A ritmo de salsa. Una ascensión a la Mujer Muerta.








La Losa – El Chorrillo, 15 de diciembre de 2018


 El día estaba feo, pero precisamente porque estaba feo pensé que acaso estas condiciones propiciaban alguna fotografía que mereciera la pena. El que se me haya despertado de repente este apetito fotográfico es uno de esos regalos que un septuagenario debe de agradecer porque el asunto puede ser cosa de mucho provecho, que dirían los antiguos. Así que elegí un destino, subir a la Mujer Muerta desde El Espinar y, como no tenía ni idea cuando lo decidí de las condiciones de nieve que me iba a encontrar, cargué con todo, raquetas, crampones, guetres… sólo faltó atravesar en el macuto los esquís. Pero, eso mismo, que siendo una excursión fotográfica, cuando fui a hacer la primera toma nada más salir de El Espinar, me encontré con que mi máquina no tenía SD. Un fiasco, pero qué le vamos a hacer.


No encontré ni pizca de nieve hasta las cercanías del collado de Pasapán. La niebla, que raleaba de aquí para allá sobre las laderas de la garganta del río Moros a primera hora, se había metido por el bosque jugando al escondite entre los pinos y llenando el lugar con ese halo de misterio que pone ella allá donde decide pacer y recrearse. Llegué exhausto al puerto; y eso que yo creía que estaba en mediana forma, cuando en realidad llevo tres meses haciendo el vago. Tuve que parar a repostar, de pies, rápidito, como quien no quiere gastar tiempo en esas nimiedades que es surtir de calorías al cuerpo. 

Las huellas, tres pares, que me habían precedido sobre las escasas manchas de nieve, se quedaron en el collado. No volvería a encontrar otros rastros durante todo el día. Caminar en la niebla desde que los gps funcionan tan bien, ha dejado de ser un problema, ese que antiguamente propiciaba que cuando tu querías ir a Cercedilla aparecieras en Lisboa, así que adelante. Paré en peña Oso a fotografiar al osito que algún simpático caminante había instalado en la cumbre y luego me entretuve un largo rato en sortear peñascos y vigilar que mi pierna no cayera estrangulada en las numerosas trampas que ofrecía el terreno, esa nieve blanda que no tiene y que cediendo te puede regalar perfectamente una fractura de la tibia o el peroné o hacerte algunas diabluras en el tobillo; así que ojo al canto. Por lo demás no hacía excesivo frío y se caminaba bien.


En principio había pensado bajar a Cercedilla, pero llegado a la cumbre de La Pinareja sopesé la posibilidad de bajar hacia Segovia. Calculé a ojo de buen cubero y estime que la estación de La Losa me pillaba bastante más cerca, así que tiré hacia el cerro de la Muela en busca del collado de los Peces. Fue entonces cuando empecé a echar en falta mi cámara. Ya cerca de la cumbre de La Pinareja había comenzado a abrirse algo la niebla, así que de bajada la cosa se puso bonita de veras; como en el baile de los siete velos las montañas se fueron quitando y poniendo sus velos en un juego de puro erotismo por un tiempo que duró hasta que alcancé el mar de nubes que yacía impávido y soñoliento cubriendo los bajíos de la sierra. 

Más adelante, tras dejar atrás el collado de los Peces, tuve oportunidad de lamentar una vez más el haber olvidado la SD en casa. El color de lo pinos, esos ejemplares centenarios que visten sus troncos de un luminoso color caramelo tirando a tostado siena, las barbas de viejo tapizando los ejemplares más umbríos, los bronceados helechos que aparecían en un claro cubriendo de belleza los pies de los pinos viejos, una luz que surgió inesperadamente de la oscuridad vistiendo de claridad el perfil femenino de las cumbres a mi espalda. En fin, mi pobre teléfono hizo lo que pudo, que no fue mucho. Se había hecho totalmente de noche y caminaba como un topo en su agujero vigilando de vez en cuando mi recorrido en el teléfono, una senda nueva para mi, que discurría bastante a  poniente del embalse de Puente Alta y que me llevaría con alguna vuelta a la estación de ferrocarril de La Losa-Navas de Riofrío. 


