El viejo y la montaña





Sant Antoni, Ibiza, 16 de abril de 2018


Cuenta la leyenda de un pueblo rodeado de grandes y altísimas montañas donde nunca llegaba la luz del sol, que un día los lugareños que madrugaban preparando sus aparatos de labranza al amanecer, de pronto vieron cruzar por la calle principal de la aldea a un anciano que empujaba una pesada carretilla. En la carretilla había un pico y una pala. Los aldeanos, intrigados, se dirigieron en grupo al anciano para preguntarle a dónde iba tan de mañana cargado con un pico y una pala. El anciano se detuvo, dejó la carretilla en el suelo y, señalando a lo alto a la montaña más alta dijo: desde muchas generaciones atrás hemos carecido del sol que necesitan nuestras huertas y que dé alegría a nuestros corazones, así que he decidido irme allá arriba a quitar las montañas de  en medio. Esa es la razón, concluyó el anciano, de ese pico y esa pala que aquí veis.

Esta mañana, mientras caminaba bajo la lluvia, una lluvia agradable especialmente porque a mi espalda sólo llevaba un par de bocadillos y poco más, me sumergí de nuevo, cientos de veces van ya, en ese problema insoluble que es optar por ayudar a mejorar nuestro mundo desde alguna plataforma social y política, sea cual sea el modo de hacerlo, o por el contrario cruzarme de brazos y aguantar la aplastante sombra que se cierne sobre nuestra sociedad del momento. La doctrina de la filosofía clásica, fundada por Zenón, que recibió el nombre de estoicismo, “estaba basada en el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la valentía y la razón del carácter personal. Su objetivo era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes materiales”. Epícteto lo ejemplifica así: “… del mismo modo en que el material del carpintero es la madera, y el del escultor, bronce, el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual”. Naturalmente, y con toda la razón que corresponda a los estoicos, la imagen del cielo empujando la carretilla monte arriba no deja por eso de ser perturbadora. Si todos nos hubiéramos sentado delante de la puerta de nuestras casas con los brazos cruzados a ver pasar la vida y los acontecimientos del mundo probablemente estaríamos todavía subidos a los árboles. Pero qué aporta ese anciano a nuestra visión de la realidad y ¿cómo se puede armonizar el que objeto del arte de vivir sea la propia vida de cada cual con la necesidad de atender a las necesidades de mejora de la colmena? Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César es una simple enunciación que no aclara nada mientras que no sepamos la medida de lo que se ha de dar. Mientras el viejo continúa empujando su carretilla monte arriba yo sigo reflexionando y me digo que la vida es tan corta tan corta. Y todavía me imagino al viejo cuando en lo alto su pico tropiece con la dura piedra, y lo traspaso a nuestra España actual en manos de ladrones, llena de desaprensivos y sicarios, cuando no de multitudes embelesadas con lo que dice la tele o con los goles de Messi o Ronaldo, y entonces a uno se le llena el alma de tristeza porque, cada vez pesa más esta reflexión, ¿merecerá la pena vivir el último tramo de la vida dolorido y cabreado con una realidad que ni los barrenos podrán demoler? Hoy me imagino al viejo con el pico destrozado sentado en lo alto de la montaña al modo de la escultura de Rodin sumido en una profunda reflexión y con las lágrimas en los ojos.

Atravesar la zona urbanizada de Sant Antoni requiere casi una hora, pero compensa. Dejó de llover precisamente cuando me encontré frente al mar, ya sin urbanizaciones que afearan la prístina belleza de este mar ibicense que poco a poco había pasado del gris plomizo de la lluvia al verde perla entreverado y de azul esmeralda. Caminando sobre las rocas salpicadas por las olas pienso en la posibilidad de vaciar Ibiza de turistas, rebobinar un par de siglos y entonces empezar a caminar entre los arbustos de romero, los pinos, las sabinas, los olivos, la costa despejada, las olas saltando sobre un literal solitario, quizás algún pequeño pesquero fondeado cercano a la costa, detenerse a oler una mata de espliego, de hinojo, de cantueso, de tomillo, a contemplar la lavandera, las pitas, la fragancia de los pinos cuando el sendero atraviesa bajo sus ramas. Ibiza sigue siendo hermosa pero una parte importante del litoral ha sido materialmente arrasado por las urbanizaciones. Su majestad la pasta ha hecho de Ibiza una caricatura de lo que pudo ser.

Camino  adelante aparecen las islas de Sa Conillera, Illa des Bosc, Ses Rates, Sea Punxes, un pequeño archipiélago que adorna la costa de paso hacia Cala Tarida. La música del mar se convierte en un mugido suave y cadencioso. Ahora el cielo es intensamente azul.

Me suena el teléfono mientras escribo estas notas y me encuentro que es un articulo recogido por una aplicación que instalé para saber el horario de los ferries con Formentera. Viene al caso. El franquismo que no cesa también se parapetaba en esta pequeña isla, en la que ahora sus habitantes rinden memoria a los asesinados por el franquismo. Este es el título del artículo:

“FORMENTERA PONE FIN A 81 AÑOS DE DESMEMORIA

Se instala en Sant Ferran el primer memorial de Balears por los asesinatos del franquismo.
Después de cuatro décadas de dictadura y cuatro más de democracia parlamentaria, tras más de 80 años de silencios atronadores, Formentera ha dignificado el recuerdo de los cinco asesinados por el fascismo en Sant Ferran: Jaume Ferrer Ferrer, Josep Ribas Marí, Joan Tur Mayans, Jaume Serra Juan y Vicent Cardona Colomar.

El pasado 1 de marzo, una jornada en la que coincide el día de las Illes Balears con el aniversario de este trágico hecho, el Gobierno autonómico instaló un humilde memorial a pocos metros de la tapia del cementerio de este pueblo, donde los cinco hombres fueron fusilados”.

Al fascismo que no cesa, la infamia que después de ocho décadas se sigue reproduciendo en España con un gobierno no muy diferente al que salió de la posguerra, le siguen saliendo ancianos que con su pico y pala quieren que la luz del sol llegue a su país.

Caminé en total cerca de seis horas por la costa, un bonito entorno que recordaba de la vez anterior que di la vuelta a la isla, y a las dos me fui a la parada del autobús de Cala que me devolvería al hotel. El autobús no apareció pero en su lugar llegó una bonita aparición, Leila, de ojos negros profundos, pelo rizado en larga cabellera y aspecto africano, que luego resultó hija de vasca y de un saharahui y que estaba emparejada con un italiano y que tenía un nene de 8 y una encantadora nena de 4. Iba a Ibiza al dentista y en media hora descorchamos temas para llenar varias horas de conversación. Me dejó en Ibiza y desde allí tomé el autobús a casa. El gusto que deja una agradable conversación con una desconocida es a veces magnífico.

Frente a mí cinco africanos terminan su comida en el restaurante. Dos mujeres exageradamente gruesas, un hombre corpulento de ojos profundos, uno joven embutido en una sudadera y su capucha;
todos en una mano sostienen una cuchara o un vaso mientras que en la otra mantienen a la altura de los ojos sus respectivos teléfonos. No hablan, pasan con el dedo pulgar una y otra página del móvil, todos están embebidos en la pantalla luminosa de su smartphone. Una de las mujeres, a la que las carnes se le salen del vestido llama ahora a alguien por teléfono con el sin manos activado. Habla altísimo y lo mismo hace su interlocutora. Sus voces retumba en el restaurante. Son gente animada y contenta a las que el cuerpo no les cabe en el asiento. Ahora ríen por cualquier naderías, bromean con la camarera, se hurgan satisfechos en los dientes con un palillo. Una estampa más para estas islas donde el castellano es la segunda lengua después del inglés.


