Una sima me salva del naufragio
Una sima junto a Fuente Prieta, 26 de agosto, de 2019
Picos de Europa. Anillo de los Tres Macizos. Refugio Vega Ario – Refugio Vegarredonda – Fuente Prieta.
La historia ésta de los refugios es otra historia que apenas tiene que ver con lo que habitualmente es mi pasar la tarde en ese mi hogar que es mi tienda. Como decía un cartel en el refugio de Vega Ario, “no tenemos wifi pero tenemos cerveza que mejora la comunicación”. Así que comunicación sí, aunque ésta generalmente se limite a tal o cual excursión o a tal o cual montaña, ese recurso que sustituye al parte del tiempo entre desconocidos que coinciden en un refugio. Las charlas, las noches con sus inevitables ronquidos, aflautados, de bajo profundo como salidos del fondo de una cueva, con su inevitable calor y ambiente cerrado porque hay gente que tiene miedo a lo lobos que puedan entrar por la ventana del refugio, el ritual de dormir apelotonados… todo ello frente a mi prístina soledad, mi diálogo con las estrellas o los vientos, mi amoroso requiebro con el rumor de los arroyos o el profundo silencio de las montañas.
Ese mi estar conmigo mismo y con los elementos, que constituye la gracia de mi pasión esencial, la de la montaña y los caminos, se desvanece cuando entro en un refugio, que en caso de buscar otra cosa, amparo contra los elementos o la compañía de personas con las que comunicarme, estaría justificado, se desvanece cuando de lo que se trata es de llenar el alma de las bellezas de este mundo, de escuchar la música de la naturaleza en permanente dueto con mi ánimo. Amén.
Ahora, tras la tormenta, el suave y apaciguador rumor de la lluvia que oigo desde el porche del refugio, salpicado de tanto en tanto por el retumbar de la tormenta que parece estacionada sobre las cumbres más altas.
Hoy tocó atravesar el magnífico desierto de lapiaces, hondonadas, llambrías, un paisaje que a veces se humanizaba con la aparición del verde de los prados que salpican este paisaje blanco de trabajoso caminar. Perdí media docena de veces el rastro de los hitos que jalonan el itinerario, me tocó hacer alguna trepada, pero pese a todo cabía decir que en conjunto el itinerario, un recorrido de cinco horas, era un divertido paseo lunar.
En un alto paré, descargué y me volví: ¡Qué bello es todo esto!, me dije. Este mundo caótico donde sólo los rebecos son capaces de pasar toda su vida, grandes hondonadas y picachos anónimos sembrando el horizonte próximo de presagios, a esta hora todavía tenía una prestancia amable digna de la paleta de algún pintor solitario capaz de recoger ese íntimo silencio que destila todo el paisaje de Picos de Europa. Unos minutos después apareció un grupo de cuatro que seguían mis pasos. De momento tomaron la delantera. Por un buen rato descansé del trabajo de buscar continuamente los hitos, que a veces no encontraba y me obligaba a echar mano al gps y al track que había grabado previamente. Es difícil hacerse una composición del itinerario que seguimos con tantas vueltas y revueltas. Uno se entrega en cuerpo y alma a los hitos o al gps y sólo tiene delante el centenar de metros inmediatos, una sucesión de lapiaces, pequeñas crestas o prados, alguna sima.
Qué admirablemente fácil es poner en la vida de uno una aventura. Basta estar cómodamente instalado en un refugio, hoy refugio Vegarredonda, mirar la lluvia, oír tronar la tormenta o pasearse la niebla por alrededores, espectáculo de belleza ya de por sí grande, y darle vueltas a la cabeza al asunto de qué hacer porque volver a dormir en refugio al vagabundo éste no le convence, y dejar pasar la tormenta, más o menos y ver un pequeño claro y decidirse. Sí, la aventura ya está en marcha.
