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De la belleza. Peña Trevinca, otra vez será

 




El Chorrillo, 16 de noviembre de 2022

 

El inicio de la ascensión a Peña Trevinca desde el norte es un desolado paisaje de canteras de pizarra que han machacado el entorno hasta dejar aquello, todo el valle, en una auténtica escombrera. Había subido con la furgo hasta el final de una pista con la vana esperanza de que acaso al día siguiente… Pero estaba claro, definitivamente el mal tiempo se había instalado en las montañas y el viaje otoñal llamaba a su fin. No obstante allí estaba, con la niebla a pocos metros por encima, un viento considerable y un chirimiri que preludiaban una noche nada conciliadora. Al poco todo quedó envuelto en la niebla, un páramo rodeado de escombros de pizarras, y yo no tuve mejor idea que dedicarme a leer.


Más tarde el viento arreció, se transformó en fuertes ráfagas que zarandeaban estrepitosamente la furgoneta y así continuó toda la noche. Apenas dormí. Aparentaba una breve calma y enseguida ráfagas sin orden ni concierto golpeaban el coche haciéndome pensar ya que al día siguiente no iba a ser coser y cantar regresar al principio de la pista, cuatro kilómetros que aunque con un firme de confianza me hacía dudar pensando que llegara un momento en que la furgoneta no pudiera pasar por algunos parajes. Estaba tan preocupado que en el momento en que hubo un poco de claridad me incorporé y sin recoger nada puse el motor en marcha. Todo era un enorme charco y no era fácil encontrar el comienzo de la pista en medio de la niebla y el viento. El laberinto de pistas en torno a la mina cercana me obligó a guiarme por el gps.



Pero, ah, no todo era negro. Dentro de esa negrura del cielo en donde la claridad del amanecer quería abrirse paso, surgió un paisaje fantasmal que imperdonable habría sido no tratar de fotografiarlo. Parar, salir fuera en medio de la lluvia y tratar de fotografiar aquello casi me cuesta en algún momento que el viento arrancara de cuajo la puerta del coche. Esa era la impresión y la potencia del viento. Y además de todo esto más delante se me acaba la batería de la cámara y mientras trato de localizar una nueva en el portón de atrás algunas cosas salen volando, la linterna, unos patucos… meto todo de golpe en el coche y en zapatillas salgo corriendo bajo la lluvia sorteando charcos tras los patucos y la linterna. Una de ellos me fue imposible localizarlo. Mientras tanto el sol sin conseguirlo trataba de abrirse paso en la grisalla del cielo formando un fenomenal cuadro de luces y sombras que con aquel poderoso viento podía hacer pensar en alguna instancia apocalíptica. Dante y Virgilio entrando en el octavo círculo del Infierno. Pero sólo unos breves segundos, enseguida vuelta a la furgoneta. Fuera era imposible permanecer más tiempo. Más tarde las nubes y el cielo tomaron unos derroteros menos dramáticos, la carretera se hundió hacia el sur en el valle y todo volvió a cobrar un aspecto más corriente.

Mi sentimiento hasta ese instante, el momento en que alcancé el asfalto, fue de huida, abandonar lo antes posible la incertidumbre de que el coche fuera a quedarse embarrado en algún paraje de aquel espacio inhóspito tomado por el viento, la niebla y la lluvia.


No mucho más allá, entrando ya en el valle de La Baña, el viaje se convirtió en un emocionante recorrido por los colores de un otoño que bajo el chirimiri adquirirán una plasticidad y una belleza que sólo se presenta en su mayor esplendor con el cielo cubierto. Los matices, las tonalidades, la sutileza de los contrastes entre el encendido color de las hojas de los álamos, algún arce suelto, o el llamativo amarillo de las hojas de los abedules me obligaron esta mañana a hacer numerosas paradas a lo largo del recorrido.

A veces me pregunto si la belleza está en lo que miramos o en el ojo del que mira, una idea que sirve acaso para hablar de pintura, me asalta la sospecha de que tales disquisiciones son más bien propias de un espíritu razonador empeñado en diseccionar lo que contemplamos. La belleza de una flor se nos escapa en el momento en que sacamos el bisturí y diseccionamos cada una de sus partes. Matamos la flor, y con ello su belleza, en el hecho de querer explicarla.

