El encanto de la vida cotidiana



Refugio Alpe Colma, 20 de agosto 

Te despiertas, te levantas, ves que el tiempo no está tan malo como se pronosticaba, desayunas, te despides de la amable gente del refugio, te pones en fin en camino y fotografías el bello paisaje de las nubes sobre el valle o la montañas. Más tarde entras en calor, caminas, llega la hora del estudio y te vas al capítulo correspondiente de la Antropología Cultural de Harris y te vas enterando de cómo en dos millones de años el crecimiento en volumen del cerebro humano no es regular y de cómo los períodos de mayores cambios tienen que ver con el desarrollo de habilidades y la necesaria adaptación al medio que obliga a desarrollar nuevas técnicas. Mientras tanto el río se va aproximando, un gran nevero lo cubre en algún recodo umbrío y llega el bosque y pronto aparece la glauca superficie del lago dei Caballi, y sigues caminando y eres más consciente de esta cotidianidad que practicas desde hace más de mes y medio y es como vivir en tu casa con parecidos hábitos y costumbres, sólo que con el universo moviéndose a tu alrededor, las aguas fluyendo a tu costado, las montañas interceptando tu paso y por consiguiente que hay que escalar o bordear, y un día te toca una larga subida y otro un dilatado y apacible descenso que invita a la lectura y al estudio con que satisfacer las curiosidades del mundo y su historia. Y cuando el día esta más avanzado acaso abras una novela y tu curiosidad se centre en la inventiva y creatividad de algún novelista que te deleite con sus tramas, su escritura. Y así llegará la hora de comer, y si hay comida, restaurante o refugio comerás, y si no habrás de armarte de paciencia y esperar y comerte el mendrugo de pan que anda por ahí en alguna parte del morral. Y darás descanso a la lectura y entonces dejarás vagar tus pensamientos por las flores y los peñascos, te acordarás de tus hijos, de la paciente Victoria que le ha tocado bregar con un marido (jo, qué mal me suena eso de marido), con un marido de aficiones y hábitos tan curiosos y extraños o recordarás a esa novia que hace no muchos años hizo posible un loco amor y la escritura de tantos versos, o quizás te acuerdes de tu hijo el cabrero que ni siquiera se acordó de tu cumpleaños o pienses en cuando decía que quería fortalecerse frente al frío y se marchaba por ahí, por el monte con las cabras a hacer eso que él llama trashumancia y que yo creo no es otra cosa que experimentar con la vida, o quizás te acuerdes de qué se yo y pienses que este camino que llevas igual podría prolongarse a través de Francia todo un otoño porque esta vida cotidiana se ha hecho tan habitual, estás tan a gusto en este andar de un lado para otro y llamando a casa e intercambiando, tú contando a la hortelana tu jornada, ella haciendo el cuento de su huerta, su música, sus gatas, su blog, Noches de luna, donde últimamente y con paciencia ha ido analizando a todas las mujeres de las óperas de Wagner. 



Abandoné el refugio de Andolla al filo del amanecer cuando todavía las nubes ocupaban el valle con su oleaje bravo sobre los acantilados boscosos a mis pies. 

En Antronpiana era día de mercado y aproveché para comprarme unos pares de calcetines que sustituyeron a lo viejos donde mis dedos gordos habían hecho ya grandes boquetes imposibles de remendar. Compré un buen pedazo de queso curado y oloroso de cabra y después me fui a la tienda para completar mi aperitivo con algún suplemento y la cerveza correspondiente. En un parque próximo di ricamente cuenta de ello.



Abandonando el valle de Antronapiana camino, del refugio de Alpe Colma, en lo alto del collado, emprendí la lectura de Trópico de capricornio, de ese dechado de pesimismo que es Henry Miller, pero del que me sorprende enseguida dentro del panorama sombrío de su novela la afirmación de que si existe aventura real y posible en este mundo ésta es la aventura hacia uno mismo. Media hora después se pondría a llover, lluvia de la de quedar empapado en unos minutos. 