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Bye bye, Formentera



Sant Antoni, Ibiza, 15 de abril de 2018

El mar se despertó esta mañana apacible. Una agradable brisa corre por la costa acariciando la hora. Por la noche todavía el viento y la lluvia vapulearon mi tienda, pero cuando me desperté cerca del amanecer la calma era absoluta. Abrí la cremallera de la tienda, estaba cubierto pero no había amenaza de lluvia. El mar había vuelto a su cadencioso clac clac. Ahora, el sol, suavizado por el telaje sedoso de unas pocas nubes que hacen de la luz algo propio para un cuadro de Rafael, es un regalo para un día de postormenta. Imposible reconocer en el paisaje de esta mañana, tan apacible, tan suave y acariciante, al sujeto de ayer encrespado y furioso como un Poseidón celoso que quisiera vengar algún agravio. Recordemos que cuando Poseidón se enfadaba o era ignorado, hendía el suelo con su tridente y provocaba manantiales caóticos, terremotos, hundimientos y naufragios. En la Odisea, su rencor hacia Odiseo impidió a éste regresar a su hogar en Ítaca. Recordemos igualmente que los marineros oraban a Poseidón para tener un viaje seguro, a veces ahogando caballos como sacrificio; así Alejandro Magno se detuvo en la costa griega antes de la Batalla de Issos y recurrió a las oraciones, «invocando al dios del mar Poseidón, para lo que ordenó que un carro de cuatro caballos fuese lanzado a las olas.» Así las cosas, y conociendo como estaba el tiempo ayer, es fácil deducir que esta noche algunos esforzados magnates del turismo, ávidos de seguir vaciando los bolsillos a los turistas, seguro que han levantado algún oráculo a Poseidón para propiciar de éste esta bonita y apacible mañana que a no más tardar va a llenar de clientes los restaurantes de la zona. En fin, sí, aunque parezca mentira para estas cosas han venido a servir los dioses de estos mares. La capacidad disuasoria de este capitalismo salvaje ya ha llegado hasta los dioses. Así que, bueno, que no hay mal que por bien no venga. En cualquier caso a Poseidón siempre conviene tenerle contento, ya que, la Wikipedia dixit, tal como hacía Dioniso, que enfervorizaba a las Ménades, Poseidón también provocaba ciertas formas de perturbación mental, cosa no rara de suceder en estados de turbulencias como las de ayer. Así que aplacado Poseidón, sea quien fuere el autor de los oráculos, el día quedó bordado.

Cuando uno toma el sol junto a las olas en un apacible día de primavera parece mentira que al día siguiente o el anterior aquí mismo se pueda desatar la furia de las olas y la tormenta. A la hora del mediodía se hizo verano y el sol pegaba inclemente sobre la playa. No hay medias tintas que valga. Mañana anuncia bochorno nuevamente, así que esta mañana corté por lo sano y desde la costa norte caminé a la costa sur, tan sólo un par de kilómetros, para encontrarme con otra de las riberas marítimas más bellas de la isla, pensando en acortar y tomando un ferry para Ibiza esta misma tarde, no fuera que a Poseidón le vaya a entrar la vena de nuevo y me deje colgado en esta isla. Mientras tanto despejó y de pronto ya fue del todo verano. La costa, pequeñas playas, playas de Mitjot, alternadas con formaciones rocosas y grandes masas de oscuras algas, describía un gran arco hasta Can Lipski, donde descansé un rato antes de internarme en la isla camino de Sant Francesc de Formentera, donde fue oportuno tomarme una cerveza y una ración de boquerones en vinagre antes de continuar hasta La Savina.

Estoy tumbado entre las rocas junto al mar, frente al islote picacho de Es Vedranell allá lejos junto a Ibiza después de la comida, ensoñando, con los ojos cerrados bebiéndome a sorbitos trozos de sol y olas y de repente siento unos pasos junto a mí, y abro lo los ojos y me encuentro con una sonrisa encantadora de muchacha en flor, palo de selfie en mano como quien sostiene un paraguas y que se agacha para preguntarme en inglés si tengo mariguana. Y sorprendido le devuelvo la sonrisa y le digo que no, que no tengo ni una pizca siquiera. Y me sonríe y se despide: enjoy! Y cuando se va me quedo pensando en que si  acaso tendré yo pinta de camello. Porque facha de cazador de elefantes sí sé que tengo, esas botazas, el chaleco propio de los safaris, las gafas de sol, todo ese vestuario con el que a veces me he visto obligado a atravesar alguna playa nudista como marciano recién aterrizado sobre la costa, sé que puede desconcertar al turista de turno, pero de ahí a confundirme con un camello… No, no sería muy inteligente para un camello adoptar la llamativa indumentaria de un servidor que ya siente que da la nota en estas islas tan estrafalariamente vestido en un lugar donde la gente viene a otra cosa, a ligar, a tomar el sol, a lucir el cuerpo y sobre todo a llenarse los oídos de decibelios.

Estoy en un hostel muy majo de Sant Antoni, el mismo de días pasados y me voy a bajar a cenar. Así que termino. Quiero dejar antes de finalizar una breve nota para aquellos que no conozcan Formentera y deseen caminar un par de días por la isla. Primero, que en esta época, hasta primeros de mayo, es difícil encontrar tiendas o restaurantes abiertos que no sea en los núcleos principales de la isla. Y en cuanto lugares para caminar: totalmente imprescindible recorrer la costa al este de La Savina;todo el parque de Salines d’en Marroig, y Es Trocadors, una estrecha lengua de tierra con la apariencia de cabalgar entre dos mares, es un paisaje que no tiene desperdicio. Entre Es Pujols y Es Caló se cabalga por encima de un bello acantilado que después desciende hasta el nivel del mar formando bellos rincones de rocas erosionadas. Lo que continúa son acantilados que no recorrí. Desde Es Caló acorté a la costa sur que también es muy bella y solitaria.

De todos modos la experiencia de haber pasado más de treinta horas metido en la tienda solo bajo el temporal que a punto estuvo de llevársela, es la mejor vivencia que me llevo de mi visita a Formentera.










Los mares de mi infancia



Cercanías de Es Caló, Formentera, 14 de abril de 2018

El mar está terriblemente hermoso. Ya sólo por estar en medio de esta costa huracanada merece la pena haber venido a Formentera. Estaba la tienda agitándose alarmantemente cuando de golpe han saltado un par de piquetas y mi tienda se ha convertido en una vela inflada por el viento a punto de salir volando. He tenido que salir precipitadamente a apuntalar la tienda con grandes rocas. Los pitones, que habían resistido hasta ahora milagrosamente, al desprenderse dos de ellos, parecían saltar todos por los aires. Según apilaba rocas sobre los clavos he observado rápidamente el mar, ¡cuán hermoso estaba, salvaje, estremecedor, verde claro como una gema sus olas, la espuma blanca como la nieve saltando enfebrecida por encima de las rocas y lanzando más allá deflagraciones de agua contra la costa. Pero no pude acercarme a contemplar más de cerca el espectáculo, mi tienda apremiaba de rocas con que asegurar los clavos. Encima de cada uno apilé una torre de ellas.

