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Caminar a través de uno mismo

GR-10. Pantano de San Juan, 6 de junio de 2008




Apenas había llegado una leve claridad al prado en donde había instalado mi tienda cuando ya estaba en movimiento. La silueta de la Machota resaltaba oscura hacia levante; en sus faldas lucía naranja el alumbrado público de un pueblo. El relente de la noche había dejado una capa de humedad sobre las altas hierbas del prado.
Mientras empezaba a amanecer caminaba ya por una pista que seguía a cierta distancia la vía del tren. Es verdad, caminando se piensa de manera diferente. Tan abstraído estaba que fui a dar a donde no debía, perdí el camino, pero a estas alturas nada de estas minucias importa, siempre habrá un camino o una trocha que me lleve hacia poniente; tanto da. Más tarde resultó un camino bonito que por demás evitaba el paso por Robledo de Chavela; discurría bajo la mirada algo arrogante de la Almenara, un pico puntiagudo de granito rodeado de jaras y peñascos verdosos. Desde mi cabaña, en casa, tan lejos, se ve muy bien; en esta época el sol viene a ocultarse más o menos por aquí; en el solsticio lo hace tras la peña de Cenicientos, más al sur. También el sol tiene sus hábitos.
No era todavía mañana de ponerse a leer, así que más razón para continuar dándole al deporte de pasear el pensamiento allá por donde le pluguiere; caminando por ahí recordé un reciente encuentro libresco. Tiene su gracia encontrarse de golpes a primeras con rostros conocidos, y más todavía en este caso con ideas que no son otra cosa que parte de los descubrimientos que el caminante va haciendo un día sí y otra también. Que yo tenga que patear la tierra o hacer largos viajes para encontrarme a mí mismo, hoy me parece casi un perogrullada; y lo respalda el reciente encuentro con una cita de Joyce en el Ulises. A fin de cuentas uno no parece ser tan raro; esto afirma Stephen: “Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, viejos, jóvenes, esposas, viudas, cuñados adulterinos, pero siempre encontrándonos a nosotros mismos”. Vamos, que no sólo uno no puede despegarse de su sombra ni huir de sí mismo, sino que lo único que hacemos de continuo es encontrarnos con nosotros. Eso me parece a mí esta mañana de caminar solitario.
Con estas cosas encima andaba yo cuando de repente se rompió el silencio de la mañana con una estampida de cascos que hacía vibrar el suelo. Tan cerca que de golpe sentí un temor de no saber dónde meterme ante ese repentino retumbar de la tierra. A menos de cien metros, saliendo del bosque, apareció trotando a gran velocidad una numerosa manada de reses en sentido perpendicular cortando el camino que yo llevaba. Al otro lado de la senda, con agilidad, pero pesadamente, saltaron una valla de un metro de alto y continuaron su carrera hasta perderse en un pinar próximo. Me asusté, pero las reses llevaban su camino, parecían capitaneadas por un toro color castaño brillante de grandes cuernos. Serían quince o veinte. Más adelante, un gran cartel atado al tronco de un pino, advertía: “No pasar. Reses bravas”. Apañado había estado yo si me encuentro en su camino. Recordé algún relato de Horacio Quiroga en donde las reses y los caballos hablan y hacen apuestas para quitarse del medio las alambradas de púas que se oponen a su vagar de un lado para otro. Estas eran lo suficientemente bravas como para saltárselas a la torera... y nunca mejor dicho.
Los cuentos de Chejov se acabaron mientras caminaba por una estrecha carretera de asfalto cuyos arcenes estaban poblados de amapolas, gordolobos y chupamieles. Luego aparecieron las antenas de la estación espacial de Robledo. Media hora más tarde un guarda forestal me abrumó con sus indicaciones, y no sólo eso sino que un rato después volvió con su todoterreno a darme caza para volverme a indicar la desviación correcta. Hay gente amable en el mundo. Desde lo alto se veía el pantano de San Juan, al pie de cuyas aguas nacían las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos, un paisaje interrumpido de colinas cuya línea de pequeñas cumbres bajando de norte a sur se dirigen hacia el pantano.
Era mediodía. Intento hablar con mi padre por teléfono pero la cobertura es inestable. Llegando al río Alberche los pies ya empezaban a cantarme, llevaba casi ocho horas caminando sin parar. Me colé en un restaurante junto a la carretera. El salmón estaba poco hecho pero se agradecía. Comí lo suficiente como para necesitar una larga sienta junto al río.
Ahora las sombras oscuras de los pinos se recortaban sobre el ligero velo malva del horizonte. Se oye a los perros ladrar; el cielo lo ocupan inquietos murciélagos y, a mis espaldas, se alza el cuerno brillante de la luna. ¿Qué será de mi amiga desconocida?, pienso. Hubo muchas lunas en que recibía correos suyo; ella ama la luna y el mar. Quizás tenga que ver con su apasionada manera de entender las cosas del amor. La luna siempre fue buena compañera para estas cosas.
Hoy no habrá cena y dormiré al raso; lo primero porque me dio pereza retroceder un kilómetro para comprar algún bocadillo, y lo segundo porque olvidé en casa las clavijas de la tienda. Ayer el terreno era blando y me arreglé con palos, pero hoy el suelo está duro como una piedra. Tampoco necesito tienda; quizás no la vuelva a necesitar de ahora en adelante mientras no amenace lluvia; dormir al raso bajo las estrellas sigue siendo la mejor manera de pasar la noche.

En la cordillera de Pedro Duermes

GR-10. El Tiemblo, 7 de junio de 2008



¿Qué hace que un libro como Viaje a la Alcarria, de Cela, sea tan notoriamente conocido? No lo entiendo. En absoluto. Tampoco se entiende que dos libritos buenos que escribió hayan sido suficiente para alentar tanta suficiencia en el autor gallego; ni para que la oficialidad haya tenido a bien avalar esos aires de señor de que se burlaba con razón Italo Calvino.


Lo que leía esta mañana no era más que eso, librito. Y no es que se trate sólo de un volumen reducido, aunque el comienzo me gustara bastante, sino que su contenido me pareció de poca monta. Hay libritos que son grandes libros, lo que le sucede a Pedro Páramo o El páramo en llamas, de Juan Rulfo; y es que entre otras cosas hay una enorme distancia entre el sencillo y gran Rulfo y el fatuo que fue Camilo José Cela. Y eso también cuenta. Hay autores que de solo conocer algo su pensamiento, sus ínfulas de esto o lo otro a uno se le quitan las ganas de leerlo; pequeños detalles, algunas declaraciones, en fin esas cosas que hacen que a uno le sea algo rancio tal o cual personaje. Me sucede con Vargas Llosas, con Muñoz Molina; con el fallecido Umbral en aquel tiempo en que no pudo digerir que nombran para la Real Academia a José Luis Sampedro en lugar de a él mismo. A alguna gente que escribe y sale en los papeles a poco que se descuide se les ve en seguida el plumero.
Todo esto después de haber leído entre ayer y hoy el librito de la Alcarria, por donde, además anduve no hace mucho siguiendo esta GR que atraviesa España de parte a parte. Los tiempos en que fue escrito este volumen, el año cuarenta y seis o cuarenta y siente, ofrecían un materia tópico y típico del que Cela hace uso excesivo. Un libro de esos que se escribe en un plis plas sin prestar excesiva atención a la escritura. Las mujeres, la naturaleza, lo que se encuentra por el camino es bonito y poco más; debe haber doscientos o trescientos bonitos en el libro. Las frases cortas, la mayoría de ellas precedidas por las palabras “el viajero”, son de una monotonía y reiteración sin perdón; el verbo ser aparece cada renglón y medio. La reiteración de la palabra viajero, por demás, induce al lector continuamente a buscar la rima fácil del “ero”, algo que obviamente distrae de la lectura y le da un tono liviano. Mi impresión general es que se trata de alguien que fue tomando notas de lo que iba viendo por el camino y después no usó de mucho tiempo para ir enlazando unas cosas con otras. Probablemente no pretendía otra cosa que dar testimonio de lo que vio y oyó durante unos días; pero desde luego, después de las páginas introductorias, que me gustaron bastante, divagaciones de viajero en ciernes, la larga caminata por el Madrid de los cuarenta una madrugada de un mes de julio, después de eso uno se queda un tanto perplejo del vuelo superficial que poco honor hace a ese escritor de talla que él se empecina en promocionar.
Después de desayunar en San Martín de Valdeiglesias no quise cargar con comida ni agua y mal me fue por ello. El camino que no es recto ni mucho menos, y que se entretiene aquí o allá según las circunstancias o los parajes interesantes que atraviesa, a pocos kilómetros de San Martín le dio por subirse a un monte y divagar largamente por el valle de Iruela hasta el punto que a la hora de comer estaba todavía a años luz de un restaurante; y menos mal que al monte, en esta parte llamado cordillera de Pedro Duermes, le dio por tener agua en abundancia. En realidad el monte era respetable por el desnivel que salvaba, y el Alto del Mirlo, el punto más prominente se alzaba sobre el llano inhiesto como el mascarón de proa de un gran navío que fuera la sierra de Gredos.



