Parte alta de la canal de Dobresengo, 24 de agosto de 2019
Picos de Europa. Anillo de los Tres Macizos. Cercanías de Collada de Pandébano – Vega Urriello – Refugio Ramón Lueje y jou de los Cabrones– Jou de Cerredo – portilla de Caín.
Me desdigo de lo que dije ayer sobre el Parque Nacional. Que se vayan al cuerno sus gestores, los políticos, los Borbones y sus princesas y que dejen a cambio todo como está, eso es lo que me salía del alma esta mañana mientras caminaba por la magnífica desolación lunar que lleva al jou de Cabrones. Magnífica y maravillosa soledad apenas perturbada por un puñado de caminantes. Estaba equivocado, seguramente, cuando proponía, al modo de los Alpes o las Dolomitas, mejores senderos, señales y cosas así. Miedo me daba pensar que los burócratas de turno metieran mano en este paraíso que prácticamente se conserva aquí salvaje y primitivo como uno no puede encontrarlo en ninguna parte de Europa.
Estoy encantado con la jornada de hoy, repantigado en la parte alta de la canal de Dobresengo, frente a la horcada de Caín, ahí arriba, rodeado por picachos contra un cielo intensamente azul que recuerda el que sobresale por encima de los glaciares y seracs en Alpes, hago balance del día de hoy y me parece haber vivido una singular experiencia, especialmente desde que dejé atrás el refugio de Cabrones (refugio de J. Ramón Lueje), el jou Negro, el de Cerredo que hay que bajar hasta el fondo, como un enorme cráter, y subir penosamente entre cascotes sin encontrar un solo hito y vigilado desde lo alto por las murallas del Torre Cerredo, la horcada al fin de don Carlos con un magnífico panorama de cumbres al frente y con el Naranjo a la izquierda sobresaliendo como un patriarca de estas tierras de desolación, y más allá la horcada de Caín, donde en principio quise instalar mi tienda pero que en previsión del cambio de tiempo anunciado preferí sustituir por un vivac más protegido ya entrado en la canal de Dobresengo. El ambiente de esta parte del Macizo Central es sin lugar a dudas, precisamente por su desolación y la altivez y complejidad de las montañas que rodean los numerosos jous, uno de los lugares más hermosos de nuestro país.
No sé qué me sucedió hoy, pero me desperté a las cinco de la mañana y no era capaz de volverme a dormir, así que no lo pensé mucho. En media hora estaba de camino siguiendo el rastro de luz que mi frontal dejaba en la estrechez del sendero. No duró mucho este pequeño placer de caminar en la noche, más arriba el sendero desembocaba en la pista y, hoy, fin de semana, ya tenía algunos madrugadores que subían en coche hasta el final de ésta. Amaneció más arriba de Pandébano, cuando pasaba sobre el refugio de la Terenosa. Había ido por allí dos o tres años antes, un otoño que andaba retratando el esplendor del otoño del norte y no resistí la tentación de darme una vuelta por Vega Urriello, que es como pasar a ver a un amigo que siempre te va a poner en bandeja una docena de recuerdos agradables. El mío de hoy era mi hija con cinco o seis años asomando de mañana temprano por la puerta de la tienda de campaña con un gesto encantador. Mi Gorda, que se hizo famosa un verano haciendo la Alta Ruta Pirenaica porque para entonces había crecido y se había hecho adolescente y llevaba “sus joyas” de paseo por las montañas para cuando aterrizábamos en algún pueblo ponerse guapa.
Era temprano pero Urriello estaba ya muy concurrido después de las nueve de la mañana. Dos cordadas escalaban ya a un tercio de la base de la Oeste del Naranjo, otros preparaban un cuantioso material junto a la fachada del refugio. Paré el tiempo suficiente para tomarme un café con leche y unas galletas.
No sé yo cómo uno se enreda a veces de forma tan tonta en cosas sin chicha ni limoná. Ayer tarde, cuando escribía mi crónica del día, me confundí queriendo arreglar una parte del mundo y sin más me lié a mandoblazos, como un vulgar don Quijote, con los señores estos que gestionan los parques nacionales, y no sólo eso, que después quise llegar a más lectores con ese asunto compartiéndolo en otros lugares; pero eso, a lo que iba, ¿de dónde salía ese afán del día anterior, me preguntaba a la altura de la horcada Arenera cuando bajo mis pies se abría el jou de los Cabrones, cuando de hecho el mundo es el que es, la gente vota lo que vota, y a la mayoría de los responsables de la cosa pública se la suda eso que llaman el bien común? ¿Por qué tenía yo tanto empeño en poner cartelitos y señales cuando maldita la gracia etc.?
En esta ocasión el gestor del refugio de Cabrones también era una persona peculiar, un hombre joven de una timidez casi enfermiza que vivía encerrado en el piso alto del refugio al comienzo de cuya escalera había un ostentoso cartel que decía: “Prohibido el paso”. Me costó encontrarle cuando llegué y lo mismo les sucedió a cuatro personas que vinieron después, todas tenían que gritar el “ah del castillo”, a lo que sucedía un ruido en el desván y un precipitado descender por las escaleras. Llegaba abajo y no decía palabra, esperaba que le hicieran la solicitud de lo que quería y después desaparecía en su desván para volver a aparecer silencioso cargado con una cerveza o un refresco. Quise bromear con él diciéndole: ‘pareces un monje de clausura”, pero no siguió la broma, contestó con un escueto sí. La sensación de soledad del lugar no la menguaba este rústico refugio de piedra en mitad, parecía, de la nada.
El Anillo de Picos clásico a partir de aquí desciende por la canal de Amuesa, baja a Bulnes y Puente Poncebos y después hace el Cares hasta encontrarse con la canal de Trea. Todo un tramo que ya conozco de otro tiempo. Quise explorar otras soledades y desolaciones, así que diseñé un recorrido particularmente empeñativo que ya mencioné más arriba. En Urriello me indicaron diez horas de marcha para llegar a Caín desde allí, así que debería dormir en algún lugar intermedio. Tendría que haber terminado la jornada antes, pero se anunciaba mal tiempo para mañana y el camino era bastante complicado antes de llegar a la canal de Dobresengos, así que alargué la jornada. Dobresengos tiene fama de ser interminable y con un desnivel considerable, pero me aseguraron que no había problemas, que se bajaba bien. Así que si el tiempo se pone tonto, una vez en la canal sólo es bajar y bajar hasta Caín o hasta el comienzo de la canal de Trea, que está un poco más al norte en el Cares.












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