Réquiem por una tienda de campaña

  


Cercanías de Herzogstand, 18 de junio de 2018

Tutzinger Hütte - Cercanías de Herzogstand Hütte


Llovió toda la noche. Tuve desde el primer momento la sensación de que este estrecho rincón claustrofóbico de mi tienda distaba mucho del mínimo confort deseable para una larga travesía. Eso al principio, pero la cosa fue empeorando según la lluvia persistía horas tras horas. Las reducidas superficies de la ventilación eran insuficientes para evacuar la condensación que se producía. En consecuencia la humedad terminó por cubrir el interior con una capa de agua. De vez en cuando alguna gota me caía en el rostro y me despertaba. Me encontraba caliente en el saco pero la capa externa del mismo estaba mojada, también la ropa que había dejado alrededor del colchón. Desde que la compré quise convencerme de que podría vivir en ella una temporada, pero ha bastado una noche de lluvia para convencerme de que he hecho una mala compra y que debería haber asumido el peso de la tienda que usé el pasado año. La conclusión es que la tienda y su columna de agua de 10000 mm resisten bien el agua que les viene de fuera pero es incapaz de evacuar la condensación interior lo que la hace útil para una emergencia pero no para ser usada continuamente.

Hacia las nueve de la mañana la lluvia remitió y pude salir de la tienda para organizar mi equipaje. Teniendo el techo prácticamente tocándote las narices es casi imposible hacer ninguna de estas cosas dentro. Estoy enfadado con mi tienda, había esperado más de ella, me ha defraudado. A mí que siempre he dedicado largas loas a las anteriores, mi refugio, mi observatorio de las tormentas, el cálido acogimiento para el final de mi jornada, el lugar donde soñar y recoger el tierno fruto de las largas caminatas… Todo ello se ha convertido ahora en una incógnita, ahora temeré a la lluvia y a las tormentas hasta que no encuentre un habitáculo que me dé confianza. Y lo peor es que vaya usted a saber cuándo me voy a encontrar con un negocio que tenga una tienda que me sirva.

Una lástima porque de hecho cosas así le dejan a uno con el culo al aire ya que a la larga me hacen depender de los refugios… y mediatizan ese encanto de montar mis vivacs por un criterio que depende exclusivamente de la belleza del sitio o de la vista que se puede disfrutar desde él.


De todos modos el día, como todas las jornadas de lluvia,  estaba bonito. La niebla inundaba el bosque de misterio. El sendero descendía abruptamente y el agua, que había dejado todo empapado, hacía delicada la bajada. Días atrás “me había permitido el lujo” de dar unos trompicones en los que me podía haber roto la cabeza, pero que quedó en nada después de hacer mil equilibrios con los bastones para no dar de narices en el suelo. Entonces iba acompañado. Cada vez que comienzo una de estas largas caminatas solitarias debo someter mi voluntad a un especial ejercicio de gran atención en cada momento  y si el suelo está mojado con más razón todavía.

Presiento que el post de hoy lleva trazas de ser la cosa más aburrida del mundo. Y es que me encuentro de lo más sosito y no ha sucedido nada en particular, bosques y más bosques, un valle al fondo entre la niebla, un pequeño despiste que me obligó a echar mano del gps montaña a través, los problemas de Roth con su esposa, que intenta suicidarse y que al final se mata en un accidente de automóvil, los bien cuidados senderos alemanes, la calidad de la luz siempre aterciopelada cuando la niebla se arrastra intemporal por las laderas.


Llevaba la tienda y el saco mojados y aunque no hacía sol llegó un momento que decidí parar un rato para intentar secar lo que pudiera. Elegí un gran tocón para la tienda y una pedrera para mi saco de dormir. Aproveché también para comer algo. De postre me comí una crujiente zanahoria. No, hoy no hubo cerveza, fue el clásico tentempié de embutido, frutos secos y los dátiles. Menos da una piedra. El caso es que cuando terminé la tienda estaba seca y al saco solo le faltaba un poco en la parte de los pies. Me esperaba un descenso de quinientos metros y una buena subida hasta la Herzogstand, pero esto segundo se quedaría al final para el día siguiente.

A las cuatro de la tarde comenzó a llover. Hice un intento de buscar ya un sitio para parar pero enseguida caí en que no tenía agua. El refugio, la Herzogstand Hütte, quedaba todavía a dos horas y media y mi cuerpo no estaba dispuesto a llegar hasta allí. Y yo estaba plenamente de acuerdo con él, pero el agua mandaba. La encontramos un poco más arriba, así que una vez llena la cantimplora todo consistía en buscar un sitio. A la izquierda, en la parte baja del valle, el gran lago de Walchensee ofrecía una bonita perspectiva. Sobre sus aguas se reflejaban un amplio arco de montañas parcialmente cubiertas por las nubes. Pronto vi un caminillo a mi izquierda que se dirigía a un miradero. Justo lo que necesitaba, un balcón para recrear la vista durante el resto de la tarde. Tuve que apresurarme a poner la tienda, pero sólo fue un amago. La tarde quedó tranquila. De momento. Tengo a mi lado una familia de grajos gritadores un poco revoltosos, pero el lugar es tranquilo y acogedor. Mi tienda, tan sujeta a sospechas, me acoge una vez más. Con la puerta abierta, pese a su estrechez, esto parece otra cosa… es soportable mientras no llueva y me obligue a un ejercicio de claustrofobia.












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1 comentario:

Sergio Iglesias dijo...

Hola Alberto, piensa que los que te escribimos desde la cotidianidad té envidiamos y admiramos. Mal rollo
el de la tienda, pero tienes los refugios de sustitutos q siempre te permiten tomar una buena cerveza.
Unha aperta, Sergio