La emoción que nos embarga cuando contemplamos un hermoso entorno otoñal probablemente tiene que ver con nuestra actitud receptiva, e incluso con nuestra preparación o capacidad para percibir la belleza, pero es obvio que hay una belleza objetiva que es totalmente autónoma del ojo que mira. Esa emoción que sentía yo hoy parando el coche tantas veces en la cuneta para llevarme dentro del recinto oscuro de mi cámara un poco de aquella esencia, las oscuras nubes al fondo, y bajo ellas el destello de las hojas de los colores de los álamos blancos, el rojo ferruginoso de los robles, la multiplicidad de las tonalidades cálidas entremezcladas, tenía mucho de esa otra emoción que tantas veces he sentido contemplando determinados cuadros. Vas caminando por las salas de un museo y de repente te encuentras con un pequeño milagro, un rostro saliendo de un claroscuro, una multiplicidad de pinceladas de amarillo algo tostado que igual es parte de un día de siega de Van Gogh o Brueghel, o… tenemos cuadros que llegan a nuestro ánimo como un flechazo. Así era viajar hoy al sur de Peña Trevinca hasta alcanzar la N-6.

Lo mejor de todo es cuando la música de la propia vida se une a la música que te rodea, a la belleza que inunda el entorno. Si tu disposición esa mañana es plena y te encuentras con otro pedazo de plenitud fuera de ti, entonces es posible que se produzca una especie de milagro como consecuencia del encuentro. Y en tal momento no es que la belleza esté en las cosas o dentro de ti, sino en el afortunado encuentro. Quizás la belleza sea ese encontrarse el yo y la cosa en el ámbito de una receptividad que tiene tanto de ti como de la cosa. La belleza como encuentro.

Hoy viendo tantas torres de iglesias en mi camino, y acaso influenciado por la interpretación que hace Harold Bloom en El canon occidental de la raíz masturbatoria que tienen tantos parajes de Fausto, se me ocurría que si en el fondo tántas torres no surgirían de un subconsciente de la época como representación fálica, una interpretación del hecho creativo, lo cual de algún modo se relacionaría con alguna tradición hindú en donde el lingam representa al dios Shiva. Especulaciones. Ver aparecer a lo lejos en el paisaje de nuestro país siempre las omnipresentes torres de las iglesias cuadraría bien con una simbología oculta de la fecundación representada en el falo.

 

 

 

 

 


67 días caminando en el frío y la oscuridad

  

José Mijares 


Cercanías de Burbia, 14 de noviembre de 2022

 

(Las fotos del post son originales de José Mijares) 

Son las once de la mañana y en mi campamento base rula la idea de caminar una noche de 67 días consecutivos. Amaneció, me di por enterado y seguí enroscado en el saco pensando en las musarañas. El sol inundaba la furgoneta, pero era lo mismo, la ambigua idea de subir esta tarde a Peña Trevinca se había desvanecido anoche cuando consulté el tiempo que hacía en aquella región a caballo entre Zamora y Orense. Así que como no tenía otra cosa que hacer que hurgarme en el ombligo disfruté de lo que había, el sol. La furgo, que es como mi cabaña, donde el sol y el paisaje entra por todos los lados, es un lugar donde cuesta levantarse; ese contacto con los árboles, el cielo, el sol, el canto de los pájaros, me tiene agarrado con tanta fuerza que trabajo me da pasar a la posición erguida.

Total, acaso para dar diversidad a mis pensamientos, tomé el teléfono y, aparte de encontrarme con los rostros de dos sonrientes y queridos septuagenarios, mi amigo Jorge y su chica, allí estaba el también amigo José Mijares haciéndome repensar la tan diversísima condición del hombre con un relato de una aventura que me es totalmente imposible visualizar, porque no me entra en la mollera que un hombre sea capaz de caminar durante tres meses de invierno en la oscuridad por las heladoras tierras del norte. Levantarse cada mañana, un decir, en medio de la oscuridad con dos dedos de hielo en la tienda de campaña, desayunar, recoger y ponerse de nuevo a caminar en la oscuridad, aunque sea en la compañía de su perro.



José me va a permitir copiar aquí su entrada para que aquel que lea estas líneas comprenda de cerca de qué estamos hablando. Esto escribe en su muro:

“Ayer vimos el sol. Probablemente será la última vez que se vea por aquí arriba hasta el 21 de enero. Como mínimo. En una semana empieza la noche polar y la previsión para estos días no menciona otra cosa que nubes y lluvias.

