Amor y erotismo en el acto de caminar





“Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo”. (Hermann Hesse, El caminante) 


Binsalm, 5 de julio de 2018

Cercanías de Karviendelhaus – Falkenhütte – Eng-Alm - Binsalm 


“Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura. Pero la otra mitad es una necesidad inconsciente de transformar y diluir lo erótico. Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a albergar deseos amorosos precisamente a causa de su carácter irrealizable, y aquel amor que debería pertenecer a la mujer lo repartimos, jugando, entre pueblo y montaña, lago y garganta, los niños del camino, los mendigos del puente, el buey de la pradera, el pájaro, la mariposa”. Hacia tiempo que no leía nada de Hermann Hesse. Merece la pena recordar las circunstancias de las dos últimas lecturas. La primera la realizaba en la cabecera del valle de Hecho, junto al refugio de la Mina. Habíamos acampado allí toda la familia y a ratos leía El juego de abalorios. Una mañana temprano que tocaba descanso, cuando el sol apuntó sobre las montañas, cogí mi libro y me subí a un altillo con la intención de pasar parte de la mañana leyendo frente al magnífico espectáculo que tenía delante. Llevaba apenas diez minutos cuando de golpe empezaron a subir de las entrañas de la tierra unos aullidos tan lastimeros, tan demoradamente gatunos y tiernos que tuve que cerrar el libro para concentrarme en la música que venía de un rellano a un centenar de metros más abajo. Me pareció que fuera el único espectador de una magnífica sonata que interpretaban en el interior de una tienda dos desconocidos personajes, un hombre y una mujer. Más compleja la estructura de aquella música que una sonata con sus múltiples variaciones y cambios de ritmo, con los prolongados ayes de una mujer que pareciera que iba a morir en los brazos de su amante, su nota dominante era el desgarrador grito inútilmente ahogado en el cuerpo del otro. Olvidé el contenido de lo que leía entonces pero quedó en mi memoria viva esta relación entre la novela de Hesse y aquella celebración de la vida de la que yo era espectador. El segundo recuerdo corresponde a la lectura de Siddhartha. En este caso era el pasillo abarrotado de un tren que se dirigía, creo, a Marrakech. El ambiente, yo sentado en el suelo con pasajeros que entraban y salían de continuo del vagón y en mí el empecinado empeño de seguir leyendo a toda costa la búsqueda de Siddhartha en pos de la sabiduría. Un empeño que parecía un poco quijotesco en aquel ambiente de metro en la hora punta. Leer a Hermann Hesse alienta siempre buenas energías. Hermann Hesse, primo hermano de Thoreau, creo que me va a acompañar largamente durante todo el verano. De momento entro en calor con este librito, El caminante, que tengo que dosificar para que me dure. Hay sabidurías que no tienen desperdicio. En Hesse hoy encontraba mis propios sentimientos y sensaciones.


¿Cuántos collados pasé hoy? No me acuerdo. Se acumulan tantas cosas al cabo del día… no me acuerdo cuantos, caminaba, subía, bajaba en una intimidad tal con las montañas y los bosques que era como pasear por mi casa. De verdad, no me acuerdo. Sé que atravesé montañas pero podría dar cuenta mejor de otros mundos que recorrí, una excelente novela de una autora desconocida para mí, Toni Morrison, Premio Nobel de Literatura de 1993. Su título, Beloved, que se presenta en la nota introductoria así: “Una madre: Sethe, la esclava que mata a su propia hija para salvarla del horror, para que la indignidad del presente no tenga futuro posible. Una hija: Beloved, la niña que desde su nacimiento se alimentó de leche mezclada con sangre”. Hay libros que nutren mi pasión lectora tan plenamente que hacen, sí, que los paisajes, las subidas o los descensos pasen junto a mí como en un segundo plano.


Durante la comida el cielo ha ido empeorando, negros nubarrones empiezan a arrastrarse por las laderas como lamentos de almas en el purgatorio que penaran sin rumbo los pecados cometidos en vida. Tras el capuccino decido sin embargo arriesgarme. Tengo más de setecientos metros de desnivel de subida hasta Lamsenjochhütte, pero confío en encontrar un lugar para mi tienda mucho antes. Apenas he echado a caminar empieza a llover. A un kilómetro tengo un tinglado hotelero así que me detengo allí. No tienen brandy, me tengo que conformar con un expreso que degusto al tiempo que miro llover bajo un gran toldo. Mientras hago tiempo me voy a recepción a preguntar por el precio de una habitación. Setenta euros, no está mal para un lujo rústico que aprecio pero que no va conmigo. Voy a ver como evoluciona la lluvia, si no para vuelvo, le digo a este hombre de recepción, de relucientes entradas, que me atiende con una exquisita cortesía. Deja de llover media hora más tarde. Se ve que el salvaje que llevo dentro sigue su propia naturaleza. “El caminante es en muchos aspectos un hombre primitivo”, escribía esta mañana Hermann Hesse al comienzo de su libro. Sí, un nómada más familiarizado con las lluvias y los senderos de las montañas que con cualquier confortable cuarto de hotel. En consecuencia me pongo en camino, un estrecho y empinado sendero que se embosca en una ladera mucho más inclinada de lo que dan a entender las curvas de nivel de mi mapa. Cuando el sendero termina muriendo sobre una estrecha pista sondeo la posibilidad de ocupar algún lateral para instalar mi tienda, pero no, terminaría invadiéndola y además el terreno es pedregoso e inclinado. Comienza a llover, sí, como era previsible. En uno de los tornantis de la pista parece que sería posible instalarla. Ahora llueve fuerte. En la cuneta despejo el terreno de piedras esperando a que deje de llover para poder instalar la tienda. Hacerlo lloviendo terminaría por dejar empapadas todas mis cosas.


