Los locos que nos gobiernan, la Iglesia, el Carnaval, la pedagogía que no llega.


 Esto me llega mientras escribo: mi hijo Mario, el cabrero, mi nieto Manuel y mi chica. 

Monterrubio de la Serena, 26 de febrero de 2017 

Tramo Hinojosa del Duque - Monterrubio de la Serena


Los cristales y los muros de mi habitación, justo encima de una gran carpa, y la megafonía que lo acoge, vibran con un sonido chirriante y estentóreo. Estamos en Carnaval. Las calles, la plaza, los bares viven el delirium tremens de la fiesta común apta para todos los públicos. En el restaurante me ha costado horas que me atendieran, sólo unos pocos comensales, pero el salón vecino atiborrado frente al televisor frente a un Barcelona Atlético donde el público tanto contenía el aliento ante el peligro en la portería de su equipo, como saltaba de repente de júbilo con un gol del Barcelona. Más de la mitad de la audiencia rigurosamente disfrazada de guardia de corps o de gallina, o de aguacate, que era más original. Después de haber conseguido comer un plato de bacalao que demoró media hora, pasa el camarero cerca, le llamo, le pregunto por los postres, me dice lo que hay y le digo que quiero el mousse de limón, pero en ese mismo momento se levanta un clamor proveniente del televisor y el camarero, de pie frente a mí, ya no me escucha, todo su ser está en lo que está sucediendo en una de las porterías; transcurren varios minutos, yo tengo que contener la risa mirando alternativamente su cara o la tele. El tío ha desaparecido y ahora está plenamente en cuerpo y alma en el Vicente Calderón, creo. Pasan varios minutos para que su alma resucite y baje la cabeza hacia mí diciendo, como si no hubiera pasado una eternidad entre mi pedido y ese momento, ¿entonces qué le traigo? Me recordó aquella anécdota de Gustav Mahler en la que estando ensayando una de sus sinfonías, llegó el tiempo del coro que era dirigido por otro director. Entretanto Mahler quedó transpuesto esperando que concluyera el ensayo del coro. Cuando la parte del coro finalizó, el director le tocó el hombro para preguntarle si continuaban. Mahler despertó sobresaltado, dio un brinco en la silla y gritó hacia un lado: ¡Camarero, la cuenta! Cuando terminé con el mus de limón transcurrió no menos de un cuarto de hora, el café no llegaba. Recogí y pasé al salón vecino donde toda la charanga fútbolera del pueblo miraba de hito en hito lo que sucedía en el televisor, en donde veintidós tíos vestidos de rayas o de verde y en calzón corto parecían pegarse por patear un cacho de cuero lleno de aire que había que meter a toda costa entre tres palos de madera que estaban cubiertos por una red en su parte posterior. Una vez en la barra casi tuve que dar un meneo al camarero para que sacara sus ojos de la teletonta. Me miró distraído cuando le recordé que hacía más de un cuarto de hora que esperaba el café. Se disculpó y, bueno, no estaba mal, me invitó a un chupito en compensación. 

Mientras me tomaba el café me dediqué a observar a su hija, una chica de unos dieciséis o diecisiete años que atendía a los parroquianos con una cara de aburrimiento tan descomunal que enseguida me dio pena. Toda la chiquillería y gente joven desde ayer de no parar de hacer el loco por las calles con sus disfraces y esta chica aquí, constreñida a un aburrimiento letal mientras sus amigas, su gente se divertían a rabiar. Cosas de la pasta, imagino, claro. El hotel restaurante tiene buena pinta, parece dar dinero, se levanta sobre una construcción noble, de piedra, pero allí todo lo atienden, un local a tutiplén, lo atienden muy mal, quiero decir, el padre y la hija. Es una lástima que la filosofía, la filosofía de la vida, digo, haya desaparecido de los planes de estudio de este país, una asignatura que debería ser el farolillo que alumbrara todos los saberes de cualquier plan de estudio. Vamos, que cómo se puede echar uno a vivir si no tienes ni puta idea de cómo tienes que hacerlo. ¿Quién ha visto que alguien pueda coger un coche sin antes pasar por una autoescuela, sin saber para qué sirve el embrague, el freno, el volante? Pues eso, que pa no perderse en la vida habría que asistir a una vidaescuela, que en concomitancia funcional con los objetivos de la autoescuela pero aplicados al modo de vivir, nos enseñara de tempranito a vivir con un poco de propiedad. 

Me agarré a esta chiquilla que hacía de barman (una pregunta a mi hija, que ayer intentaba imponerme por whatsApp el uso del femenino para lo que hasta ahora se había expresado con el masculino: ¿cómo debería nombrar a esta chica, como la barwoman? Por cierto, y ya puestos, vamos con la etimología inglesa: MAN significa "hombre", y WO "desgracia", "infortunio", "tribulación". Conclusión: WO+MAN = "desgracia del hombre". Jajaja…); me agarré a esta chiquilla que hacía de barman, decía, pero igual podría haber recurrido a otros numerosos ejemplos. A este vagabundo, en este momento peregrino, le asalta con frecuencia la sospecha de que en eso de organizarse una vida armoniosa e interesante hay mucha gente que anda pez (modestia aparte…). En general los asuntos más importantes de la vida es fácil que queden relegados al punto de apenas prestarles importancia. Y si no a ver quién puede explicar que vengan tantos niños (y niñas, no vaya a ser que mi hija vuelva a la carga con el asunto del género) y que un número considerablemente alto de los padres no tengan ni idea de cómo hay que educarlos. O esas situaciones tan divertidas de adolescentes, ahora menos, que llegados a la edad de la porrocreación (de verdad, no lo he hecho aposta, lo ha escrito equivocadamente solo el teléfono), que llegados a la edad de la procreación malsaben qué cosa hacer con los colores que les suben por el cuerpo. La lista sería infinita. 

