Todavía…

 

Niza, 25 de agosto de 2017


Días atrás Francisco Sánchez dejó un comentario en mi blog que más o menos empezaba por ese “todavía” que encabeza estas líneas. Decía: “Cuando se llega a una edad provecta todavía quedan muchos placeres, una cerveza después de una larga caminata, el paisaje desconocido al alcanzar la cima de un collado o una montaña, la sonrisa y el saludo de una mujer bonita cuando se cruza en tu camino, la satisfacción de ver cómo tu cuerpo resiste el esfuerzo al que le sometes, pero sobre todo leer, leer un libro que te abre una nueva visión sobre un tema que dabas por cierto e inmutable... Y ¿sabes, amigo? Tú lo tienes todo”.

Es un todavía que encierra la irremisibilidad de la vida abocada a un final, pero que contiene, junto a esa certeza, esa otra posibilidad de seguir bregando, desperezando - de quitarse la pereza de encima, claro- y creando momentos de intensidad y pasión en el entorno en que organizamos nuestra vida. Esa posibilidad que, frente a los hándicaps de la edad, puede convertir los años de madurez en un verdadero tesoro. Gracias, Paco, por esas palabras que comparto y alientan un horizonte atractivo… todavía.


Niza ha deshecho el hechizo, la sensación de sentirme en un universo en donde yo y las montañas constituíamos una misma cosa fuera del tiempo que vivimos, fuera, al margen de la política, de las portadas de los periódicos, de lo que sucede en el mundo. Aterrizo en Niza como un pueblerino con su boina calada hasta las cejas, o peor como un extraterrestre disfrazado de cazaelefantes, mallas cortas, grandes botas, bastones, una enorme chepa a la espalda, que nada más pisar la estación de tren se asombra de la cantidad de mujeres bonitas que pueblan el lugar, la mayoría con un palmo de escote más amplio de lo que él durante meses ha podido ver en los aledaños del monte. Vamos, mozas que pasean su cuerpo por esta ciudad como quien exhibe con orgullo lo más preciado de la especie. Aquí estoy yo, parecen decir, mi cuerpo chachi y ese sabrosísimo perfume que siempre deja en el aire la sugestiva sugerencia de unos pechos bonitos. Pareciera que más de dos meses de vagar por las montañas a poco más que a pan y agua hubieran dejado mi cuerpo ayuno de alguna energía esencial y ahora, tras aterrizar en la civilización, no diera crédito a mis ojos ante el vasto apremio que la calle produce en el otrora, hasta este mismo mediodía, eremita que no sólo se ha sometido a ayunos voluntarios sino que ha sobrepasado con creces ese número mágico de los cuarenta días de aislamiento que notorios ermitaños, ya fueran Cristo, Mahoma o alguno de sus seguidores. cumplieron con todo rigor. No se extrañe nadie, pues, que después de esos setenta días de ayuno, ayuno de ese paisaje feminil, quiero decir, a uno le de vueltas la cabeza.

Bueno, a todo esto tengo que decir que esta mañana después de un larguísimo descenso de cuatro o cinco horas siempre frente al perfil azulado de las montañas que se iban desvaneciendo en las cercanías del mar, iba tan absorto en mis pensamientos que cuando me di cuenta llevaba un buen rato caminando con el sol a mi espalda. Sol a mi espalda, el mediodía pasado… Joder, me dije de pronto, y precipitadamente eché mano al gps. ¡Leches!, había dejado inadvertidamente la desviación del GR-52 doscientos metros de desnivel más arriba. Total, que me di la vuelta y comencé a rehacer el camino cuesta arriba, pero no llevaba más de cinco minutos cuando me paré de nuevo como quien se rasca la cabeza y no ve nada claro eso de subirse esa enormidad, enormidad me parecía con el solazo que pegaba. Busqué una sombra, descargué, me senté sobre el macuto, adopté la posición de El pensador, de Rodin, encendí el teléfono y empecé a explorar el mapa de aquí para allá. Sabiendo lo reacio que soy siempre a dar marcha atrás se podrá imaginar que un servidor puesto a ejercer la cabezonería más contumaz era capaz de caminar varios días de más antes de agachar las orejas y coger el camino de vuelta cuesta arriba. De mi examen resultó que por allí, tras una numerosísima colección de bucles de una pista y varios caminos más que descendían entre castañares y algún que otro abeto, se llegaba a un pueblo llamado, Breil-sur-Roya, situado en un valle que tenía comunicación de tren y autobús con Ventimiglia, en Italia. Aquello me gustó. Un cambio de plan que me llevaba a aterrizar junto al mar al este de Mónaco no significaba mucha diferencia y además entreveía que aquella misma tarde podría estar en Niza. Perfecto. Sólo después de comer y llegar a la carretera volví a darme cuenta de que esa precisa carretera tanto me podía llevar a Breil-sur-Roya, si la cogía en dirección norte como hacia Sospel si la cogía en dirección sureste, por donde en ambos casos pasaba el tren. Así que me puse a hacer auto-stop tanto a los coches que subían como a los que bajaban. A los diez minutos paró un chico en dirección Sospel. Era un corredor de esos que suben y bajan montañas a la carrera. Andaba por allí porque el fin de semana participaba en una prueba de la zona. Uno de esos individuos, como los ciclistas del monte, que admiro desde mi incapacidad para realizar una actividad similar. Nos dio tiempo a contarnos algunas de nuestras experiencias de corredores, el de senderos de monte, yo de tardío corredor de maratones.