Magnífico estar aquí con el sonido de las olas desbordando la capacidad sonora del espectáculo. Loa al mar, loa a mí mismo por estar aquí y poder ser espectador de esta grandiosa manifestación de la naturaleza. Ahora, más seguro después de apuntalar todas las clavijas, contemplo el movimiento de mi tienda con más confianza. Confío en que el viento sea lo suficiente benigno dentro de su fiereza como para no romper la tela del doble techo. Por lo demás estoy contento, el Voltaren está dando resultados y he podido cargar con grandes piedras sin que mi espalda y mi lumbago se resienta mucho.

Oh viento, oh olas, qué pequeño me siento hoy en este universo de fuerzas desatadas y qué músicas levantan en mí este furioso golpear del mar contra la costa. ¡Cómo no iban a inventar dioses aquellos primeros hombres de las cuevas al verse tan indefensos ante la fuerza del mar o las tormentas! ¡Cómo no iban a intentar sacar de la nada algo, alguien que les librara de esta fantástica fuerza que hoy arrasa la costa!

Pero acaso lo que más exalta mi sensación de plenitud en este momento sea mi soledad que, aunque tan ridículamente pequeña en comparación con las grandes gestas de algunos aventureros solitarios, plena y enfáticamente siente estos momentos como un fantástico regalo que la naturaleza me hace. Inigualables instantes en que la poesía y la mejor música se quedan pequeñas en comparación con este despliegue de los vientos, la lluvia y las fuerzas que impelen al mar a mostrarse tan terriblemente violento. Sabor a momento importante de la vida inmersa durante todo el día y la noche en el bruto retumbar del mar aquí mismo para envolver mi aislamiento en la entrañable inquietud de esta descomunal fuerza que de continuo brama saturando mis sentidos de la potencia ensordecedora de su agitación, de su fragor.

Mañana las previsiones del tiempo anuncian unas horas de sol, pero no sé si seguiré dando la vuelta a la isla o me dirigiré al Puerto de La Savina. No querría perder mi vuelo del martes y es muy probable que con estos temporales el puerto permanezca cerrado. Me siento saturado de mar y agua, agradable sensación desde la cual continuar o no dando la vuelta a la isla me parece insignificante. Una vez en Ibiza, y asegurado mi vuelo de vuelta, imposible no llegar a recibir a mi chica al aeropuerto, que hace su vuelo de retorno desde México el miércoles, todavía me quedarían un par de días para apurar algunos paseos por la costa noroeste de Ibiza que es sumamente bella también.

Intento dormirme pero el fragor del mar es tal de hacer difícil conciliar el sueño. O acaso mi prolongada siesta me quitó el sueño. No creo haber estado nunca acampado ante un mar tan violentamente agitado. Arrebujado en mi saco de dormir soy incapaz de otra cosa que no sea escuchar los bramidos de fuera y de teclear las sensaciones que el día va dejando sobre mi ánimo, esa delicada satisfacción de vivir entre mis iguales, lluvia, viento, mar, éste último inmensamente más poderoso, temible cuando se encrespa y se llena de la profunda violencia, ahora violencia suspensa en la oscuridad profunda de la noche.

Y como no puedo dormir escribo y escribo intentando dejar testimonio de este magnífico momento. Ahora comprendo bien la impronta que el mar pudo dejar en mí a través de escritores como Joseph Conrad o Melville y también descubro por qué amo los libros de estos dos hombres tan llenos de mar. El mar debió de entrarme por los huecos del alma ya tempranamente de la mano de Emilio Salgari. Pasarían muchos años después de leer las novelas de éste antes de que yo visitará el mar en mi adolescencia. Pero para entonces el mar ya estaba en mí, ya había acompañado en sus mil correrías al Tigre de Monplacen, el Sandokán de entonces dormía con sus aventuras en las islas de Malasia en mi después de los ocho años. Eran mis días de vacaciones de verano, cuando cargado con el tomo que empezaría y terminaría el mismo día, me dirigía a la Casa de Campo para pasar allí el día a la sombra de los pinos del Pinar de las Siete Hermanas leyendo, absorbido por la pasión de un enigmático personaje que hacía del mar el escenario de una vida de pillaje y amor.

Y de mayor, cuando el mar fue compañero de camino siempre a mi vera a derecha o izquierda según le diera a la rosa de los vientos y a mi instinto por caminar, bebiendo ya otros libros más densos. La locura de Almayer o Lord Jim, por ejemplo, que releí recientemente ahora mientras una pequeña embarcación nos llevaba por el mar de Java, precisamente los mares y las islas que eran el escenario de las novelas de Joseph Conrad.

Todos estos libros devorados desde la infancia, y no he de olvidar el admirable ¡Eh, petrel!, de Julio Villar, hicieron de mi un amante del mar, aunque amante de tierra adentro, porque no he de ocultar que mis pocas experiencias marinas, recorridos por los mares de Malasia o Vietnam del Norte en pequeñas embarcaciones, me producían una zozobra considerable tan pronto como el mar se agitase un poco.

Y pruebo a ver si me viene el sueño, pero no; y recuerdo a una amiga que todos los días se despierta a las tres o cuatro de la madrugada y mientras le llega el sueño de nuevo escribe en su portátil un larguísimo diario que habla de las cosas del corazón y de la vida. Yo, que también tengo un diario, que lleva el título de Un diario para el camino, hago lo propio y días como hoy de obligado ocio y aislamiento, converso con sus páginas y les cuento cosas de mi infancia, le hablo de mis temores, de cómo casi me voló la tienda esta tarde, o le cuento que me duele la espalda como si éste fuera mi mamá paciente escuchando las cosas que le cuenta su niño. Y mi diario a vez me sonríe condescendiente él de mi necesidad de hablar y contarle las cosas que me pasan por la cabeza.

Son más de las once, creo que debo intentar dormir. Probemos.


Islas




Cercanías de Es Caló, Formentera, 14 de abril de 2018

Un viento fuerte agita mi tienda anclada parcialmente sobre la arena. Temo que en una de estas ráfagas la tienda decida salir volando. La lluvia no cesa, el mar, a pocos metros de mi tienda, llena de una melodía fragosa y grave mi hábitat. Nada que hacer que no sea sestear o echar mano a los pistachos de vez en cuando. En previsión de que esto se prolongue ya he empezado a racionar el agua. Esto no es la supervivencia de Scott en la Antártida, pero pienso en él y sus compañeros, en el tesón y la fuerza que pueden llegar a mostrar los hombres. Me he incorporado, he reinflado mi colchón de aire y ahora soy un contemplador excepcional de ese fenómeno de la lluvia y el viento observado desde la intimidad de mi bienestar tras la comida.

