No te olvides de mí




Dom na Komni, Eslovenia, 7 de julio

Estaba recolectando flores con mi cámara, porque de flores podía ir mi post de hoy, cuando zas, el botón de oro que estaba enfocando desapareció y la cámara se me fue al suelo contra una roca. Adiós, me dije, casi con una parte de mí alegrándose porque la cámara últimamente o no enfoca o me dice que tire la batería. Medio año llevo así con ella, lo que pasa es que algo de cariño sí le tengo, es ligera y he hecho con ella cientos de buenas fotografías que nada tienen que envidiar a las que saco con la reflex. De todos modos era una jodienda quedarse sin cámara en la situación en que estoy. No, la cámara del teléfono no cuenta, ya me vi obligado el pasado verano a usarla durante algunas semanas y eran lastimosas las fotos que sacaba, un teléfono no creo que llegue nunca a sustituir a una mediana cámara. Cuando la inspeccioné comprobé que era imposible retrotraer el objetivo a su sitio, estaba totalmente bloqueada. Gasté la batería intentando forzarlo. Ya me imaginaba haciendo un paréntesis en mi travesía para bajar a algún sitio a comprar otra. Hay muchos días que ni siquiera merecería sacar la cámara del bolsillo, pero siempre hay otros momentos en que la luz o los motivos obran milagros. Hoy por ejemplo me pareció que las fotos de las flores estaban saliendo bastante bien, unas tomas que había dejado de hacer porque últimamente la cámara no era capaz de enfocar ciertos motivos; es por ello que me animé y me entretuve un buen rato en el bosque pese a que mi estómago llevaba rugiendo un par de horas (y yo como siempre dándole largas cuando ya eran casi las cuatro de la tarde). No, no es fácil vencer la inercia de caminar y caminar para parar y entretenerse en un bosque, que a última hora era encantador, una hora encuadrando flores y buscándoles un fondo adecuado que realce su forma y color. Desde que no cargo con la reflex en mis excursiones por la montaña hay motivos que se hacen casi prohibitivos, el diafragma que usan las cámaras compactas no permiten esos desenfoques selectivos que con una reflex pueden hacer de una fotografía una obra de arte. 



Bueno, pues a lo que iba, a las flores. Siempre que me encuentro esas pequeñas flore azules que tan bonito nombre llevan, nomeolvides, non ti scordar di me, en italiano, ne m'oubliez pas, en francés, y d'ont forget me, en inglés, siempre que me encuentro esas pequeñas flores, decía, mis pensamientos vuelan a mujeres que conocí. La primera, y ella fue quien me enseñó su nombre, el de esa flor y muchas más, yo tenía veinte años, fue mi desdichada amiga Nena. Con ella aprendí la parte más importante de la flora alpina; el año que viví en Italia marcó en muchos aspectos mi vida. Nena, además de amante y admirable amiga fue para mi primera juventud, pese a nuestra diferencia de edad, ese alma gemela cuya imagen todos llevamos dentro. Durante muchos años volví a Italia, al cementerio de su aldea para ponerle un manojillo de nomeolvides en su tumba. A veces eran edelweiss o grandes ramos de rododendros. 

La historia de los nomeolvides volvió a aparecer anecdóticamente décadas después en una época en que andaba yo flirteando en alguna web de encuentros de esas en la que unos buscan el amor de su vida, otros ampliar sus amistades, generalmente con personas del otro sexo, y otros más la experiencia de tener alguna bonita relación, nada serio, como dicen ahora, pero donde la experiencia de tropezarse con un cuerpo nuevo alienta las fantasía de much@s. En una de esas páginas apareció Milagros cuya carta de presentación nada más intercambiar un par de correos fue un bonito ramo de nomeolvides (no, no eran violetas, Martín :)). Milagros gustaba de las flores y después de aquel ramo vinieron otros y otros, así hasta que nuestra relación se extinguió; así de efímeras son a veces la relaciones que nacen en el ciberespacio. Tan familiarizado quedé con los dichosos nomeolvides que no tardé yo en usar esas flores para hacerme un hueco en el corazón de alguna de esas chicas que mariposeaban como yo por el mundo de Internet. 