Ahora el vagón está vacío. El tren se bambolea de un lado para otro e imagino a un conductor que tiene prisa para llegar a su casa, ponerse las pantuflas y sentarse a la mesa a degustar una cena de sobra ganada llevando de un lado para otro su enorme máquina de hierro. Ni un alma en el camino, ni un alma en la estación de La Losa. El cuerpo molido, la espalda, que ha vuelto a sus andadas, me duele considerablemente, pero mi ánimo está muy muy bien, y la culpa la tiene el que hace un rato haya cometido “una excentricidad”. Había llegado a la estación de La Losa de noche hambriento después de caminar diez horas desde El Espinar por un terreno accidentado en donde la nieve blanda tendía continuas trampas entre las piedras. Después de calmar mi urgencia con un par de pimientos y unos filetes quedé derrumbado sobre un asiento de piedra de la estación. Conclusión, que pese al pluma en un rato me quedé helado y el tren tardaría todavía un par de horas. Estaba empezando a adormilarme tumbado sobre el banco cuando pensé que aquello no marchaba, que aunque estuviera desentrenado aquello no era para tanto, así que decidí espabilarme. ¿Alguien me puede decir qué se puede hacer en una estación perdida en la oscuridad apenas alumbrada con el dulce de caramelo de su luz durante un par de horas? Intenté editar algunas fotos de las que había tomado con el teléfono; paseé de arriba a abajo de la estación para entrar en calor, pero nada. Así hasta que se me encendió una luz. Como llevo algunos días dedicando un rato a bailar nada más salir de la cama, pensé: probemos. Y probé. Busqué en el YouTube algo de Buenavista Social Club y algo de salsa cubana, me puse los auriculares, le di al volumen hasta más allá de lo razonable y ya desde las primeras notas mi cuerpo empezó a moverse al ritmo de los aires del Caribe. Un poco cortado miraba a mi alrededor espiando la posible presencia de algún viajero, pero no había cuidado, la estación de La Losa era un oasis en el desierto nocturno del llano que yace al norte de La Mujer Muerta. Así que me dejé llevar por la música. Interioriza esto, coño, tímido de mierda, déjate llevar, me decía; y resultaba. Y recordaba un viaje por el río Niger donde toda la tripulación bailaba sin cesar cada vez que había oportunidad, y que nosotros mirábamos abobaos con envidia porque nuestros cuerpos estaban tiesos y atrofiado, aunque no dejamos de prometernos probar en alguna ocasión poner al cuerpo en esa tesitura de desinhibición sin que jamás me lo propusiera de nuevo… hasta hoy.

Así que me dejé llevar. Mueve tus caderas decía la música. Y conseguí meterme de lleno en la música. Era un tipo, un tímido, Jesús, quién lo viera y quien lo ve, un tímido bailando a todo trapo bajo el débil perfil de la silueta de la Mujer Muerta iluminada por una raquítica luna de invierno.

Déjate llevar, ahora recordaba a mi amiga Margarita en alguna parte del sur de la India empujando a este viajero a meterse en una improvisada fiesta en donde todo el mundo bailaba y cantaba y en donde él era la excepción porque su timidez lo dejaba corrido y tieso como una momia. Los aires del Caribe sonaban extraños en esta solitaria estación a la sombra de la sierra, pero resultaba, sin embargo, coherente con el calor en que había entrado mi cuerpo. Cerrar los ojos y dejarse llevar por los aires cubanos era lo que me estaba pidiendo el cuerpo sin que yo lo supiera. Y me pregunto ahora si no me lo habrá pedido otras muchas veces sin que yo lo haya oído, porque de hecho llegó el tren y yo no quería que el tren llegara porque me iba a espantar la fiesta.


















