En el entorno de Peña Santa





De camino para casa, 27 de agosto, de 2019 

Picos de Europa. Anillo de los Tres Macizos. Fuente Prieta – Vega Huerta – Soto de Valdeón - Cordiñanes.



Es un retorno a casa tranquilo y apacible. No tengo prisa, quiero saborear cachito a cachito esta aventura que ha sido mi paseo por Picos de Europa. Las curvas del Valle de Valdeón, Pandetrabe, la carretera parcheada de siena, las laderas cubiertas de retama, el aire tibio que entra por la ventanilla del coche, todo tiene un sabor delicioso, quizás algo parecido a algunos regresos de Gredos cuando con el cuerpo molido bajábamos las laderas del Morezón bromeando con que no había que probar el agua, que había que hacer sed para mejor saborear la cerveza que nos esperaba en Venta Rasquilla. Recuperar a veces este tipo de sensaciones es accidental, pero hoy sucede así sin más. El mundo me parece perfecto y armonioso desde este cuerpo cansado después de nueve horas de caminar entre Fuente Prieta y Soto de Valdeón. Desde estas circunstancias el mundo se ve cálido y habitable, como uno de esos días en que tu avión se va acercando a Barajas y el ajedrezado campo de los cultivos, sus rastrojales, los sepias y color tabaco de sus tierras aparece como un hermoso cuadro en donde se hubieran dado cita un Tapies, un Miró y muchos de los colores que componen la paleta de Van Gogh cuando pinta el campo agrícola o Los Girasoles




Ah, cuanta razón tenía el misántropo Pessoa cuando decía que las sensaciones eran de lo mejor que tenemos. Y voy conduciendo después de Pandetrabe y tengo que parar para que éstas no se me escapen con el movimiento del coche, necesito hacer un ramillete con ellas y mirarlas y olerlas y decirme a mí mismo que cada vez que sienta el leve roce de su perfume me detenga antes de que el instante haya pasado. Tan delicadas son las sensaciones a veces, tan tenues, que es necesario buscarse un rinconcito cuando aparecen, encontrarles un trocito de alma que pueda atenderlas a fin de que ellas pasen a formar parte de tu flujo sanguíneo, penetren por ósmosis en tu cuerpo y tu alma y fluyan a través de ellos inundando hasta el último rincón de tu ser. Sensaciones. Las de ayer tarde metido en una sima mientras fuera restallaba la tormenta, o cuando la tormenta amainó y las montañas salidas de la nada de la niebla emergieron al mundo como un primer día de la creación, enormes, misteriosas, intimidantes. 




Y me detengo en un apartado de la carretera porque necesitaba parar y retener el instante y alargarlo y, también, dejar constancia de ello, añadir al placer de estas livianas sensaciones el placer de escribirlas. 

Ahora es un rato más tarde, algo más allá de Guardo. El tibio sol de la tarde entra por la puerta de mi furgoneta. He parado a prepararme mi té de todas las tardes, esta ya habitual costumbre desde que en los Alpes, concluida mi jornada de caminar e instalada mi tienda en algún recoleto altozano, las experiencias del día se concentraban en torno a un humeante té que me sabía a gloria. Hoy té con galletas de chocolate. 




Poco antes de que sonara el despertador ya había inflado por cuarta o quinta vez mi colchoneta. La húmeda frialdad del charco que tenía debajo de la tienda me alertaba. Miré hacia el exterior, pero el pequeño hueco de la cueva no me dejaba ver más que un hachón de luminosidad que tanto podía ser niebla como el desteñido color de un cielo nublado. Después resultó que no había ni una nube sobre las montañas. El escenario no me pareció tan grandioso ni tan misterioso como la tarde anterior, pero aún así era magnífica la soledad. Me estaba calzando frente a mi cueva cuando apareció un caminante madrugador. Nos saludamos efusivamente. Luego nos vemos, fue su despedida. El lugar lógico podría haber sido el refugio de Vegabaños, que no lo fue porque después yo atajaría para ir directamente al valle de Valdeón. 




El tramo entre fuente Prieta y Vega Huerta volvía a ser de una soledad extraordinaria, cantiles, grandes jous que se hundían a los pies del sendero, todo un circo de montañas que vistas desde abajo producían la sensación de no haber sido hoyadas por ningún humano, tal era la percepción de aislamiento y de cosa primigenia que producían. Llegar a la horcada de Pozas obliga a un par de trepadas después de muchas subidas y bajadas a través de los lapiaces, pero esta sensación de estar solo en este paraíso lunar es densa y prácticamente no desaparece a lo largo del recorrido, sí, hasta ese momento en que después de la Aguja Corpus Christi  avisté los verdes prados de Vega Huerta, instante en que desapareció esa cierta opresión de soledad de piedra para ser sustituida por un mundo suave y prometedor de senderos en los que ya es posible relajar la atención y sumirte en tus pensamientos. 




