empeña en seguir agarrado a su peludo mandil fuera de los casos de verdadero pánico. Y él lo comprende y acepta su creciente independencia”. Leer que los monos se comportan con sus crías con mucha más sabiduría que muchos padres de nuestra floreciente y adelantada civilización, resulta preocupante. Saber que tantos niños de hoy están condenados a no salir de debajo de las faldas de sus madres, que no pueden jugar en la calle, que se les trate como disminuidos en tantas cosas les priva de su condición natural de aprender y valerse por sí mismos, una condición indispensable que atañe a la autoestima y al desarrollo de la curiosidad, me entristece. Un asunto éste, el de la curiosidad, que precisamente está en la punta de lanza con que nos enfrentamos al futuro con un afán creciente de abrir nuestro campo de comprensión y acción hacia el exterior. Al niño sometido a las restricciones de su propia casa y entorno familiar se le priva de gran parte de sus posibilidades creativas y de su desarrollo personal. Sí, asuntos acaso que en cierto modo se siguen magnificando en mí después de pasar tantos años litigando en la escuela con los padres para fomentar la autonomía de sus hijos.


En Landry encontré un restaurante a la vera del camino, donde para entrar había que sortear canoas, trajes de neopreno y todo aquello necesario para hacer rafting. Es cierto, el río bramaba junto al sendero durante muchos kilómetros. Así que comí entre esta gente que hace de sus vacaciones una lucha con las aguas bravas. Lo probé una vez en Tailandia, un paquete que incluía varios días de trekking, un trayecto algo intimidante a lomos de un elefante y el descenso de un río en canoa que casi termina con uno de los viajeros ahogado en medio del torbellino de las aguas. Cosas para otra reencarnación como siempre porque en esta vida no cabe todo. Y por si fuera poco, junto a la mesa en que comí también se ofrecían vuelos en parapente; por la módica cantidad de cien euros también podías volar, y si te atrevías a más, por trescientos esta gente era capaz de llevarte en volandas por todo lo alto de las montañas.

Se come bien en este país. Cada vez que encuentro un restaurante en mi camino es un placer. De allí en adelante el sendero volvería a encaramarse a las montañas. Termino el día junto a un tumultuoso torrente que no sé si me va a dejar acabar de ver la película que comencé anoche, Alabama Monroe, de Felix van Groeningen.

He cenado hace un rato, así que ya mismo me voy al cine.







 

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