Epílogo a una travesía a pie por tierras de Islandia





Reikiavik – Madrid, 18 de septiembre de 2018


“Es esencial para el hombre tener un lugar intacto en su tierra, así como es esencial para el hombre tener tal lugar en su alma. Y cuando digo intacto no estoy hablando de un lugar sagrado donde apenas puedes respirar, sino de un lugar donde la vida avanza en todo su esplendor. Cuando digo intacto me refiero a un lugar lleno de confusión y calma. El amor y la creatividad se originan en tal lugar en el alma. Es un lugar salvaje”. (Elisabet K. Jökulsdöttir. This is My Wilderness).

Encontré estas bellas palabras en una exposición de pintura de Reikiavik presentada bajo el título de Donde la belleza reina sola. Sucede con frecuencia que las bellas palabras, aprovechando de su capacidad de atracción, tienten a nuestro espíritu a aceptar sin más las verdades que ellas pueden encerrar o, en atracción, que las tomemos incluso como un pensamiento nuestro que alguien que nos es ajeno logró poner en palabras.  Tener ese lugar en la tierra que a su vez está en tu alma, permite a la vida hacerse permeable a los encantos y al espíritu de esa tierra, montañas, riberas de los ríos, playas, mares, donde en definitiva el amor y la creatividad se originan. Un lugar salvaje en donde vernos crecer y esperar la muerte con la conciencia de una vida aceptablemente plena.


Y acto seguido ahí están los cuadros para hablar por sí mismos precedidos por el rotulo No man’s land. En este caso la desolación azul del glaciar Vatnajokull con el lago Storisjor, un paisaje adusto que con el único recurso de una gama oscura de ocres y el azul ocupando la mitad superior del lienzo reproduce de modo impecable esa soledad y silencio que días atrás sentía yo correr por mis venas cuando rodeado por los altiplanos, las montañas y los glaciares Eyjafjallajokull y Mildalsjokull caminaba en solitario sobre la lava cubierta por la nieve reciente en un paisaje envuelto en nubes que evocaba el tiempo de los principios del Génesis cuando el mundo estaba a medio hacer. Tonalidades que desde su frialdad acrecientan esa sensación de aislamiento remoto.

Por la tarde, mientras caminaba hacia el camping, después de haber decidido volver a casa al día siguiente, me preguntaba por las razones reales que me habían inclinado a precipitar mi vuelta. Me decía, acaso la razón fuera este tiempo borrascoso que apenas da tregua y que deja el paisaje con un aspecto macilento y gris, o pudiera ser el vértigo que producen los precios de este país, o… no sé, recordando ahora los cuadros de la exposición, creo que existe en nuestro organismo una alternancia entre el deseo satisfecho y el propio deseo que a veces exige una pausa entre los mismos y que hace que tras finalizar una actividad que te ha llenado por completo, las ganas de volver al tajo, a un nuevo proyecto, sean menores. Esos lugares “donde la vida avanza en todo su esplendor” no suelen ser lugares digamos cómodos desde donde uno pueda contemplar repantingado sobre una poltrona la vida, más bien se trata de lugares de tránsito sembrados de dificultades y esfuerzos, a veces de dolorosa belleza o de una soledad hiriente como la que se muestra en el lienzo de arriba, que siendo deseable necesita de la relajación y la vuelta a la civilización porque acaso estamos hechos para ciclos de tensión y distensión que son, como el silencio en la música, un factor imprescindible en cualquier partitura.


Es extraordinario cómo algunos cuadros pueden profundizar y reinventar las sensaciones que el contacto con la naturaleza suscita. El siguiente lienzo, que representa los montes Tindaljoll, es la lejanía desde la cómoda visión de la ventana de un albergue. La turbidez del tiempo, las lejanas montañas nevadas, son aquí un motivo estético que no implica al espectador al contrario de lo que sucede en el cuadro anterior.