Me siento en un tronco caído. La lluvia es intensa ahora. Me recojo bajo mi capa de agua y, como si fuera una mujer con la falda muy corta que continuamente estira los bajos hacia las rodillas, termino escondiendo mis piernas bajo la falda de mi capa que protege también mis botas de la lluvia. Estoy quieto, absorto en la lluvia. Pasa media hora, una hora. No llega el momento en que amaine un poco. La niebla se arrastra por las laderas como alma en pena; termina invadiendo la ladera opuesta. El agua se filtra por algún lado y moja mis mallas. Me siento como un buda meditando bajo un árbol en medio de la lluvia del monzón. La música del agua es el mantra que cruza la tarde, monótono, igual a sí mismo siempre. Ese musitar de los monjes tibetanos que cuando lo oíamos en los pasos de las montañas del Yunnan, en China, daba la impresión de salir de las entrañas de la tierra. Es un momento muy especial. La cortina de agua y la niebla crean un entorno a mi alrededor que pareciera no pertenecer al mundo que recién había abandonado hacía una hora, sino a otro, al mundo de la poesía, de la música, quizás al mundo de la mística. Como fotógrafo que estuviera ante un notable motivo para su cámara, deseo escribir, dejar constancia de mis sensaciones que me vienen en medio de esta soledad bañada de una fuerza estética y espiritual magnífica, intento escribirlo, pero es imposible manejar el teléfono bajo la capa de agua. Miro el charco que se está formando en el lugar en el que pensé poner la tienda. Ayer la tormenta duró media hora; quizás hoy… pero no. El cielo se ha cerrado sobre mí de manera parecida a esos vuelos en que el avión entra de repente en un Averno de oscuridad y turbulencias. Tardo todavía media hora más en comprender que la lluvia no va a parar. Abandono ese espacio, ahora un gran charco, que yo había destinado a mi tienda.


Abajo había visto una indicación que valoraba en tres horas el tiempo para llegar al refugio. Podría llegar antes de la noche si me empeñaba, pero no me resigno a renunciar a mi tarde de escritura y esparcimiento. Llegar al refugio y acostarme me produce una sensación que no me gusta. Tengo el mono de contar cosas, de recoger estas historias que vivo, darles forma, llenar unos cuantos párrafos. Me parece como si ello fuera parte imprescindible de mi jornada. Incluso ahora que he comenzado a ver cine, necesito ese rato que da diversidad a mi jornada de vagabundo como un elemento más que enriqueciera mis días.

Metido en mi equipo de agua, como tantísimas veces me sucedió el pasado invierno por los varios Caminos de Santiago que recorrí, me siento un hombre dichoso. Es curioso que no me preocupe excesivamente lo que vaya suceder en las horas próximas. En mi mapa aparecían dos o tres casas. Quizás encuentre un porche, el alero de un tejado, quizás… En una revuelta del camino terminan apareciendo las casas del mapa. Enseguida, a la izquierda de la principal, veo una construcción de madera nueva alargada con una balconada que recorre todo el edificio y que tiene todo el aspecto de habitaciones. ¡Ergo, habitaciones eran! Lo que en mi mapa aparecían como casas sin más, mi hada madrina, mientras yo subía bajo la lluvia dispuesto a dormir agazapado bajo el alero de un tejado, lo había convertido en un nuevo y muy confortable refugio. No, no estaba soñando. Media hora después vestía ropa seca y me encontraba sentado en una cama cubierto con un edredón dando cuenta de mi trabajo de cronista metido a vagabundo. Ahora desde la cama oigo llover y puedo contemplar las montañas envueltas en la grisura inhóspita de las nieblas. Colores para un cuadro de Mantegna, esa calidad de tonos del Tránsito de la Virgen con aspecto de grabado que tenemos en un apreciado rincón del Museo del Prado junto a la Anunciación de Fray Angélico. El final de la tarde tiene el aspecto de un tiempo que no fuera a cambiar ya en lo que va de verano. El sonido de la lluvia sobre el tejado es monótono, firme, melancólico. 



















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2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Lluvia, lluvia, bendita lluvia. Ayer muy cerca del valle de Hecho, en el refugio de Linza, también meditaba sobre la lluvia mientras la veía caer. El día anterior habíamos subido a la Mesa de los Tres Reyes, calculamos muy bien el horario y ya cuando nos quedaban 100m para llegar al refugio empezaron a caer gotas y cuando entramos el diluvio universal se precipitaba en el valle. Con una buena jarra de cerveza, desde el porche veíamos caer el agua, esa sensación de estar a cubierto confortablemente y oler la tierra mojada, no tiene parangón.
Claro, no es lo mismo que estar en una tienda, en ella es mucho mejor y más relajante. Por la noche en la habitación donde dormíamos, éramos 15, y tú ya sabes cómo es esto, calor, ronquidos, ventosidades...., imposible dormir, me puse los auriculares y en el teléfono, primero el concierto para violín y orquesta de Thaikosky, después el de Sibelius, y como los ruidos no cesaban pensé el seguir con la Novena de Bethoven, me decidí por coger la colchoneta y salir a dormir un rincón del pasillo.
Definitivamente prefiero a tienda.

Alberto de la Madrid dijo...

Jaja... Es verdad, yo temo ese ambiente de los refugios cuando hay mucha gente.el pasado año en Alpes me toco escalar una litera de tres pisos. El ambiente arriba era terriblemente claustrofóbico. Algo me salvaron los tapones de cera. En Góriz tuve una experiencia similar.

Hoy tengo sol y además piso tierra italiana, lo cual me alegra. Una vez subí a la Mesa de los Tres Reyes desde el refugio de Belagua y lo tengo como un recuerdo ambiguo que me gustaría repetir.