Si os da bajón el invierno en España cuando anochece a las 5 o 6 de la tarde, imagínate no ver el sol en más de dos meses. Hay luz, eso sí. Una claridad “mortal y rosa” (si está despejado) que ilumina el día unas poquísimas horas y después la noche polar cubre el paisaje.

Algunas veces he salido con los esquíes y pulka para cruzar el paisaje durante la noche polar sin más compañía que Lonchas. Los parques nacionales de: Padjelanta, Stabursdalen, Reisa o las 54 jornadas que gasté a lo largo de Laponia avanzando a oscuras desde Rusia a Suecia me hicieron comprender lo que significa vivir sin sol.

Necesitaba vivirlo para entender a mis vecinos, aunque a ninguno se le ocurriría salir de excursión cuando hay noche polar. Acampar a oscuras y despertar en una tienda helada con dos dedos de hielo en las paredes a docenas de kilómetros de lugares civilizados es como vivir en otro planeta sin salir de este. En mitad de la noche sólo he encontrado a Samis cabalgando motonieves buscando a sus animales.

Da igual la ruta que hagas, cuando sales para recorrer un pedazo del mundo durante la noche polar, todo es nuevo. Nunca encontrarás un paisaje más solitario en toda tu vida”.



Y yo, tumbado al sol, esa luz que nos es tan imprescindible como el aire que respiramos y que ya Yahvé tuvo la inspiración de crear antes de cualquier cosa en el Universo, le comento a José:

Lo que realmente queda por descubrir y explorar es el alma de quien durante 67 días consecutivos camina en la oscuridad y se levanta cada "mañana" en una tienda con dos dedos de hielo en sus paredes.

De los libros de Messner lo que más aprecio es esa expresión de sí en la soledad de su lucha consigo mismo, su miedo, sus sentimientos a veces agarrotados, en otras ocasiones sus lágrimas emocionadas por el encuentro con él mismo. 

... Pero 67 días... ¡Dios! Intento imaginarme esos dos meses y medio que paso los veranos caminando solo por los Alpes, que ya es... pero en la oscuridad y mi capacidad de visualizar hace totalmente imposible llegar a imaginarme la situación.

Y si tu sensibilidad llega a donde llega leyendo "Mortal y rosa" el cuadro a imaginar es casi ya otro mundo.

Con tu relato vas a ocupar junto a Silvia Vidal uno de los lugares más relevantes de mi admiración. Odioso es comparar, pero ambas situaciones me desbordan.

Mi sincera admiración”.




Por demás un hombre que llora leyendo Mortal y rosa, me digo, probablemente guarda un arsenal de sensibilidades dentro de sí tal de con su relato hacernos profundizar en el conocimiento de los rincones más profundos y entrañables de la humana condición. Sí, de momento voy a ponerme a leer esa novela de Francisco Umbral que leí hace mucho tiempo con el solo propósito de seguir los pasos a esa sensibilidad de José que desde tiempo atrás se me ha descubierto como una fuente de inspiración, como un modo más de conocer nuestra condición, porque hartos como estamos a estas alturas de hablar del hombre, generalizando en extremo, como el estúpido bípedo que pudiendo hacer el amor constantemente hace la guerra, explota al otro o utiliza su cabeza como pandero sobre el que otros interpretan su música, es necesario volver las cosas a su justo medio, que tiene en cuenta la excelencia, la voluntad de hierro, la creatividad, la valentía, la bondad que también tantos sapiens derrochan a manos llenas a lo largo y ancho del planeta y que en definitiva nos vuelven de nuevo al optimismo de un mundo en donde la poesía, el valor, la belleza y el tú a tú con uno mismo pueden alumbrar vidas de una extraordinaria y atractiva creatividad.

Ejemplos para una vida que, asumida la complejidad de la existencia, crea de la nada la música, un cuadro, un estilo de vida cuya contemplación halaga nuestros sentidos.

Gracias, José, por las fotos, por el texto y sobre todo por esa magnífica fuerza que te habita y que compartes con nosotros.














En el Mustallar, techo de Lugo. Los Ancares.