Tindafjallajokull Glacier, de Jon Stefansson, como el de más arriba, además de ser un hervidero de calor sobre el que descansa el frío amable de la distancia y los glaciares, aquí la vida puede llegar a ser fácil, la armonía de los contrastes entre la gama cálida y la fría de los azules del fondo da al conjunto un respiro y promete junto a la adustez de los azules el descanso y el calor de unas tierras tras las cuales la vida puede ser más fácil.


Silencio, se titula este cuadro de Þórbjorj Hoskuldsdottir. Los hombres a veces irrumpimos en el silencio de la naturaleza y este silencio nos sobrecoge hasta empujar a nuestros pensamientos a sumirnos en una honda meditación en donde, como recogidos en la semipenumbra de un templo, nos ahondamos en nosotros mismos al punto de convertirnos en uno con la naturaleza y sus manifestaciones. Ser uno con las montañas y el frío, con las dunas del desierto o con la exuberante selva que pueda crecer a nuestro alrededor tiene mucho de ese ejercicio con que los ermitaños de todas las religiones trataban de encontrar la Verdad o el alma de sus dioses.



Y por último esta inmensa soledad, simple, hecha de una línea horizontal, que puede ser un sendero o una carretera cruzando el páramo solitario, una línea ondulada que apunta hacia unas lejanas lomas, el negro intenso de un campo de lava ilimitado, y al final, sobre las colinas, la liviana luz de un amanecer en el frío del norte. Todo reducido a la mínima expresión y por ello tan evocador.

En mi último post citaba a Píndaro, instando allá donde uno esté a explorar el campo ese de lo posible, que hoy son las palabras de una escritora islandesa y unos cuadros de Jon Stefansson y ayer, o tiempo atrás, fueron las vivencias entre los glaciares y montañas en algún lugar de Europa. Irse haciendo mayor en este clima de realidades se me aparece hoy como un regalo de la vida. Sí, ese tema tan recordado siempre que canta Joan Baez con la emoción vibrándole por dentro. 














Viento



“Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible.” (III Pitica, Pindaro)

Refugio Baldivinsskali, 15 de septiembre de 2018.


Me duermo acunado por el viento que azota los muros del refugio. Me despierto. No hago nada. Escucho el viento. Música para una tarde de silencio. El refugio está calmo. Davide y Micaela, mis compañeros de refugio,  duermen la siesta. Sensación de bienestar. La temperatura es suave. Un calefactor de gas atempera la estancia, una gran sala diáfana con las paredes y el piso cubiertos de láminas de madera machihembrada. Se trata de un momento muy especial, la placidez se extiende por mi cuerpo como esponja que fuera absorbiendo el líquido de su entorno. Hace un rato, antes de dormirme, había empezado a leer El mito de Sísifo, de Camus. Este texto de Píndaro lo encabezaba: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. El viento huracanado emite pequeños gruñidos entre las rugosidades de la fachada. “Opino, escribe Camus, que el sentido de la vida es la pregunta más apremiante. Con respecto a todos los problemas esenciales, y considero como tales a los que ponen en peligro la vida o los que decuplican el ansia de vivir, no hay probablemente sino dos métodos de pensamiento: el de Pero Grullo y el de Don Quijote. El equilibrio de evidencia y lirismo es lo único que puede permitirnos llegar al mismo tiempo a la emoción y a la claridad”. Y curiosamente encuentro en mi reciente lectura de Kurtyka mucho de ese equilibrio en donde la emoción y la claridad se encuentran en una especie de abrazo amoroso que no se concreta en otra cosa que en sensación de plenitud. “Equilibrio de evidencia y lirismo”: ¡qué acierto de expresión! La perfecta conjunción de la prosa y la poesía que alumbrará en el hombre una suerte de bienestar al que le sobra por innecesario todo deseo de eternidad porque la vida es magnífica tensión entre realidades opuestas, entre la fofa comodidad y la búsqueda de un imperativo que nos trascienda y nos ponga en la tesitura de forzar nuestro yo y de encontrarnos a nosotros mismos en el laberinto de todos los actos posibles.


