Si sueñas algo diferente no eres de este planeta



Valle de Olocchia, 21 de agosto 

Milagrosamente el cielo aparecía totalmente despejado; todavía no había amanecido, la delgada claridad del alba empezaba a crecer en el hueco de la ventana; mis compañeros de habitación, dos parejas de suizos, dormían profundamente. 

La situación privilegiada del refugio, en una prominencia entre dos grandes y profundos valles, ofrecía una vista espléndida sobre todas las montañas de los alrededores, incluso sobre las que había recorrido los días anteriores envuelto en la niebla. 


Poco después el sol vestiría de oro y ámbar el bosque; los pinos y abetos de corteza oscura llenaban de luz sus ramas y la silueta de sus troncos; los abedules y su corteza de nieve hacían contrastar la blancura de sus formas, su frágil textura de acuarela, sobre el fondo de la umbría boscosa todavía dormida. 

A partir del refugio Alpe Colma la Vía Alpina describe una gran vuelta y deja entre este lugar y el siguiente para abastecerse una caminata de diez o doce horas. Muchas horas, que me obligarían a pernoctar por medio y comer día y medio de bocadillos. Me voy al mapa y, dando vueltas por aquí y por allá, descubro un único paso que me puede comunicar con el siguiente valle, el de Alagna, el col de Baranca, al final del valle dell'Oloccchia, y que me llevaría de nuevo al itinerario clásico. Durante la mañana me encontraría con Pretta, un veterano de la Segunda Guerra Mundial andarín de toda la vida que me daría información precisa de este paso. Pretta me cuenta orgulloso alguna de las acciones en el frente austriaco, luego siguen sus habituales caminatas por los Alpes; tiene setenta y dos años y el pasado curso atravesó los Alpes empezando en Génova y terminando en Trieste. Es asombrosa la facilidad con que dos personas que no se conocen de nada pueden enzarzarse en una conversación hasta ponerse a contar una parte de sus vidas. 


Yo había abandonado hacía más de una hora el itinerario habitual y seguía a media ladera por el valle de Anzasca un leve sendero y fue un alivio encontrarme con Pretta, que además me resolvió el paso hacia el valle siguiente, el de Alagna. En Alagna nos despedimos Victoria y yo hace una década después de haber caminado juntos durante tres semanas. Desde allí volaría ella a Mejico para viajar un mes con un grupo de un suizo, una italiana y Michele, amigos en el ciberespacio que había reunido este último. En Alagna recibimos también en la posta un montón de libros que nos mandaron de casa para sustituir a los ya leídos, tiempos aquellos no lejanos en que ni ebooks ni libros leídos existían. 

Tras la comida en Bannio asciendo leyendo el largo valle de Olocchia. Me gusta Henry Miller, la fertilidad con la que trata la sociedad en la que vivimos, los modos de vida, esa absurda normalidad de la que tan pocos parecen ser conscientes, de su ser absurdo, quiero decir, y en donde la única manera de ser inmune es optar por incorporarte al rebaño, "tienes que anularte, volverte indistinguible del rebaño; puedes soñar pero los sueños tienen que ser los mismos que los de ellos, pues si sueñas algo diferente no estás en América, no eres un americano de América, sino un hotentote de África o un calmuco o un chimpancé. En cuanto tienes ideas diferentes dejas de ser americano, en cuanto eres algo diferente te encuentras en Alaska, en la isla de Pascua o en Islandia, pero no en América". La cita, en Trópico de Capricornio, es recurrente y uno puede encontrar la misma idea en muchos autores. La filosofía de acogerse al confortable calor que proporciona el rebaño delegando en otros el acto de pensar y actuar es una tentación la mar de tentadora, no sólo te evita el trabajo de pensar y tener opiniones personales, sino que además, al ser como los otros todos, el calorcito de pertenecer a la generalidad te permite dormir largos y despreocupados sueños. 


Qué gusto inesperado el de volver a habitar la tienda. Sólo han sido dos días, pero me parecen tantos, siento haber caminado tanto desde entonces... gente, valles, montañas, lluvias, nieblas, esfuerzos que han quedado ahí arropados por una llegada a un paso, a un refugio, al lugar, por fin, donde instalaré mi tienda. Ese rosario de pequeños o grandes esfuerzos que van templando mis piernas o mi ánimo o la seguridad en mí mismo y que es como un pequeño tesoro que día a día veo crecer tenso, hecho de una autosatisfacción que me acompaña dentro del pecho y me da fuerza para hacer del día siguiente otro pequeño reto. Cuando duermo en los refugios soy menos yo, me vivo menos, los otros se interponen entre mi yo y la conciencia de mí mismo, pero en la tienda es diferente, yo y mi conciencia, mis pensamientos forman casi una misma cosa; en la tienda está además el río, la constatación más próxima de lo que me rodea. 




2 comentarios:

Mario dijo...

Muchas veces echo de menos la choza. Dormir embadurnado de monte. Los corzos guarrear, los pájaros, el viento, rebozado hasta las cejas de latidos, de vida, pura realidad.

Alberto de la Madrid dijo...

Toda la Naturaleza anda derramada por medio mundo esperando nuestro paso, ser escuchada y vivida.