Esta isla tiene ocho mil habitantes, no es como la de Robinson Crusoe o como la Antártida del capitán Scott, pero es una isla pequeña y como todas las islas reducidas tiene la capacidad de poder invocar al mar desde ella con más propiedad que desde la costa continental. Mi afición a las islas viene de una década atrás cuando en invierno mis ganas de largos caminos no encontraba salida y entonces buscaba los lugares templados de las Islas Canarias para caminar. El descubrimiento de los Caminos de Santiago en invierno sería un descubrimiento posterior. Las Canarias ocuparon durante un par de inviernos mis adiciones caminadoras. Primero fue Lanzarote, que caminé con mi amiga con nombre de flor, el descubrimiento de las tierras volcánicas con sus colores cálidos y sus fantásticos paisajes de lava oscura junto a un mar bravíamente hermoso que yo, sentado a su orilla no me cansaba de mirar cuando levantaba mi vista de mi libro de aquel momento, Middlemarch, la fantástica novela de George Eliot. Margarita, mi amiga con nombre de flor, que ya me había acompañado en un viaje iniciático por Sri Lanka e India, recuerdo que miraba celosa mi novela, un enorme tocho en el que yo me embebía cada tarde perdiendo el sentido de lo que me rodeaba. Rodamos por la entera isla como los vagabundos del Dharma del gran Kerouac, espléndidamente solos, borrachos de los colores cálidos de la isla, de sus dunas, de la luz del amanecer que se recogía en la ensenada de Caleta de Famara como las brasas de un fuego que el sol hubiera dejado en sus aguas como regalo a sus atónitos visitantes que desde lo alto, sobre un antiguo sendero que sirvió para transportar la sal, contemplaban el crepúsculo como si se tratara de uno de los primeros días del mundo.

Después fue la perla de las Canarias, La Palma, tan distinta de las otras, tan bella en sus cárcavas como una mujer que guardara en la intimidad de sus rincones los más bellos jardines que ojos hubieran visto. La Palma, surcada de enormes cárcavas de disposición radial que venían a abrir las laderas en canal, guardaba en su interior una magnífica y ubérrima vegetación donde distintas clases de cactus eran sus más bellos representantes. Caminar alrededor de La Palma es descender continuamente a uno de estos paraísos vegetales para volver a alcanzar en el otro extremo el labio superior que a no más tardar volverá a sumergirnos en otro nuevo reino. Y de entre ellos, el más hermoso y magnífico de todos, la caldera de Taburiente que atravesé a media altura por un peligroso sendero que exhibía a su entrada un ostentoso prohibido el paso que mi sentido poético y mis ganas de belleza no fue capaz de respetar. Un inmenso balcón que rodeaba lo que en su tiempo debió de ser un magnífico cráter de dimensiones colosales.

El viento que no cesa. El rayo que no cesa,

¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar… 

Miguel Hernández sobrevoló por un instante mi tienda. El viento que no cesa me trae el viento de la isla de Hierro cabalgando por su dorsal, El Hierro saliendo su lomo de la mar como un animal antediluviano, una solitaria senda que recorre el labio superior de un viejo volcán y que caía al otro lado sobre el bosque de sabinas más hermoso que conozco. Sabinas de porte noble e inhiesto que el viento había cubierto de belleza obligándoles a adquirir las formas que el escultor Eolo había soñado para ellas, grandes y fibrosos troncos torcidos por el viento, alargadas copas de retorcidas ramas como pelambreras de walkirias cabalgando con sus cabelleras al aire. Tropa como las estatuas del ejército de terracota del Mausoleo de Qin Shi Huang, petrificado por el viento y los años hasta hacerse belleza esencial en las laderas del volcán de El Hierro.

Las islas, que no fueron mi tierra de nacimiento y en las cuales no podría vivir largo tiempo sin sufrir de claustrofobia, han acogido tan entrañablemente algunas de mis caminatas, que han quedado grabadas en mí como un verdadero sueño de invierno. Aquella otra perla de La Gomera, donde comencé a caminar desde la playa de Los Cristianos, cuando perdido de vista San Sebastián de la Gomera era adentrarse en un solitario mundo. Los altos de Garajonay, agrestes y tan hermosos a la mañana siguiente, la niebla ocupando las cumbre a intervalos y dejando al camino como subiendo en medio de la nada. Y más tarde, tras atravesar barrancos crecidos de un verde luminoso sobre terrazas que cruzaban la rigurosa verticalidad del lugar, el bosque se hacía tranquilo y como alejado del mundo; adquiería el encanto de los bosques solitarios, tejos, brezales, laureles. Y más tarde manchas verdes brillantes y algunos helechos se abrían paso en la oscuridad calcinada del bosque muerto, bosque neblinoso de apacible silencio. Y donde se detuvo el fuego reaparecía el bosque tapizado de brillante terciopelo, de esas barbas blancas que cuelgan de las ramas en las zonas umbrías.

Visitas de una semana, dos como mucho, que ponían en medio de mis inviernos una perla de color y soledad de parecida manera a como los Caminos de Santiago visten últimamente mis inviernos del calor de la sencilla aventura de caminar de albergue en albergue a la búsqueda de un no sé qué que apacigüe mi ánimo y lo llene de ese pequeño encuentro con las gentes y los paisajes que tanto aprecia este vagabundo.

Dentro de poco hará veinticuatro horas que estoy bajo la tela de mi tienda. Espero que mañana el tiempo me dé tregua para continuar caminando. Se está bien dentro de esta casita de tela y el mar y la lluvia son muy buena compañía de momento. Espero que resista al menos hasta mañana.









Robinson Crusoe diserta :-) sobre el pubis y el amor a la naturaleza



Cercanías de Es Caló, Formentera, 14 de abril de 2018


La música de la lluvia suena monótona sobre el techo de mi tienda. Le acompaña el fragor del mar, hoy bravo y tempestuoso a pocos metros de mi saco de dormir. Recuerdo al Robinson Crusoe de la película de Buñuel y me siento inclinado a escribir a su modo. El caminante solitario, de parecido modo al náufrago de la novela de Swift, se siente esta mañana tan aislado en el mundo bajo esta lluvia que igual podía durar unas horas que una semana, lejos de un núcleo habitado, tan bajo el cobijo de los elementos, que ni siquiera hace falta cerrar los ojos para imaginarse a aquel personaje arribado milagrosamente a una isla tras el naufragio. Peor aquí que no encontraría otra caza comestible que esas gritonas gaviotas que vuelan ajenas a la lluvia por encima de mi tienda a cada rato. Gran sensación de soledad porque con el agua ni se me pasa por la imaginación que nadie pueda molestarme en este paisaje de acantilados sacudido por los elementos.

Mi vocación de solitario es siempre una constante búsqueda de sensaciones. Las sensaciones, lo mejor que tenemos, al decir del gran poeta lusitano Fernando Pessoa. Y recordando a este hombre me sonrío imaginándomelo en mi situación. Un hombre que en su vida salió de su pueblo después de su adolescencia, magnífico pueblo Lisboa, no obstante, que amaba las sutilezas de las palabras y las sensaciones pero al que ni por todo el oro del mundo se le hubiera ocurrido aproximarse a la experiencia del protagonista de una nivela que seguramente apreciaba.