Recuerdo una gran película de la que casi he olvidado su contenido.  El viento, era su título, del director Sjostrom. Tengo que volver a verla para recuperar el ambiente de aquellas escenas que hoy, día de viento en un país que linda con la soledad y el silencio de los hielos del lejano norte, tiene la capacidad de evocar la desordenada y grave música que azota este refugio de altura.


Las paredes vibran a su impulso. No quiero ni pensar lo que hubiera sido dormir en la tienda esta noche. Viento desbocado barriendo inmisericorde los campos de lava. Todos los dioses vikingos, Thor, Odín, Ull -el dios del combate cuerpo a cuerpo-, Balder, Tyr, Loki, la desdicha de los hombres, todos confabulados con los elementos como concertistas en el gran auditorio de estas montañas.

Desmelenada belleza, titulaba yo un post hace tiempo, un día que junto al mar de Córcega, sobre una prominencia rocosa, el viento había esculpido en las ramas de un robusto pino la bella imagen de un torso de mujer cuyos cabellos sueltos al viento reproducían las ramas alargadas por el embate de años de temporales. El viento escultor que cincela las rocas y crea armoniosas y bellas formas en las arenas de los desiertos, dunas de líneas sinuosas como reptiles de oro trepando hacia el cielo, paisaje efímero que el viento recompone una y otra vez sobre el lienzo anónimo de las arenas.


Y a la noche, cuando la tertulia con Davide y Micaela se prolonga después de la cena, el viento sigue ahí, arrachado y vigoroso. Es grato sentir y oír el viento como notas que atravesando los tubos de un órgano gigantesco llegaran a nuestros oídos a modo de una tocata y fuga de Bach que a cambio de su inarmonía nos ofreciera el esplendor de su rudeza y salvajismo.

Se ha hecho tarde. Hoy no me pondré los tapones en los oídos como hicieran los compañeros de Odiseo frente a la isla de las sirenas. Escucharé sus ráfagas amarrado al duermevela como si éste fuera el palo de mesana desde donde dormido o despierto pueda escuchar esto que hoy se me antojan, desde el confort de mi saco de dormir, cantos de sirena. Que el imperturbable viento de estas tierras de Odín acoja mi sueño. Buenas noches.



* * *

Refugio Baldivinsskali, 16 de septiembre de 2018

Laugavegur trail, Islandia:  Refugio Baldivinsskali – Skogar


En alguna hora de la noche el viento cesó y en su lugar se instaló en el refugio un silencio que por contraste era casi más ostentoso que el mismo viento. De hecho aquel silencio era el propio de la mortaja que se estaba ciñendo alrededor del refugio. La nieve, silenciosa, blanda, caía fuera añadiendo a la sensación de soledad y aislamiento, la llegada definitiva de un invierno en ciernes. Cuando a la mañana nos asomamos a los ventanales del refugio el espectáculo era el de un día de Navidad con Papá Noel patinando en su trineo por la nieve virgen. La estampa de las colinas emergiendo de entre la niebla todas cubiertas de blanco, los campos solitarios, me traían a la memoria viejas travesías de mis primeros años de montaña por Guadarrama, esa novedad con la que se ve el paisaje y que con la reiteración de las visitas pierden su frescura, renacían esta mañana como si se tratara de un mundo a estrenar.