La cuesta se hizo dura de puro imprevista, ya que cuando la senda arrancó desde la carretera un cartel indicaba ocho ridículos kilómetros hasta el Tiemblo, ocho kilómetros que yo tardé cinco o seis horas en cubrir y todo porque a mi caminito le dio por demorarse entre los pinos y las alturas para después, tras un larguísimo rodeo, volver a caer desde la otra vertiente de la sierra sobre el pueblo de El Tiemblo.
Por allí es por donde se me acabó el Viaje a la Alcarria, y por donde pude hablar por fin con mi padre, que estaba encantado, después de dos semanas de estar rodeado de sondas y aparatos, de haber podido dar un corto paseo. Esta mañana, después de probar un andador ya quería comprarse uno. Me pareció estupendo, pero ya veremos; ciego como está y sin los órganos peculiares de los murciélagos no sé como le va a ir ; se puede convertir en el terror de la residencia atropellando a todo anciano que pille por delante.
Esta tarde tocó riachuelo cantarín. Nada más oírlo, después de un largo descanso tras la comida, me dije: de aquí no paso. Y no pasé, y es que tengo que andar con cuidado porque a poco que me descuide siempre tiendo a ir un poquito más allá hasta querer plantar la tienda en la misma línea del horizonte.



En el pantano del Burguillo

GR-10. Pantano del Burguillo, 8 de junio de 2008

Comienzo a leer según camino a la vera del pantano del Burguillo. Mañana fresca de silbo de pájaros entres jaras, en las ramas de los pinos, en la blanquecina copa de los álamos blancos que ya han perdido su tez albina y se han hecho rugosos y adustos, llenos sus troncos de canaladuras verticales que afean su corteza. Mañana de tibia brisa que riza el agua del lago entre las ramas de los pinos. Comienzo mi lectura y ya siento el placer de la sensibilidad de Colette entrándome por el cuerpo como un sugerente regalo para mi yantar de caminante ávido de lectura. Claudina se va. El marido parte hacia Buenos Aires en busca de una herencia, una estancia llena de reses. Ella recuerda con el alma rota aquel tiempo de los trece años, tan lejos ya, en que su guapo chico empezó a llenar su vida. El relato corre suavecito, como quien contara una historia en una habitación oscura apenas iluminada por el fuego de la chimenea. Como debía hacerlo Isak Dinesen en Kenia para su amante al final de una larga jornada de correrías; siempre el arte de contar historias. Ignacio Aldecoa solía decir que si por algo le hubiera gustado que le recordaran en el futuro habría sido así: como el narrador de historias.
Mi lectora de hoy es vaporosa, llena de calor; no tiene prisa, lee al ritmo que le marca la partitura de la situación; su voz llena de sugerencia los rincones de las palabras, las hace vibrar o silbar, según los casos. A veces se oye como un murmullo entre las hojas de los árboles; es cálida, amable; se llama María Teresa Jiménez Navarro.
Sigo caminando. Las hojas de los álamos, levantadas contra el azul del cielo, mueven sus manecitas produciendo un maravilloso gorjeo musical sólo interrumpido por el piar de los gorriones. Mientras habla Claudina y Anita debo apagar mi mp3 porque el ruido aparatoso de un arroyo cercano no me deja oír. Valle de Iruela; me suena pero no sé de qué, quizás es el nombre de otro valle en el Pirineo. Es un lugar bello, lleno de calveros verdes rodeados de pinos; poco transitado, como si estuviera a cientos de kilómetros del tumulto que rodea al pantano de San Juan. Al Burguillo llega menos gente; esto tira ya para Gredos, el valle sube la corriente del río Alberche camino de las aguas frías del Tormes. Más adelante volveré a leer a Cela, Judios, moros y cristianos, otro libro de un viaje que hizo por tierras del Tormes... cuando llegue el momento. Ahora todavía estoy en el Alberche, el río de mi infancia, el lugar donde vivimos como los apaches junto al río en tiendas de campaña durante muchos veranos, allá por Aldea del Fresno, cuando todo era menos anodino y la gente no se veía obligada a “esparcirse” en lugares expresamente fabricados para ello, de cuando había menos normas y el día dieciocho de julio llegaban camiones llenos de gente a celebrar el Alzamiento Nacional. Entonces vivíamos junto al río en una especie de poblado de apaches. De allí no salía más que los domingos, y por dos razones; una para asistir a misa cuyo justificante de asistencia debía recabar del párroco para después entregar a mi regreso de las vacaciones en colegio de los Salesianos; y otra para vender porras y churros que nuestros vecinos hacían en un gran caldero y que vendían por las calles de Aldea del Fresno. De entonces data mi primera experiencia de equitación. Todavía conservo en casa una foto sobre las grupas de un caballo tordo que nos llevaba a mí, a los churros y algunas verduras que comprábamos en las huertas circundantes y vendíamos también en el pueblo.
Me siento junto al clap clap del agua. Abandono por un momento mi novela. El día se ha nublado y me obliga a ponerme el jersey. El lugar es apacible. Las colinas surgen del agua como un paisaje gallego que prometiera un poco más allá el ancho mar. Este clap clap del agua se parece mucho al océano que visité el pasado invierno en Lanzarote y Fuerteventura, cuando me paraba junto al agua, sin otro quehacer que llenarme de su apacible y contagiosa intemporalidad. Mañana volveré a Madrid a ver qué tal está mi padre y a arreglar algo la parcela. Quizás me vuelva en seguida a estas tierras, a dormir bajo las estrellas y a demorar largamente junto a los caminos llenos de amapolas y chupamieles, a dormir como un bendito sobre el duro lecho del suelo.
Atravesando el pantano, primaveral, amortiguados sus colores con la luz difusa del cielo encapotado, habla Anita, la protagonista de mi libro, buena esposa, obediente, adoradora de un marido algo hierático cuya mejor cualidad es su rigidez moral. Anita, de la mano de Claudina y su cuñada va descubriendo un mundo del que antes nada sabía, se va desunciendo poco a poco de la carga que una sumisión enfermiza ha arrojado sobre ella hasta no poder ver más que a través de los ojos de su marido. Durante el tiempo que éste está de viaje ella se encuentra con otro mundo que días antes le hubiera parecido impensable. Es una historia que me suena. Algo escribí el otro día en Pies de foto sobre el asunto.
A quien quiera darse una vuelta por el pantano del Burguillo que venga hasta La Rinconada y que camine después hacia Navaluenga por la orilla meridional: es un paseo delicioso.


