Pirineos. En la Senda Camille
Collado de Bernera, 1 de septiembre de 2019
Pirineos. En la Senda Camille. Refugio Gabardito - Collado del Foratón - Collado de Bernera.
Tengo la sensación de que esto es mi casa. Hoy un collado, el Bernera, entre el refugio Lizara y el ibón de Estanés, collado envuelto en una densa niebla. Un silencio absoluto, grandes bloques de rocas calcáreas a mi alrededor, la visión reducida a unos pocos metros, ni siquiera la más leve brisa. Se masca la soledad. Y la digiero bien, con una sensación de familiar compañía, como si ella fuera una parte de mi cotidianidad. Hoy, antes de abandonar el Pau de Bernera, un gran plató por dónde culebreaba un abundante arroyo, tuve la precaución de coger agua suficiente, y que me doblaba la espalda. Tener agua suficiente es un lujo que te permite plantar la tienda allá donde te plazca y cuando quieras. Había desistido de bajar hasta el refugio Lizara a comer, eso de bajar para después volver a subir por el mismo camino no es lo mío, mucho se me tenía que haber perdido en un refugio para que yo me decidiera a hacer semejante trabajo, por ejemplo, que hubiera hecho migas con la linda alemana que hace el GR-11 y con la que charlé un rato en el collado del Foratón y más tarde junto a la fuente Fuenfría; esto de tener debilidad por las mujeres en realidad le puede llevar a uno a hacer cualquier clase de tontería, incluso bajar doscientos metros de desnivel para al rato volverlos a subir, aunque para tal creo que la cosa debía ser de haber sufrido mucho ayuno; estaba diciendo que había desistido de bajar al refugio Lizara porque ya esbozaba desde temprano la idea de hacer de mi vivac y mi tarde un reducto de gusto y aislamiento. Había atravesado grandes prados que ya lucían el color tardío del verano, ese ropaje que se ponen las praderías a finales de agosto o principios de septiembre como quien se prepara ya mismo para el otoño. Mi recuerdo de esta época por los Alpes son grandes extensiones de prados que allí hacia mitad de mes se vuelven de un color tostado precioso en donde la paleta cálida de los ocres y los amarillos adornan las extensas alfombras sobre las que se levanta el imperturbable gris acero del granito de las montañas. Y atravesando tanto prado me entraron ganas de dormir en uno de ellos, pese a que en muchos se encerrase una humedad de mil demonios. Todo el suelo que había pisado desde que salí del refugio Gabardito daba muestras de que grandes lluvias habían visitado el lugar estos últimos días. Por fin, un poco más abajo del puerto de Bernera, al fondo de lo prados, cuando el camino empieza a precipitarse hacia el Ibón de Estanés, encontré el lugar para mi retiro de hoy.
Previamente me había encontrado con un grupo de cuatro de Tudela y uno de ellos, Óscar, se había interesado tanto por mi sistema de navegación que me vi forzado a darle un breve y rápido cursillo de cómo funcionaba todo esto de poder orientarse en la niebla sin problemas. Estaba tan ello que paramos un rato, teléfono en mano, para la parte práctica del cursillo. Estoy tan satisfecho con el mapa que uso normalmente que, además de proporcionarle a él la web de donde lo conseguí, lo voy a compartir aquí para provecho de quien quiera echar mano de ello. Son mapas de extensión .img, es decir, de Garmin y son los que uso desde hace tiempo en Alpes y España, también los de Islandia los saqué de la siguiente dirección. La web: aquí. Es sorprendente la precisión que usan y la calificación de dificultad de los senderos en base a colores diferentes (de T1 a T5, este último cuando el sendero se convierte en trepada). Se había echado la niebla y aunque Oscar no llevaba ningún mapa, estaba tan interesado con el Oruxmaps, que tuvo que seguir mis explicaciones mientras colocaba mi tienda. La previsión del tiempo daba lluvia para las dos y eran las tres y en mi plan para una tarde de monje contemplativo no entraba hoy mojarme.