El Robinson Crusoe de esta mañana, que no dispone de escopeta ni de habilidades de cazador, ayer tuvo que cargar exageradamente sobre sus espaldas sustento para varios días y, en una de éstas, se hizo daño en la espalda y ahora anda preocupado por un lumbago que no sabe si le va a permitir cargar con su impedimenta. Darse la vuelta en el saco ya es un asunto doloroso, así que cargar con los casi veinte kilos del macuto ya sospechosamente se presenta como una tarea imposible. El cielo dirá. De momento el náufrago atiende al dúo musical de la mañana, monótono pero a la vez profundo, penetrando en mi cuerpo y en mis sentidos como si estos fueran una esponja que absorbiera cada nota, cada brizna de brisa y las guardará dentro como en una caja de música para después, una vez en casa, porque en algún momento este robinsón tarde o temprano habrá de ser rescatado de la isla, una vez en su casa poder acunar su sueño con el recuerdo de la lluvia y las olas. Que no es otra cosa muchas veces esta labor de solitario que esa de recolectar sensaciones y vivencias para después írselas zampando poco a poco en las largas tardes de contemplar el crepúsculo frente a su cabaña, en las largas noches de invierno mientras mira las llamas del fuego y piensa y sueña  allende su estadía en las islas lluviosas o en las montañas iluminadas de caramelo de algún lejano amanecer en los Alpes.

Hay quienes durante toda su vida invierten mucho dinero para asegurar los años de la vejez, yo sin embargo invierto en sensaciones, colecciono sensaciones y, para que no se me escapen y se me olviden, las voy escribiendo en este pequeño diario del camino con la finalidad de más adelante obtener el rédito de su recuerdo. Para cuando sea muy mayor, Dios mediante, me puedan acompañar en las largas horas de pensar la vida, para que como el poeta pueda exclamar aquello de “confieso que he vivido”. Gran afición esa la de Neruda, que no era aficionado a los caminos ni a las montañas, pero que coleccionaba otra clase de preciosos tesoros. El confieso que he vivido de Neruda estaba lleno de cuerpos de mujer, de pubis angelicales:

“Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
Y cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin limite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito”.

Mi “confieso que he vivido” lo está también de mujer y del oloroso y húmedo rincón de un pubis, pero el salvaje que llevo dentro amó también las montañas y los truenos restallando en sus cumbres, y el reto de sus paredes de granito, y los interminables caminos por valles y por bosques, y el mar y los dorados rastrojales de Castilla con sus trigales mecidos como olas por el viento. El salvaje que llevó dentro desprecia el afán por el dinero y ama intensamente la vida y todo lo que hace vibrar las fibras de su cuerpo, esta mañana en un remoto rincón sobre los acantilados de la isla de Formentera bajo el techo de mi tienda mientras la lluvia tintinea sobre ella. Aquel vanidoso Dios del Génesis si hubiera tenido la cabeza en su sitio habría puesto en la cabecera de su decálogo un amarás la vida sobre todas las cosas en vez de aquel inútil me amarás a mí sobre todo el universo.

Recoger grandes cantidades de vida en el cuenco de nuestras manos para como bereber sediento que ha atravesado largas jornadas de desierto poder beberla poco a poco, sorbo a sorbo en el crepúsculo de nuestras vidas. He ahí la gran fuente de la sabiduría.

Necios (con perdón y cariñosamente) que amáis desproporcionadamente la riqueza y el poder, convertíos al amor de la mujer y la naturaleza, amad esta bendita tierra y sus entrañables rincones, sorbed en el fresco e íntimo pubis, allí donde la vida ve la luz, el néctar que nos ha de dar la vida. Ya sabéis, los caminos del Señor son inescrutables, pero dichosos aquellos que no se equivocan de senda (pobre diablo, yo, sí,   que en este momento se cree en posesión de la verdad).

He dicho :-).  Que ustedes tengan un bonito día.



albertodelamadrid.es

Rumor de olas




Cercanías de Es Caló, Formentera, 13 de abril de 2018


Llueve, en medio de ese paraíso, entre las dunas, en un rincón insolitamente escondido, recogido en el confort de mi tienda, me preparo a hacer vida de ermitaño. Mañana maravillosamente inesperada. El rumor de las olas, la pereza matinal, los pensamientos y las sensaciones fluyendo blandamente por mi interior. La dicha de la soledad y la íntima relación con los elementos. Pura suerte el haber encontrado este sitio. Aquí podría pasar una semana junto a las olas sin ser advertido por los guardianes al servicio del sistema. Es el mejor colofón que podría haber imaginado como broche final de mi gira invernal de este año.

Las gaviotas, nada renuentes a la lluvia, parlotean como de costumbre más allá de mi tienda. Como no leo el periódico ni atiendo a las noticias sólo me queda escuchar el sonido de la brisa que agita mi tienda, el débil repiqueteo del agua sobre la tela, el fragor cercano de las olas rompiendo contra la arena y la rocalla próxima. Música a tres voces en donde las gaviotas meten baza de tanto en tanto con su graznido nada armónico.

Y cuando la lluvia cesa recojo, desmonto la tienda y me voy a la orilla del mar a pasear la mañana hasta Es Pujols, una de las pocas poblaciones de la isla donde sin haber desayunado me enfrentaré a una sabrosa dorada al horno, a una ensalada y a una tarta helada al whisky que me deja el cuerpo totalmente tonificado. Y viene la camarera a advertirme sonriente: se te va a quedar la dorada helada con tanto móvil. Y le digo que tiene razón, y dejo el móvil a un lado y degusto este manjar del que tanto recuerdo guardo de mis correrías por Ibiza, Mallorca y la costa mediterránea. Dorada al horno, uno de los platos que con más gusto tomo cuando camino junto al mar.

Está nublado y será sumamente agradable caminar por una costa solitaria hasta Es Caló donde se alzarán ininterrumpidos acantilados sobre los que pienso caminar esta tarde a la búsqueda de un agradable lugar para mí vivac.

Adicto como soy a las bellas palabras, permite, amigo Paco, que incluya aquí tu cita, que encuentro esta mañana en mi blog  de la Canción a las ruinas de Itálica , que se corresponden tanto con la actual situación en nuestro país:

 “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
 campos de soledad, mustio collado,
 fueron un tiempo Itálica famosa”.

“Cualquier día de estos te veo en la trena, me decía ayer Paco, y es que hemos retrocedido, con la ley mordaza, 40 años. En un tiempo Formentera fue un paraíso para los espíritus libres y libertarios, una tierra donde podías acampar en cualquier lugar y nadie te molestaba, pero...”

Sí, como tantas cosas que nos ha traído la modernidad y los criterios de un mercado abocados a nuestra ruina. Pero hoy no voy a volver sobre el tema. Esta mañana, mientras recogía mis cosas, sobrevoló por encima de mi cabeza un helicóptero. Pies para qué os quiero, me dije, pensando en que mi escondite desde aire ya no era tal e imaginando que al rato ya tendría a la bofia tras los pasos de este pobre vagabundo, pero no, los de ahí arriba debían de andar de paseo gastando sin más combustible. Todo estaba muy tranquilo. De hecho, después de salir del parque de Salines d’en Marroig ya no me volví a encontrar ningún cartel de prohibición. Más, me llegó un comentario de alguien de la isla que afirmaba que el lugar que dejaba atrás era uno de lo rincones más bellos del planeta… y no sería yo quien dijera que no.