Siesta en propiedad privada



GR-10. Navatalgordo, 21 de junio de 2008




Hacía calor allá arriba de Burgondo, así que después de la comida, cuando avisté en el monte un prado conveniente bajo una frondosa sombra, salté la valla de piedras y preparé mi catre para la siesta. Los cambios estacionales imponen sus propios ritmos y horarios al caminante. Ya no estamos en marzo como cuando comencé a caminar junto al Mediterráneo, ni en mayo, cuando caminaba por tierras de Guadalajara y todavía las noches eran tan frescas. Ahora ya es verano verano; fue apenas hace unos días, de repente ya pudo dormirse envuelto solamente en una sabana y, durante el día mi cuerpo, de buenas a primeras pidió desprenderse de las pantuflos y volver al acostumbrado despelote de la época; todo el día ya como Dios me trajo al mundo para gusto y regusto de todo mi cuerpo.
Andar con la fresca, tumbarse bajo una sombra durante las horas de calor y dar otro estironcito a la caída de la tarde cuando la agresividad del sol decae hasta hacerse suave y acariciadora; e incluso, si se tercia y el camino no es muy abrupto, aprovechar la luz de la luna para estirar todavía más la jornada y el camino.
Hacía calor y la noche anterior había dormido poco, así que no tardé en quedar transpuesto como un bendito a los pocos minutos. El lugar era unos aseos colectivos de un hotel de una lejana ciudad de Oriente. Cuando salía de los servicios, reparé en los pies desnudos que asomaban por debajo de la mampara opaca de una ducha. Se oía el chapoteo del agua al otro lado. Supuse que se trataba de mi vecina, una chica joven que en el trayecto del aeropuerto a la ciudad había hechos ostentación de una desenvoltura edulcorada y empalagosa, como de quien tiene necesidad irreprimible de hacer un buen papel frente a los viajeros con quienes recién coincidió en la cinta de recogida de equipajes del aeropuerto, una pareja de catalanes que andaban un poco perdidos en un país que pisaban por primera vez y que la escucharon durante todo el trayecto hasta la ciudad con admirativa complacencia. Yo, que recién aterrizaba también en un país extraño, había escuchado, escondido en el anonimato de mi silencio, a la chica, y miraba mientras tanto el tráfico tumultuoso de la calle; pese a aquella terrible facundia con que envolvía su gesto, no dejé de pensar que una mujer sola tan cabeza loca como aquella y además hablando el idioma de los madriles, aunque le envolviera aquella manera de hablar, quién sabe si podría venir a desentumecer esa melancolía repentina que se me había metido por dentro desde que habíamos despegado en Zurich; unos miles de kilómetros de casa a veces producían el efecto de volverme algo locuelo y desenvuelto. Por lo que fuera había sentido un repentino deseo de tener una mujer a mi lado; indagaba, pensaba en cualquier bobada que se le pudiera ocurrir a mi timidez para pegar la hebra más adelante y acaso encontrar compañía para las largas horas de calor bajo un ventilador. La cosa no llegó a más, hice saber a aquel trío que éramos vecinos de la misma tierra, charlamos algo y, llegados a la ciudad nos despedimos sin más. El caso es que después de encontrar hotel, cuando salía a la calle para tomar contacto con el lugar, me los encontré en el vestíbulo; la pareja tenía su reserva en un hotel próximo y ahora andaban buscando habitación para la chica. La única que quedaba era algo cara para su presupuesto, como quien no quiere la cosa le dije que si quería podíamos compartir la mía, así, como una cosa normalita, no más. Ella hizo un gesto indefinido y yo aparenté tener prisa. Nos despedimos. Cuando volví de la calle, la habitación libre ya estaba ocupada; no me cupo la menor duda de que la ocupante era la chica de desenvuelto aspecto de hacía rato. Así que una vez dentro, colocado bajo el chorro de aire del ventilador, no pude dejar de montarme mi propia película; ya me veía sumergido, pese al sofocante calor que envolvía toda la ciudad, en el nuevo paisaje del cuerpo de aquella mujer.
Mi sensación de soledad se había acrecentado hasta tal punto que no comprendía bien qué hacía yo allí tan lejos de casa. La ventana daba a una concurrida calle de Bankog donde día y noche un alboroto fenomenal se colaría sin remedio por sus intersticios. Después de salir del cuarto de baño seguí oyendo el ruido como de aguacero lejano de la ducha, durante media hora o más. Me preguntaba si no habría sucedido algún accidente. Más de media hora en la ducha era mucho tiempo, a no ser que estuviera haciendo allí algún tipo de juego íntimo, lo que tampoco era difícil de imaginar con aquel calor. La idea me excitó. Luego la excitación tuvo tiempo de hacer un largo camino, transcurrido el cual pude agudizar mi oído y encontrar que fuera la situación no había cambiado. Lo mismo la tía la habia palmado o estaba a punto de ello. Pero no me decidía a salir a ver que sucedía, lo que por otra parte exigía el gran trabajo por mi parte de incorporarme, vestirme, abrir la puerta y dirigirme sigilosamente al cuarto de baño. Quizás bajo la puerta de la ducha saliera un riacho de sangre, o le había dado un síncope y se encontraba ahora encogida en el rincón de la ducha esperando a que alguien pudiera entrar a auxiliarla. Empecé a tener el alma en un puño; había atardecido y yo no me resolvía a entrar en la secuencia de la película que podía estar rodándose unos metros más allá del chorro de aire de mi ventilador. Al fin me decidí; pensando lo peor, me vestí, tomé la llave, la puse en la cerradura…
¡Eh, Eh!, me despertó insistente una voz. Me incorporé desorientado, intentando todavía saber en dónde estaba. La voz venía desde el otro lado de la valla. Era un hombre joven con cara de propietario de propiedad privada y aspecto soliviantado de dueño de prado en que un extraño había venido a descabezar un sueño. Me le quedé mirando en silencio, él no dijo tampoco nada durante unos segundos, como esperando que yo hablara. Por fin dijo: esto es propiedad privada. Un pradito el mitad del monte, sí, señor, que le podía yo ensuciar la hierba con mis botas algo llenas de polvo, o tumbar las hojitas o robarle algo del frescor de la sombra del roble bajo el que me había refugiado. Al propietario de la propietario de la propiedad privada, una vez satisfecha su necesidad de hacer valer su derecho y comprender que mi siesta en nada iba a perjudicar a su propiedad, se le bajaron los humos de dueño y señor y me dejó continuar con el sueño interrumpido; ahora, eso sí –genio y figura hasta la sepultura-, siempre y cuando no le aplastara toda la hierba del prado… que es que después no se puede segar, ¿sabe?, añadió.
Pero aun así ya no pude retomar el sueño, con lo que éste lo vinieron a ocupar el marinero que había estado en Singapur, el capitán Altolaguirre y el cocinero chino, que esperaban en una taberna del puerto el momento de zarpar de El Gan Sol, ese barco que sirvió a Ignacio Aldecoa para hacer una bella novela y un puñado de relatos. Entre mi siesta y Navatalgordo siguieron otras historias, éstas ya de tierra adentro; la España de los cincuenta, historias de gente de la calle.
La tarde se echa mientras el sol larga sus últimos rayos recostado sobre los cerros de poniente. El circo de Gredos, que tantos recuerdos alberga para mí, el Almanzor, la Galana, muestran su perfil desvaneciente huyendo en el horizonte. Las jaras que me rodean ya perdieron sus flores, tan espléndidas en aquellos días de lluvia de Retiendas y Belaños; los cantuesos, con su plumero de sioux sobre la coronilla, se aquejan de calor; las amapolas y las dedaleras siguen sin embargo alegrando el campo. Como dice la canci