Una vez en Sospel todavía me quedaba la posibilidad de hacer una jornada a pie hasta Mentón, pero hacia un calor del carajo y la verdad es que entre tanto había perdido esa tonicidad que da caminar un día tras otro sin una meta precisa. Total que allí mismo vi una indicación hacia la estación de tren y allí me dirigí. El primer tren para Niza partía en media hora.



De la caminata de la mañana nada notable que contar. La luz era plana y las montañas parecían adormecidas en el horizonte emergiendo en algunos puntos de un disforme mar de nubes que al fondo debía de ocultar el mar. Los bellísimos amarillos de la tarde anterior habían desaparecido bajo el aplastante sol de la mañana. Es así, la luz, como bien saben los fotógrafos, son los colores y los pinceles con que la hora del día, las especiales circunstancias, pintan un paisaje determinado; es decir, el paisaje por sí mismo malamente es bello en todo momento. Para que éste se haga belleza sin tapujos se necesita la concurrencia de la luz, que pinta, decora, da calidez, lobreguez, tersura al paisaje. La luz de hoy apenas invitaba a sacar la cámara del bolsillo. La luz era plana y el camino largo y monótono. El libro que leía de Carrére tampoco ayudó, terminé por abandonarlo sin más, así que sólo me quedó ensoñar y andar con mis pensamientos de aquí para allá, de lo que resultó que terminé cayendo en la certeza de que no tenía ganas de regresar a casa, que lo que realmente me apetecía era seguir ejerciendo de vagabundo, esa maravillosa profesión que descubrí cuando dejé la escuela y que me lleva a improvisar y buscar un lugar distinto para dormir cada día, siempre junto a un río, en un prado, un collado o allá donde se tercie. ¿Qué hacer? Bueno, pues dándole vueltas se me ocurrió que en realidad los Alpes no se terminan junto al mar. Pensé que se sumergían y reaparecía en algún lugar del mar. ¿Dónde? Imaginé qué emergían en Córcega, lo que a lo mejor es cierto, y a partir de ahí ya tuve música en mi cabeza con la que especular. Sabía que el amigo Manuel Coronado había recorrido la columna vertebral de la isla tiempo atrás, y que había hablado muy elogiosamente de ese recorrido. Conclusión: dos noches en Niza, algo de pintura de Chagall y Matisse mañana, una noche en barco y de nuevo estoy otra vez entre montañas, ahora con el mar perdiéndose en el horizonte a uno y otro lado del GR-20, que recorre la isla de noroeste a sureste. 


2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

! Ole tus cojones¡ esta mañana mientras desayunaba y leía tu relato, pensaba, ¿y ahora con que me desayuno yo? , Alberto acaba su periplo alpino y ahora tendré que leer alguno de sus libros, pero no, al igual que Odiseo se va en busca de las sirenas y aparece en Córcega, vamos que ni Homero se le habría ocurrido, gracias, gracias, po darme lectura mañanera otro poco más de tiempo.

Alberto de la Madrid dijo...

Tengo un sensación muy bonita esta mañana, esa mezcla de ardor que dan los caminos sumada a un emotiva visita a lo cuadros de Chagall. Una confluencia entre la Naturaleza y la cultura y el arte a los que alimentó nuestro largo camino después de bajar de los árboles. De momento seguiré vagando, sí, ahora ante la inestimable presencia del mar.