A partir de aquí apenas tendré lugares para abastecerme de agua y comida después de Es Caló. Tocará cargar en la espalda con todo lo necesario. Y mientras no salga algo de sol mi panel solar estará inactivo, lo que significa que tendré que restringir mi comunicación con el exterior. Tuve que esperar hasta las cuatro a que abrieran el supermercado. Salí de él doblado por el peso del macuto.

La costa este a partir de Es Pujols ya es un continuo acantilado. El sendero culebrea en su borde casi hasta las cercanías de Es Caló. Es un paseo bonito animado por pequeños grupos de flores amarillas y espolones erosionado color ocre que invitan a hacer uso de la cámara. Hoy el mar está calmo, apenas es un débil chapoteo contra las rocas. Esta noche vuelve a amenazar lluvia, así que me veré obligado a colocar la tienda. Además cuando cae el sol hace realmente frío.

Paso el final de la tarde sin hacer  otra cosa que mirar las olitas que vienen a acariciar las rocas de la orilla, tranquilas como quien se mueve de acá para allá por el simple capricho de hacer algo. Un cormorán que llevaba un rato mirando el horizonte desde la punta de una roca ha echado a volar y se ha zambullido en picado en el mar. El cielo está turbio, en el horizonte, al norte, se ve el azulado perfil de las colinas de Ibiza. Monotonía en los cristales.


albertodelamadrid.es














Un país en manos de canallas




Salines d’en Marroig, Formentera, 12 de abril de 2018 

Ya en el ferry empecé a disfrutar de estos días que preveo lleno de suavidad. Busqué un lugar solitario a estribor y me tumbé al sol, y las olas eran grandes y el barco subía y bajaba como quien se precipita en un gran hoyo y algo me mareaba a tanto movimiento, pero con los ojos cerrados recogía ya el néctar de un nuevo recorrido, sol, playas, acantilados, casi una semana para hacer un recorrido que se podía terminar en la mitad de tiempo, es decir el placer de caminar sin prisas y degustar el largos ratos de contemplar el mar, de tenderme al sol sin otra preocupación que tener en la mochila comida y agua suficiente. 


Nada más echar a andar me llama la atención la mole rocosa de Es Vedranell sobresaliendo del mar al oeste de Ibiza como un arrogante gigante que fuera a tirar de la isla con una soga camino de otros mares. El mar es de un bello azul turquesa entreverado con un verde transparente y profundo. Una pequeña vereda camina junto al mar, pero más adelante la dejo para andar por la playa donde las olas vienen a acariciar mis pies. En las horas siguientes recorreré un larguísimo espigón cubierto de dunas que es como una estirada lanza en el que el agua rompe a ambos lados. Gaviotas, algunos intrépidos voladores en sus tablas de windsurf haciendo cabriolas en el aire. Cuánto admiro a esta gente que juegan con las olas y que arrastrados por el viento describen hermosas figuras en el aire. 

No tengo prisa, paseo, quisiera seguir el espigón pero debo atravesar para ello con agua a la cintura un centenar de metros. No quiero mojar el macuto. Busco un rincón protegido del viento y allí pasaré parte del día comiendo y sesteando. 

Al fin el primer día de relativo ocio en dos meses de trotar por la Península. Se agradece. Ya en el ferry empecé a disfrutar de estos días que preveo lleno de suavidad, eso si es que la autoridades no me echan el guante, que aquí como en tantos sitios está prohibido acampar, esa manía que aqueja a nuestros queridos políticos de querer privarnos de derechos esenciales como es el de que alguien se pueda guarecer de la lluvia o la noche, cosa que se concede a todas las especies animales excepto a la denominada homo sapiens. ¿Tengo yo menos derecho a dormir en el campo que un perro? Quizás estos señores si tuvieran más luces e imaginación algún día podrían comprender, cuando se ponen a fabricar prohibiciones, que para organizar una sociedad hay que tener en cuenta a las minorías, minorías a las que continuamente pisotean sin ningún miramiento. La clase dirigente parece sacada muchas veces de las cloacas de la inteligencia. Me contaba ayer José Manuel Vinches que intentó viajar en AVE con los piolets y tornillos de hielo... no hubo manera, decía. Además en el tren no se puede facturar. La gentuza esta se monta un AVE de señoritos con la pasta de todos (seguro que en España no hay otras prioridades para gastar el pastón que cuesta el AVE. Por cierto que en Podemos se hablaba en los buenos tiempos de Podemos de parar las obras del AVE para traspasar fondos a asuntos sociales…probablemente algo que quedó en el olvido vaya a usted a saber por qué). También Paco apostillaba el asunto con estas palabras: Es lo de siempre, tenernos acojonados y agradecerle al verdugo que la hoja este bien afilada y desinfectada. 

España, patrimonio de unos pocos, ¿los señoritos quieren un tren de lujo? Les fabricamos un tren especial para ellos, con nuestro dinero, claro, pero que no venga ningún mierda con su piolet y sus clavos de hielo, esos que se vayan en burrito a sus montañas. Más asuntos, precios medios de los hoteles en Formentera entre 100 y 500 €. Prohibido pasar la noche en el campo. Ergo si no tienes esa pasta te jodes y te quedas en casa. Últimamente se me escapa demasiado la palabra gilipollas en este blog, quizás podría cambiarla por necios, estúpidos, subnormales o algún sinónimo similar, todos ellos dedicados a lo regidores (obviemos la conveniencia de no generalizar: se sobreentiende que no son todos, pero si muchísimos) de este país que son totalmente incapaces de usar el sentido más relevante que siempre deberíamos tener como medio de actuación: el sentido común. 

¿Qué es un país? ¿Un negocio para unos pocos? ¿Tan difícil es usar el sentido común para dar acceso a la gente para que disfrute de su tierra, su patria, sus medios? Que en el AVE es peligroso… Joder, establece un sistema de facturación. En Aragón nos despertó el otoño pasado la guardia civil. Estábamos durmiendo o en la furgoneta. Que en Aragón estaba prohibido dormir en vehículos. Eso dijo, aquel individuo linterna en mano mirándonos como si fuéramos terroristas. ¿Usted es imbéciles o qué? ¿Es que en España solo puedes salir de tu casa si tienes cien euros por día para pernoctar? 

Y a esta gentuza ¿nadie les para lo pies? Como decía Paco, tenernos acojonados y agradecerle al verdugo que la hoja esté bien afilada. ¿Y qué será eso de la hoja bien afilada, se preguntará algún despistado? Los miles de policías con sus perros correspondientes, pagados por nosotros naturalmente, azuzándonos detrás para salvaguardar los intereses de unos pocos. Esos mismos policías, competentes y listos ellos, que en las elecciones catalanas no fueron capaces de localizar ni una de las miles de urnas que circularon por el país hasta lo colegios electorales. 

Si alguno piensa que esto no tiene nada que ver con el hecho de caminar por Formentera, se equivoca de parte a parte. Yo vengo aquí a caminar, amo hacerlo, amo el mar, las montañas, los lugares entrañables y hermosos de nuestro país y desembarco en Formentera y por la noche tengo que esconderme como un delincuente para pasar la noche, y todo por salvaguardar el negocio hotelero, todo porque a las autoridades ni siquiera se les pasa por la cabeza la posibilidad de habilitar lugares para pernoctar, todo porque priman los negocios particulares sobre el bien general. Hay pasta para pagar el AVE, el tren para los señoritos de la película de Mario Camús, Los Santos Inocentes, pero no para…

Quizás los amantes de la Naturaleza deberíamos empezar a movernos en este país; “el sistema” cada vez nos da más por culo; no sólo en estas cosas, claro; y callamos y callamos como si no tuviéramos otra opción posible para el futuro. LA PASTA, el sistema económico que tenemos, convertida en la reina del mambo y aceptada silenciosamente por la mayoría, terminará por deglutirnos a todos. 