Truchas escabechadas

GR-10. Venta Rasquilla, 22 de junio de 2008

De vez en cuando me despertaba el zumbido de un mosquito. La luna era un rastro en el horizonte ya avanzada la noche. Había que levantarse pronto, una débil claridad asomaba en el horizonte cuando sonó el despertador. No hubo desayuno; recogí el saco, lo metí en el macuto y eché andar. En los árboles silbaba un pájaro con un sonido reiterativo cuya curva tonal era un tatí tatii. El bosque estaba lleno de pajaros y rumor de agua. Un puente de piedra cruzaba el río rodeado de fresnos y sauces. Amanecía en lo alto del cerro cuando entré en las calles de Navalosa. Dos ancianos subían despacico la cuesta cargados con un capacho con mendrugos de pan duro. Ella, empañolada y arruadita, apenas levantó la cabeza para devolverme los buenos días; él demoró medio minuto conversando. Viejito, huesudo, encorvado, guarecido bajo un gran sombrero de paja, dejaba ver unos ojillos rientes y tímidos. No, no vamos a la huerta, vamos a llevar el pan duro a las gallinas. Me dio no sé qué pedirle que me dejara hacerle un retrato, miedo a que me tomaran por un turista desaprensivo. Los ancianos me producen un gran respeto últimamente después de los días de hospital pasados junto a mi padre. El continuo contacto con la residencia tienen la culpa de ello. Quizás les considero poseedores de un conocimiento que yo no tengo y que me apremia con sus interrogantes: el conocimiento que da los muchos años, las sensaciones, las vivencias que imagino deben de acompañar a los años últimos de una vida. Lo que a mi se me hace difícil de comprender, ese maldito hábito de querer llegar con nuestros inútiles razonamientos a todos los lados, lo adivino en ellos llano y natural sin excesivos prolegómenos. El anciano no se demoró; inclinó respetuosamente su cabeza y dando un cuarto de vuelta siguió su camino hacia lo alto del pueblo.
La voz cantarina de las fuentes atravesaba Navalosa de parte a parte. Las golondrinas hacían requiebros en el cielo de las calles. La luna, mediada ya, se alzaba sobre las montañas del puerto del Pico. Un poco más a la derecha las montañas del circo de Gredos mostraban sus rastros de nieve bajo el Almanzor y el Cuchillar de Ballesteros.
Al salir de Navalosa habría sido difícil no perderse sin la ayuda de alguien a quien tengo mucho que agradecer. Me ha sucedido con frecuencia desde que abandoné la costa mediterránea no encontrar las señales del GR durante mucho tiempo, y en Valencia incluso durante días, lo que me obligaba a buscar caminos alternativos, cuando no debía de andar perdido durante horas tras las dichosas señales rojiblancas. En Guadalajara sucedió otro tanto de lo mismo. Sin embargo, ahora, gracias a Manuel C. (que usa el alias bornem en el Wikiloc, una excelente página para encontra itinerarios y tracks de todo el mundo) que pacientemente ha ido colocando la descripción de sus muchas caminatas en esta web. Desde aquí una vez mi agradecimiento. Es muy agradable ir pensando en las musarañas o leyendo mientras caminas y, llegado a una bifurcación donde las señales brillan por su ausencia, recurrir a la ayuda de M. que yo llevo cuidadosamente ordenada en mi GPS; mi grado de despreocupación respecto al itinerario, que siempre ha sido notorio y que con frecuencia se olvida de estar atento a las señales, se ha visto abonada ahora hasta el punto de una despreocupación total. ¿Dudas?: facilísimo, enciendes el aparejo y éste te dice: tío, que te has colado, que ahora tienes que ir por aquí o por allá. Sí, ya sé, con el tiempo mi capacidad orientativa se irá al carajo… qué le vamos a hacer… es tan cómodo y reconfortante encontrar que aunque te despistes vas a volver a recuperar tu camino veinte o cuarenta metros a la derecha o la izquierda… Eso cuando la inspiración no me dicta otra cosa y concedo entonces un capricho a mi imaginación que no duda en abandonar el camino en cuestión para adetrarse a la busqueda de algún lugar encantado donde pasar la noche o donde ver un atardecer especialmente bonito; también puede suceder que ande a la búsqueda de alguna tronera, que uno es aficionado a las alturas y a mirar, por consiguiente, el paisaje desde lo alto.
Cuando el camino se estabiliza y deja de ser una incógnita que resolver, vuelvo a mi lectura; esta vez un libro de Suzuki, Ensayos sobre budismo zen. La necesidad de sumirse en los misterios de la vida.“ La voz de un monge zen suena así: “Caminad o sentaos según os plazca, pero no os quedéis irresolutos”.
En la Venta Rasquilla, a donde llegué antes del mediodía sudando como un pollo, me despaché con medio litro de cerveza y un plato de migas, a lo que siguió una hora después un par de truchas escabechadas que se salían del plato. Pedir truchas escabechadas fue una especie de sortilegio encaminado a convocar a los recuerdos de un invierno espléndido de cuarenta años atrás cuando la Alta Ruta de Gredos convocaba a montañeros de toda España. Ir desde el puerto del Pico hasta Bohoyo en mitad del invierno atravesando la cordal más alta de la sierra, era una dura prueba. Aquel año el frío fue tan intenso que por la noche en el techo de nuestra tienda de campaña se formaban delgados y tintineantes carámbanos de hielo. Nos levantábamos lívidos de frío, con los miembros torpes y ateridos envolvíamos la tienda lo mejor que podíamos y, calzados con los crampones emprendíamos la marcha por el cordal helado lleno de costrones duros y afilados como cuchillos por la ventisca. Una larga fila de montañeros distantes unos de otros, caminaba como una aparición mientras el sol anarajado empezaba a pintar las cumbres de colores cálidos.
Más adelante, pasadas las empinadas laderas de los cuchillares, con el sol acariciando ya las pendientes más suaves, los crampones eran sustituidos por los esquís. El espectáculo era magnífico en aquel año en que la nieve llegaba hasta Hoyos del Espino; el Almanzor se alzaba por delante de nosotros como una de esas cumbres andinas junto al Alpamayo en las que el hielo y la nieve habían hecho desaparecer todo rastro de roca.
Hacia el mediodía bajábamos del Morezón deslizándonos sobre los esquís hacia la Laguna Grande. El calor a esa hora en la hoya cerrada de la laguna era sofocante; desde abajo se veía descender por la larga pala de nieve al grueso de los montañeros en un armónico rizado de bucles; era un bello espectáculo. Momentos después era imperativo construir con los esquís y los anoraks unas barreras que nos protegieran del sol inclemente que la reverberación de la nieve hacía cegador. Dos horas más tarde, cuando el sol se escondió tras el cuchillar de las Navajas, el termómetro no tardó en descender a bajo cero. El campamento, medio centenar de tiendas de campaña, se sumió en el silencio.
La jornada del último día comenzó mucho antes de que hubiera un rastro del alba en el cielo. Momentos después una larga fila de hombres y mujeres silenciosos subía silenciosamente empujando las tablas hacia la Galana. En la ladera izquierda se recortaba la luz mortecina de la luna, mientras que en la opuesta se llenaba con el ámbar del amanecer. Los Hermanitos, Ballesteros, el Perro que Fuma llenaban sus cabezotas oscuras con el emperigonado penacho del alba. Una vez arriba el último peligro por delante era la larga y empinada ladera de Los Campanarios. En aquella ocasión se había instalado una pasarela de cuerdas fijas en el lugar más peligroso. Más allá, por encima de Cinco Lagunas, todo lo que había era un largísimo descenso hasta Bohoyos; sólo estar atento a las posibles caídas y confiar que hubiera nieve hasta las cercanías del pueblo.
En Bohoyo, después de tres días de agotadora machar, nos esperaba un banquete que la generosidad del CAE había convertido en una tradición. De él recuerdo eso, las truchas escabechadas, muchas y deliciosas, regadas con gran cantidad de un vino espeso. El alboroto y la alegría general fueron grandes, pero yo me perdí la mitad de la fiesta. Sé que tras la comida hubo una proyección de diapositivas, pero todo lo recuerdo como dentro de un sueño. Me desperté de la moña cuando el autocar atravesaba frente a las murallas de Ávila.
De las otras veces que hice esta travesía apenas me quedaron recuerdos, sin embargo de ésta y de sus truchas escabechadas quedo un agradable rastro en mi memoria. Las truchas de hoy sirvieron para sacar de su rincón oscuro aquellas otras de Bohoyo.

