Valle de Hecho, 31 de agosto de 2019
Cuando Santiago Pino me dice que no paro, la verdad es que no sé qué decirle. Uno no para cuando toma como referencia que su estar corriente es su casa, pero en mi caso, que mi estar natural en lo últimos veranos son las montañas, sean éstas los Alpes, Pirineos o Picos de Europa, cabría decir que no paro si continuamente me desplazara de las montañas al llano o a “mi casa”, la otra, El Chorrillo. Descubrir que en los veranos yo podía vivir en los Alpes y en invierno en los Caminos de Santiago o en el Algarve portugués o en… vaya usted a saber, fue un descubrimiento notable cuando ya andaba cerca de los setenta. Decía Luís Sepúlveda en Patagonia express, que uno no es de Madrid o Sevilla, que cada uno es de donde se encuentra bien, lo que aplicado a mis circunstancias si alguno viene con el consabido “Where are you from?”, lo que debería de contestar sería “de la montaña”, es decir Alberto de la Montaña :).
Así que carretera y marchando. Arranca la furgo, señala en el Google Maps un destino, por ejemplo Valle de Hecho, pon la palanca del cambio en la D y a tirar millas hacia el norte.
Pasado Huesca, el cielo, que hasta entonces había estado habitado por pequeñas nubes como esas que pintan los niños sobre las montañas y los trigales, había empezado a oscurecerse al punto de convertirse el horizonte en una masa de azul grisáceo que preludiaba lluvia. Tomé la carretera de San Juan de la Peña no obstante y fue llegar a la cercanía de los Mallos de Riglos para que estos se vistieran de gala con unas manchas de luz y la lluvia se esfumara. Vaya, ahí están de nuevo estos gigantones a los que una vez me acerqué con intención de escalar pero que una vez debajo me impusieron tanto respeto que determiné dejarlo para la próxima reencarnación en que considero estaré más preparado.
Pero no fueron recuerdos de escalada los que se arremolinaron en torno a mi memoria:
Estaba dando Una vuelta a España a pie.
Hicimos cientos de kilómetros juntos y en el tramo del Prepirineo era principios de primavera. Elegimos el GR-11 para continuar nuestra ruta pero el exceso de nieve nos hizo desplazarnos más al sur por el valle de Baztán hacia el GR-1, llamado Histórico. A la altura de Egea de los Caballeros nos separamos porque Vermell tenía problemas en una pata y necesitaba cuidados veterinarios. Continué yo solo por el GR-1, que pasaba por los Mallos de Riglos. Mucho más allá de los Mallos, al poco rato de dejar el albergue donde había pernoctado, me sorprendió un punzante dolor en el costado que enseguida estimé que podía ser aire y que se me pasaría con algún masaje como se hace con lo bebés cuando no pueden expulsarlo. Pero aquello fue a peor enseguida. Descargué el macuto y durante un rato intenté aliviar el dolor tumbado en posición fetal. Nada. Estaba a treinta y tantos kilómetros de Huesca. Era temprano y el campo y sus amapolas estaban bonitos a rabiar, pero empecé a sentirme tan indefenso con aquel dolor que no hacía otra cosa que aumentar, que las fuerzas se me fueron esfumado. Hacia el mediodía probé con un analgésico más fuerte, pero sólo tuvo un leve efecto sobre mi organismo. Terminé por acurrucarme a la sombra de un árbol e intenté dormir un poco. Dormí a ratos, quizás ayudado por los analgésicos. No sabía qué hacer. Recuerdo ir alejándose los Mallos de Riglos a mis espaldas lentamente como en una película a cámara lenta. Sopesé llamar al 112, pero me daba una vergüenza tremenda. Me imaginaba una ambulancia buscándome entre los trigales, o peor todavía, un helicóptero intentando localizarme entre las amapolas o las cebadas y se me caía el alma a los pies. Y mira que si sólo era cualquier idiotez. La sensación de ridículo entonces… No sé bien cómo pude recorrer aquellos últimos veinte kilómetros hasta las afueras de Huesca. Era un dolor difícil de soportar y sin embargo los anduve. Hoy que lo recuerdo, conociendo el diagnóstico, y con lo mismos Mallos entonces a mi espalda que esta tarde se yerguen al atardecer ante mí con su erecta belleza como lares y penates de este pequeño pueblo aragonés, Riglos, todavía me parece mentira aquella larga caminata solitaria hasta las mismas puertas del hospital. El diagnóstico: un cálculo renal de siete milímetros de diámetro se me había atravesado en el comienzo de un uréter y estaba produciendo una bestial retención urinaria en días en que la ingestión de agua sobrepasaba los tres litros diarios. El médico que me atendió me dijo que algunas mujeres habían manifestado que el dolor del cólico nefrítico puede ser mayor que el de un parto. El cólico nefrítico me tuvo en el hospital tres días. El AVE me devolvió a casa al cuarto día con una provisión de analgésicos extras en el bolsillo por lo que pudiera suceder. En el hospital me atendían dos hijas de Eva encantadoras, una de un color mestizo y de una sonrisa tan acariciante que daban ganas de quedarse en el hospital un par de meses, pero con la familia empeñada en ir a buscarme en coche, como si fuera un enfermo de gravedad, no quedó más remedio que regresar a Madrid.
Dos semanas más tarde el mismo tren me devolvía a Huesca para continuar mi periplo por la península que no terminaría hasta el siguiente mes de noviembre.
En las cercanías de Hecho encontré junto a un puente de piedra un buen sitio para pasar la noche. El río haría de sonajero a mí sueño.




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