Elogio del cansancio




Mérida - Madrid, 1 de marzo de 2017 

Tramo Medellín – Mérida. Fin del Camino Mozárabe. 

El puente de piedra de Medellín me recordó esta mañana una novela que me dejó huella, la leí mientras atravesaba Albania de sur a norte en un destartalado autobús. En este caso la novela vive en mi recuerdo anexada al paisaje triste de ese país, un día de lluvia donde grandes y aparatosos bunkers de hormigón armado aparecían a cada momento a lo largo de la carretera. Se trata de la novela Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, la historia de la construcción de un puente en la ciudad de Visegrad (Bosnia). La construcción de un puente como de una torre, La construcción de la torre, en este caso de William Golding, o la de una campana en la película Andréi Rubliov, de Tarkovsky son experiencias que me dejaron en el recuerdo la impronta de un pasado que malamente el estudio de la historia puede proporcionar, al menos como se estudia la historia en nuestro país. A través de la construcción de un puente, una torre o una campana en el mundo medieval podemos entrar en contacto con una realidad tan viva, sugestiva y artísticamente lograda que bien podemos pasarnos por alto las exhaustivas batallitas de áridos manuales si lo que queremos es conocer y comprender la vida de nuestros antiguos antecesores. 

Bajo el puente de Medellín, primero romano, después medieval y reconstruido en el siglo XVII, sonaban abismadas de oscuridad las aguas. Sobre ellas la niebla, más allá de los álamos, cubría toda la margen derecha del río. Al otro lado del río la niebla creció y creció hasta adueñarse de todo el entorno. No saldría de su espesura algodonosa hasta cerca del mediodía. Qué coño, me gusta la niebla. Me gusta su textura como de sedas abriéndose y cerrándose a tu alrededor como un dosel que se fuera abriendo paso mientras tus botas con su sonido leve van dejando en el aire la amortiguada música de tu paso; me gusta el silencio que se cierne en su seno; me gusta el recogimiento que sugiere; me gusta el modo en que ella trata a los seres y cosas de este mundo, pintando todo con la pasmosa suavidad de una pintura al pastel; me gusta porque con ella mi yo y la esencia de lo que me rodea formamos una sola cosa, un yo-tú en donde yo y la naturaleza que me rodea parecemos, somos la misma cosa. Amo la niebla, amo la lluvia, el sol, la noche, mis pasos solitarios en la madrugada. 

Y amanece y los colores nacen de las entrañas de la tierra como bebé que tras dejar el útero materno reconociera en las primeras luces de su entorno el alma nutricia en que habrán de bañarse sus ojos en los momentos de agradecida existencia. Nacen, se propagan por los campos de labor, los canales de agua turbia, los pequeños lagos donde chochas y patos levantan el vuelo al paso del caminante; se extienden por los olivares, los trigos, las cebadas, quedan prendidos en las telas de araña que el rocío ha perlado de plata. 

Son los dominios del Guadiana, las tierras bajas que rezuman humedad, que dan cobijo a las aves acuáticas, que se visten cada mañana de tules esperando a que el sol venga al mediodía a abrir los párpados de los jaramagos y margaritas que ralean en la vera del camino y a los pies de las encinas y los olivos. 

En las cercanías del mediodía el sol se ha abierto definitivamente camino entre las nubes; mi sendero de tierra se ha transformado en duro asfalto y el calor empieza a pegar. Abandoné hace un rato a Filisberto Hernández y retomo a Nan. Su discurso me gusta, mi cansancio se lo agradece. Ese mismo cansancio tiene esta mañana un rostro amable que me invita a titular el post de hoy así: Elogio del cansancio. 

El cansancio de la sociedad de que habla Byung-Chul Nan es un cansancio que frustra; frente a ese cansancio él mismo opone el «cansancio fundamental» que es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta incapaz de hacer algo. El cansancio fundamental inspira, deja que surja el espíritu. "El cansancio devuelve el asombro al mundo. «Ulises, cansado, ganó el amor de Nausícaa. El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido. […] Todo en la calma del cansancio se hace sorprendente». Mi lectura de ayer quedó en el punto de aquel primer cansancio, que se me antojaba algo inexacto si yo lo aplicaba a mi propio cansancio, que en general resulta padre de mis crónicas engendradas casi siempre en el clima lógico del final de una larga caminata y por tanto de un "cansancio fundamental'. 

"El cansancio te rejuvenece, te da una juventud que nunca has tenido". Hay ideas tan inesperadamente fértiles que uno llega a tener necesidad de llamar por teléfono al autor para agradecer que lo haya plasmado en el libro que lees. La idea persistente es siempre la misma, para crear o hacer algo interesante no hay mejor camino que ayudar a ponerse en las condiciones idóneas para que la intuición, la inspiración echen a andar. No tanto tratar de crear a palo seco como ponerse en las circunstancias que los procuren. Probablemente el cansancio, igual que la contemplación y el fructífero hacer nada, sea un modo idóneo para convocar a los céfiros de la creatividad. 


Pensé en pernoctar en San Pedro de Mérida pero era demasiado pronto. A Mérida quedaban quince kilómetros. Busqué. Tenía un tren con Madrid a las seis de la tarde. De pronto me entraron ganas de dormir esta noche en casa. Tenía el tiempo un poco ajustado, pero probé. Llamé al amigo Manuel Coronado, el andarín que no tarda en aparecer tarde o temprano en este blog, y quedamos en tomarnos unas cervezas juntos en Trujillanos, a pocos kilómetros de Mérida. Tuvimos una grata charla salpicada de caminatas, viajes y una pizca de política. Gracias, Manuel, fue un regalo volver a encontrarte y compartir nuestras mutuas pasiones frente a una jarra de cerveza. 


Ahora mi tren rueda monótono camino de casa. En algún momento, a la altura de Monfragüe, la megafonía ha anunciado una avería. Con ella la fiebre de los teléfonos se ha desatado en el vagón, sí, esa plaga de gente con el teléfono en la oreja hablando a voces como quien se dirige a otro que está al otro lado del planeta diciendo durante media hora que el tren se retrasa. A veces uno queda atrapado sin comerlo ni beberlo en medio de tan anodinas conversaciones, conversaciones que dicen cientos de veces la misma cosa sin ninguna variación, que cuesta pensar que el comunicante o comunicanta de turno no sea un loro monomaníaco. Ponerle rostro a estas conversaciones es un acto de maldad, porque es fácil que la persona que antes percibiste como un ciudadano corriente se convierta de inmediato en un imbécil empeñado en hacer de tu viaje un rechinar de dientes. 

Avería solventada. El tren a vuelve a la calma. 


















2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Sigo desayunando con tus escritos, y me asaltan algunas dudas, ¿lees tus libros en el teléfono o iPad cuando caminas, o los escuchas?. Algunas veces me da la impresión que incluso escribes en el teléfono cuando caminas.
¿Cuál será el próximo camino? Si alguno coincide con el paso por Hoyos del Espino o cercanías, me avisas y tomamos una cerveza.

Alberto de la Madrid dijo...

Tengo dos clases de libros, una amplia colección de la Once, de cuando mi padre era socio, libros hablados por lectores profesionales y luego libros normales digitales. Para estos uso una APP que los lee en voz alta con una voz muy natural.
¿Escribir? No es corriente que lo haga caminando , pero si me viene alguna idea y el camino es algo más suave que el de subir al Almanzor :-) puedo escribir un post entero. Hace días escribí uno así.
De momento no hay otro camino, pero no dudes que cuando se tercie ir a Gredos me paso por Hoyos y no tomamos una cerveza.