Hoy si me descuido se me va enterito el post con los dichosos nomeolvides. Hace décadas conocía muchos más nombres de flores que ahora. De momento, ya me voy encontrando con algunos de los principales ejemplares de aquellos tiempos; estos días el llamativo botón de oro con su amarillo brillante, la genciana acaulis, azul y en forma de espigada campanilla solitaria, la genciana bavárica con sus cinco pétalos azules, la negritella nigra, un manojillo filamentoso de un perfume profundo. Tantas. 

Sí, hoy volví a caminar un montón. Salvo una pérdida de altura de trescientos o cuatrocientos metros que tuve que hacer, desviándome de mi camino para abastecerme y tomarme un fenomenal breakfast, y que después recuperé parcialmente en un telesillas, el camino se mantuvo casi todo el rato cerca de los dos mil metros. Camino tranquilo a veces pero no exento de pequeños precipicios o pasos expuestos que se superaban con la ayuda de grandes clavijas de hierro o cables de acero. Todo el atrezzo de estos pequeños trozos de vías ferratas, hay que decirlo, impecablemente dispuesto. Se agradece porque amén de proporcionar seguridad al caminante le permite transitar por lugares bellos y  espectaculares. También hubo unos cuantos neveros que atravesar y bastantes bancos de niebla. Frente a esta compleja cordal surcada de jous y recoletos valles a sus pies, se ven permanentemente las arrogantes cumbres que acompañan al Triglav, la montaña más alta, y acaso la más bella, de Eslovenia. 


En el momento final el recorrido se descuelga de la alturas, bordea un profundo valle y atraviesa un bosque encantador e impenetrable que es donde me encontré con la espléndida flora que provocó este post. Decir por último que en el refugio manipulé por aquí y por allá en la cámara hasta que, albricias, logré poner la maquina en funcionamiento. Refugio con wifi, buena comida y trato como Dios manda, que decía también mi madre. 


Me había encontrado un grupo de americanos, con los que charlé un rato, que me habían elogiado la ducha caliente del refugio. Luego resultó que había que hacer noche allí para usar las duchas, cosa que por razones distintas no me gusta, entre otras además de que me place dormir por ahí a mi aire, porque uno está en edad en que la próstata da ya la lata y tendría que hacer cuatro o cinco recorridos de pasillos y escaleras durante la noche, eso suponiendo que el servicio esté dentro del edificio, que algunos refugios lo tienen fuera a un centenar de metros. Además, ya se sabe, uno es un poco rarillo y tiene sus hábitos. Querido Sergio, no puedes imaginar lo deliciosamente a gusto que se puede vivir en un escasísimo metro cuadrado de tela. 





4 comentarios:

slechuga dijo...

Que alegría ver esos Pirineos eslovacos, un saludo desde Madrid, pues la salida al Pirineo se ha aplazado para otra ocasión, por lo que es de agradecer ver esos esplendidos parajes de los Alpes Julianos.

Sergio Iglesias dijo...

Claro que sí, me puedo imaginar perfectamente que te sientas feliz en tu casita de tela por las noches. El estado de gracia que te otorga el caminar por esas alturas, ver esos paisajes grandiosos y encontrarte físicamente fuerte supongo que te proporcionaran muy buenos momentos.

Me alegro que finalmente hayas conseguido arreglar la cámara para seguir deleitándonos con tus hermosas fotografías.

Forza e ánimo,

Sergio

Alberto de la Madrid dijo...

Sergio, hoy mi camita es una hostería de altura. Después de un día entero bajo la lluvia en la tienda escampó y en cuatro horas de subida pude llegar al este refugio. Hoy buena ximida, buena cena y sábanas limpias. Saludos

Alberto de la Madrid dijo...

Santiago, anotó por ahí por si alguna vez quieres cambiar tus queridos Pirineos por otros admirables: El Parque Nacional de Triglav, merece la pena.