Día 73. Niebla, frío, sol… de todo

 


Malga Dignas, 46,64283372°N, 12,59131283°E, 29 de agosto de 2025

Me había dicho Olga, la amable propietaria del refugio Rinberto, que tendría unas diez horas de camino hasta la Malga Dignas, así que salí del refugio con la disposición de quien debe caminar mucho más rápido de lo que acostumbra. El cielo estaba encapotado (quien lo desencapotará…) y un centenar de metros más arriba la niebla se tragaba el paisaje convirtiéndolo en una masa de gris sucio. Habría llovido durante dos días consecutivos, incluida toda la noche pasada, así que los senderos estaban finos, muchos de ellos convertidos en riachuelos. El barro… ya desde que dejé el refugio fue imposible evitarlo, pero estaba animoso y me encontraba fuerte. Después de los trescientos metros de desnivel de caminar entre la niebla, el sendero, que algún día recibe el nombre de Sendero de las malgas, con más o menos altibajos se mantendría entre los dos mil y los mil ochocientos metros. Todo muy propicio para que caminara como no lo hacía en mucho tiempo. Me sentía a gusto dentro de esa nube que fue la primera parte de la mañana. Más tarde levantaría un poco, era un paisaje bajo cuyo techo de nubes, ahora por encima de los dos mil metros, la extensión de los bosques se extendía indefinidamente. Las vacas aparecieron en algún momento como salidas de un sueño. Tolón, tolón… 

Hacia frío y con el viento que se había levantado la temperatura me pareció de invierno. Podría haber parado y sacado más ropa de abrigo pero me acordé de mi hijo Mario y resistí la ventolera pese a que los dedos de la mano se me estaban quedando como sarmientos. Lo conté alguna vez en alguno de los blogs. En cierta ocasión, era invierno y hacía bastante frío, mi hijo, el cabrero en aquel entonces, inventó algo que el llamaba trashumancia invernal, que consistía en cogerse a Gitano, el caballo, y al resto de cabras que tenía entonces, y marcharse allá por los montes de la Sierra Norte de Madrid. Unas mantas al estilo pastoril de otros tiempos, su talego de cabrero cruzado del hombro a modo de mochila, un bastón y tirar monte arriba y monte abajo con sus cabras. En cierta ocasión me pidió si le podía llevar algo que necesitaba a alguna parte del monte. Llegué muy tarde, anochecía y hacía un frío del carajo. El lugar en donde habíamos quedado era tres paredes y un tejado. Allá en un rincón había instalado su vivac pastoril junto a un fuego de campamento. Las cabras y el caballo merodeaban por los alrededores. Era una estampa medieval sólo que con mucho frío. A lo que iba. Charlando sobre esa vida suya que había elegido gratuitamente, en un momento me dijo que lo que él quería era adaptarse al frío, hacerse fuerte frente a él, la lluvia o la nieve. Fue un pensamiento que se me quedó ahí bailando. Hermann Buhl  se entrenaba llevando bolas de nieve en las manos desnudas y el amigo Javier Mayayo vivaqueaba en invierno en el balcón de su casa de Madrid. Habituarse al frío, una buena consigna. Silvia Vidal dice que es una friolera pero se va a abrir una vía de mil metros al culo del mundo, un culo muy frío, y se tira allí colgada en la pared tres o cuatro semanas. Pues eso, que pensando en Mario y en otros, aunque hacía un frío del carajo casi me entraban ganas de quitarme ropa, pensar en mi hijo elevaba la temperatura de mi cuerpo. Para que luego diga Enrique que el alma no existe, toma que existe, si no existiera el alma seguro que tendría que haberme puesto el plumífero. Porque si es mi cuerpo el que recibe el frío, ahí está mi alma, mi ánimo, para hacerle frente y hacer posible transformar el frío en calor. Si Jesús multiplicó unos pocos panes y unos pocos peces para dar de comer a una multitud, no veo yo por qué mi alma no ha de convertir a su vez el frío en calor. Cómo era aquello del fuelle, algo así como convertir las dificultades en fuelle con que avivar nuestro fuego interior. Jo… vaya rollo me he pegado, y todo porque hacia frío y recordé a Mario haciendo un ejercicio de ascesis… 

     

Muchas horas, demasiadas. Olga me había asegurado que en la Malga Merlín podría comer y la Malga estaba cerrada, así que ármate de valor y después de engañar al hambre comisqueando algo, tira quinientos metros de desnivel para arriba, hasta el paso Palombino, después casi hasta la cumbre, y vuelve a bajar el mismo desnivel. Y cuando has llegado allí, visto que el talego de la comida está un poco escueto, no tener más remedio que desviarte de tu ruta en una buena bajada para ver si la Siguiente malga, la Dignas, está abierta. 

Y sí, estaba abierta y regida por una joven gobernanta, Aurora, entusiasta, amable, estudiante de saxo y piano en la universidad de La Coruña, toda ella dispuesta a charlar y a hacerme la vida fácil. Una joya. 

No sé cómo he sido capaz de escribir estas líneas. Había pasado más de una hora investigando, al fin tenía wifi, las rutas posibles de continuación en distintos medios, pasando los tracks al OruxMap, comparando, enviando a Santiago el material para que me uniera las trazas y al final estaba medio ciego. El pequeño descanso de la vista durante la comida sirvió para que a trancas y barrancas pudiera terminar estar lineas.




















 


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