 


 

Un alto cercano a Burbia, 13 de noviembre de 2022

 

Como unos zorros che; sobre un cerro a donde subí con la furgo para acaso poder contemplar esos milagros del atardecer y el alba, que no lo habrá pero que por si acaso. Como unos zorros, y eso que iba prácticamente de vacío. Los Ancares son mucha montaña, largas marchas de aproximación, terreno apto para osos y jabalíes, pero también esa agradable impresión de estar estrenando el mundo. Así que la tarde transcurre masticando agradablemente ese cansancio que se me ha posado en el cuerpo tras ocho o nueve horas de trajinar monte arriba monte abajo por parajes más propios para alimañas que otra cosa.

Decía Alan Watts que la gente que va con prisa pierde la capacidad de sentir. Y que meditar es sacudirse toda prisa. Meditar es la atención plena al presente, sin juzgar.

¿Mi presente? La lluvia tras los cristales, la noche, una oscuridad absoluta en este cerro que he elegido para pernoctar. Mi cansancio poco a poco va pasando por el alambique de la tarde sin prisas, como dejando en el espacio de la hora pequeñas gotas de rocío. Estar con tu cuerpo, tus músculos, la lluvia, eso parece que es meditar, según Alan Watts.



Me hago un té y lo acompaño con unas pastas libres de gluten (ya empecé a ser selectivo con todo lo que atraviesa mi organismo). Mandar a los riñones la mayor cantidad posible de líquido; esa consigna. Esta tarde estoy en blanco, podría escribir los versos más tristes esta noche, escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos», pero Neruda está lejos de mí ánimo. También podría escribir sobre la bombachita colgando de la canilla del baño, esos versos de un tango que encontré en el muro de Néstor, pero no sé, lo mismo pensando en la bombachita y en lo que ésta suele cubrir, la imaginación se me iba por derroteros incompatibles con mi deseo de escribir. Paciencia. 


Escribe Pániker en su diario que en todos los momentos críticos de su vida siempre ha dispuesto de un aliviadero fundamental, el diario, la glosa intelectual de lo que le ocurría, la indagación. Si no consigo escribir, afirma, es que mi deterioro es realmente importante.

También dice en otro lugar que es una pauta bastante universal el que la gente cuando habla no suela saber lo que dice, que habla, o que escribe, porque tiene necesidad de hablar o escribir. Y no sólo se conforma con esas palabras, que dice a continuación que lo que es cierto es que pasamos la vida sin entender gran cosa de lo que sucede y apenas nada de lo que nos sucede. Con lo que apaga y vámonos.

Lo de la bombachita y la canilla lo canta así Adriana Varela 






En tu bulín de ermitaño aún te sigue faltando

La bombachita colgando de la canilla del baño…..

No te vayas a Sevilla

Que vas a perder la silla

y la alegría más bonita

De encontrar la bombachita

colgando de la Canilla.

 

La letra del tango me encontré nada más abrir el feisbuk, que es lo que hice cuando ya estuve cómodamente instalado y enterado por mis hijos y un amigo de la magnífica fiesta de Cibeles. ¿Y qué sería la bombachita? Anda que mira que haber viajado toda la América Latina y no saber qué era la bombachita, me dije tras la oportuna consulta.



Aunque sólo sea por coherencia con el título de este blog creo que algo debería decir sobre mi excursión de hoy. Me fastidió oír el despertador y tener así sin más que levantarme, algo que no suele entrar en mis costumbres, que más bien me gusta haraganear en el saco por tiempo indefinido. Miré por la ventana y bueno, nubes y despejado se repartían el cielo a partes iguales. La primera sensación cuando eché a andar fue la liviandad de mi macuto. La primera vez en mucho tiempo que mi espalda vivía el alivio de una carga insignificante. A poco dejé atrás los añosos castaños, alguno de los cuales, al decir de un paisano con el que estuve hablando, podía ser milenario, y enseguida tomaron el relevo los robles, que aquí y allá admitían en sus dominios algún acebo. Sus troncos cubiertos por llamativas barbas de viejo, tan vistosas ellas, y en las ramas a punto ya de caer al suelo el ferruginoso color de las hojas que ya dejaban un espeso manto sobre el sendero. La tarde anterior, cerca de donde había instalado mi campamento base, apareció un tractorcillo renqueando por la cuesta, bajaron de él un hombre y una mujer y, mientras ésta recogía castañas, el hombre sacó el recogesoplahojas, lo puso en marcha y se dedicó a despejar de hojas los castaños de los alrededores. Yo, todo extrañado, salí con mi pollo al ajillo en la mano y mientras daba cuenta de él me fui a que me explicara el paisano el porqué de lo que estaba haciendo. Despejan la base del castaño de hojas para abonarlo, fue su explicación. Al parecer los habitantes de Burbia aquí no se reparten el terreno sino los castaños. Una costumbre ancestral que lleva a sus vecinos a mimar a cada castaño del bosque como si fueran criaturas de su propiedad que necesitan como todo bicho viviente de nutrición y cuidados que yo desconocía, que pensaba que siendo ya tan mayorcitos los castaños ya habían aprendido a cuidarse solos.



