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¡Brenta…!


Cercanías del bivacco Pinamonti, 8 de agosto de 2023 

Son cerca de las cinco, así que hora de parar. En ese estar en el centro del mundo que me ha dado por considerar cuando desde la cumbre del pico Peller estuve tomando una panorámica de 360°, allí el pico, aunque también yo, y aquí yo y el prado en el que estoy tumbado, tan plácidamente al sol, vuelvo a reflexionar sobre el asunto. Porque se dirá lo que se diga pero desde el punto de vista de cada uno no hay cosa más cierta de que seamos el centro del mundo; lo que digo ya de estas montañas de Brenta, ni siquiera del Planeta, de hecho hay muchos centros del universo y yo personalmente soy en este momento etcétera, que no voy a marear la perdiz con el asunto. Que fue el caso que pregunté a la guardesa del refugio Peller que qué alternativa tenía para seguir mi camino evitando la ferrata que se me había puesto por medio. Me contestó que si es qué tenía vértigo, que la ferrata era algo corrientito y por supuesto mucho más bonita que dar la vuelta al monte Peller y que desde su cumbre era como estar en el centro del mundo. Un argumento que me gustó ese de estar en el centro del mundo. Cuatrocientos metros de desnivel más o menos, algunos cables, una escalera y un tortazo a la izquierda de padre y señor mío, pero sobre todo bonito y espectacular. Por arriba el sendero se desviaba a la izquierda para volver desde allí a tirarse de cabeza por la otra ladera, así que dejé el macuto en la bifurcación y subí a la cima. Un miradero excepcional que mostraba en lo más próximo todo el conglomerado de Brenta, que se presenta como una especie de espinazo dinosáurico de abruptas montañas en dirección norte sur, y más lejano, aunque sólo con un gran valle glaciar por medio, el Macizo de la Presanella-Adamello delimitado por otro largo valle, la val Génova. Siguiendo el giro de las agujas del reloj enseguida se veían las montañas del Ortles, de luctuoso recuerdo, allí murió Nena, y siguiendo el recorrido los Alpes Austriacos, y cuando estos se acababan todo, todo el conjunto de las Dolomitas, dentadas y agudas cumbres con las que se cerraba el círculo cuyo centro éramos yo y la cumbre del Peller. 


Ayer tarde estaba un poco mosca porque era incapaz de localizar en mi recorrido refugios cercanos. Normalmente de Brenta se visita la zona central, que corresponde a los Campanile Basso y Alto, ya se sabe que en las zonas menos concurridas los refugios suelen escasear. De hecho había comprado en Cles más comida de la cuenta. Otro asunto era el agua. De modo, que esta mañana después de llevar más de cuatro horas caminando mis sospechas se reafirmaron, así hasta que me tropecé con una indicación que decía “Refugio Peller 20 minutos”. Me quedaba fuera de ruta, pero… Comí muy bien, cargué baterías y, siguiendo el consejo de la guardesa un par de horas más tarde tiré camino de la ferrata. 

Ahora tengo más o menos aclarado el asunto. Al próximo refugio, el Grosté, hay nueve horas, que en mi caso pueden ser diez u once. Respecto al agua si quiero encontrarla tendré que volver a desviarme de ruta hasta las cercanías del bivacco Costanzi Alvansini, donde brota una pequeña fuente. Agua por cuentagotas, como se ve, más o menos como en Picos de Europa. Incluso el tal bivacco me puede servir para pernoctar. En Italia se da este nombre a pequeños refugios no guardados situados por lo general en lugares alejados del tránsito corriente. Mi experiencia de bivaccos ha sido siempre hermosa, lugares solitarios y rincones salvajes de las montañas. El único inconveniente que tienen es que tropiece en alguno de ellos con gente poco dúctil. El pasado año, después de atravesar por el sur el Monte Rosa, caí en uno de esos bivaccos, pero al cabo del rato llegaron dos alemanas más secas que un palo, por no decir antipáticas, que destruyeron un poco el encanto del lugar con sus caras largas. 


