Bajo la pared sur de la Marmolada

 

Sobre el Pian de Fedaia, 30 de julio de 2017

Una tromba de agua sobre la tienda me despierta. Son las tres de la mañana. Los rayos iluminan la tienda, los truenos retumban por aquí y por allá como la traca final de los fuegos artificiales de un pueblo. Sólo que más, más solemne, más bronco, más imponente. Pero no son horas para hacer de mi tienda un auditorio por más que la música que aquí suena sea magnífica. Busco a tientas mis tapones de cera en el chaleco. Me los pongo. Me vuelvo del lado cuyo oído me funciona y me aprieto contra el jersey que me hace de almohada. Me duermo. Pero la tormenta me vuelve a despertar una u otra vez. A la mañana entra una claridad inesperada por el techo de mi tienda. Recojo, salgo, no está del todo despejado, pero casi. El camino trazado sobre una fina arcilla está encharcado, en las suelas de mis botas se forman grandes masas de barro. El sendero que discurre por una pendiente corriente se ha hecho peligroso,  resbaladizo. Paso frente a un abeto que crece orgulloso sobre un gran monolito de roca. Vamos, que sí uno se lo propone puede crecer bellamente en el medio más hostil que se pueda imaginar.


Desayuno en el refugio Contrin, punto de arranque para el acceso al Pas de Ombreta, setecientos meteos de desnivel más arriba. Sí, me salgo del trazado de la Vía Alpina, que se dirige desde aquí al paso Pordoi para convertirme en peregrino no precisamente hacia La Meca o Santiago de Compostela. Hoy voy a hacer de peregrino hacia mí mismo. Necesito contemplar desde abajo esa pared sur de la Marmolada que aparecía ayer en la cabecera de mi post. Bueno, no sólo contemplarla. Es que uno, que se ha sentido siempre muy poquita cosa en todo, ayer, cuando contemplaba desde el paso San Nicolo la pared sintió por dentro tal grado de satisfacción por una juventud tan bellamente empleada en escalar alguna que otra pared de estas montañas que necesariamente el cuerpo me pidió, como peregrino que va a besar los pies de alguna virgen querida, que me acercara a rendir tributo a mi particular objeto de devoción, es decir yo mismo en los primeros años de mi juventud, y no porque hubiera nada de excepcional en ello sino por el acierto de haber elegido, no los caminos del Señor, que ya en los Salesianos quisieron hacerme cura, sino este hermoso mundo de las montañas.


¡Oye! ¿Soy pesao con esta traca de los amores montanos? Pues no será la última ni la penúltima vez que hable de ello, que sí este blog llega a tratar de algo en especial será siempre ese lo mismo que el otro día Julio Armesto corroboraba; que no soy yo solo el que mucho debe a la montaña.

Bueno, que llego al collado y que nada de nada, la Marmolada, pudorosa ella, se ha ido desvistiendo poco a poco ante mi mirada expectante, pero el espectáculo ha quedado ahí, a medias. Sus rocas gráciles, pero también robustas, la impetuosidad de su arranque, el color macizo de sus formas, todo, más arriba oculto bajo la niebla, ofrecía un cierto aspecto erótico que la niebla ayudaba a resaltar.  Un poco más arriba del paso, a la derecha, semiescondido entre las rocas asomaba el vivaco en que habíamos pernoctado Nena y yo casi medio siglo atrás. Recuerdo que en el libro de visitas del mismo había estampado junto a unas líneas su firma Reinhold Messner la semana anterior, algo que para un veinteañero convicto devoto en aquella época de la montaña, debía de ser algo así como la aparición de la virgen en los arrabales de El Escorial para un feligrés de la Santa Madre Iglesia etc.


Como la chica no se quita los celos que la cubren y no es cosa de pasarse allí el día, me largo. Los caminos de las Dolomitas son a veces un fértil encuentro de contertulios. En uno de los bucles del camino de repente se encuentran charlando en un batiburrillo de lenguas dos alemanes de Munich, un italiano de Verona, dos de Milano y un español de El Chorrillo (si en octubre Cataluña se hace independiente prometo yo a mi vez convertir El Chorrillo en país independiente; no faltaría más). Total, que pegamos la hebra con un poco de italiano, otro de inglés y algo de español y al cabo del rato todos estamos enterados de la mitad de nuestras respectivas vidas. Nos vemos, arrivederci, see you later y los alemanes se van a su vía ferrata, los italianos al pas di Ombreta y un servidor hacia el refugio Onorio.


 Dos o tres horas y estoy en Malga Ciapela y me encuentro, cómo no, con lo femenino.

Joder, la cosa de lo femenino, el ánima o como se quiera llamar que Gaston Bachelard recrea tan brillante e íntimamente en la Poética de la ensoñación, que es algo que está ahí como el aire, lo masculino y lo femenino bailando en las honduras del ser se todo hombre y toda mujer, complemento. Un rostro serio que de pronto transforma su rostro, sonríe, el ánima abriéndose como una flor para rozar al otro con la caricia de su contrario siempre ahí, Dios santo, para alegrar la vida, que es de lo que se trata, que para desgracias y tenemos bastantes. Ella, que antes sonrió breve y leve como una acaricia, ahora escribe en un cuaderno de pastas de madera y páginas color café con leche.

Si todos tenemos una parte de nosotros masculina, el ánimus, y una parte de femenino, el ánima, como especula Bachelard, y el ánimus y el ánima se complementan en una rara simbiosis de poética ensoñación, digamos en algún inesperado momento como el de hoy en que mi ánimus entró en comunión con la presencia del ánima de esta solitaria escribidora que compartía su escritura, sería y concentrada, sin saberlo con un servidor, voyeur, digamos que lo que resulta es una comprensión de ese ser demediado al modo de Platón en que una mitad encuentra a la otra mitad en algún apartado e inesperado rincón del mundo.

Y si además yo no fuera un tímido empedernido, me iría con mi taza de café a ella, le pediría permiso para sentarme a su mesa y le hablaría de estas cosas y del cuaderno bonito en que escribe desde hace media hora, absorta como si su vida fuera dejar por escrito algo que se le ha colgado del pensamiento en este rato de ocio.


 Más arriba, sobre el Pian de Fedaia, paso el final de la tarde tripeando al sol, tanto sol que me sobra toda la ropa. Por un lado y por otro el paisaje es bonito de la leche. A mi izquierda un montaña echa humo como si se estuviera fumando un gran habano, a mi derecha ahora el último sol se abre paso entre las nubes, espejea sobre las aguas del lago Fedaia. 













2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Te sigo. Por paisajes conocidos y me imagino que ahora te diriges hacia la Civetta.

Alberto de la Madrid dijo...

La Civetta la tuve enfrente todo el día, aparece con mi tienda en el último post. Ahora como bajo las paredes del Pelmo, al ladito.