Transcurren muchos kilómetros antes de que la comodidad del camino dé paso a un estrecho sendero que arremete por la empinada ladera entre los robles por parajes que el otoño ha cubierto de una cálida belleza por todos los lados. Robles, acebos, algún abedul aislado poniendo una nota de amarillo sobre el tostado de los robles. Más arriba la ladera está dominada por los brezos y los peñascales. Imposible dar un paso fuera del estrecho sendero antes de llegar al collado que comunica con Piornedo.

¿Y el viento? Pues sí. No exagerado, pero fuerte. Trescientos o cuatrocientos metros más de desnivel y la trocha termina haciendo cumbre junto a los mojones cimeros. No estuve ni dos minutos allí. Me fui a averiguar en la ladera opuesta a ver cómo se veía el descenso por allá, el track lo insinuaba, pero me encontré con unos contrafuertes rocosos que no me gustaron. Me di media vuelta y elegí volver por dónde había venido.  Tampoco el viento y el frío invitaban a otra cosa. En el descenso al collado me encontré con dos parejas que subían desde Piornedo. Nos saludamos: Está fresca la mañana, ¿eh?



















     

Mens sana in corpore sano

 

 

"Solo en nuestra soledad somos nuestra verdad" Ortega y Gasset.


Un castañar por encima de Burbia (en los Ancares), 12 de noviembre de 2022

 

Me quedé sopa tras la comida repantigado dentro de la furgo mientras los castaños allá fuera exhibían péndulas hojas doradas. No me llegaron las fuerzas para pintar. Allá en lo alto, el Mostallar, mi próximo destino, exhibía una espesa boina de nubes que no me decidió a ponerme en camino; tampoco eran horas ya. Así que siesta que te crio tras la ensaladilla rusa y el pollo al ajillo y el acostumbrado café.

El amigo B, con quien charlé días atrás de la degradación cognitiva, de alimentación sana y ejercicio, fue quien me sacó del sopor de la siesta con sus guasaps, precisamente mandándome un par de artículos de El País relacionados con el tema. En ello estamos. Mi amigo, buen comedor, y por tanto de corpachón en correspondencia con el buen yantar, parece que intenta convencerse de la necesidad de reajustar algunos hábitos, pero, ah, también parece lamentarse de que lo que es fácil, desgraciadamente, funciona peor que lo que es difícil, como comer saludable o hacer mucho ejercicio. Y a continuación se contenta con empezar con una buena higiene dental para la que al menos sólo necesita mover la mano de izquierda a derecha con un cepillo unos pocos minutos al día.

Los hábitos, esos que nos gustaría encarrilar en nuestras rutinas diarias no se dejan domeñar fácilmente, todo lo contrario, que son más escurridizo que todas las cosas. Uno a golpe de razonamiento logra convencer al cuerpo de la necesidad de comenzar el día con media, una hora de ejercicios de mantenimiento y éste se apresta uno o dos días, pero para el tercero, ya se sabe, se busca cualquier disculpa. Así que cuando llegas a perseverar lo suficiente como para convertir esos ejercicios, esas carreras o andaduras matinales en rutina, ya puedes recurrir al Aleluya para celebrarlo. A partir de entonces ya sólo necesitas un pequeñísimo empuje de voluntad.

Y comer, Dios, cuántas cosas insanas comemos. ¿Tendremos que ir haciéndonos muy mayores para decidirnos a ajustar nuestra dieta a un estado de salud que atienda tanto a nuestra mente como a nuestro cuerpo? Escribo para mí, me lo cuento, a ver si poco a poco logro meterme en mi dura cabezota que a estas alturas la cosa ya no va de broma, que puedes acaso perder las gafas o las llaves, o darte de vez en cuando un hartón de algo que te guste especialmente, pero… ¿Quién no querrá mirar la vida y los años parapetado en una saludable forma física y mental?

