Me metí en un buen lío





Junto a la refinería de Cartagena, 22 de octubre 


Nunca había vivaqueado en un sitio tan raro. Por el triángulo de la puerta de mi tienda lo que veo es una especie de nacimiento de navidad profusamente iluminado; a los lados dos enormes chimeneas echan fuego por sus bocas como si de imponentes dragones se tratara. Estoy atrapado misteriosamente en un lugar de donde sólo los jabalíes sabrían salir indemnes. Las vallas de la refinería son infranqueables y tienen en el borde superior un trenzado de alambre de espino. La refinería se extiende por kilómetros a uno y otro lado de donde estoy. El monte que rodea la refinería del lado de la montaña donde estoy es impenetrable, ya contaré más adelante cómo llegué hasta aquí. Recorrí la valla hacia uno y otro lado unos cientos de metros por ver si podía seguirla, pero imposible, la vegetación tiene unos pinchos tan punzantes o más que la propia valla en la parte superior. No sé cómo salir de aquí, la última cosa que se me ha ocurrido es llamar por teléfono a la gente de seguridad de la refinería para que ellos me pasen al otro lado, al mundo libre, a través de una puerta cercana. Pero no me gusta la idea, yo me he metido solo en este berenjenal y preferiría salir solo de él. Y lo más cachondo, y para más inri, es que llevo un día agotador cabalgando por los montes desde las siete de la mañana y no me queda para echarme a la boca más que un trozo de pan, un poco de chocolate y cuarto litro de agua. Un ruido de la leche rodea el lugar y un tufo a gas corre a ras de suelo mezclado con el perfume de las matas de hinojo que crecen abundantes en los alrededores. 



Mi jornada comenzó hoy a las siete de la mañana. Media hora de camino cuesta arriba me dejó en el sendero que había atravesado Cal Blanque para después continuar en la media luz del amanecer por lomas de espesa vegetación que iban dejando atrás la prominente mole del Cabezo de la Fuente que domina el lugar como un gran señor pese a sus trescientos treinta y seis metros de altitud. Esta parte de la costa, bastante accidentada, es recorrida por montañas medianamente escarpadas que terminan por disolverse en la ensenada del pueblito de Portman, donde una calzada romana baja recoleta por un bonito pinar hasta el mismo pueblo en donde, confiando en que llegaría esa misma tarde a Cartagena, sólo me aprovisioné con una botella de agua que compré en el local social, donde gente mayor jugaba ensimismada a las cartas. 

Desde Portman el camino vuelve a subir a las alturas para descender más tarde por un amplio valle poblado de palmeras hasta la playa del Gorguel, solitaria, abandonada a su suerte con montones de basura por todos los lados. Algunas chabolas yacen dispersas entre las palmeras. Del camino y del paisaje me enteraba a medias porque esta mañana compartía una de las aventuras de los vagabundos de dharma que habían decidido escalar una montaña llamada Materhorn en California. Disfrutaba aquellas páginas siendo consciente de que casi con toda seguridad el autor no había escalado nunca una montaña similar a aquella cuya ascensión describía. Es algo que se nota enseguida. Quizás por esa razón podía su imaginación atender a otras cosas, la relación de esos tres alpinistas improvisados con la plenitud de un paisaje excepcional que les hacía sentirse por encima de todas las futilidades humanas, plenos por lo que el esfuerzo y la altura les ofrecía. 





Cuando llegué al extremo de la playa del Gorguel hube de abandonar definitivamente la lectura para centrar toda mi atención en el camino que estaba empezando a ponerse complicado de veras. Había consultado el mapa y estaba intrigado con el recorrido, una línea azul que pasaba precisamente por en medio de una serie de paredes que caían precipitadas desde las cimas próximas sobre el mar. Tras superar lo primeros declives y antes de entrar propiamente en el teatro que era mi preocupación, me tropecé con unos pinos que acogieron mi cansancio con mil amores. Eran las dos de la tarde. No fui capaz de comer nada, me tumbé y quedé dormido al instante. Eran las cuatro cuando desperté, di cuentas de mis escasas provisiones y me puse en camino. El paisaje que me esperaba más arriba era de cierto asombro, me pareció imposible que un camino pudiera pasar por allí. Paredes y derrumbaderos con una verticalidad que asustaba y que caían directamente sobre el mar era todo lo que tenía delante. No había otro camino posible, las cumbres aparecían lejanas e inaccesibles, rodeadas por rocas rojizas de atrevidas y complicadas formas. El único alivio que encontré fue la compañía amigable de las señales rojiblancas que siendo muy esporádicas en todo el recorrido ahora empezaban a prodigarse invitándome a seguir sin vacilación pese al aspecto un tanto intimidador que producían aquellas salvajes y solitarias montañas que venían a despeñarse directamente en el mar. 