Casi no me acordaba de cómo era mi tienda, pero busco un lugar protegido del viento entre los arbustos de las dunas, la abro, la instalo, me meto dentro y, ah, encanto, encanto de mi casa de los Alpes, de Córcega del pasado verano y de pronto se me agolpan los recuerdos de tres meses de travesías, de tormentas, de horas y horas pasadas en el acogedor interior de ella, amiga, compañera, hogar. Y recuerdo un día que escribí una lo a mi tienda y me siento desagradecido con ella, por no haber la recordado e todo este tiempo, este encantador trozo de tela que tantas tormentas resistió, tantas hasta el punto de que tenía que dormir tantas veces con lo tapones de cera puestos debido al fragor de los truenos y de la lluvia torrenciales sobre este pequeño hogar de dos kilos de peso. Regazo, compañera: gracias. Había estado tumbado junto a las olas pero al final de la tarde la temperatura bajo y tuve que abandonar la orilla del agua. No instante estoy cerca, hasta mi tienda llega el rumor de las olas, rumor también amigo de tantas y tantas horas pasadas recorriendo el litoral mediterráneo y cantábrico, las noches bajo las estrellas mientras las olas rompían al lado, las horas previas al alba caminando por extensas playas desde el cabo de Creus hasta mucho más allá del cabo de Gata. Ah, el mar y el rumor de las olas, el mar y esa sensación indecible de inmensidad e infinitud, el mar y el sol con su lanza de fuego tendida sobre su superficie al amanecer cuando el principio del día se asemeja al nacimiento del mundo, el mar de Keats:

Vosotros, que tenéis el oído anegado en roncos gritos,
cansados de las mismas melodías,
sentaos cerca de una de esas grutas del mar, y ensimismaos
hasta que os sobresalte algo así como un canto de sirenas.














Preludio a una circuncaminata por la isla de Formentera



Sant Antoni, Ibiza, 11 de abril de 2018


Cada vez me gusta menos el mundo en el que vivo, este mundo en el que el dinero y los sistemas de seguridad se han convertido en una obsesión enfermiza. Regreso de otro mundo donde ni lo uno ni lo otro representan más que el viento de la mañana de una de mís caminatas o unas nube correteando por el cielo mientras a lo lejos asoma el campanario de la Iglesia de una aldea. Los de seguridad del aeropuerto no me dejan pasar, primero porque mis bastones, que tienen serradas las puntas, son un objeto contundente y después porque mis piquetas de la tienda tienen punta. Cada día hay más gilipollas sueltos por el mundo, con perdón. Se les escapan aviones enteros que se van a estrellar contra las Torres Gemelas de Nueva York y ahora lo que buscan para que no sucedan esas cosas es un pobre bastón de senderismo porque con él puedo atizar al capitán del avión en la cabeza o una piqueta de una tienda que… para mear y no echar gota. Yo, que vengo huyendo de la prensa y de los medios desde hace más de un trimestre, me veo de continuo en una carrera de obstáculos para que los absurdos del mundo no me toquen. Tiro al monte, me escabullo por las riberas de los mares o los caminos que usaron los peregrinos de la Edad Media, pero no hay tu tía, termino siendo pasto de una imbecilidad sin cuento. Bien, me voy a facturar mi mochila porque primero estaba dispuesto a dejar allí los bastones y sustituirlos en Formentera por unos palos de escoba comprados en la primera ferretería que me encontrase, pero cuando me vinieron con el cuento de que las piquetas, me dejaron sin recursos. No era cosa de tirar también la tienda. Y aún así me piden el DNI y llenan un cuestionario con mis datos; sí, que acaso se trate de un terrorista disfrazado de montañista, que todo puede ser. Bueno, pues me voy a facturar la mochila y por la facturación me hacen pagar cuatro veces el importe del billete del avión. No me extraña que ante algunas situaciones tan dantesca haya gente que cometa alguna tontería. Y bien, y vuelvo por segunda vez a la puerta de embarque y paso sin problemas y tengo que ir a la puerta nosécuantos y para ello tengo que atravesar un pasillo tipo Ikea que culebrea en medio de productos de perfumería, marroquinería, bebidas, etc. Otra moda que se ha impuesto en casi todos los aeropuertos del mundo y que también he visto a la salida del templo budista quizás más famoso del mundo en la isla de Java, un recorrido de cientos de metros, varios Ikeas unos detrás de otros, para abandonar el templo de Borobudur. Las desmesuras del consumo junto a aquellas otras de la seguridad y sus aledaños hacen del mundo una casa de locos.

El otro día hacía la propuesta en mi blog de dividir el mundo en dos partes, en una viviría la gente normal, sencilla, los ingenuos, que decía mi amigo Paco de Hoyos del Espino, y en la otra la habitarían “los listo”. Se trataba obviamente de una broma. Este mundo no tiene solución. No hay más que aguantar. Me sonaba que había un expresión para mí estado de ánimo de hoy tras estas cosas y cierto aguijón que me ronda por dentro, y recordé enseguida a Baudelaire que popularizó el término “spleen” en su época, algo que representaba un estado de tristeza pensativa o melancolía. En alemán, la palabra “spleen” , denota a su vez alguien continuamente irritable. Una y otra interpretación me sirve para esta mañana en que tengo que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar mi sistema nervioso.

El agridulce sabor de la frustración me puede hoy por razones diversas. Las cosas no van siempre como uno desearía, ni siquiera las cosas del corazón se libran de este flagelo. El día anterior había tenido que abandonar mi peregrinaje por la nieve en Picos y hoy me veo como un tonto en el puerto de Ibiza sin saber qué hacer después de que cerraran el puerto de La Savina, en Formentera, por mal tiempo. Y como las previsiones metereológicas cambian a cada momento, ayer en Formentera iba a hacer más o menos bueno durante toda la semana, y hoy el tiempo previsto es malo, he terminado en un hotel de la costa oeste compartiendo habitación con tres ninfas, muchachas en flor, que al ir a entrar en la habitación andaban en braguitas como si estuviera en su casa. Hice intención de cerrar pero antes se lo pregunté, ¿paso o espero un poco? No debía de importarles mucho así que entré. Son divertidos estos establecimientos en donde compartes cama con gente de ambos sexos. La última vez en Venecia fue con dos orientales y una centro asiática. Era divertido ver las horas que se pasaban ante el espejo por la mañana después de haber dormido despatarradas toda la noche frente a un minúsculo y perezoso ventilador. Cuando uno, que tan admirador es de las mujeres, se encuentra este paisaje matinal, chicas desgreñadas que se despiertan tras el sopor de una Venecia abrasada por el calor, casi preferiría cambiarlas por compañía masculina para no descomponer ese idilio que persigue a los románticos de toda la vida, que ven en el culto a la mujer el único culto realmente racional y practicable.