Tormenta en el Tormes


GR-10. Un prado solitario junto al Tormes, 23 de junio de 2008


Los ríos, como el mar, y a su modo, deben de guardar algo del misterio atávico entre sus aguas; de lo contrario sería inexplicable este atractivo que ejerce sobre mí cuando ambos nos encontramos en la soledad de los parajes poco frecuentados, esos momentos en que uno se pierde o en los que obedeciendo a una intuición inesperada se abandona el camino, los geerres o las indicaciones de la brújula y, entrando en el mundo en donde niunguna cartografía indica la existencia de un camino uno empieza a creer que eso de la intuición debe de ser el campo abonado de algún duendecillo que nos quiere bien y dirige ocasional nuestros pasos para encontrar todavía ese lugar encantado que estando en las cercanias de nuestro recorrido no serìamos capaces de descubrir por nuestra cuenta. Esta tarde sin ir más lejos, que después de comer en el único bar de Navalperal de Tormes, decidí abandonar el camino para investigar la orilla opuesta del río, precisa y únicamente porque por allí no señalaba camino y yo necesitaba un lugar tranquilo junto a la música del agua para pasar el resto del día y la noche. El río aquí es ancho y de corriente agitada como; grandes robles pueblan su orilla y los prados, abandonados desde un par de generaciones tienen el aspecto salvaje de los terrenos abandonados y no accesibles a los vehìculos. La torrentera del agua cumple su función de sonajero. Llevo tres días caminando y mi cuerpo ya nota los efectos de este nirvana de soledad que aquieta mi ánimo en la silenciosa comunicación con la naturaleza.

He contado alguna vez que hace tiempo tuve una novia de aficiones muy similares a las mías, solitaria y amante de las cosas del campo. Todavía la echo de menos en ocasiones; hoy, por ejemplo, en esta magnífica soledad, que amenaza lluvia y compone un paisaje de nubes grises y perezosas que inesperadamente contradiciendo las predicciones metereológicas han venido a invadir el cielo de la cuenca del Tormes con su tronar lejano de tuba constipada. ¿Qué pensará un ocasional lector sobre estas reiteraciones mías como de alguien que ha quedado anclado en el pasado, como si navegando por el río que nos lleva, hubiera quedado enganchado en algún saliente de la orilla, un tronco, una piedra, un vado arenoso. Junto a la orilla de un río paso la tarde y es de cajón que el río se convierta en metáfora de las resonancias internas. Qué pensará porque aún atado a la piedra de molino durante tanto tiempo ya, uno no acaba del todo de aprender a ver en la cosa. Ayer mismo, leyendo a Suzuki, me encontré con esta rotunda afirmación: “Despojaos de toda enmarañada relación y reducirla a pedazos, a fin de que no perdáis vuestro tesoro interior”. Sin embargo esto estaría en flagrante contradicción con eso otro que constituye el alma de la cultura oriental, la intuición; la creencia precede al razonamiento. Los razonamientos tienen poco valor junto a la inmensa sabiduría que alenta una fe, una convicción que se nos impuso, pese a tener todo los argumentos en su contra.

No creo que en definitiva sea cosa tan rara esa de vivir atado a creencias que no se sostienen como realidad tangible. Ahora precisamente que camino por un escenario que fue para mí entre la adolescencia y los treinta años campo de batalla de aventuras muchas veces extremadamente peligrosas. ¿Por qué escalaba montañas? ¿Por qué me jugaba la vida fin de semana tras fin de semana intentando subir por las paredes más peligrosas, qué me llevaba a escalar en condiciones de rigor invernal algún empinado canalón de hielo? ¿Por qué esa “inútil" conquista de imposibles cada domingo en vez de quedarme tan ricamente compartiendo un cabrito asado con unos amigos? No, había que subir la noche del mismo sábado hasta la misma laguna, aunque fuera con la nieve hasta el culo, o tan peligrosamente helado todo como para necesitar los crampones hasta la misma laguna; y además pasar un frio del carajo a la mañana siguiente… ¡Qué locos estábamos, Dios! Como ahora, más o menos, cuando el olfato me dice que tengo que ponerme a caminar o cuando echo de menos a esa chica imposible que decidió sepultarse en vida.

En fin, tronó, pero la cosa no fue a más e incluso ha aparecido un tímodo rayo de sol que acaso seque mi saco de dormir; porque la noche pasada fue de gran relente y, pese a que me cubrí, yo y mi macuto, con el doble techo de la tienda de campaña, todo amaneció mojado como si hubiera estado durmiendo bajo la lluvia. Hacía más que fresco esta mañana; los prados estaban empapados; sin embargo, después de meter todo en el macuto a mogollón y caminar por un buen rato con las manos en los bolsillos por un ancho camino entre los pinares del Tormes, la cosa se hizo agradable en extremo. Mirando hacia atrás se veía la gran hondonada del puerto del Pico, y a su izquierda el sol que apuntaba sobre un cielo plano sin rastro de nubes. El camino, al norte de Navarredonda, siguiendo el cordal del puerto del Pico, me traía otros recuerdos agradable; entre aquellos pinares había transcurrido uno de tantos campamentos de scouts que organizamos en el barrio en los años setenta. Recordaba especialmente las largas noches de revisión; así las llamábamos, ver cómo había ido el día, repasar niño a niño sus actividades, los objetivos propuestos. Y después la programación para el día siguiente. Todo frente a una gran fogata con una botella de Carlos III yendo y viniendo entre nosotros hasta a veces ver apuntar las luces del alba (nueva tronada, coño, si todavía me mojo… Tengo que salir disparado, gruesos goterones han empezado a caer ruidosamente y ahora tamborilean sobre el techo de la tienda acompañando su música con la tronada que baja desde las montañas más altas de Cinco Lagunas. Ahora tengo que dedicar un rato a la caza. Dejé la puerta de la tienda abierta y su interior ha sido ocupado por un millar de moscas. Me lleva diez minutos desalojar a las todas las intrusas de este hogar particular de kilo y medio que es mi casa de campaña). Eran jornadas demoledoras; durante el día no parábamos, organización de actividades, la comida, los juegos para el fuego de campamento, la atención individualizado con los niños más problemáticos. No sé cómo resistíamos aquellas jornadas de casi veinticuatro horas de entregar a la apasionante vocación de educar. Bebíamos de las fuentes de Paulo Freire, Herder Cámara; nuestra convicción apostólica desde las comunidades de base cristiana nos daba una fuerza que en otras condiciones nadie habría podido resistir. Cuando terminábamos aquellos campamentos, que incluía además una larguisima excursión de dos dias al Circo de Gredos con mas de un centenar de niños que oscilaban entre los cinco años y los catorce, necesitábamos una semana de descanso para volver a ser personas.

Atravesé emocionado los antiguos prados que nos sirvieron entonces para desarrollar los años más intensos de toda mi actividad pedagogica, que se prolongaría después por más de treinta y cinco años. También recordé algo más chusco, porque eras cristianos de base, pero también nos gustaban otras cosas que en nada estaban reñidas en nuestras conciencias con nuestra labor apostolica. Un fin de semana vinieron a visitarnos nuestros amigos X, Y y Z y coincidió que en un prado no muy lejano habían acampado unas chicas suecas, que en aquellos gloriosos tiempos del franquismo eran la quintaesencia del liberalismo sexual. El caso es que estos amigos, cuando nos dejaron con nuestras actividades no tardaron en hacer amistad con las chicas. Pepe, el cura, que participaba como uno más en el trabajo con los niños, tomó nota en seguida del asunto y nos convocó a todos los jefes en reunión de urgencia como si en aquella situación viera aparecer un gran cataclismo en la grey que apacentaba desde su posición de cura joven de entonces, que en aquellos años eran una institución con mucha credibilidad. La verdad es que se puso un poco borde, había subestimado nuestra capacidad crítica y se comportó como si él mismo estuviera estado poseído por el tabú alucinatorio del sexo. Nos plegamos a sus exigencias. Nuestros amigos aquella noche la pasaron con las suecas. Qué pena, yo eché de menos aquella experiencia, saber en qué consistía eso, probarlo habría estado en primera línea de nuestras muchas otras experiencias que en aquellos años explorábamos como sedientos de vida. Eran los tiempos de lucha sin cuartel contra el régimen franquista, los instantes en que había que quitar de las manos de la Iglesia el monopolio del Evangelio, tiempos en que experimentar la libertad allá hasta donde fuera necesario.