Era un itinerario espectacular, agreste, atrevido. El camino rozaba el abismo y me producía una cierta tembladera. Impresionaba también la soledad del lugar. Cuando llego a un recodo me encuentro con que la rigurosa verticalidad del lugar debe salvarse atravesando tres miserables tablones inclinados y como puestos provisionalmente que hacen de puente sobre el vacío, algo me sube por el pecho que me corta la respiración, sólo unos segundos después veo que a una altura de un metro y medio de los tablones hay tendido un cable de acero como los que se utilizan en las vías ferratas de las Dolomitas. Da cangue cruzar aquello, se ve que uno va perdiendo esa seguridad que lo acompañaba en los años jóvenes cuando la escalada era una pasión dominante. Ahora cuando me encuentro en circunstancias parecidas el cuerpo me tiembla ligeramente. El recorrido me recuerda la travesía de la Caldera de Taburiente en la Isla de la Palma, que hice años atrás, también espectacularmente salvaje, solitaria y peligrosa en algunos tramos donde el camino había desaparecido arrasado por un alud de piedras. Estaba empezando a hacerse tarde, algo con lo que no había contado. El camino exige continuamente atención y yo redoblo además el cuidado con que apoyo los pies o paso bajo el techo de algunas prominencias. Hacia la mitad del recorrido por este espectacular camino empiezo a notar que la señales blanquirrojas comienzan a escasear. ¿Andarían escasos de pintura esta gente?, me pregunto irónicamente. El camino emprende una subida y termina en un collado desde donde se ofrece de repente al fondo del valle el extraño espectáculo de una enorme refinería. Mi mapa me dice que estoy a aproximadamente a la mitad del recorrido que salva los farallones, se hace tarde, considero la posibilidad de vivaquear en el collado, pero no me gusta la idea de pasar la noche con la intriga de qué encontraré más adelante. Prefiero quitármelo de encima y llegar hoy mismo a un lugar seguro. El camino ahora no está demasiado claro, pequeñas sendas aquí y allí, algunas de las cuales se pierden a lo pocos metros. Tengo que guiarme exclusivamente por el gps. Después de tentar algunos cientos de metros siguiendo rigurosamente la señal del navegador miro hacia adelante y lo que tengo es desalentador, los contrafuertes que hay delante son verticales y el camino debe de atravesar por algún incierto lugar. Me veo obligado a cruzar por pequeños pasadizos entre una plantas de agudos pinchos, aliadas las llaman aquí, que dejan brazos y piernas hechas un cristo. Me paro, vuelvo a mirar el mapa. Imposible seguir adelante por allí sin un camino evidente, no puedo estar continuamente tentando pasar por aquí o por allá en un lugar tan vertical y peligroso. Al final desisto, no es una ruta para hacer solo y menos con la noche echándose encima. 




Lo que sigue es otra pequeña aventura. El monte es de apretada e intransitable vegetación, palmitos y esas plantas altas como personas cubiertas todas ellas con afiladísimos pinchos. El valle desciende con esta característica vegetación hasta la refinería donde puedo encontrar paso o no. Comienzo a bajar por este valle, al principio por una pequeña senda que se pierde enseguida, después... Dios sabe cómo, pequeños claros probablemente lugares de tránsito de los jabalíes que sigo pero que están cortados por una vegetación más alta que yo, descargo el macuto y me meto bajo los túneles hechos por los jabalíes y arrastrando el macuto voy avanzando algunos metros. A veces encuentro algún claro, pero enseguida tropiezo con la maleza infranqueable que necesariamente tengo que atravesar, es la única manera de salir del atolladero en que me he metido. 

Fue una aventura atravesar aquellos kilómetros en línea recta que me separaban de la refinería. Mi brazos y piernas quedaron que eran una lástima. Y, sí, terminé llegando a lo que yo pensaba era mi punto de salvación, pero ya lo he dicho, junto a las vallas de la refinería no había ninguna senda practicable, la rodea la misma clase impenetrable de vegetación que tanto trabajo me había costado atravesar. 




¿Cómo continuará esto? Ni idea. Lo que es seguro es que mañana no tengo que madrugar. Necesitaré toda la luz del sol y toda la de mi experiencia para salir de aquí, de este follón en que me he metido. Voy a ver si ceno mi cacho de pan y mi chocolate. Buenas noches. 

La solución del jeroglífico mañana.



9 comentarios:

luisBas dijo...

Jo, vaya sitio, no se puede rebuscar mas, si te pierdes por ahi no va a haber quien te encuentre, bueno, quizas encuentres alguna sueca tomando el sol, bromas aparte , mas vale eso que acompañado de "pescador farolero" y provocador, Sigue las rayas rojiblancas(ji, ji) ya sabras que el "niño" y yo somos del atleti y essas rayas nos inspiran, espero haberte alegrado el ratillo, sabes que te acompaño con el pensamiento. Que encuentres buena senda y un fuerte abrazp

Ana Jordan dijo...

No sé si vamos a poder dormir con la intriga. Si al final sales con la ayuda de una escalera las fotos van a ser casi más espectaculares quela de los acantilados.

Ignatius dijo...

Estamos todos a la espera de la solución del jeroglífico...¿por dónde se habrá escapado el vagabundo?... Animo compañero que nos tienes a todos en vilo!!

luisBas dijo...

Yo creo que nos tiene el "tio" a todoss en vilo, a ver si da la cara de una vez, yo ya he mirado esto por lo menos cuatro veces.
fuerte abrazo.

Ignatius dijo...

Yo creo que se esta recuperando del susto y esto, ¡lleva su tiempo!?.......

Alberto de la Madrid dijo...

Vaya, siento haber levantado cierta expectación. La verdad es que el oficio éste de vagabundotreparriscos tiene a veces algunos e imprevistos riesgos. Al amigo Santiago Pino le tuvieron que sacar de un atolladero en la sierra de Béjar en helicóptero, a mi ayer me sacaron de apuros unos simpáticos y fornidos seguratas que poco faltó para que además me invitarán a cenar. Las cámaras de seguridad me habían olfateado, habían detectado movimiento más allá de sus vallas y mandaron a un par de coches para comprobar si se trataba de jabalíes o de algún pirado venido en patera desde las costas marroquíes. Ahora disfruto recordando estos día últimos días frente a una copa de Magno. Esta noche cenaré con José, hermana de Victoria, y Juan

Alberto de la Madrid dijo...

Ana, no hubo escalera, aunque quizás use trataba de la escalera de Jacob, porque los seguratas parecieron descendidos del cielo en plena noche

Ignatius dijo...

¡Salud!, Vagabundo...

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias carrilano