Pero tampoco hay que irse muy lejos para ver ejemplos en la primera página de los periódicos, así por ejemplo, abro, un decir, El Mundo está mañana y me encuentro el siguiente titular: 

El jefe de la Iglesia española: "No sé si Jesucristo votaría a Podemos".

 Jajaja. Alucino con el señor jefe de la Iglesia española. El señor jefe de la Iglesia española ignora que puesto a aparecer Jesucristo en el panorama de hoy mismo se pondría tan colorao de vergüenza de ver a todos los acólitos de su Iglesias tan vergonzosamente instalados que no le llegaría el tiempo para llegar a las urnas. Esta gente ha perdido tanto el rumbo que deberían obligarles, como decía en una ocasión el entrañable José Luis Sampedro, a asistir a un montón de cursillos dados por jóvenes y gente de la calle. La vergüenza debería hacerles esconderse de nuevo en las catacumbas. Cursos para aprender a vivir, cursos para aprender a ser padres, cursos para curas y gente del OPUS, cursos a gogó para todos, incluido para este vagabundo tan necesitado de aprender tantas cosas.

Otro titular del periódico de hoy, en el este caso de El País:

¿Está loco Trump?
El actual presidente de EE UU exhibe síntomas propios de una personalidad trastornada. 

Ahí está la elocuente viñeta de The New Yorker. 




Hasta aquí hablaba de la gente de a pié, pero qué pasa cuando el loco, el ignorante, el esquizofrénico y el narcisista es el presidente del país más poderoso…  y peligroso, del mundo? Un poco de filosofía de la vida nos hace bien a todos, pero hay casos como éste en que la filosofía no basta, que lo único que queda es el manicomio. La perversión que produce el dinero y el poder puede llegar a extremos de crear seres totalmente enfermos, por eso, a los cursillos pertinentes que todos deberíamos seguir para montarnos esa vida un tanto armónica de que hablaba al principio, debería seguirse la condición de caer de los cielos y aterrizar en la vida de la gente y sus preocupaciones, conditio sine qua non para dejar de ser ese bebé que se percibe en el señor Presidente de los Estados Unidos. 

Me hubiera gustado hablar de mi descubrimiento literario de Filiberto Hernández, un compatriota de mi amiga Marga, la de la voz bonita, pero no sé si voy a tener tiempo. Un cuentista excepcional, después de un par de relatos leídos mientras atravesaba por campos donde las encinas salpicaban el horizonte trescientos sesenta grados alrededor. A Filiberto Hernández lo había conocido por otros libros hace un año mientras viajaba por alguna lejana parte del mundo. Indagué, quise leerle enseguida, pero me fue imposible encontrar alguna lectura en formato digital en la red. Ayer, indagando en mi biblioteca particular (32006 volúmenes en formato epub, 27,34 GB. Si alguno habéis soñado alguna vez con tener todos los libros que no podréis leer en menos de cien vidas, pasadme una nota por redes o correo y os los regalo ya mismo. Yo es el mejor regalo que he tenido en mi vida. A ello se unen un par de aplicaciones que tienen la opción de leer los libros en alta voz); indagando en mi biblioteca particular, decía, me encontré con la obra completa de este escritor uruguayo, y que además añade el lujo de ser prologado por Julio Cortazar. 



Fue una jornada larga, treinta y tantos kilómetros, pero muy tranquila. Sobre los campos de cebada y las encinas sobrevolaron cientos de garzas en grupos de veinte o treinta, siempre en disciplinada formación de V. No encontré un alma en el camino. Cuando atravesaba el río Zújar volví a llamar por teléfono al párroco de Monterrubio de la Serena, pero nada, era la sexta u octava vez que lo hacía. Terminé llamando a la policía local. El agente estaba muy ocupado dirigiendo el tráfico del Carnaval pero me atendió muy campechano. ¿El párroco?, se habría ido de parranda. No parece que atienda muy bien a los peregrinos, añadió, ahora en serio. Algo había yo leído también en ese sentido. Me recomendó un hostal que estaba situado frente a la iglesia y que hacían descuento a los peregrinos. Llamé a continuación al hostal. Un descuento del cincuenta por ciento y con desayuno especial para los peregrinos. No estaba mal. Dos horas más tarde estaba bajo la lluvia de la ducha: placer.

¡Cuán gritan estos malditos
mas mal rayo me parta
si terminando esta carta
no pagan caro sus gritos! 

… Y los cristales y las paredes de mi habitación continúan vibrando ininterrumpidamente. Y la gente parece no volverse loca. Mañana va a ver cola en la consulta del otorrino, dos centenares de tímpanos reventados por lo menos, seguro.