El
Chorrillo, 16 de noviembre de 2022
El
inicio de la ascensión a Peña Trevinca desde el norte es un desolado paisaje de
canteras de pizarra que han machacado el entorno hasta dejar aquello, todo el
valle, en una auténtica escombrera. Había subido con la furgo hasta el final de
una pista con la vana esperanza de que acaso al día siguiente… Pero estaba
claro, definitivamente el mal tiempo se había instalado en las montañas y el
viaje otoñal llamaba a su fin. No obstante allí estaba, con la niebla a pocos
metros por encima, un viento considerable y un chirimiri que preludiaban una
noche nada conciliadora. Al poco todo quedó envuelto en la niebla, un páramo
rodeado de escombros de pizarras, y yo no tuve mejor idea que dedicarme a leer.

Pero,
ah, no todo era negro. Dentro de esa negrura del cielo en donde la claridad del
amanecer quería abrirse paso, surgió un paisaje fantasmal que imperdonable
habría sido no tratar de fotografiarlo. Parar, salir fuera en medio de la
lluvia y tratar de fotografiar aquello casi me cuesta en algún momento que el
viento arrancara de cuajo la puerta del coche. Esa era la impresión y la
potencia del viento. Y además de todo esto más delante se me acaba la batería
de la cámara y mientras trato de localizar una nueva en el portón de atrás
algunas cosas salen volando, la linterna, unos patucos… meto todo de golpe en
el coche y en zapatillas salgo corriendo bajo la lluvia sorteando charcos tras
los patucos y la linterna. Una de ellos me fue imposible localizarlo. Mientras
tanto el sol sin conseguirlo trataba de abrirse paso en la grisalla del cielo
formando un fenomenal cuadro de luces y sombras que con aquel poderoso viento
podía hacer pensar en alguna instancia apocalíptica. Dante y Virgilio entrando
en el octavo círculo del Infierno. Pero sólo unos breves segundos, enseguida
vuelta a la furgoneta. Fuera era imposible permanecer más tiempo. Más tarde las
nubes y el cielo tomaron unos derroteros menos dramáticos, la carretera se
hundió hacia el sur en el valle y todo volvió a cobrar un aspecto más
corriente.
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Mi
sentimiento hasta ese instante, el momento en que alcancé el asfalto, fue de
huida, abandonar lo antes posible la incertidumbre de que el coche fuera a
quedarse embarrado en algún paraje de aquel espacio inhóspito tomado por el
viento, la niebla y la lluvia.
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No
mucho más allá, entrando ya en el valle de
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A veces
me pregunto si la belleza está en lo que miramos o en el ojo del que mira, una
idea que sirve acaso para hablar de pintura, me asalta la sospecha de que tales
disquisiciones son más bien propias de un espíritu razonador empeñado en
diseccionar lo que contemplamos. La belleza de una flor se nos escapa en el
momento en que sacamos el bisturí y diseccionamos cada una de sus partes.
Matamos la flor, y con ello su belleza, en el hecho de querer explicarla.
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La
emoción que nos embarga cuando contemplamos un hermoso entorno otoñal
probablemente tiene que ver con nuestra actitud receptiva, e incluso con
nuestra preparación o capacidad para percibir la belleza, pero es obvio que hay
una belleza objetiva que es totalmente autónoma del ojo que mira. Esa emoción
que sentía yo hoy parando el coche tantas veces en la cuneta para llevarme
dentro del recinto oscuro de mi cámara un poco de aquella esencia, las oscuras
nubes al fondo, y bajo ellas el destello de las hojas de los colores de los
álamos blancos, el rojo ferruginoso de los robles, la multiplicidad de las
tonalidades cálidas entremezcladas, tenía mucho de esa otra emoción que tantas
veces he sentido contemplando determinados cuadros. Vas caminando por las salas
de un museo y de repente te encuentras con un pequeño milagro, un rostro
saliendo de un claroscuro, una multiplicidad de pinceladas de amarillo algo
tostado que igual es parte de un día de siega de Van Gogh o Brueghel, o… tenemos
cuadros que llegan a nuestro ánimo como un flechazo. Así era viajar hoy al sur
de Peña Trevinca hasta alcanzar
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Lo
mejor de todo es cuando la música de la propia vida se une a la música que te rodea,
a la belleza que inunda el entorno. Si tu disposición esa mañana es plena y te
encuentras con otro pedazo de plenitud fuera de ti, entonces es posible que se
produzca una especie de milagro como consecuencia del encuentro. Y en tal
momento no es que la belleza esté en las cosas o dentro de ti, sino en el
afortunado encuentro. Quizás la belleza sea ese encontrarse el yo y la cosa en
el ámbito de una receptividad que tiene tanto de ti como de la cosa. La belleza
como encuentro.
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Hoy
viendo tantas torres de iglesias en mi camino, y acaso influenciado por la
interpretación que hace Harold Bloom en El canon occidental de la raíz
masturbatoria que tienen tantos parajes de Fausto, se me ocurría que si
en el fondo tántas torres no surgirían de un subconsciente de la época como
representación fálica, una interpretación del hecho creativo, lo cual de algún
modo se relacionaría con alguna tradición hindú en donde el lingam representa
al dios Shiva. Especulaciones. Ver aparecer a lo lejos en el paisaje de nuestro
país siempre las omnipresentes torres de las iglesias cuadraría bien con una simbología
oculta de la fecundación representada en el falo.
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