Sonrisas seductoras

Pic d'Ipala, Pirineo Francés, 16 de agosto de 2016




Hoy, después de dejar atrás dos féminas con las que me crucé, volví a preguntarme por cual sería la razón de que las mujeres sonreían más y por supuesto muchísimo mejor que los hombres. La verdad es que es una pregunta recurrente, inevitable cuestión cuando uno camina solo y cada cierto rato se cruza con alguna caminanta. No abundan las distracciones propicias a la reflexión en lo que a personas se refiere a lo largo de mis caminos, así que como las mujeres siguen siendo con mucha distancia mi objeto de predilección en lo que al reino animal que circula por el Pirineo se refiere, mi animala llamaba el poeta chileno Gonzalo Rojas a su amante, y no hay chica, joven o no tan joven, con la que me tropiece a la que no eche una buena ojeada, a la fuerza tengo que rendirme a la evidencia de que la sonrisa es uno de los atributos femeninos más preciados por el caminante. Y es que hay sonrisas que me dejan las piernas flojas: ¡condenadas! Sí, 
esos rostros sonrientes de féminas con un delicioso bonjour en los labios es una de las atracciones más agradables del camino. Me pregunto si ese Dios chapuza del que hablaba ayer no será también, no todo lo debió de hacer mal claro, aunque esa ocurrencia de crear a la mujer de la costilla de Adán sea una pasada psicodélica que no se la cree nadie, si será también el autor en el repertorio de los recursos cautivadores de seducción que puso en manos de la mujer éste tan endiabladamente seductor. Uno, que ni es creaccionista y cree a pies juntillas que el proceso evolutivo del hombre no tiene nada que ver con deidades, se echa las manos a la cabeza cuando piensa la perversidad que la evolución ha debido poner en su desarrollo para llegar a ese estado de sofisticación en que una sonrisa puede convertirse, a la vez que en un acto de intercambio social en una diabólica manera de cazar maridos. Sí, un divertimento no más.

En torno al mediodía el sol es inclemente bajando por un empinado camino que me lleva a Bidarrai. La pendiente es rigurosa y ayudan la bajadas largos tramos de cables de acero a modo de pasarelas. Las lomas de vacas han desaparecido de repente troncándose en un aéreo sendero protegido del vacío por grandes campos de helechos. Después habrá un largo caminillo junto al río, un imprevisto cuestón que me pilla desprevenido y no mucho más lejos el restaurante y la comida reparadora de la que sólo puedo con la mitad porque he llenado mi estómago con dos litros de agua entre la ensalada y el pescado.

Oh, placer, el de salir al sol de las tres de la tarde del restaurante y emprender una agreste subida y poco más de alejarme un par de kilómetros encontrar un prado bajo la sombra de un viejo y generoso roble y descargar y beber la medio botella helada de limón que había empezado más abajo, y tender algo de ropa sobre la hierba y hacer una almohada con las botas y un jersey, y tumbarte envuelto en el zumbido de las moscas y sentir mi cuerpo pegajoso de sudor y echarme por encima el mosquitero y sentir que estoy en los cielos, que el cansancio quedó en suspenso por un rato y que ahora viene el placer de la contemplación, el cielo azul, las ramas de una acacia moviéndose parsimoniosamente con la brisa, el gusto del viento acariciando el cuerpo en este preludio de siesta mientras en los alrededores los grillos grillean y las moscas zumban por encima del mosquitero. Ya está bien, a dormir se ha dicho. 

Bueno bueno, la cosa marcha, me desperté de la siesta, recogí y eché a caminar y como nunca miro lo que tengo por delante me encontré inesperadamente con una cuesta de padre y señor mío y con un camino que se empeñaba absurdamente en subir por una senda trazada con un tiralíneas hacia la cumbre que se alzaba sobre el pueblo, algo más de novecientos metros de desnivel más arriba, y eso después de la siesta, medio adormilado y tratando a cada paso de despertarme. El caso, sí, es que necesariamente desperté, buen despertar porque enseguida comprobé que mi pariente, el cuerpo que me sostiene no se quejaba ni decía mu, todo lo contrario, obediente, caminando como en los mejores tiempos aquello parecía un suave ejercicio de gimnasia en donde cada parte del cuerpo recibía su ración de trabajo sin protestar; sudando la gota gorda, eso sí, vamos lo que se dice jodido pero contento. Total, admirado estoy, que me chupé los novecientos y pico metros de la ascensión al pic d'Ipala de un tirón, lo que no quiere decir que un servidor sea un comecaminos, cosa, entre otras, imposible para un casi septuagenario con el cuerpo nada entrenado; que uno no puede presumir absolutamente de nada. Y es el caso que el otro día Balius me echó la bronca ;-) porque no le salían las cuentas cuando leyó que había empleado tres o cuatro horas para ir del collado de la Dehesilla a casa Julián. A Carlos Soria le he llamado en algunos de mis posts más de una vez vejete, el más glorioso vejete de nuestros mandriles. Si en la canción Joan Baez sólo le pide a Dios que la vida no le sea indiferente, yo, parodiándola le pediría algo más de mi gusto, fuerza y unas piernas que me puedan seguir llevando por los caminos como al amigo Soria aunque  de manera infinitamente más modesta.

Total,  aquí estoy, en la mismísima cumple del pic d'Ipala, envuelto en la niebla y con el viento vapuleado la tienda. Una bonita jornada la de hoy.







2 comentarios:

Manuel Coronado Gil dijo...

Bonito camino sobre las crestas d'Irpala y es cierto en esta parte del Pirineo todavía no se ha descubierto el zig zag, la recta es el camino mas corto entre dos puntos: uno inferior y otro superior

Alberto de la Madrid dijo...

¿Habrá algún camino que no conozcas? ☺ En un día de camino no logré ver más allá de unos metros por delante de mi. De momento dejo esto, me voy a casa, que voy a ser abuelo un día de estos. Saludos.