Monte do Faro, techo de Pontevedra, 11 de noviembre de 2022
Pues que había introducido en el Google Maps las coordenadas del
comienzo de una ruta que me llevaría a Monte do Faro, el techo de Pontevedra, y
la app, tan eficiente ella y suponiendo que lo que realmente yo quería era
llegar a aquella cima, sin pensárselo dos veces me llevaba al punto indicado
pero… pasando por la cima de Monte do Faro. Total, que no iba a bajarme de ese monte
para después volverlo a subir. Así que me aposenté junto a la ermita O Faro a
pocos metros de la cima y decidí pasar el día allí tomando el sol, que dicen
que es muy bueno para generar endorfinas y vitamina D. De ese modo quizás tenía
tiempo para dar un empujón a ese cuadro que tengo a medias.
En ello pasaría después una buena parte de la tarde. Un lujo tener
todo el tiempo del mundo para hacer lo que te dé la gana y para poder ponerte a
pintar ricamente en lo alto de un monte. Ahora, acabada la sesión de pintura,
un infructuoso buscar una fotografía decente del atardecer y terminado con el
té de media tarde, sólo me queda dedicar un rato a la higiene mental dándole a
la manivela del organillo de la escritura y así terminar el día como Dios
manda, eso, como decía mi madre. Pues es que Antonio, al que hacía tiempo no le
veía el pelo por la corrala del feisbuk, hacía en su portal, a modo de pie de
foto donde su habitual maestría en la cosa de la fotografía volvía a aparecer, su habitual reflexión. En este caso un interrogante: “¿Y si vivir no
es más que una sucesión de puntos suspensivos?”. Y a continuación nos dirigía a
un artículo que llevaba el título de La era Bartleby (o por qué preferimos
no hacer nada). La sociedad del cansancio y la reivindicación de la fatiga
eran los aspectos relevantes del artículo. Se habla allí de una sociedad, la
nuestra, falta de energía donde el hartazgo parece impregnar a una generalidad.
El hastío y la apatía andan por ahí sueltos tal si fueran el aire que
respiramos, se dice.
Las cosas así y aunque el autor agarra el rábano por las hojas cuando
cita a Byung Chun Hang y su La sociedad del cansancio, a mí me pareció
que alguna puntualización había que hacer a esa defensa de la fatiga y a ese
cansancio que parece caer, según el articulista, como un irremisible martillo
pilón sobre los ciudadanos. Le comenté a Antonio primero mi sorpresa de que
Melville, un hombre inquieto y experimentado de la vida como nadie, escribiera
ese exasperante Bartleby hecho de apatía y de todo-me-da-lo-mismo, aunque quizá
precisamente porque Melville llevó una vida encomiablemente activa e
interesante, acaso por ello, podía percibir mejor el contraste.
Nietszche en "Así hablaba Zaratustra" lanzaba ya aquel
alegato de "todos somos burros de carga" que arremetía contra una sociedad
a la que el esfuerzo parecía venirle grande. Venga ya, parecía decir el animoso
Zaratustra, sí, que no me vengáis con cuentos. Si a Zaratrusta alguien se le
hubiera presentado con un "reivindicar la fatiga", seguro que ese alguien
se hubiera llevado una patada en el culo. Le decía a Antonio que no había leído
La sociedad del cansancio,
pero sí, lo recordé después y no creo que Chun tratara de justificar ese
cansancio que asoma por los imbornales de una sociedad que tira balones fuera y
no asume seriamente su deber de ser libre porque la comodidad les lleva cada
vez más a dejar en manos de mercanchifles y trileros el destino de sus vidas. Y
probablemente sea desde esa condición más bien burguesa y de dejación, como de
quien tiene la vida arreglada y los asuntos de la polis real le traen al
fresco, donde el “cansancio” mana como
si de un niño mal criado se tratara. Frente a la reivindicación de la fatiga
probablemente sería más lógico y serio reivindicar el esfuerzo, la actitud
emprendedora de quien coge el toro por los cuernos y no se arruga ante las
dificultades, una de ellas y acaso la más importante, la de revertir este orden
de cosas en que está inmerso el mundo. Antes morir que vivir arrodillado,
proclamaba Dolores Ibárruri. Si vivimos en un mundo que cada vez es más una
mierda, y lo es porque la mayoría lo quiere así cuando se asoma a las urnas,
rubor nos debería dar hablar de reivindicar la fatiga. Somos asnos uncidos para
dar interminables vueltas alrededor de una noria. Nos ponen una zanahoria delante
de las narices y tras ella vamos, sí, algo más del cincuenta por ciento de
cierta población. Como canta Joaquín Sabina, pongamos que hablo de Madrid…
Mañana, si el tiempo acompaña, andaré por el norte de León recordando
viejos tiempos de una travesía que hice con Victoria atravesando por las
cumbres las montañas de los Ancares, aquellos tiempos gloriosos en que con un
mapa del ejército del año catapún nos poníamos el mundo por montera y tirábamos
monte arriba hubiera sendero o no, sin preocuparnos si encontraríamos agua,
alguna trocha… todo palante desde el puerto de Piedrafita siguiendo el
cordal hasta el puerto de Ancares y la mismísima cumbre del Cienfuegos. Qué
hermoso era entonces deambular por montañas desconocidas y solitarias con
apenas lo puesto y un mendrugo de pan en el morral… Teníamos el espíritu de
esos gorriones de los que habla el Evangelio.









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