Mi encuentro con Ainara, Rosa y Guille
Cercanías de Collada de Pandébano, 23 de agosto de 2019
Picos de Europa. Anillo de los Tres Macizos. Collada Val de Mingueru - Cercanías de Collada de Pandébano.
En el collado Val de Mingueru, que no Valdominguero, como me aclararía más tarde el gestor del refugio de Casetón de Andara, me encontré una chapa atornillada a una roca que decía PNPE, es decir, Parque Nacional de Picos de Europa. Bueno, pues había dormido bien, me había comido mi muesli, estaba en paz conmigo y con el mundo, pero bastó ver aquella chapa para que en mi cabeza se dibujara uno de esos bocadillos de los tebeos en cuyo interior podía leerse: “Sí, todos lo responsables de los parques nacionales de este país son unos lelos”. Sí, así, una de esas generalizaciones contra las que hay que estar alerta para no parecer un individuo que todavía no ha salido de su pueblo y no se ha quitado por consiguiente la boina de la cabeza. Yo no es que, quizá, no haya viajado todavía lo suficiente, pero los parques nacionales que conozco de medio mundo suelen tener arregladitos los caminos, señalizados, atrezados y seguros los lugares de paso peligroso; también suelen tener indicaciones de a dónde se dirige tal o cual senda. En fin, cosas de esas para que la gente disfrute de eso, del parque correspondiente. Aquí no, aquí la pasta se gasta en construir un ostentoso mirador, que no hace ninguna falta en absoluto, y además se le pone el nombre de una mujer, que por derecho vaginal, lleva el nombre de princesa. Eso, responsables de parques nacionales, a los que más que responsables de etc., cabría ponerles el apelativo de lameculos de los Borbones, y no es que yo tenga nada en contra de los lameculos, cosa ésta de mucho gusto, especialmente para quien recibe los lametazos, pero es que esta clase de lameculos a los que me refiero, lejos de ser una clase social en extinción, parece que sigue medrando sin remedio.
Quizás yo soy un cagueta o me acobardan los años, pero he atravesado los Alpes de un extremo a otro por diferentes partes cuatro veces y pasado por todos los parques nacionales del círculo alpino, Suiza, Alemania, Italia, Francia, Austria, Eslovenia y Liechtenstein, por senderos conocidos y nunca, nunca tropecé con pasos, en donde hubiera un cierto riesgo justificado, que no estuvieran equipados, o advertido debidamente cuando el tramo exigía determinado nivel de experiencia; he atravesado, decía, y nunca me sucedió lo que me encuentro aquí. Más tarde, por encima de Sotres, me crucé con un grupo de seis personas mayores que estaban también haciendo el Anillo de Picos de Europa. Hablé un rato con ellos. Les advertí de la situación en que estaba la parte alta del canalón de Jidiellu, y que relaté en mi crónica de ayer. Me dejó algo preocupado pensar cómo dos o tres señoras mayores que iban en el grupo sortearían aquello. Bueno, pues eso debería ser tarea de un responsable de un parque que no se dedicara a eso, a lamer culos a otras autoridades por encima de ellos. Creo que tenemos pleno derecho a disfrutar de esta preciosa joya que es Picos de Europa con un nivel de seguridad adecuado. Y que quede claro, no abogo por convertir ni mucho menos Picos en un laberinto de autopistas, sino en hacer accesibles y seguros muchos senderos que se hacen a menudo y que podríamos disfrutar con un poco de seguridad en ellos. Un ejemplo para no dejar en abstracto estas consideraciones, es la subida al refugio Collado Jermoso desde Cordiñanes, muy bien equipado en su primer tramo, pero… con cuerdas, que aunque gruesas se degradan mucho más que las de acero (cuando yo encuentro una cuerda en mi camino, nunca me siento seguro). La parte última de este itinerario que cito no tiene ninguna ayuda y creo que sería muy conveniente equipar algún tramo. Una razón más es que hay mucha piedra suelta, un peligro adicional para quienes vienen detrás en la subida. A estos responsables del parque nacional les sugeriría, siguiendo mi reciente experiencia según camino, dejar un sendero en condiciones en el canalón de Jidiellu, no hay ni hitos ni señales, y habilitar en el último trozo cables o dispositivos que hagan seguro el tránsito por el lugar. Estimo, por la gente que hace el anillo con que me he encontrado estos días, que puede llegar a ser uno de los grandes itinerarios de España más apreciados. Ergo, responsables de estas cosas: poneos las pilas y haced lo que debería haber sido vuestra primera obligación desde hace décadas.