Uf, de golpe un bajón de la temperatura. El sol se oculta por el passo de la Forcola. Al sol de maravilla, a la sombra un frío que pela. Tiempo de poner la tienda, un pequeño promontorio donde en caso de lluvia no haya posibilidad de que se me cuele dentro el agua. Es un buen procedimiento siempre encontrar esta clase de altillos. Cuando era niño lo aprendí enseguida de mi padre. Cuando nos íbamos a pasar el verano en el río Alberche, una vez instalada la tienda allí para dos meses lo siguiente que había que hacer eran unas buenas zanjas todo alrededor de la tienda que evacuaran el agua en caso de lluvia. En el monte a falta de esa zanja, que sería imprescindible en tiempo de lluvia, lo mejor es eso, un alto… eso si lo encuentras, que ya me ha tocado más de una vez tener que usar una de las clavijas a modo de legón deprisa y corriendo cuando el agua empezaba a discurrir peligrosamente hacia dentro de la tienda, que por muchos milinoséqué que resista el suelo, si  escurre por debajo seguro que amaneces en medio de un charco. 

Y creo que se acabó por hoy, que me está esperando El manuscrito carmesí, de Gala, una lectura demorada ya desde hace meses. Un fallecimiento sentido no sólo por los buenos lectores sino también por aquellos que entienden la vida como un arte y la acción del hombre como una contribución a la justicia general. Existen hombres en un siglo, no muchos, cuya contribución a la cultura y a la conciencia social son determinantes para el bienestar de la sociedad y Antonio Gala es uno de ellos. 






















Mi última jornada





Niza – Madrid, 2 de agosto de 2021

 

Chapelle St Roche – Rimpas – La Roche.

 

De hecho andaba un poco ahogado, el calor que había comenzado a hacer, el peso y finalmente la gota que desbordaba el vaso de agua: el asfalto. Demasiado asfalto esta mañana, una cosa que un servidor soporta malamente. Tampoco estas montañas surcadas de carreteras me gustaban. ¿Qué más? Cualquier cosa, porque el caso es que lo que me preguntaba en algún momento era qué coño hacía yo allí en un lugar que no me gustaba y que además era frecuentado por demasiados automóviles en una carretera excesivamente estrecha. Y así las cosas llegué a la localidad de La Rochey me di de frente con uno de esos chiringuitos que hacen de parada de autobús. Estaba tan cansado que me refugié allí, descargué, me senté. Distraídamente pasé la vista por un cartelito que había a mano  derecha. Decía: línea 90. Punto de salida La Roche y punto de llegada, Niza. El autobús pasaría dos horas y media más tarde. Aquello era demasiado tentador. Me quedaban tres jornadas por delante para llegar al mar y como uno vive la tentación de eludir el esfuerzo como todo quisque, engañándose a uno mismo o no, ahí me vi como Fausto tentado por Mefistófeles, sí, a punto de vender mi alma al diablo, y en consecuencia imaginándome mucho mucho asfalto en mi itinerario, un pensamiento necesario para ablandar mi voluntad de caminar hasta que las montañas desaparecieran bajo las aguas del mar . Vamos, que no tardé en morder el anzuelo. De manera que cuando quise darme cuenta ya estaba tecleando en el teléfono si en ese mismo día podría encontrar un vuelo entre Niza y Madrid. Y lo había.

Uaauuu… Dejamos la pista del aeropuerto. El avión ha hinchado el pecho, se ha puesto a correr y de repente se ha convertido en pájaro, ave nocturna sobre ese mar que en tantas ocasiones sentía yo como destino. Hoy no es como aquel año, que después de un entero verano atravesando los Alpes todavía me quedaron ganas de continuar la marcha por las montañas de Córcega. Este año vengo cansado, muy cansado, con ganas, sí, de darle un poco de descanso a mi cuerpo. La montaña exige esfuerzos, pero muchos de estos esfuerzos no me parecieron racionales del todo en esta ocasión. Levantarme tantas mañanas con esa sensación de abatimiento, que por otra parte parecía desaparecer  durante las tres primeras horas de marcha, era un síntoma de que algo no funcionaba bien del todo. Y ese algo es sin duda el exceso de peso. Hacer de la montaña un sufrimiento demasiado continuado la priva de una parte importante de su razón de ser.