Davide y Micaela se habían quedado haciendo sus macuto y yo me adelanté como niño que ve por primera vez la nieve y quiere chapotear con sus botas en el blanco manto de la mañana. Más abajo comenzó a nevar y la sensación de bienestar aumentó todavía más. Las nubes se abrían por aquí y por allá, después se volvían a cerrar creando un círculo de intimidad a mi alrededor. Una hora, una hora y media acaso. Después volvió a surgir el negro de la lava salpicando los cerros hasta que la nieve terminó desapareciendo justo cuando el sendero se tropezaba con un ancho y fogoso río que enseguida me llenó de inquietud al pensar que tenía que vadearlo. Falsa alarma, a un centenar de metros a la derecha encontré enseguida un flamante puente que no había tenido tiempo de ver.


El verde que cubre estas tierras terminó apareciendo y con él el río se fue ahondando en la tierra y formando poco a poco una estrecha y profunda canal en donde el agua creció y creció hasta convertirse en un gran torrente que se precipitaría violentamente en sucesivas cascadas y en estrechos desfiladeros hasta terminar en la bella y espectacular cascada de Scógafoss, a unos centenares de metros de mi punto de destino.















Fotos de época. Ejemplos de cómo se vadeaban por aquí los ríos en otras épocas


 albertodelamadrid.es

¡Fantástico!




Refugio Baldivinsskali, 15 de septiembre de 2018.
  
Laugavegur trail, Islandia: Cercanías  del glaciar Mildalsjokull – Refugio Baldivinsskali


Hoy me esperaba uno de esos hermosos días que vas a recordar toda la vida, la fantástica soledad, el paisaje agreste, salvaje, el viento, la nieve, el peligro rondando algunos parajes. Una rara mezcla que me hacía mirar asombrado a mi alrededor incrédulo, atónito por la suerte de estar viviendo una experiencia semejante.

Eran las siete de la mañana. Los setecientos metros de altitud a los que me encontraba no eran demasiados, pero se notaba el frío. Llovía ligeramente. El glaciar tenía un ancho capirote de nubes sobre el hielo. Hasta donde alcanzaba la vista el paisaje aparecía mustio bajo su techo de nubes.


Tomé el camino diagonal que se dirigía a lo que parecía una gran plataforma formada por estratos rocosos horizontales. A mi derecha la ladera se hundía en un salvaje laberinto de grandes cárcavas abiertas por la erosión, un mundo intransitable tapizado de verde. Arriba se extendía un gran plató horizontal sembrado de rocas oscuras. Tras él se alzaba una ancha montaña vestida toda ella de nieve reciente que cubría parcialmente el glaciar Mildalsjokull. En su lado inferior éste se despeñaba por una gran cascada de seracs.


Me impresionaba la posibilidad de sumergirme en ese mundo cuya hostilidad, acrecentada por la niebla y la nieve que ahora caía en pequeños copos, saltaba a la vista. El negro opaco de la lava que asomaba entre la nieve, erguido aquí y allá por grandes bloques, imprimía severidad al paisaje. Poco después de iniciar la subida, el sendero trepa por una escarpada pendiente donde yacen flácidas por los suelos unas cuerdas destinadas a pasar un paraje aéreo. Las cuerdas están tente mientras cobro; imposible fiarse de éstas ni de otras que encontraré más arriba. De vez en cuando echo un vistazo atrás quizás inconscientemente pensando en que alguien pueda seguir mis pasos, pero no, parece que todos lo grupos con los que me he cruzado estos días han terminando su recorrido en Þórsmörk. Asumo mi soledad con una suerte de orgulloso estoicismo, pero no las tengo todas conmigo. La nieve reciente, de apenas tres o cuatro dedos, me empieza a preocupar enseguida. Ha desaparecido la ceniza, una ceniza de consistencia parecida a la arena, y el terreno ahora se ha hecho tan duro y pendiente que mis botas no se tienen en él. Tengo que buscar pequeñas oquedades que me ayuden a subir. A veces no las encuentro y mi progreso es inseguro; me huelo el peligro. No me gusta. Ante el riesgo de resbalar me veo gateando a trozos tomando los bastones por abajo a un palmo de la punta. Encuentro que debo alejarme de lo que es el camino, duro como una piedra y muy inclinado, y buscar la parte de la ladera que está sembrada de pequeñas rocas. Cuando las alcanzo ya me siento más seguro. Por suerte después de doscientos metros la ladera adquiere una inclinación por la que ya se puede caminar con tranquilidad. El sendero asciende ahora en diagonal por la vertiente que da al glaciar y se dirige a unos grandes campos de hielo que se me aparecen en esa soledad de una belleza serena en su aislamiento. Soy consciente de que esta situación excepcional de aislamiento es culpable de esa emoción que me llena por dentro y que me ayuda a impregnarme de toda esta belleza en un estado de ánimo muy propicio. El frío sigue siendo intenso y tengo que luchar con el viento de lado, pero me encuentro bien. Mis manos, que estaban heladas hacía un rato, han entrado en calor igual que mis pies y la sensación de confort que tengo es grande. Ya no tengo problemas con el hielo, mi principal preocupación, y puedo disfrutar plenamente del camino.


