Mens sana in corpore sano

 

 

"Solo en nuestra soledad somos nuestra verdad" Ortega y Gasset.


Un castañar por encima de Burbia (en los Ancares), 12 de noviembre de 2022

 

Me quedé sopa tras la comida repantigado dentro de la furgo mientras los castaños allá fuera exhibían péndulas hojas doradas. No me llegaron las fuerzas para pintar. Allá en lo alto, el Mostallar, mi próximo destino, exhibía una espesa boina de nubes que no me decidió a ponerme en camino; tampoco eran horas ya. Así que siesta que te crio tras la ensaladilla rusa y el pollo al ajillo y el acostumbrado café.

El amigo B, con quien charlé días atrás de la degradación cognitiva, de alimentación sana y ejercicio, fue quien me sacó del sopor de la siesta con sus guasaps, precisamente mandándome un par de artículos de El País relacionados con el tema. En ello estamos. Mi amigo, buen comedor, y por tanto de corpachón en correspondencia con el buen yantar, parece que intenta convencerse de la necesidad de reajustar algunos hábitos, pero, ah, también parece lamentarse de que lo que es fácil, desgraciadamente, funciona peor que lo que es difícil, como comer saludable o hacer mucho ejercicio. Y a continuación se contenta con empezar con una buena higiene dental para la que al menos sólo necesita mover la mano de izquierda a derecha con un cepillo unos pocos minutos al día.

Los hábitos, esos que nos gustaría encarrilar en nuestras rutinas diarias no se dejan domeñar fácilmente, todo lo contrario, que son más escurridizo que todas las cosas. Uno a golpe de razonamiento logra convencer al cuerpo de la necesidad de comenzar el día con media, una hora de ejercicios de mantenimiento y éste se apresta uno o dos días, pero para el tercero, ya se sabe, se busca cualquier disculpa. Así que cuando llegas a perseverar lo suficiente como para convertir esos ejercicios, esas carreras o andaduras matinales en rutina, ya puedes recurrir al Aleluya para celebrarlo. A partir de entonces ya sólo necesitas un pequeñísimo empuje de voluntad.

Y comer, Dios, cuántas cosas insanas comemos. ¿Tendremos que ir haciéndonos muy mayores para decidirnos a ajustar nuestra dieta a un estado de salud que atienda tanto a nuestra mente como a nuestro cuerpo? Escribo para mí, me lo cuento, a ver si poco a poco logro meterme en mi dura cabezota que a estas alturas la cosa ya no va de broma, que puedes acaso perder las gafas o las llaves, o darte de vez en cuando un hartón de algo que te guste especialmente, pero… ¿Quién no querrá mirar la vida y los años parapetado en una saludable forma física y mental?

Estamos, como apuntaba B, en el ámbito ese de lo difícil, una cuestión que por cierto ya aparecía por aquí días atrás cuando mencionaba una cita de los diarios de Salvador Pániker que aludía a ese principio pedagógico de cogerle gusto a lo difícil. Si le cogiéramos gusto, tanto en el plano intelectual como en el físico, a lo difícil, probablemente tendríamos la mitad de nuestra andadura hecha.



En la noche del castañar el monótono canto del cárabo y el de un arroyo cercano entretejen sus músicas en la soledad de este valle perdido de los Ancares. Creo que mañana me voy a permitir la licencia de un especial regalo, a saber, subir al Mustallar, el techo de Lugo, con las manos en los bolsillos. Y pardiez! que me hace ilusión después de los más de dos años que llevo subiendo a los montes cargado inevitablemente con mucho más peso del que me gustaría. Mañana un poco de agua, algo de comida y para de contar. Que vamos, que me hace ilusión.

Este turismo que hago trasladándome de un monte a otro del país, sin prisas, al ritmo que marcan los vientos y las lluvias (por mis ganas de evitarlos), tiene el sabor de esa intemporalidad en la que uno quisiera vivir. El otro día, en una entrada de Antonio que ya cité y que él encabezaba con “¿Y si vivir no es más que una sucesión de puntos suspensivos?, José Manuel Vinches abundaba en esa idea de la intemporalidad. Escribía: “Decía Caballero Bonald en un poema: somos el tiempo que nos queda. Cada día que bajamos el telón y nos vamos a dormir, deberíamos dejar en rótulo un significativo “continuará”. Continuará, ¿sí o no? Lo que traducido en cristianó vendría a decir que vivas como si cada día fuera el último. Y se nota, vaya que si se nota cuando enfilas la carretera y vas dejando atrás lomas, colinas, valles, abedules vestidos de oro y grana, hayedos dorados, estirados chopos ya con apenas hojas en sus brazos, el coche como danzando en el interior de  una montaña rusa meciéndose en las curvas o atravesando pequeñas aldeas.

* * *

Hace horas que terminé con el texto de más arriba, horas que dedico a leer en el rotundo silencio del bosque el diario de Pániker. Hace un rato me encontré con una idea controvertida: ¿Tiene sentido hoy rezar?, y tuve necesidad de compartir algunos párrafos con el amigo David; ahora vuelvo a encontrarme con un texto de distinta índole que tiene que ver con algo que escribí ayer y que a falta de interlocutor en este momento confío a este diario:

“En general, el hábitat natural que acoge al animal humano es poco acogedor. Como decía Carl Sagan, el mundo no está hecho para el hombre. Ha habido que «civilizarlo». De ahí la ideología del esfuerzo, el arquetipo del héroe, la moral del sacrificio, esos programas más que milenarios que han presidido nuestra paideia. Porque cuesta levantarse por las mañanas, y tantas cosas requieren pugna, esfuerzo, coraje”.

Uno lee y lee y los interrogantes y la multiplicidad de los asuntos propiciados por la lectura y por esta maravillosa soledad, este silencio, vienen a hacer del instante un recoleto rincón en el que recogerse en meditación. Hace un rato también tropecé con otro texto que compartí, está vez con Victoria. También lo dejo aquí como recuerdo de este instante de soledad, de silencio, de lectura enriquecedora. Pániker hace esta anotación un 26 de septiembre: “André Gorz, un filósofo a quien yo solía citar en mis artículos de hace treinta años, ha decidido quitarse la vida en compañía de su esposa…... A su esposa Dorine le dirigió, hace apenas un año, las siguientes palabras: «Tu viens juste d’avoir quatre-vingt-deux ans. Tu es toujours belle, gracieuse et désirable. Cela fait cinquante-huit ans que nous vivons ensemble et je t’aime plus que jamais. […] Nous aimerions chacun ne pas survivre à la mort de l’autre». Dorine sufría una grave enfermedad degenerativa y los cuerpos muertos de la pareja se han encontrado uno al lado del otro”.

La complejidad humana y natural me parecen fascinantes, contesta, entre otras cosas, David desde su hogar toledano. A mí también.







 

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