Por mi memoria pararon rostros y personas olvidadas, gente anónima que dedicó un puñado de años de su tiempo libre a los niños, amistades que se perdieron en los caminos del tiempo. U otros, como el amigo Ignacio, al que recuerdo entonces como niño estrenando ropa nueva de domingo entre aquellas mozuelas de las frías latitudes del norte. Qué envidia me daba.

Cuando los pinares desaparecen, el Tormes se hunde en escarpadas laderas pobladas de retamas en flor; el fuerte olor de las retamas también estaba en mi memoria, cuando los fines de semana, tras atravesar el puerto de Menga, después de pasar por Ávila, la carretera se sumergía en aquel paisaje amarillo de olor dulzón que acompañaba el zumbar el motor del seiscientos a cuyo alquiler le sacábamos el jugo viajando en el cinco persona y otros cinco enormes macutos llenos con todos los atavíos de la escalada, más los esquís si era invierno. El seiscientos arrastraba los bajos sobre el asfalto. Cosas dignas de ver, como decía Santa Teresa, allá cuando la leía siguiendo el cauce de otro río, el Tajo.

En fin, llegué a Navaperal, me tomé dos botellines de cerveza, contemplé admirativo cómo un puñado de adulto seguían boquiabiertos las instancias de un programa especialmente gilipollezco que la teletonta emitía por encima de mi cabeza, comí bueno, bonito y barato y como en todo el pueblo no era posible encontrar nada para cenar, ni siquiera un churrusco de pan, tuve que convencer a la moza del bar para que me vendiera un par de litros de leche que serán mi cena y desayuno para las horas venideras.

Tronó, llovió durante un largo rato y quedó al fin la tarde tranquila y en paz llena con la música del río. Por hoy mi caja de Pandora quedó dispuesta, lista para encontrar su sitio entre las otras huellas de este largo caminar.

Caminar en el agua


GR-10. Béjar, 23 de junio de 2008



¿Qué no habrá de miedo en la actitud agresiva de mujeres que por más de mujeres y en disposición de estar enamoradas ponen por medio un orgullo que siendo a primera hora disforme, instintivo, en un segundo momento se hace malahostia sin remedio, y que aun siendo malahostia debe aún plañir desde su interior por el anhelo que momentos antes despacharon con los desaires más grotescos? ¿Qué no habrá de amor propio mondo y lirondo en todo esto? Esta mañana siento cierta disposición misógina que viene de ese no dejar títere con cabeza de Quevedo en alguno de los sueños del Infierno , allá tanta mujeres penando pecados comunes en relación con los hombres. En general en mis últimas lecturas el alma del delito no queda muy bien parada; si bien haya que decir que es propio de la ignorancia hacer generalizaciones uno se queda con las ganas de convertir los piropos en una fusta que ayude a los seres celestiales de este mundo a comportarse, ¡ea!, como Dios manda.

Con estas andaba yo mientras atravesaba los lagos de la mañana después de El Barco de Ávila. Después de caminar cuatro horas en tales condiciones preveía que me iba a estropear los pies, tanto si seguía el camino, estrecho entre dos muros de piedra, continuamente ocupado por grandes charcos que me obligaban a meter la bota en el agua hasta por encima del empeine, como si me decidía por continuar hasta Béjar, ya a mitad de camino, por el asfalto. En un cruce pregunté a un paisano; mal asunto el camino, está todo igual, las tormentas de días atrás había dejado el campo hecho una ciénaga. Opté por el asfalto.

Mientras tanto Quevedo seguía a los suyo, soltando una agudeza tras otra, ya fuera sobre la mujer o sobre escribanos y alguaciles. Lo oía a intervalos, porque cada vez que pasaba un coche perdía un par de líneas de lectura, lo que me obligaba a pausar continuamente el mp3.

Digo yo, ya que esta mañana andaba tras los rasgos de la psicología femenina que aparecían en mis lecturas, si no habría concedido yo demasiada importancia a estas cosas dejándome embaucar por la muy fértil capacidad mujeril para producir ciertos desaguisados en el otro sexo. Anulados como quedamos cuando caemos en el amor, que dicen en las Islas Británicas, ahora me preguntaba que si acaso tras el esplendor, esos tantos años que contemplé el hálito femenino desde mi deslumbramiento, desde la timidez, desde la condición de ellas de seres angelicales, no me habrá dejado algo tarado para percibir la realidad del otro sexo en su justa medida.

Tarado porque eso de enamorarse está bien, pero no tanto para que uno se resista tan contundentemente a persistir enfangado en la cruda realidad, en la tomadura de pelo, pensando que tras eso no queda otra cosa que la estepa y el rincón en el Infierno que Quevedo destina a esta clase de individuos que fueron tocados por el céfiro autoflagelante de sus sentimientos exaltados.

Aposté por la carretera en medio de estas divagaciones; olor a gasolina quemada, al tufo de los tubo de escape; conductores apresurados; el piar de los pajaritos mezclado con las turbulencias de aire que dejaban los camiones.

Si hoy me hubiera gustado tener algún interlocutor éste habría sido mi amiga desconocida. No sé por qué. No sé por qué sus palabras me invitan con frecuencia a razonar sobre esto o aquello, lo cual es un ejercicio de gran salud; lo decía Sánchez Ferlosio cuando le criticaban su excesiva costumbre de irse por peteneras y alargaba el discurso ateniéndose únicamente a los derroteros por los que le llevaban sus propios razonamientos. Igualito que su primo hermano el sabio Montaigne. Sánchez Ferlosia decía que lo que a él le gustaba era tejer no hacer jerséis. Independientemente que a uno le guste tricotar o hacer bufandas, si no tiene con quien discutir o un modo de sacarle la punta a los argumentos, está perdido. Hay quien se fue a la guerra a ver si allí, entre el silbar de la metralla se le despertaba la inspiración y arrancaba a escribir sobre esto o lo otro; lo que fuera, escribir. Ahora tengo varios temas pendientes con ella. Quizás este ir a salto de mata por los caminos pueda servir de referencia.

Lo que esperaba, el asfalto y el agua que chorreaban mis botas me han destrozado los pies. Cuando llego a seis kilómetros de Béjar soy incapaz de dar un paso más. Me desvío de la carretera para volver otra vez a la ruta y a los robledales, pero antes caigo derrumbado bajo la sombra de un enorme álamo que crece frente a la ermita de Navacarros. Hacía tiempo que no tenía encima un cansancio tan fenomenal. No soy capaz de hacer otra cosa que despojarme de botas y calcetines, ponerlos al sol y tumbarme bajo el álamo. Durante tres horas sólo me despierto para huir del sol y desplazarme unos metros hacia la sombra de la ermita. Creo que estoy algo pachucho. Soy incapaz de comer nada. Después de las seis atravieso el pueblo y bajo por un caminillo que cruza un robledal umbrío; no tengo fuerzas para llegarme a Béjar y comer algo caliente.

Por último, cacé esta línea en Suzuki: “Tenemos dentro de nosotros todo lo que necesitamos”… y añado yo: para qué coño entonces tanto trasiego de un lugar para otro. Mi amiga desconocida no está de acuerdo con esta afirmación; ya me lo dijo en una ocasión. Tampoco yo, necesitamos al otro. No querría yo hacer ostentación de un orgullo tan subido, como le sucede a cierta persona que conozco y aprecio. No obstante, no perder la afirmación de vista, por aquello de que las verdades nunca son absolutas, sino que dentro de ellas hay sitio para un antagonismo creador; algo que puede no entenderse pero que es tan real como la vida misma.