Estaba terminando de colocar la tienda en un pequeño pradito en forma de promontorio, la mejor manera para que el agua de la lluvia no se te meta bajo la tienda, cuando apareció entre la niebla la sombra de un fantasma que pronto se hizo de carne y hueso bajo la apariencia de un joven alemán que enseguida, con cara de preocupación se dirigió a mí como quien encuentra accidentalmente un salvavidas al rato de haber naufragado. Su español no daba para que le entendiera. Pasamos al inglés. Que si era éste el camino de Candanchú. Dios, pobre. No llevaba ni brujula ni mapa, sólo el librito de la descripción de GR11, que desde Hendaya le había ido bien, pero que en el Ibón de Estanés, donde se junta el GR11 con la variante GR11. 1, había tomado las señales de la variante que le llevarían al final de la jornada al mismo lugar del que había partido por la mañana. Parecía descorazonado y en absoluto dispuesto a volverse atrás; prefería irse al refugio Lizara y dar la vuelta por el sur, quién sabe cómo, antes de rehacer su camino. Más o menos el tipo de reacciones que tengo yo… Le di algunas indicaciones de un par de lugares en donde podía errar el camino y su espectro, una sombra gris con una gran chepa sobre la espalda, desapareció apresurada entre la niebla tal como había aparecido.
¿Qué somos sino desorientados espectros caminando en medio de la niebla por la vida? ¡Ah, cuánta la necesidad de una brújula y un buen mapa…!
La niebla se ha hecho más densa. Chirimea. Dejo descansar un poco mis ojos que están reñidos con la pantalla del teléfono. Pienso con gusto en la película de esta noche cuando la oscuridad venga a darse una vuelta por estos montes. Nada que hacer, ahora oír la lluvia que cae suave como una caricia sobre mi ánimo. Lluvia amiga, niebla amiga, montes, prados, hermanos en esta rara y hermosa cosa que es la vida. Tino Núñez me lanza un cable desde las redes: “¡En tu línea, Alberto!”. Gracias, Tino, por recordarme eso de la línea. Sí, creo que a estas alturas de la vida llevo un buen mapa y una acertada brújula conmigo. Menos mal, me digo, porque si con más de setenta años uno no anda un poco orientado, pues apaga y vámonos…
Escribió Pascal que todas las desgracias del hombre provienen de su incapacidad de permanecer solo y en silencio por un tiempo en una habitación. Últimamente en Picos de Europa me dio por teorizar sobre el asunto de la soledad y me sorprendió mucho encontrarme con algunos comentarios que la elogiaban, porque más bien es algo que desde fuera se percibe como extraño o anómalo. Yo mismo tengo esa misma percepción, que me obliga muchas veces a hablar de mí mismo como de un tipo raro y excéntrico, sin embargo, cuando considero lo excepcional de las circunstancias que vivo, excepcional ateniéndome a los usos corrientes de la gente, este aislamiento entre el silencio de la niebla o cuando la tormenta agita violentamente mi tienda, creo que de lo que se trata más que de un asunto de ir o dejar de ir solo, es algo que se podría comparar a la afición desbordada de un melómano que para oír la música de modo que llegue hasta sus tuétanos, hasta el fondo de su alma de modo que ésta pueda extasiarse y sumergirla en el universo de los sonidos de una misa, una sinfonía, un dueto, necesita un silencio absoluto, un escenario donde sólo la armonía de los sonidos tengan cabida. Ergo, la soledad de un bosque, un valle, una tormenta, un acantilado junto al mar para que ninguno de estos “sonidos” que se destilan a través de la generosa naturaleza se pierda.
La hora del té. Pausa. Cuando paré por el camino casi se me olvidan las pastas. La hora ritual del té es como la hora de la cerveza llegando a un refugio. Esos pequeños ritos de que está hecha la vida y que tanto la estimulan… Y tras el rito del té también ese otro rito de no hacer nada al que se le puede llamar meditación si se quiere, aunque uno no se ponga en posición loto. Ayer leía en Betty Dodson, Amor para uno, una nueva y original manera de meditar que habría que considerar. Mantenía la autora que la masturbación (fea palabra donde las halla, a la que bien podría encontrársele un término más agraciado), que la masturbación, decía, puede considerarse como una forma de meditación, cosa en la que este vagabundo no había caído pero que está en condiciones de considerar como cierta. He aquí, en palabras de la autora, su experiencia: “Había estado practicando el sexo como meditación durante bastante tiempo. Utilizaba la energía del sexo para unir mi cuerpo, mente y espíritu en el momento del orgasmo —un momento de placer cósmico”.
Perdón, se me enfría el té.
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