La canal de Dobresengos y Trea de un tirón



Refugio Vega Ario, 25 de agosto de 2019 

Picos de Europa. Anillo de los Tres Macizos. Portilla de Caín - Canal de Drobesengos - Fuente Fría - Canal de Trea -Refugio Vega Ario


Hoy no hay despertador que valga, pero es lo mismo, la claridad de la tienda me dice que debe ser hora de levantarse. Me vuelvo para coger el teléfono: las ocho: puf!  Ayer debí de excederme, tengo el cuerpo roto. Me cuesta horrores incorporarme. Fuera el cielo está turbio pero no para echarse a llorar. Las montañas están menos vistosas que ayer pero no parece que haya que recurrir al equipo de agua. 



La canal de Dobresengos tiene fama de interminable y solitaria. Degusto la idea de soledad que la canal me ofrece esta mañana, un trozo del planeta que permanece inalterado desde el principio del mundo. Necesito un rato de caminar para ir olvidando poco a poco mi cansancio del día anterior. Pasado el jou Grande y el Bajero se alcanza a ver el mar de nubes que se está formando en el Cares y en la parte baja de Dobresengos.

Un rato más tarde me envuelve totalmente la niebla. En la ladera han empezado a aparecer algunas hayas aisladas y poco más abajo me encuentro en mitad de un hayedo que es como entrar en las páginas de un cuento de misterio. La belleza plástica de las hayas cuando les envuelve la niebla tiene siempre algo de seductor. En estas ocasiones siempre me da pena no llevar conmigo la reflex. En medio de este paisaje cautivador es siempre posible sacar unas pocas copias dignas de ocupar las paredes de una exposición fotográfica. La jugosa gradación de grises dese el negro del primer plano que poco a poco va aclarándose hasta desvanecer toda forma tragada por el gris claro de la niebla, es un material que me es familiar desde los tiempos en que hubo laboratorios fotográficos en casa y que no me canso de fotografiar. Tener una buena cámara a mano en un día de niebla en circunstancias como éstas habría dado para pasar un par de horas investigando la genial mezcla de luces y sombras que un hayedo ofrece.



 En un momento el Oruxmaps, que es muy previsor me dice que a ochenta metros está el Canalón. De repente el sendero gira a la derecha y se tira de cabeza monte abajo por un estrecho canalón. El track que llevo aquí hace algo raro y se dirige fuera del canal. Dudo, pero a ambos lados la pendiente es impracticable. Continuo canalón abajo, que en su mitad se ha hecho muy inclinado, pero siempre con la mosca tras la oreja. El gps me indica de repente que estoy fuera de ruta, pero cuando lo voy a consultar la señal ha vuelto al trazo del track. Más abajo se ven claramente las trazas del sendero que, pasado el canalón, gira a la izquierda. Interpreto que la profundidad de éste ha sido la culpable de una señal errónea. 

Dejo atrás la niebla. Enfrente, al otro lado del Cares, las montañas lucen un largo cordón de nubes. Estoy bastante cansado. Mi mochila es demasiado pesada para estas enormes cuestas. Me encuentro realmente cansado y estoy pensando en parar cuando el teléfono vuelve a abrir la boca para anunciarme que estoy a ochenta metros de Fuente Fría. Perfecto. Me sorprendo cuando miro la hora, llevo más de tres horas de descenso. Decido parar un rato. Pruebo cobertura, la hay. Charlo un rato con Victoria, como algo pero enseguida comienza a llover. 



Desde Fuente Fría puedo ver pasar a la gente por el sendero del Cares. Más a la derecha localizo la canal de Trea, que miro con cierto recelo considerando lo cansado que me siento. Mil doscientos metros de desnivel después de que alcance el Cares. 

La última vez que bajé por la canal de Trea mi hijo mayor tenía dos años y medio. Entonces Guille era Copito de Nieve, le habíamos comprado un macuto e iba por los senderos de Vegarredonda como un perrito de esos que no paran y suben y bajan continuamente para después volver al lado de sus dueños. Guille era parecido. Era su primera salida a la montaña y debía de ver aquello como una extraordinaria novedad. Acampamos junto al lago Enol y, por la mañana, cuando nosotros salíamos de la tienda él ya estaba fuera correteando metido en su mono blanco, de ahí aquello de Copito de Nieve con que le bautizamos en aquella salida. Hoy Copito de Nieve se ha hecho muy muy grande y aquella afición que tenía de corretear por la montaña le ha desaparecido, aunque el otro día que nos vimos en Sotres me dijo así muy de pasada que se iba a apuntar a la próxima excursión familiar que hagamos a la montaña. Bueno, pues en aquella ocasión Copito de Nieve bajó la mitad de la Canal de Trea durmiendo a mis espaldas. Era portentoso comprobar como pese a lo que ajetreado del “viaje” por esta inclinada canal él se quedaba sopa mientras Victoria y yo andábamos como quien pisa huevos para que no se agotara demasiado el copito de nieve que llevábamos a la espalda. 

Hoy esta misma canal, me parece, pese a su inclinación, un sendero de trazado ejemplar. Da la impresión que cada vez que alzo el pie encuentro una roca donde apoyarlo. Subo con ese ritmo pausado y lento con el que se pueden hacer millas sin cansarse. Mi cuerpo responde flexible casi como de baile. Y es que el sendero se presta a ese ritmo: uuunoo, doooos, uuunoo, doooos. ¿Quien me hubiera dicho un rato antes que iba a disfrutar subiendo por aquí? En el límite superior de las encinas hago un corto descanso. Mitad de camino más o menos. Por un momento quedo profundamente dormido. 



Paso bajo la pared de un gran espolón rocoso, giro a la derecha y de nuevo otra inclinada rampa me lleva al labio superior de la canal, que no es ni mucho menos la cercanía del refugio como yo esperaba. Mientras tanto la tormenta se ha ido formando. La oigo lejos pero ya me imagino lo que me espera. Quince minutos más tarde, cuando me encuentro sorteando uno de los laberintos kársticos clásicos, comienza a llover. Equipo de agua al canto y, eso mismo, pies para qué os quiero. El gps me dice que estoy a un kilómetro del refugio de Vega Ario. Tengo que andar con cuidado, la roca se ha mojado y estos laberintos con agua pueden ser motivo de un pequeño accidente. Cuando el laberinto termina lo que tengo delante es un extenso prado verde; llueve bastante pero de hecho me salvo por los pelos. Nada más pisar el vestíbulo del refugio la trona está ya formada y llueve con ganas. 

Hay bastante gente pero todavía tienen un puesto para mí. Espero la hora de la cena con una cerveza entre las manos mientras miro fuera el ajetreo del agua y los truenos. La silueta gris de las montañas del Macizo Central ocupa el centro de este majestuoso escenario. 




















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