Estamos, como apuntaba B, en el ámbito ese de lo difícil, una cuestión que por cierto ya aparecía por aquí días atrás cuando mencionaba una cita de los diarios de Salvador Pániker que aludía a ese principio pedagógico de cogerle gusto a lo difícil. Si le cogiéramos gusto, tanto en el plano intelectual como en el físico, a lo difícil, probablemente tendríamos la mitad de nuestra andadura hecha.



En la noche del castañar el monótono canto del cárabo y el de un arroyo cercano entretejen sus músicas en la soledad de este valle perdido de los Ancares. Creo que mañana me voy a permitir la licencia de un especial regalo, a saber, subir al Mustallar, el techo de Lugo, con las manos en los bolsillos. Y pardiez! que me hace ilusión después de los más de dos años que llevo subiendo a los montes cargado inevitablemente con mucho más peso del que me gustaría. Mañana un poco de agua, algo de comida y para de contar. Que vamos, que me hace ilusión.

Este turismo que hago trasladándome de un monte a otro del país, sin prisas, al ritmo que marcan los vientos y las lluvias (por mis ganas de evitarlos), tiene el sabor de esa intemporalidad en la que uno quisiera vivir. El otro día, en una entrada de Antonio que ya cité y que él encabezaba con “¿Y si vivir no es más que una sucesión de puntos suspensivos?, José Manuel Vinches abundaba en esa idea de la intemporalidad. Escribía: “Decía Caballero Bonald en un poema: somos el tiempo que nos queda. Cada día que bajamos el telón y nos vamos a dormir, deberíamos dejar en rótulo un significativo “continuará”. Continuará, ¿sí o no? Lo que traducido en cristianó vendría a decir que vivas como si cada día fuera el último. Y se nota, vaya que si se nota cuando enfilas la carretera y vas dejando atrás lomas, colinas, valles, abedules vestidos de oro y grana, hayedos dorados, estirados chopos ya con apenas hojas en sus brazos, el coche como danzando en el interior de  una montaña rusa meciéndose en las curvas o atravesando pequeñas aldeas.

* * *

Hace horas que terminé con el texto de más arriba, horas que dedico a leer en el rotundo silencio del bosque el diario de Pániker. Hace un rato me encontré con una idea controvertida: ¿Tiene sentido hoy rezar?, y tuve necesidad de compartir algunos párrafos con el amigo David; ahora vuelvo a encontrarme con un texto de distinta índole que tiene que ver con algo que escribí ayer y que a falta de interlocutor en este momento confío a este diario:

“En general, el hábitat natural que acoge al animal humano es poco acogedor. Como decía Carl Sagan, el mundo no está hecho para el hombre. Ha habido que «civilizarlo». De ahí la ideología del esfuerzo, el arquetipo del héroe, la moral del sacrificio, esos programas más que milenarios que han presidido nuestra paideia. Porque cuesta levantarse por las mañanas, y tantas cosas requieren pugna, esfuerzo, coraje”.

Uno lee y lee y los interrogantes y la multiplicidad de los asuntos propiciados por la lectura y por esta maravillosa soledad, este silencio, vienen a hacer del instante un recoleto rincón en el que recogerse en meditación. Hace un rato también tropecé con otro texto que compartí, está vez con Victoria. También lo dejo aquí como recuerdo de este instante de soledad, de silencio, de lectura enriquecedora. Pániker hace esta anotación un 26 de septiembre: “André Gorz, un filósofo a quien yo solía citar en mis artículos de hace treinta años, ha decidido quitarse la vida en compañía de su esposa…... A su esposa Dorine le dirigió, hace apenas un año, las siguientes palabras: «Tu viens juste d’avoir quatre-vingt-deux ans. Tu es toujours belle, gracieuse et désirable. Cela fait cinquante-huit ans que nous vivons ensemble et je t’aime plus que jamais. […] Nous aimerions chacun ne pas survivre à la mort de l’autre». Dorine sufría una grave enfermedad degenerativa y los cuerpos muertos de la pareja se han encontrado uno al lado del otro”.

La complejidad humana y natural me parecen fascinantes, contesta, entre otras cosas, David desde su hogar toledano. A mí también.