Bajo los guindos

GR-10. Madroñal, 27 de junio de 2008


A los lados de la estrecha carretera las ramas de los cerezos se doblan por el peso de la fruta madura. Hace un calor de fuego, me refugio bajo los guindos, alzo la mano, acaricio la fruta, está fresca y jugosa. Con muchos árboles como estos acompañando el camino la caminata se hace más llevadera. El sol ha sobrepasado el arco del mediodía y es hora de ir buscando cobijo en algún bar, un lugar donde poder comer algo. Entro en las solitarias calles de Madroñal, un pueblo al que llegué atajando por un camino que dejaba atrás una gran vuelta por Cepeda y el río Francia. Cuando la ruta del GR no me convence corto por lo sano y busco alternativas; hoy mi atajo fue un bosque encantado lleno de pájaros y riachuelos cantarines, de esos bosques de cuento que uno pensó siempre que sólo existían en las historias de Andersen. Había caminado por un paisaje hermoso y solitario sólo habitado por las esquilas lejanas del ganado, terreno ondulado, tierra de castaños y robles donde el horizonte lo ocupan lomas azuladas al amanecer y donde el calor va poniendo según se adentra en el día sostenidos y bemoles hasta llenar de suaves armonías la mañana. Camino ondulado para sentarse de vez en cuando a soñar y a recordar, porque una de las cosas más agradecidas de la vida consiste en eso, en pararse a la vera del camino a recordar los ratos gratos, los momentos de anhelo, las horas en que soñar lo era todo. Oh, magnífica soledad del solitario que vaga y se sienta bajo un alcornoque a soñar lo soñado, a contemplar la vida que le viene como fruta madura a los ojos y al alma, como bocado exquisito con que regalar un paladar exigente de gourmet que uno quisiera ser para estas cosas. Eso era después de atravesar estrechos y perdidos caminos que se perdían entre las zarzas y los helechos, de puro abandono, de pura soledad, pese a las señales rojiblancas que aparecían de tanto en tanto perdidas entre la carrasca. Hoy, sentado bajo la sombra de ese alcornoque, fui un tantico más feliz, soñé, recordé, me sentí agradecido a la vida… que me ha dado tanto. Me sucede, voy caminando tranquilamente y de golpe noto como si me corriera por el esófago, por algún conducto innominado del cuerpo un extraño fulgor, agudo y dulce, suave como la misma mañana en que amanecí hoy. No diré lo que fue, sólo que sucedió, se produjo, ese alumbramiento que eclosiona de tarde en tarde en nosotros, que hace que nos sintamos, vidriados los ojos o serenos como un potrillo despreocupado, tan agradecidos, tan poca cosa, pero a la vez tan dichosos. ¿Qué mejor para estas circunstancias que tener un buen arsenal de recuerdos, un manojo de rosas o claveles, mejor rojos si es posible, con que hacer señas a los rincones de la vida en donde se esconden las mejores gracias de nuestra memoria? Coño, tío, que te repites, que pareces el burro de la noria dando vueltas y vueltas alrededor del mismo pozo. Ya, ya lo sé… ¿y qué?, a fin de cuentas todo sale del agua de esos cangilones, y de la tierra que ellos riegan. Agua y tierra para una vida.
Sé que no debo tomar alcohol, pero, sentado aquí en esta tasca de pueblo a la hora de la siesta, con la compañía esporádica de la conversación del tabernero o su esposa, con una música que habla como todas las cosas hablan en este mundo, del amor, sentí deseos de apuntalar mi estado de gracia de alguna manera y el Torres 10, no había Magno, me pareció cosa adecuada para ello, para eso y para hacer un gasto que justificara mi larga estancia en esta tasca a la hora de la siesta. Así que escribo sobre lo que no iba a escribir, como sucede casi siempre, que pocas veces la escritura sigue adelante allá por donde uno se propone en un principio, sino que se entretiene por el camino y muda de parecer según la brisa y el color del cielo, que anda a salto de mata, como ese zorrillo color fuego que se me cruzó esta mañana en el camino, que andaba al acecho de algo y de golpe viéndome decidió abandonarlo todo y poner pies en polvorosa camino de un lugar tranquilo y sin preocupantes encuentros.
En la tasca de Madroñal tanto Aníbal el tabernero como su mujer, se adormilan, ella acodada sobre una mesa echa un sueño, él tras la barra; pero Aníbal despierta sin más, sin rastro de sueño cuando llega un cliente y arremete con el tres a cero de ayer de España contra Rusia, se enzarzan con los pronósticos del próximo España-Italia; hablan a gritos de cierto borrachín que no debía de haber estado allí; alguien que debió de cobrar mil millones de pesetas en dos años. Ni idea. Eso es verdad, grita de repente el cliente, y Aníbal, no cortándose un pelo, contesta, es mentira… no le dejaban pasar de media línea adelante. Entran dos mozas vestidas de amarillo canario. Hoy y la próxima semana no habrá otra cosa que esa por aquí que esa hora y media de dar patadas a un balón. Ahora la televisión ha dado paso a una de las series lacrimógenas propias de la hora de la siesta. Muy chulo eres tú, le suelta una de las de amarillo canario al cliente de la soflama futbolera, viendo que el otro no para con su arenga; qué malo eres, Aníbal, apostilla la otra.
Cuando entré en la tasca perseguido por el cuchillo de luz que se tendía cegador desde las fachadas enjabegadas del pueblo, tras mis buenos días de rigor, porque aún no había comido y el buenas tardes de ellos, que ya se habían almorzado, Aníbal me aseguró que no tenía nada de comer, un plato con chorizo y jamón acaso; pero tras un rato de conversación y visto que caía bien, después de ser invitado por Amancio, camionero de ochenta años, y pagar yo una ronda en respuesta, se me hizo saber que me iban a poner unas patatas con bacalao que estaban para chuparse los dedos; mi comida, dijo Aníbal, ufano de su desprendimiento. Me corrí un tanto con aquella generosidad. Ya éramos todos amigos, nada de usted, que si no rompemos la baraja, aseguró el barman.
Por mucho que lo repita y lo olvide al rato siguiente y lo vuelva a recordar y repetir, la verdad no cambiará y esta era esta mañana bajo el alquernoque, éstas y algunas más, la intensidad con que viví los tiempos de M. Bajo por una estrecha carretera muy de mañana oyendo los cuentos de Aldecoa, unos paisanos cazan víboras para un laboratorio de la ciudad y, de repente, se me viene encima como una sensación de anhelo vivido escrutando el amanecer a la espera de ruido de la cancela que me traerá la presencia de ella, se me viene encima aquel tejer versos que me salían del alma como antes nunca salieron. Me digo aquello de: qué bueno que viviste, qué suerte tuviste, cabrón. Y es verdad, no siempre uno se encuentra en la vida con esa vigorosa y entrañable fuerza, porque por mucho que digan que todo está en nosotros (Suzuki), o que todo eso es un invento nuestro, algo que vive en nosotros sin necesidad de parienta en ciernes (Proust), lo cierto es que sin ella no habría existido esa vivencia; sin las montañas, sin las noches, sin escalar lisas paredes de granito, sin el rumor de los arroyos tampoco la existencia podría haber llegado a los grados de intensidad a los que llegó. El campo, el caminar desde antes del alba, produce tranquilidad de espíritu, el sosiego de la naturaleza, su intemporalidad me convierten en otro de los muchos habitantes con los que me cruzo, el zorro, la víbora, el milano, la vaca que asoma su cornamenta por encima del cercado de piedra.
Esta mañana me emociona recordar. No estoy yo seguro de que todos los descubrimientos del Buda y sus seguidores, su severa disciplina, la doctrina del Jesús del Evangelio, las enseñanzas de Lao Tsé, sean tan deseables a la postre. Tantas disquisiciones, tantas sutilezas, tan hondos pensamientos, tantas esfuerzos, todo ello para evitar las tentaciones del mundo, del demonio, de la carne, de… tantas cosas que sustentan nuestro anhelo, que dan calor a la vida, que la llenan de color y diversidad. Decía el otro día Suzuki que el Buda no era dado a las disquisiciones filosóficas porque estimaba que la vida no daba para todo y que por ello se dedicó especialmente a los aspectos prácticos de la iluminación. Es un buen argumento para enfocar tantas cosas de la vida. La vida no da para casi nada. Yo dejé de trabajar hace dos años pensando en que esto iba a ser Jauja y que iba a hacer tantas tantas cosas que, etc.; mentira podrida; además, ni falta que hace. Pero la conclusión está ahí, la vida es corta en exceso, de ahí que no podamos profundizar en demasiadas cosas a la vez, o mejor todavía que no nos dé tiempo a profundizar en nada y nos veamos obligados a ser aprendices de todo y maestros de nada.
Si andas por ahí distraído y de golpe se te cruza en el camino la suerte, ¿qué harás si no aprovecharla? Se te cruzó, me encontré con ella no más (eso me sucedió a mí hace años). Ahora sigue tu camino; pero, recuerda, no busques, si has de encontrar no es cosa tuya, en cualquier caso no será porque con tus esfuerzos la convoques; será como encontrarse con un paraje bonito, con una mañana llena de bruma despertando en los bajíos del bosque; el día amaneció así, sin más.
Mis dudas sobre el budismo, sobre la calma absoluta que no conoce de la pasión, la alegría de los encuentros, el calor de las despedidas, que niega en cierto modo la vida (la vida tal cual es en el común de los mortales). No deja de suceder que cada uno sea el centro del mundo para sí mismo, de ahí que no cejemos de buscar; no vale el discurso de los otros. Cada uno debe encontrar su propio camino, si bien sea necesario ayudarse con lo que el hombre aprendió desde que bajó de los árboles.
Río Alagón. Huele a juncales y a tierra de lombrices, los olores viajando desde la infancia a las orillas del río Alberche.
Quizás los budistas, en su modo de vida, en su iluminación estén a gusto, pero no es algo envidiable desde la sintonía en que lo observo yo esta mañana, en que mi vida me parece tan deseable como la de cualquier maestro zen. La mía tiene su disciplina como la suya, la mía tiene sus gozos, como los suyos, la mía tiene sus contrariedades que quizás no estén en la de ellos; pero el ser uno y no demediado tiene su precio.
No me gusta la solemnidad ni la sentenciosidad de los maestros zen, el gusto con que hacen uso de los koans, en donde tanto se puede pescar una trucha como un costipao y donde lo inescrutable parece ser el motivo de arranque de toda enseñanza.
La vía estaba cortada en mitad del túnel, la locomotora Olalla silbaba marcha atrás en la empinada cuesta del retroceso. El peso de los vagones tiraba de la locomotora amenazando con hacerla perder el control y ser arrastrada por el largo declive que llevaba al llano desde donde había partido media hora antes. La emoción estaba a punto de miel, los vagones tiraban de Olalla, los enganches de los vagones crujían a punto de saltar, los frenos quemaban el aceite y dejaban un olor rancio en los compartimentos. Higinio el maquinista volvió a poner con fuerza la mano en el freno previendo que aquel acto podría hacer descarrilar algún vagón; el tren se contorsionó, vibró entero con un estremecimiento de hierros descoyuntados a punto de salirse de la vía. Unos minutos después la locomotora Olalla quedó parada junto al apeadero. Higinio y su ayudante dejaron soltar aliviados el aire retenido en sus pulmones. Noté en ese momento que fuera de mis cascos silbaba también un pajarillo desconocido, el bosque apretado de la sierra de Francia que atravesaba después del bello pueblo de Sotoserrano, era hermosamente umbrío. Me quité los cascos y bloqueé el teclado, no fuera a suceder como esa misma mañana que durante mucho rato tuve la extraña sensación de ir acompañado a distancia por alguien que hablaba continuamente, y que me hizo volver la cabeza varias veces buscando el origen de la voz, hasta que caí en que las voces venían del interior de mi bolso, donde mi mp3 se había había puesto en marcha accidentalmente continuando la lectura de los relatos de Aldecoa sin que nadie se lo pidiera.
Bosques de robles, helechos, laureles y pájaros a montones todavía ajenos al calor que se aproximaba. Este narrar tranquilo, como sin darle importancia a la vida que va pasando, tiene un aire de nosequé que orea los recuerdos, también apacibles y tranquilos de algún momento del pasado, como de que toda la vida podría narrarse en un gran libro siempre que cuidáramos de no olvidar a las golondrinas, a los vencejos, a las cigüeñas, a las brisas, los olores, el frío o el calor que acompaña a los actos. Tranquilo discurrir de los hechos, como la prosa de Aldecoa, donde todo sucede a lo largo de un día, pero donde nada sucede entre que se dejó a la esposa en la mañana y entre el instante en que se retorna a casa. Nada y todo sucede a lo largo en la vida. Recordaba ahora mi paso por Génova metido en un expreso en medio del delirio de la fiebre, solo, arrinconado en un compartimiento, confiando en que aquello remitiera en medio de la somnolencia y las náuseas; una enfermedad que me hacía tornar desde Italia a casa en medio de un invierno magnifico y soleado con los Alpes cubiertos de nieve.

