Cosas que pueden hacer un hombre y una mujer juntos



Medina de Rioseco, 19 de marzo de 2018
Camino de Madrid. Etapa Cuenca de Campos – Medina de Rioseco.


Despedí a Victoria en la puerta del albergue. Ella tomaría el autobús de Medina de Rioseco y allí me es esperaría. Después partiría al día siguiente para Madrid. Estaba desapacible y frío el día. No había caminado más de media hora cuando se puso a llover. Saca el equipo de agua, ponte los pantalones de lluvia… el mismo ritual que había cumplido todos los días durante tres semanas a mí paso por Galicia. Aquí sumándole el viento. Un rato después, con el viento de frente y con agua y frío que éste incrementaba, tuve que buscar la braga que me cubriera la cara. La sensación de frío era muy intensa.

En esa situación, como en otras tantas veces en condiciones adversas, me sentí especialmente dichoso. Recuerdo que acababa de grabar una nota de voz que decía: “la alegría de vivir”, acaso con la idea de escribir nuevamente sobre ese estado de placidez que asalta al peregrino últimamente, cuando se me ocurrió un juego. Pensando en qué haría cuando llegara a casa después de esta experiencia cuasi mística de caminar solo cuarenta días en invierno en condiciones tan adversas con repercusiones sobre mi ánimo tan excelentes, traté una vez más de determinar lo que haría, y en esta ocasión, más que guiado por la idea de un proyecto, pensando en cuáles de mis experiencias de vida más recientes habían sido más gratificantes para mí a fin de guiar mis próximos proyectos por esa línea de conducta bajo cuyo amparo encuentro más ratos de felicidad. Y así me dije, vamos a ver, tío, de todas las actitudes que tiene el hombre en relación con el movimiento ¿cuál de ellas te va mejor? ¿Sentado, tumbado, nadando, de pie simplemente, caminando? Un jubilado, que no está sujeto a ninguna obligación concreta y que tuviera que elegir una de estas acciones como forma predominante de su estar en el futuro, en cuál de ellas encontraría su mejor acomodo. Y me respondo sin dudarlo: caminando.

Ahora bien, como uno no se encuentra solo en el mundo y está destinado a convivir con alguna de las Evas que el camino y la vida le deparan al peregrino, ya que así lo dispuso Yavhé poco antes de coger aquel cabreo de la manzanita y la serpiente que le llevó a enfadarse tanto con Adán y Eva, lo siguiente que se me ocurrió, siguiendo la línea argumental anterior, fue que cuáles serían las cosas meritorias e interesantes que podrían hacer un hombre y un mujer juntos. Y sí, estaba claro, podrían comer, pasear, conversar, cocinar, dormir, estar uno junto al otro leyendo un libro o viendo una peli; también podrían salir al campo a dar un paseo, bailar, ir de copas; obviamente también podrían hacer el amor, aunque aquí ya se me ocurrían algunas objeciones porque hacer el amor se puede hacer de muchas maneras, se puede hacer muy bien, de no querer salir de debajo de las sábanas en una semana nada más que para aliviar el cuerpo de sus necesidades más elementales, se puede hacer el amor pichí pichá o por último se puede hacer de una manera tan chapucera y lamentable como para correrse de vergüenza. Bueno, el caso es que siendo dos personas en lugar de una las variables a tener en cuenta aumentan considerablemente. Si yo estando solo elijo para vivir, porque caminar me reporta placeres inesperados a la vuelta de cada la esquina, eso, caminar, al tratarse de dos personas hay condiciones previas a considerar antes de elegir qué harán esas dos personas juntas posteriormente.

Bueno, pues en este punto y, pese a que venía siendo ya azuzado por el viento y el agua se me metía por el escote de la capa de agua empecé a especular que si yo tuviera que convivir a partir de ahora con una mujer que no conozco, creo que usaría un criterio parecido al que utilicé para el peregrino solitario. Primero de todo trataría de ponerme de acuerdo con ella a fin de que cualquier cosa que pudiéramos hacer juntos a partir del encuentro tuviera connotaciones de armonía y belleza musical. Me explico. De momento yo lo que tendría en mente sería, y valga el ejemplo como ejercicio de aproximación, algo así como el Dúo para violín y viola en sol mayor k423 de Mozart. Si la vida, al decir de Oscar Wide, merece que la vivamos como si de una obra de arte se tratara, al querer compartirla con una mujer debería seguir la misma línea, esa de tratar de hacer arte, sólo que ahora formando un dueto, viola con violín. Bien que tu chica camine, ya que hemos elegido esta condición como actividad satisfactoria, pero como no sólo de pan vive el hombre, necesario será que esas cosas que este hombre y esta mujer hipotéticos tengan en mente sea esa condición de hacer de su relación un arte.

Y punto, que ya está bien y es hora de volver al camino. Más tarde el tiempo se hizo algo más bonancible, pero metido como estaba en aquella ventolera con el camino tendido hacia el horizonte como si lo hubieran trazado a cordel, todo ahora oscuro como una mar triste que viniera de los funerales de Poseidón, no tuve más remedio que acordarme, como otras tantas veces que ha aparecido a lo largo de los años en este blog, de mi admirado Julio Villar, montañero de mucha fuerza, que tras un accidente en el Mont Blanc cambió la cuerda y los mosquetones por una cáscara de nuez de unos pocos metros de eslora y se hizo solo a la mar para componer poesías y dar la vuelta al mundo en su pequeño velero. La imagen de Julio Villar me persigue esta mañana mientras me enfrento a la lluvia y al viento y voy pensando que si en estos días llueve con intensidad estos caminos arcillosos se convertirá en barrizales imposibles de atravesar. Un hombre que aprende en unos días las faenas de la navegación y se echa al océano sin más a vivir la soledad de las olas y las tormentas marinas, cuando no la calma chicha de los trópicos. Que se echa al mar y escribe poesía, su ¡Eh, petrel! es pura poesía en prosa, y que habla con las estrellas y los delfines, y con el hombre que va con él, y que tiene ante sí durante meses un mar inmenso y casi infinito, y que por la noche se tumba en la borda del barco a mirar las estrellas…

Mi mar de esta mañana camino de Medina de Rioseco antes de llegar a Moral de la Riena, también me trajo el recuerdo entrañable de Cristina Spínola dando la vuelta al mundo sola y en bicicleta. Todavía la oigo en la emisión del otro día de Radio Exterior, con la emoción en la voz y en los ojos diciendo: “No hay nada más grande que lograr un sueño. Les invito a todos los que sueñen en grande y que vayan a por ello. Las mujeres debemos hacer todo lo que nos propongamos y ponernos retos, prepararnos en esta vida, no depender de nadie. He querido hacer esto para que las mujeres vean que una mujer es fuerte, una mujer tiene a una mujer salvaje dentro y puede hacer todo lo que quiera. Tres años, veintiocho mil kilómetros, veintisiete países y un sueño cumplido… ¡Y ahora a emborracharnos!”.

Pienso en esta mujer o en Julio Villar y me sube una delgada emoción a la cabeza. Y pienso en esa alegría de vivir que inunda el cuerpo cuando, como escribe Cristina Spínola en la portada de su libro, una sueña en grande y llega a tocar el cielo.


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albertodelamadrid.es












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