En la rambla de Portús




Rambla del Portús, 23 de octubre 


Es extraordinario que además de correr aventuras durante el día por la noche pueda visitar lugares exotiquísimos y arriesgados amén de correr junto a un mar caprichoso que de repente se mete divertidamente en las casas con grandes olas juguetonas en absoluto peligrosas y además danzar por una especie de dique rodeado por glaciares y seracs en forma de queso de gruyere sobre cuyas moles a modo de plataformas flotantes hay que abordar desde las alturas mediante un gran salto de parecida manera a como un gigante saltaría enormes grietas de glaciar. La vida no puede ser más divertida, veinticuatro horas de continuada faena e incidentes. Ahora desperté con una fina lluvia junto a la refinería, pero del otro lado, del lado del mundo libre. No, no hubo milagro ni lo pasé volando, sin embargo esta mañana mi tienda está plantada bajo el alero de un inmenso árbol en vez de entre plantas espinosas y palmitos. Más adelante cuento lo que sucedió. De momento la suavidad de la lluvia y el ruido de algún motor de coche lo es todo; eso y, claro, el ruido que produce la refinería que no es poco. No me extraña que en estas circunstancias mis sueños, incentivados por estas novedades se hayan disparado esta noche. Casi me dan ganas de quedarme aquí media mañana perezoso cómo un oso en hibernación, después de todo llevo caminando tanto tanto tiempo sin domingos ni fiestas de guardar que sería un premio merecido, el problema es que no me queda absolutamente nada que echarme a la boca, así que tío,  arrea, deja de decir tonterías y mueve el culo, da un salto y ponte en camino. El desayuno y el zumo de naranja te están esperando a dos o tres horas, en la todavía distante Cartagena. 


Hoy la familiar y casi diaria fotografía del amanecer sobre el Mediterráneo ha sido sustituida por la perspectiva matinal de la mayor refinería de petróleo de España. Todo el valle de Escombreras esta ocupada por ella. Me temo que rodearla habría sido tarea poco menos que imposible. La noche anterior estaba revisando mi última entrada de este blog cuando de repente llegó hasta mí la luz de unos potentísimos focos. Había colocado mi tienda con una discreta distancia de la Valldigna de la refinería, pero ésta con sus múltiples ojos de casa bien guardada debió de encontrar la manera de localizarme entre las marañas de la maleza. Sí, para mi provecho había sido descubierto. Dos coches y dos guardias de seguridad abrían ruidosamente la puerta de hierro que debía de llevar años cerrada. 
Me calcé y salí a su encuentro. Eran gente amable, una vez comprobado, vía la base de datos de la policía, que aquel extraño personaje no era un delincuente ni alguien proveniente de una patera que hubiera sorteado aquellos montes para colarse de rondó en el llamado Reino de España, todo fue coser y cantar. Juan Antonio y José Vidal, esos eran lo nombres de los agentes de seguridad de la refinería, me dijeron que no podría hacer noche allí y en su lugar me propusieron trasladarme al otro lado de las instalaciones de la refinería, a cierto lugar alejado de la carretera para que no me molestaran y donde podría volver al poner mi tienda. Les conté mi aventura para atravesar la maleza desde el collado. Hablamos de jabalíes y de que acaso en la zona tendrían que darse más batidas porque había demasiados. De hecho si no hubiera sido por los túneles que abren a su paso no sé cómo me las habría apañado para bajar. Subimos al coche y cuando paramos en la puerta de salida me ofrecieron usar las duchas o lo que necesitara. Accedieron enseguida a ser fotografiados para mi blog. Cuando me dejaron bajo una enorme encina que habían elegido para que montase mi tienda casi daba pena cortar una animada charla que nos traíamos, sí, quien lo diría, en la oscuridad, con dos fornidos seguratas que había conocido diez minutos antes, hablando del arte de vivir y de lo poco que puede necesitar un hombre para ello; evidentemente estaban un poco asombrados de que se pudiera vivir tanto tiempo con tan reducidas cosas como las que yo llevaba. 




Hoy me siento casi un auténtico vagabundo cuando en la ciudad de Cartagena me afeito en una fuente pública y me dedico a lavar mis mallas. Es un lugar algo discreto, pero aun así, me siento vagabundo, me gusta, la cosa me deja un buen sabor de boca, vivir así a salto de mata, ayer cruzando un hermoso precipicio junto al mar, hoy recreándome en la suave textura de la piel de mi cara tras el rasurado, sólo me ha faltado el aftersave. Mis manos huelen a jabón Lagarto, también esto me gusta, Estamos a final de octubre y casi puedo ir con la única vestimenta de unas mallas. Por delante tengo una serie de montañas que acaban en cabo Tiñoso y no sé el tiempo que me llevará, cargué comida para mantenerme un par de días. También esto me gusta, sí, hoy me gustan muchas cosas, la autonomía que me proporciona, la posibilidad de parar o dormir donde me plaza. Es una bonita sensación que mi cuerpo agradece. Ahora, afeitado y con la colada tendida en mi mochila, me voy hacia las montañas y el mar que espejeará sus pies. Recuerdo una mañana maja de verdad en que salí de cabo Tiñoso de noche para hacer una larga excursión por los alrededores, la belleza de un amanecer azul sobre el agua dormida donde barquitos como de papel se mecían a las primeras horas del día en la gran ensenada. Como casi siempre caminaba solo y las energías que se concentraban en el aire de la primeras horas del día llenaban mi cuerpo. Por entonces era primavera. 

Eso mismo digo yo

Había pensado dormir cerca del mar hoy, era tan bella la vista inesperada desde las alturas de Cerro de Roldán donde las siluetas de una pareja servían para encuadrar la bahía a los pies de la sierra de la Muela, que no perdí tiempo en recorrer la cresta que me separaba de la playa de Portús; pero antes me encontré con la rambla con sus paredes rojizas y su lecho de piedras fina donde todavía daba el sol. Opté por quedarme en la rambla.






5 comentarios:

Ana Jordan dijo...

Gracias José Antonio Juan por devolvernos a este aseado vagabundo.

Alberto de la Madrid dijo...

:)

Escrito en la pared dijo...

De esa pizarra urbana tengo yo foto en el blog, de una visita veraniega de hace un par de años... ;-)

Un beso!!

Alberto de la Madrid dijo...

Curioso...

Alberto de la Madrid dijo...

Curioso...