El sendero termina por descender al glaciar. Las señales son visibles en todo momento. Tras un gran plató de hielo veo dos señalizaciones que se bifurcan. Sigo la derecha a través del glaciar hasta un punto en que el camino zigzaguea por la oscura ladera de una montaña. Consulto el gps que me manda seguir por el glaciar. Mi confianza en la traza que me proporciona la pantalla del teléfono es superior a las de las señales. El panorama es magnífico, los blancos y los negros puros dibujan pequeñas armonías en el lienzo de la mañana. El sol trata de abrirse paso sin conseguirlo. Saco una vez más el teléfono y resulta una bella fotografía. La traza del gps termina confluyendo de nuevo con otras señales tras una lengua del glaciar.


Poco más adelante, sobre la cercana línea del horizonte surge la silueta del refugio Fimmvörðuháls, que en esta época está cerrado y del que pasaré de largo. Sólo me quedará caminar media hora más por la nieve para alcanzar algo que puede llamarse un collado, algo más de mil metros sobre el nivel del mar. Me siento feliz y me entran ganas de compartir esta felicidad con Victoria y mis hijos. Pruebo la cobertura. En la pantalla aparecen en seguida las esperadas flechitas de cobertura: ¡eureka! Sopla un viento helado, pero no importa. Les mando por whatsapp la primera foto de la mañana que encuentro y grabo este corto mensaje: “¡Fantástico!”. También mando otro whatsapp a David De Esteban en agradecimiento por haberme sugerido esta magnífica ruta.


Hacia el mar el paisaje se humaniza definitivamente. Todavía quedan campos de nieve por atravesar, pero ya despunta por todos los lados el negro de la lava. Una densa capa de nubes lo cubre todo hasta la misma orilla del mar. Un cartel señala la dirección del refugio Baldivinsskali, un kilómetro más allá. El refugio en la lejanía parece una tienda de campaña de los indios del oeste. Imagino un simple cobijo, pero para mi sorpresa es un refugio en buenas condiciones, caldeado, con mucha luz, ideal para pasar el día pese a que son las once de la mañana. No tengo prisa y el lugar es sumamente agradable. Si duermo aquí puedo coger el bus en Skógar mañana al mediodía: perfecto.


Algunas horas más tarde se abre la puerta del refugio y oigo de inmediato hablar en italiano. Son Davide y Micaela, la pareja que me encontré dos días atrás, con los que bromeé cuando vadeaban un río. Nos alegramos de encontrarnos de nuevo. Han venido siguiendo mis huellas. Charlamos durante horas contando nuestras impresiones de la ascensión. Son de Brescia, una ciudad en la que tengo amigos de los tiempos de mi estancia, cincuenta años atrás, en un pueblo del Adamello, lo que nos da para prolongar una animada velada.

Mañana sólo me restará un paseo de tres horas hasta Skogar. Por la tarde estaré de nuevo en Reikiavik.