En el refugio charlo con unos caminantes alemanes y discutimos nuestro pequeño problema de esta tarde: el encargado del refugio es sensible a las hondas electromagnéticas y nos explican el asunto y nos dicen que tenemos que apagar nuestros teléfonos. Hay sus más y sus menos y uno de los alemanes argumenta que cuando reservaron su plaza les tenían que haber avisado. Una rara situación que me obliga esta tarde a volver a escribir a mano, herramienta paleolítica la nuestra, le digo a mi compañera de mesa, que también escribe en un cuadernito su diario. A ella le gusta, a mí no me hace gracia, no el escribir a mano que es un hábito ya prescrito, sino por el hecho de que después lo tendré que transcribir la teléfono. Se acabaron lo tiempos en que el placer de deslizar la pluma por el papel constituía un todo con la historia que estabas narrando, con los pensamientos que se iban vertebrando y plasmando con el fluir de la tinta. Leí de autores que no fueron capaces de pasar de la pluma a la maquina de escribir, y también de otros para los que ese gran invento, un procesador de textos, era algo incompatible con el arte de contar historias. A mí me sucede algo distinto con las nuevas tecnologías, fui cambiando de un máquina a otra y siempre lo último terminó por encandilarme hasta el punto de establecer con ello una relación muy especial. De la herramientas escritoras viajeras la más antigua fue un portátil Compaq que me acompañó medio año por las tierras de América del Sur, una máquina pesada de tres kilos que tenía, sin embargo, un teclado maravillosamente suave; con él establecí una relación sensual que convertía la escritura en una prolongada caricia. Su excesivo peso terminó por hacerle inapropiado para mi mochila. Le siguió un Toshiba de kilo y medio que viajó por medio mundo, Filipina, Malasia, Indonesia, India... En África, en un apretón de autobús, un centenar de pasajeros donde sólo había sesenta asientos y donde Victoria y yo hubimos de luchar a brazo partido para alcanzar los escalones de la puerta, la pantalla se quebró. Siguió un Asus al que dando la vuelta a pie a Ibiza en un chiringuito le cayó una cerveza entera  encima. La borrachera que cogió lo dejó patidifuso y no volvió a resucitar. Sustituyó su lugar otro del mismo modelo con el que di media vuelta a España. Por entonces había comprado un teléfono Samsung pero no descubrí sus posibilidades escritoras hasta que llegué al Pirineo. Allí la necesidad de aligerar peso y la dificultad de cargar la batería me decidieron a probar a escribir en el teléfono, algo que me pareció arduo para mis dedos pero que con la práctica resultó un éxito, desde entonces me fue posible escribir mis historias en ese diminuto dispositivo de cien gramos. 

En contrapartida al silencio impuesto a nuestro teléfono el gestor del refugio extremó amablemente su hospitalidad invitándonos a queso, café y a una copa de grapa. 








9 comentarios:

Noches de luna dijo...

Me encanta bregar contigo.

Firmado:
La hortelana masoqista

Noches de luna dijo...

Pfff
masoquista, quise decir. Es que me obnubilas de tal modo que no sé ni cómo escribo.

Mario dijo...

Acordándome de ti cada día que mas dará acordarme del día en que naciste. Cada día nos acarician las mismas nubes, incluso el mismo Samsung acariciamos (quien lo diría). Los recuerdos de los que nos quieren y de los que queremos en nosotros caminan cada día.

José Luis Moreno dijo...

Te felicito Alberto, estás a miles de kilómetros, pero tus seres queridos y tus amigos los tienes muy cerca.

Sigue caminando y publicando esas fotos maravillosas que nos hacen viajar contigo
Un abrazo

slechuga dijo...

Alberto hablando de tecnologías, yo en el teléfono no escribo, solo hablo y me lo pasa a escritura, es muy cómodo, y no necesito red.
Sigue disfrutando esos paisajes.

Alberto de la Madrid dijo...

Victoria. Paciencia que ya va quedando menos. Además, ya sabes que la distancia siempre es buena, renueva la sangre.

Alberto de la Madrid dijo...

Mario:
Me alegra que te hayas vuelto un cabrero de la era Samsung. Yo cada di me encuentro con algún trasunto tuyo, alguno me pregunta si he visto tales o cuales cabras por determinado collado, otros me venden queso y leche y con algunos charlo de su vida solitaria. Un buen saco de relaciones con cabreros de todos los Alpes llevo encima. Un beso

Alberto de la Madrid dijo...

Gracias Pepe, las nuevas tecnologías hacen milagros. Es bonito tener a todos tan cerca y aunque estés tan lejos. Un abrazo

Alberto de la Madrid dijo...

Santiago. Ya, ya lo probé, pero luego tengo que emplear mucho tiempo corrigiendo. Lo utilicé en Eslovenia, le hablaba al teléfono en español y éste daba la respuesta en esloveno.