Como una corriente salvaje




Val Bovana, 13 de agosto 

Intensa, persistente, igual, monótona, como si no fuera a parar nunca, horas y horas lleva ya, la lluvia, incansable, golpea la tela de la tienda. Inmovilidad total, mirar cómo las gruesas gotas que cubren el verdor desvaído del nailon salen de su inmovilidad, dudan y entonces se precipitan perezosamente abajo por el tobogán de tela. Son esas gotas que pueblan los cristales de las ventanas de mi cabaña los largos días de lluvia, esas a través de las cuales la parcela y sus árboles aparecen como un borroso cuadro impresionista donde más que las formas son los colores el tema central del cuadro. ¡Qué gran invento sería poder tener una tienda totalmente transparente, estar bajo la lluvia, sus torrentes de agua, su impacto, su avasallador golpeteo como separado sólo por un cristal. Te sentirías más cerca del bosque, de los árboles, como formando íntima comunidad con ellos, respirando su mismo aire. 


Ayer había salido tarde del restaurante y despreocupadamente mi conciencia debió de pensar en un segundo plano que ya encontraría bajando el valle un lugar para proveerme. Mi conciencia cuando está perezosa se monta sus argucias para desentenderse de sus pequeñas obligaciones. ¿Resultado? Que empezó a llover y tuve que refugiarme urgentemente en la tienda sin que en mi macuto hubiera el menor asomo de comida. Así que anoche no cené, esta mañana no he desayunado y me temo que ayunaré todo el día si a esta lluvia rabiosa y guerra no le da en algún momento por parar. Y no tiene pinta. Debo de tener encima la nubes esa que los defensores de la teoría creacionista, que leía ayer en Marvin Harris que siguiendo creyendo que Dios creo el mundo en siete días y que cuando Él se cabreó con los hombres porque éstos no hacían lo que quería su Dios, explican el diluvio, un año lloviendo a mares, ahí es na, más que en Macondo, por una gigantesca nube que cubría el planeta y que siguiendo las órdenes directas de Yahvé empezó a verter sus aguas sobre el planeta hasta cubrir todo por encima de lo cinco mil metros. Si no supiera en que país está situada la universidad en la que enseña o enseñaba Marvin Harris con los ojos cerrados sabría decir yo a qué país pertenece por la enorme cantidad de páginas que dedica aquél a refutar esa idea, la de que el mundo fue hecho por Dios en siete días. Ayer me parecía increíble que un científico de la talla de Harris perdiera el tiempo de esa manera tan tonta e inútil. Y es que parece que todavía hay profesores en las universidades estadounidenses que defienden que la lluvia se produce cuando los angelitos hacen pipí sobre el planeta Tierra. Estos, ignorando lo que ha llovido desde los descubrimientos de Darwin y ateniéndose a la Biblia parecen ser tantos dentro del fundamentalismo religioso estadounidense que cualquiera se atreve a decir sin más lo evidente. Recuérdese que Giordano Bruno murió en la hoguera entre otras cosas por afirmar que la Tierra no era el centro del universo. Para mucho todavía la Tierra sigue siendo plana. Así que ya sabéis, en tiempos de Noé no había mares; estos se formaron a partir de esa dichosa nube que debo de tener yo este verano sobre mi cabeza y de las aguas que debía de guardar la Tierra en su interior como un enorme bolsa amniótica. 



Ya tengo la mitad de mi crónica de hoy, y ello sin haberme movido del saco, eso sí que es milagroso, pura generación espontánea a partir de la nada. Ya veremos en que para tanta lluvia. 

Hacia el medio día el ruido sobre mi tienda cesó. Díez minutos más tarde descendía 
apaciblemente por la carretera con las manos en los bolsillos. Después del duro trabajo de ascensos y descensos de estos días es agradable bajar despreocupadamente oyendo un texto que habla del australopitecus y del homo habilis, los hábitos sexuales de los chimpancés y el uso que hacen estos de las primeras herramientas. Llueve a ratos, de los fantasmagóricos desplomes de las montañas se descuelgan numerosas cascadas. 


Comí de lo poco que había en un restaurante de Bignanco porque hacía rato que habían cerrado la cocina, compré alguna cosa para cenar en una tienda y emprendí la cuesta de la Val Bovana por la carretera en vez de hacerlo por el camino. De un momento a otro se pondría a llover de nuevo. 

Bajo el alero de una cabaña junto a la pista miro llover una hora y media más tarde. Me tuve que refugiar porque diez minutos más bajo esa intensidad de agua y quedaba calado completamente. Miro llover, contemplo el enfurruñamiento de la nubes trepando por las paredes de roca de la Val Bovana. Este tiempo me da sueño. El río a mis espaldas es una corriente salvaje desbocada. En algún momento aprovecho una pequeña pausa en la lluvia y pongo la tienda, son la seis de la tarde. Creo que voy a dedicar el tiempo hasta la cena para oír música tumbado en mi colchón de aire. 



2 comentarios:

José Luis Moreno dijo...

Hay que alimentarse, que si no te entra una pájara que cualquier cuestecita te hace sufrir y precisamente en el terreno que estas las cuestas son de armas tomar.
Suerte y un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Saludos, un abrazo