Había aprovechado la oportunidad de cobertura que había después del refugio de Casetón de Andara para hablar con Victoria, pero lo que tenía en la cabeza desató mi hilaridad y cuando ella descolgó no pude contener la risa. Se lo expliqué. Había llegado al refugio y en la puerta me encontré a una pareja mayor de escoceses con cara de haber alunizado de repente en un país incomprensible. En ese momento apareció en la puerta el gestor del refugio, don Pedro González, gestor del refugio y natural de Sotres con el rostro desencajado lanzando denuedos al aire contra todo ser viviente que no hablara su propia lengua. Dos pobres jóvenes inglesas habían intentado entrar en el servicio, una construcción anexa, que estaba cerrado y que para ser abierto necesitaba que hicieran alguna consumición, cosa que ellas naturalmente desconocían. Eso había sido el desencadenante de su furia, así que todos los que vinieran detrás que no hablaran el idioma de Cervantes ya tenían el sanbenito colgado. El matrimonio escocés sólo quería un café, pero el guardés no escuchaba. Tuve que hacer de intérprete y de abanderado de la paz. Me partía de risa contándoselo a Victoria, Pedro, rojo de ira entraba y salía del refugio soltando improperios al aire mientras los escoceses de pie intentaban expresar que ellos sólo querían tomarse un café y hacer un pipí. Pero estaba en la inercia de la cuesta abajo en que le había puesto su mal humor y no atendía a razones. Pero Pedro, le decía después cuando tuve un poco de confianza y se había calmado algo después de servir los dos cafés a la pareja de escoceses y de abrirles las puertas del baño, tienes que curar tu salud, si te pones así cada vez que tengas una contrariedad te va a dar un patatús. Es que yo soy así, contestaba, si hay que cantarle las cuarenta a alguien se las canto sin más. Y cuando intenté hacerle razonar sobre eso de que todos “esos” (los que no hablan español, se entiende) no son ni mangantes ni disolutos y que fuera de España hay, como aquí, gente de todo tipo, nada que nada. Todo lo arreglaba entrando y saliendo en el refugio haciendo como que estaba muy atareado.
Pobre hombre. Y el caso es que algo de razón debía de tener, pese a unas grandes líneas, como surcos de arado, que cruzaban su frente y que los muchos años de mal humor habían esculpido entre sus espesas cejas y el cabello, porque nada más preguntarme donde había dormido y decirle yo que en el collado de Valdominguero, volvía a saltar: sí, como esos que van cambiando los nombres de por aquí y no tienen ni idea. No es Valdominguero, sino Val de Mingueru. Le agradecí la información, porque la verdad es que aquello de que alguien del IGN bonitamente sentado en un despacho convierta la Val de Mingueru, que tanto sabor local tiene, con un lugar frecuentado por domingueros clama al cielo. De todos modos la gente que está siempre enfadada con el mundo la verdad es que lo tiene crudo.
Terminé haciendo amistad con él así que cuando me iba a marchar le pregunté si le podía hacer una foto frente al refugio, que estaba escribiendo algo sobre Picos de Europa, etc. Dios, en que momento se me ocurrió. De repente, sobre su rostro apaciguado después de su encuentro con esa “gente extranjera”, apareció la enseña de la reticencia. “¿Y usted quién es?, me soltó de repente alarmado como alguien que ve que un extraño se le va a meter de rondó en su casa. Tuve que diluir rápidamente mis palabras en naderías ajenas para hacerle olvidar la idea de que le había propuesto hacerle una foto. Me despedí de él, saludé a un grupo de ingleses con los que había estado hablando y me marché, pero no había caminado cien metros cuando el recuerdo de mi encuentro con el gestor del refugio, don Pedro Gonzalez, natural de Sotres, me asaltó llenándome de gozo el cuerpo. Y es que en la vida real uno no se encuentra así como así a un personaje de estas características, habría que recurrir a lo más notable del surrealismo del cine español para encontrar algo igual, yo qué se, un Alfredo Landa, un Pepe Isbert en alguna de esas películas que veíamos de niños tras la posguerra.
Estoy sentado frente a Sotres y bajo el collado de Pandébano. Había pensado subir a dormir al collado, pero encontré un lugar tan bonito junto a un abrevadero, que aquí me quedé. Desde este lugar privilegiado en mitad del bosque miro caer la tarde y repaso el día con sumo gusto. Y es que fue un día muy especial. Guille, mi hijo mayor, Rosa, su chica, y Ainara, mi nieta, andaban de vacaciones por una playa cercana y vinieron a comer con el abuelo a Sotres. Fue un bonito encuentro. Durante la comida hablé como un descosido, se me arremolinaban los recuerdos de cuando recorría Picos de Europa con mis hijos pequeños y me encantaba hacer partícipes a Rosa y a Ainara de aquellas salidas que de forma tan especial quedaron grabadas en mi memoria. Me hubiera gustado que Ainara hubiera heredado algo de mi afición amorosa por la montaña, pero… bueno hace otras cosas muy interesantes. Pasó mucho tiempo escalando en un rocódromo y ahora hace peripecias en el aire con telas acrobáticas.
La tarde se está poniendo de color pastel; frente a mí ha desaparecido la agresividad inhiesta del Macizo Central que acaparaba mi mirada estos días. Otros ritmos. Mañana estaré de nuevo metido en faena, Urriello y acaso, si no se tuerce el tiempo, el Jou de los Cabrones y el refugio Ramón Lueje.
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