Yo dediqué dos décadas de mi vida a flanear entre las enseñanzas del Evangelio para salir después como gato escaldao, perseguido por los desafueros de la Santísima Madre Iglesia (que el Señor nos ampare de ella); después, poco a poco fui aprendiendo que eso de los dioses eran ajustes morales que se imponen los hombres para enfrentar su miedo a la muerte, un modo de vivir de espaldas a la realidad e intentar dar forma a todo lo que se nos escapa de la comprensión; sin embargo no perdí mi empeño y mi afición por la mística, y de la mano de San Juan de la Cruz y Santa Teresa hice incursiones en el sufismo, me marché a la India para en las gradas de la ciudad santa de Benarés seguir el rastro de alguna intuición, me interesé por la pedagogía de Tagore, quedé prendado de las largas meditaciones de Shidarta junto al gran río (aquellos años en que devoraba a Herman Hess), me acerqué al zen. Y así, ahora, con el doble de años que Confucio, que a los treinta ya había descubierto lo que tenía que hacer durante el resto de su vida tras un aprendizaje que había durado una década y media, llego livianamente a la conclusión de que mi aprendizaje todavía está en pañales, y que todo es tan complejo, con tentáculos tan numerosos como la hidra, que será inútil perder el tiempo siguiendo el rastro exclusivo de cualquier enseñanza religiosa. Habrá que seguir leyendo y meditando, pero teniendo a buen recaudo el alma para no caer en la tentación de interpretar la realidad a la luz de una exclusiva mirada. Es así como se me presentan hoy las enseñanzas que rozan continuamente mis interrogantes, y se me presentan así porque el aire del campo, la mañana, el cielo de la noche que luce sobre mí cuando me despierto dentro de mi vivac, envuelto en mi saco y en la tela que me protege de la escarcha, tiene también mucho que decirme, y aunque no acierte a organizarlo en doctrina, en términos nirvánicos, en realización personal, yo sé que su contenido es tan poderoso como la doctrina del Buda, como la de cualquier otro místico de cualquier otro tiempo. No sabría expresarlo con palabras, ni poner delante o detrás el significado de tantas cosas, pero sin embargo estoy cada vez más seguro de ciertas verdades, verdades que no son argumentativas, que no tienen palabras para expresarse, pero que están ahí como está el alba y el crepúsculo, el ancho mar y sus olas rompiendo con su ribete blanco la piedra dura y negra de la noche. Ni el mar ni el cielo necesitan ser explicados, existen sin más; así es el camino muchas veces, así esa clase de intuición que le asalta a uno en sus largos ratos de soledad. Quizás sirva para explicarlo estas palabras de Lao Tsé: “Quien lo conoce no lo conoce y quien no lo conoce lo conoce”. ¿Admirable o tomadura de pelo? No lo sé, es muy difícil alumbrar la noche de un bosque cerrado con una sola linterna, de ahí la buena disposición y los oídos atentos sean una buena manera de relacionarse con el día.
Desde Madrid me dicen que hace un calor del carajo. Aquí se está algo mejor; esta mañana comencé a caminar con el jersey puesto, y ahora que el sólo a una nube tripona llega el calor del sol, me parece que voy a tener que volvérmelo a poner. Estoy en tierra de cerezas, las ramas de los árboles caen sobre la carretera dobladas por el peso de la fruta. Espero que con tanta fruta golosona al alcance de la mano no me entre cagalera. Buenas noches.