Me han dicho que cuatrocientos metros de desnivel más arriba, junto a la bifurcación de los caminos del Jou Santo y el de Vega Huerta, hay una fuente, y me agarro a la idea de ese clavo ardiendo como quien dijera, toma, como hay una fuente ya puedo tirar para arriba sin más. Es cojonuda la manera en como uno puede engañarse para en el fondo evitar algo que no te apetece o seguir el capricho que se te ha cruzado entre ceja y ceja. La disculpa: una fuente que hay por ahí arriba. Estaba cantado pero… A Vegarredonda ha llegado con la tormenta un buen puñado de gente, que se cambia de ropa, se toma su cerveza y se dispone a pasar la tarde de charla al abrigo del refugio. Pero el menda no, un servidor que es un raro para muchas cosas lía el petate, se echa el macuto a la espalda y se va monte arriba. A los diez minutos de empezar a caminar el claro había desaparecido y una espesa niebla lo cubría todo. Otros diez minutos más y empezó a llover, flojito al principio, chirimeando como quien va de broma, pero enseguida fuerte, en serio. Y el terreno que se pone también serio, se empina, zigzaguea entre la niebla camino de ninguna parte a juzgar por las sombras fantasmales que aparecen por aquí y por allá y que un momento después desaparecen en la grisura de la nada. Dos horas, me han dicho. Fijé un waypoint en el mapa para que me avisase la app y pusiera especial atención. También me dijo el gerente que guarda el refugio que había un corralito para instalar la tienda, pero lloviendo como llovía ¿qué iba a hacer?, incluso aunque tuviera un buen sitio para la tienda en cinco minutos tendría toda mi impedimenta empapada. En fin, que tenía diversión bajo lo pelos de mi cabeza para entretenerme. Días atrás mi chica, que estaba leyendo a Alex Honnold en su libro Solo en la pared, había tomado nota de una cita en un momento en que Alex se encontraba en una situación complicada en la que no tenía posibilidad de retirarse. Le pedí que me la leyera. Decía simplemente esto: “Permanecí concentrado durante unos instantes en las opciones que tenía”. Aquí no había otra opción posible que la que dejara de llover, que obviamente no dependía de mí. Así que nada que evaluar. Llevaba una hora y tres cuartos caminando cuando me sacó de mis pensamientos la ronca voz del teléfono que decía: “fuente a ochenta metros”. Había situado el waypoint a ojo de buen cubero, así que lo mismo podían ser ochenta que doscientos metros. Me extrañó que hubiera una fuente aquí porque el terreno era muy accidentado en ese lugar. Pero ah, sucedió, milagro, aquello de Dios aprieta pero no ahoga, algo totalmente imprevisto. ¿Lo que adivináis? ¿La Virgen que se me aparece en medio de la tormenta, porque en tormenta se había vuelto a transformar la cosa y llovía recio? ¿Algún mago, que sin recurrir a la lámpara del cuento me salvaba del diluvio? Pues no, nada de eso, sucedió simplemente que… ¡Eureka!, me encontré con la boca de una gran sima, o eso parecía porque yo no veía el fondo, con un pequeño vestíbulo plano de las exactas medidas de mi tienda. Naturalmente el vestibulito tenía goteras y el espacio no daba exactamente para colocar un tienda. Primer problema resuelto. Ahora tenía que solventar el asunto del agua, aunque en caso necesario con tantas goteras bien podía llenar un buen cazo. Consulté el mapa y la forma del camino y decidí buscar la fuente. Dejé el macuto en la cueva y salí de nuevo bajo el aguacero. Llegué a la bifurcación que me habían indicado, tomé el camino de Vega Huerta y cincuenta o cien metros más abajo ya oí sonar el agua, era un buen chorro que salía de entre las rocas como, esto sí, una aparición.
En esta salida estrené un colchón de aire muy ligero pero resultó que el colchón empezó a perder aire desde el primer día que lo usé, una pérdida que se fue haciendo progresiva con el tiempo y que en este momento era casi total al cabo de las dos horas. La entrada de la cueva tenía un pequeño charco justo en medio y todas las goteras que tendría por la noche irían a parar bajo mi tienda. Ello significaba que si no quería dormir encima de un charco tendría que inflar el colchón cada hora y media. Así que ya me imagino poniendo el despertador varias veces por la noche para hacer lo propio.
Esto de caminar en la niebla además de tener su encanto puede depararte unas sorpresas extraordinarias. Sucedió que después de colocar la tienda, lo que me costó bastante tiempo, viendo que había dejado de llover un momento, salí fuera y, jo, lo que me encontré, ya en parte sin niebla los alrededores, fue un extraordinario e impresionante escenario de montañas. Así, de repente, me parecía estar en medio de un mundo excepcional al que hubiera sido transportado por lo hados con los ojos cerrados. El escenario lo formaban las Torres de Cebollera, la Torre de la Horcada, la Horcada del Alba y la Ferrezuela. Me impresionaba la visión de este salvaje rincón de Picos. Espero que mañana el tiempo sea clemente y se apiade de este caminante solitario al punto que me permita llegar a Vega Huerta y descender hasta Vegabaños.
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