Sobre Dios y las minifaldas




Espinama – Madrid, 10 de abril de 2018 

Camino Valdiniense y Lebaniego. Etapa Espinama – Mi casa

Amaneció lloviendo. Más arriba de los tejados de Espinama los árboles vestían el blanco de la nieve. Los dos ganaderos con los que había hablado ayer tarde me habrían tachado de loco de remate si me hubiera atrevido a intentar la Horcada de Valcavao y el puerto de Pandetrave. También había estudiado con ellos la posibilidad de otro paso desde Cosgaya por Llanaves de la Reina para alcanzar Portilla la Reina, pero también me lo tumbaron a causa de la nieve; sin esquís o sin raquetas aquello era impracticable, amén de las posibilidades de avalanchas después de que sobre la nieve dura del invierno se hubiera depositado una buena capa de nueve reciente. 

Metido en el autobús observaba tras la ventanilla un paisaje gris que adormecida bajo la lluvia. Largas nubes lamían las laderas en las que de vez en cuando saltaba una cascada. Los niños de las aldeas vecinas camino de la escuela se comportaban como niños y llenaban el espacio del autocar de juegos y adivinanzas. Todos querían hablar a la vez, criajos entre cinco y ocho años que, en esta hora temprana daban fe con sus gritos y alboroto de que la vida era una fiesta. ¿A qué no sabes cuantas son ocho más nueve? O, ¿cinco veces uno cuánto es? Esta mañana les había dado por las matemáticas. El fantástico Desfiladero de la Herrmida pasaría poco más tarde frente a mi ventanilla después de que el autobús dejara a los niños y niñas frente a la escuela. Me voy a casa. En algún momento tramé ir en autobús hasta Mansilla de las Mulas, el final del camino Valdiniense, para hacerle llegar en sentido inverso hasta Riaño, pero las previsiones del tiempo me volvieron a la realidad. Cuando estas en el camino y tienes días de lluvia pues lo aguantas, pero meterte bajo un aguacero desde la comodidad de tu casa o el autobús no cuadraba mucho con mis expectativas, al menos con las de esta mañana. Así que llegado a Santander compré de inmediato un billete para Madrid. 

Atravesando el Desfiladero reflexionaba sobre la enorme capacidad del agua para abrirse paso a través de todo un macizo socavando rocas, erosionando y abriendo camino en el paisaje kárstico hasta dar con la salida camino del mar. Era un trabajo que se me aparecía como una excelente metáfora de la vida desde que nacemos hasta que llegamos a la madurez. La vida como lucha y esfuerzo a veces tiránico para salir adelante y crear un hábitat, para llevar a cabo la crianza de los hijos, para formar una familia armoniosa, para litigar en el campo social y político. Lucha continua como las aguas del río Deva que en su recorrido debe pulir asperezas, atravesar rocas y precipitarse por derrumbaderos en busca de su propia verdad, su propio destino. 

Estoy pidiendo un café en el bar y un hombre que se come un bocata me hace con los ojos una señal de connivencia señalándome con la vista un objeto a observar. Sigo su mirada y me encuentro uno de esos cuerpos cuyo cometido en la vida es exhibirse ante los ojos de los varones, una figura alta y esbelta con una minifalda hasta el ombligo, las piernas bien torneadas, la cintura de ánfora, la desenvoltura de quien encuentra un gran placer en exhibir el cuerpo que el dadivoso Dios le ha dado sin necesidad de hacer ningún especial mérito (y, por cierto, lo gracioso y contradictorio que resulta ver a estas minifalderas un tanto exhibicionistas  cómo echan de continúa mano al borde inferior de su minifalda para estirarla hacia abajo… no vaya a ser ser que… ¿pero en qué quedamos?, alma mía). A uno que de por sí es algo estrábico se le nubla la vista viendo así, a palo seco  sobre la mañana de la estación de autobuses de Santander un semejante espectáculo tan alegrador de la vista como de la libido. Habría que preguntarse por qué el bondadoso Dios ha puesto sobre el mundo semejantes cuerpos para después castigar con el fuego eterno a todos los que desean la mujer de su prójimo. No, si al final los islamistas van a tener razón vistiendo a sus mujeres de pies a cabeza con sacos de patata. Decir a alguien prohibido comer tal exquisitez y revestir el objeto de la prohibición de todos los atributos que la apetencia puede desear puede considerarse un acto de sadismo por parte de ese Dios, que será todo menos coherente y ecuánime. A Dios le querría ver yo, si es que le quedan unas pocas neuronas en el cuerpo, resistiendo la llamada de la naturaleza ante el espectáculo de una minifalda de muy buen ver paseando por delante de sus narices todos sus buenos y bonitos atributos de hembra. La verdad es que Dios defrauda al más pintado. Vaya birria de Dios que no sabiendo hacer honor a las bellezas de lo femenino, el muy envidioso se dedica a prohibir a todos los amantes de las mujeres hacer sus rituales de oración y sumisión ante las gracias que el sacó de una costilla adanera. Me temo que eso de que amarás a Dios sobre todas las cosas, que este señor colocó en el principio de las tablas de la ley no era más que un artilugio para esconder a un ser vanidoso que seguro estaba de que sus adoradores iban a caer en picado en el mismísimo momento en que vieran pasearse a Eva en sus mejores prendas, es decir cono Él mismo la trajo al mundo, por los vergeles del Paraíso. Si Dios fuera consciente de las tonterías que ha hecho a lo largo de la historia de la Humanidad seguro que barría del mundo toda la parafernalia católica y la sustituía por un culto mucho más acorde con la naturaleza humana, es decir por el culto a la mujer. Sólo me he tomado una cerveza, no más, advierto. Coño, ¿o no es verdad? ¿No sería más lógico adorar seres queridos y adorables, la belleza de las mujeres que se nos ponen en el camino, por ejemplo, que no a ese Dios que, navegando entre las nubes desde lo tiempos inmemoriales, lo mejor que nos ha traído al mundo son la peste negra, las guerras, o peor todavía, este neoliberalismo de lo devoradores de dinero, que no se van a enterar nunca de que la felicidad está en otra parte. Al menos los dioses de la antigua Grecia lo tenían más claro, se divertían de lo lindo ente las nubes folgando y copulando todo lo que les venía en ganas aunque Aquiles, Patroclo y todos los demás se estuvieran partiendo alma frente a las murallas de Troya. 

Me admiro esta mañana de lo tanto que da de sí un vistazo a una minifalda que se te pone frente a los ojo. Y levanto la vista y me encuentro ahora con los compañeros sordomudos con los que había coincidido en Cicera y me acerco y nos saludamos efusivamente como si nos conociéramos desde décadas. Es hermosa esta espontánea familiaridad que suscita el camino. 

Es el último post que colgaré en los grupos del Camino de Santiago del Facebook. Me despido con nostalgia de esos centenares de peregrinos afines al Camino que han seguido en lo dos últimos meses en algún momento mis pasos por las sendas del Apóstol. Para mí han sido una excelente compañía esos “me gusta” y los comentarios que los han acompañado. Gracias. 

Mi blog sigue sin embargo activo para ir dejando en él los rastros de mi peregrinaje por otros senderos, Pirineos, Picos de Europa, probablemente los Alpes en el próximo verano, cualquier camino que satisfaga mis deseos de ese entrañable contacto con la naturaleza que tanto tengo en estima.