He terminado mi té y el sol está a unos dedos sobre el horizonte, así que creo que voy a conducir otro rato. Después de Picos tenía la intención de marcharme hacia Pirineos pero coincidió que mañana celebramos el tercer cumpleaños de mi nieto Manuel y he decidido que mi nieto merece que descienda de latitud por unos días. Hace dos meses que no le veo y no quiero que se olvide de su abuelo :). Google me dice que me quedan tres horas para llegar a Valdemanco, pero con esto del regreso voy a intentar hacer lo que se debe hacer con las sensaciones, es decir prolongarlas todo lo que su elasticidad dé de sí. 




En las cercanías de Osorno existen pequeños pinares a ambos lados de la carretera. Me introduzco en uno de ellos buscando el extremo de poniente a donde llegan las últimas luces del día. Sigo flotando en el cálido ambiente de un final de “algo” importante. 




Descender por la canal del Perro me trajo inevitablemente a la memoria el recuerdo de mi hijo Mario, ese hombre que ya al nacer, junto a su hermana, son mellizos, empezó a hacer de la vida algo un tanto extraordinario naciendo a los siete meses con una probabilidad de vida del treinta por ciento. De aquello salió despacito pero salió. Después se hizo mayorcito, fue buen caminante pero a la altura del bachillerato se atascó tanto que le tocó viajar por medio mundo con los libros de texto bajo las narices. Era digno de ver, que diría Teresa de Jesús, su estampa de estudiante a la sombra de un toldo en los Pirineos mientras sus hermanos y nosotros subíamos al Monte Perdido o al Neuville, o entre las rejas de un refugio con cara de quéselevaahacer y con el libro de lengua o matemáticas entre los codos. Después de eso viajó mucho y un buen día se marchó a la India y, como resultado de su estancia en Calcuta con enfermos terminalesm se le revolvió tanto el alma que, después de licenciarse no quiso saber nada de la civilización y se hizo una choza en el monte y con unas pocas cabras siguió experimentando con la vida. Pero realmente los primeros experimentos que hizo fueron en Picos de Europa, uno de ellos en la Canal del Perro, de ahí que meta de rondó a mi hijo aquí. El experimento consistió en que dado que había descubierto que una buena pedrera pude ser como bajar en slalom en una pista de esquí, llegado a la canal del Perro, y yendo muy por delante de nosotros, se puso a hacer slalom arrastrando naturalmente montones de piedras pequeñas con él. Mi hijo, que siempre experimentó con la vida, sin embargo en aquella ocasión podría haber sido su último experimento si no fuera porque su padre salió corriendo como un loco pendiente abajo chillándole que parara. Él había dejado uno de los bucles del camino pensando alcanzar el siguiente más abajo, pero se habían acabado los bucles y el sendero continuaba recto cortando la pendiente. La pedrera en la que tan ricamente Mario se había puesto a patinar terminaba en el infierno. De todos modos fue un deporte que toda la familia practicamos años sucesivos en las inmensas pedreras de Dolomitas. Estos días me da por hablar de uno u otro de mis hijos, pero es que es obligado, son tantas las aventuras que hemos vivido juntos tanto en Picos como en Pirineos o Alpes… 




Pues hacia el final de la canal del Perro andaba esta mañana cuando vi acercarse a dos personas, eran dos pastores de Amieva, José y Jesús, que iban a echar el habitual vistazo semanal a sus vacas que andaban pastando por los altos de Vega Huerta. El día anterior había sucedido un hecho extraordinario en los Montes de León, un rayo había matado a veinte vacas a la vez, algo insólito, y se les veía preocupados porque la tormenta en aquella parte de Picos, la que me pillara a mí subiendo a Fuente Prieta, había sido de órdago. Charlamos un rato. Les vi con tantas ganas de hablar que descargué el macuto y me senté junto a ellos. Eran gente que no cambiaba aquella su dura vida por un trabajo en la ciudad. Dio juego a la conversación el hecho de que mi hijo Mario hubiera sido cabrero durante muchos años. Historias de pueblos, las matanzas, los problemas con los lobos que la administración resarcía de mala gana, con mucha demora y con un precio exiguo. Posaron gustosos para un retrato de época. 


José y Jesús, pastores en la Canal del Perro

En el collado el Cueto, en lugar de tomar el camino de Vegabaños tomé una senda a la izquierda que me llevaba a Vega de Llos y Soto de Valdeón y más tarde a Cordiñanes,donde terminaría este hermoso itinerario que denominan Anillo de los Tres Macizos. 















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