Volamos. Me jode que no sienta nada especial en este regreso después de, ¿cuánto?, treinta y ocho días me salen. Muchos días, miles y miles de metros de desnivel ascendidos, la experiencia de fortísimas tormentas, las lluvias, las largas caminatas entre la niebla, esas magníficas tardes cobijado en la tienda, la espléndida soledad de las noches… Nada de todo eso me llena en este momento como en otras ocasiones. Quizás ha sido todo muy precipitado, quizás… Las emociones van perdiendo gradiente con las repeticiones. No son ya aquellos tiempos en que después de atravesar el Pirineo de parte a parte se me humedecían los ojos cuando avistaba el Cantábrico a lo lejos. O una vez que hicimos la Alta Ruta, también del Pirineo, con Victoria y mis tres hijos y el último día me costó algunas horas dormirme de pletórico que estaba recorriendo mentalmente aquel mes y pico que nos llevó la travesía. Los pensamientos yendo de una parte a otra de las montañas saboreando con placer tantos y tantos ratos de plenitud que habíamos vivido durante aquellas semanas.

¿Sigue todo en la vida un proceso similar? ¿Es posible recuperar esa inocencia  perdida con  que nos relacionábamos con los hechos de nuestra propia vida? ¿Acaso en cosas como éstas consiste el hacerte mayor?

Hoy era un día más. Por la mañana todavía no sabía que sería el último y según cubría esas dos horas de subida a Rimplas especulé sobre lo que necesitaba comprar para cubrir la  siguiente etapa. Apenas me quedaba nada de comida, pero aún así luego pensé que podría tirar sin detenerme hasta St. Dalmas. Total, que pasé de largo y me enfrasqué una buena parte del camino en los cuentos de Salinger. Allí abajo a la derecha discurría de continuo el valle del Tinée. El sendero había tomado mucha altura y seguía la línea del río desde lejos como un helicóptero que hiciera un servicio paralelo al del autobús sólo que por el aire. No estaba mal, pero no era la clase de itinerario que me gusta. Habíamos entrado en unas montañas con una densidad de población que restaba un tanto de aliciente a mis ganas siempre latentes de perderme por valles y montañas solitarias.

Están anunciado la proximidad del aeropuerto de Barajas, aterrizamos en unos minutos.

 

 

 

 

 

 


La vida simple

 



Chapelle Saint Roch. Camino de Rimplas, 1 de agosto de 2021

A dos horas del refugio Longo – Refugio Longo – St. Sauveur sur Tinée – Chapelle Saint Roch.

 

Hoy me cayó el final de la jornada bajo el porche de una ermita, un lugar cómodo pero que no es mi tienda que al fin y al cabo es el lugar más acogedor del mundo. En serio. Hay quien necesita una casa de tres plantas y no sé cuántos cuartos de baño para vivir, pero el vagabundo, habituado a su amplísima tienda de ochenta o noventa de ancho por uno noventa de largo se siente tan bien y tan cómodo en ella que sería capaz de vivir el resto de su vida en ese reducido espacio. Y que no sólo de espacio se trata, que me sucede que la tienda, siendo uña y carne conmigo, hoy que no la necesito la estoy empezando a echar de menos. No sé qué tienen esos setecientos gramos de tela que cuando cada tarde la monto y me tumbo o abro el colchón de aire me parece estar en el lugar más confortable del planeta. Además, sucede que si a Pedro Salinas le inspira su amada allende los mares, a mí ese espacio encantador que me sirve cada día de descanso y cobijo hace curiosamente también de lugar de inspiración y de diálogo conmigo mismo a través de toda esa palabrería que surge a través de los intersticios de mi cansancio. Pensando estoy que mira que tengo yo cariño a la cabaña de El Chorrillo y sin embargo no se me va de la cabeza la posibilidad de, cuando llegue a casa, irme a vivir a mi tienda de vagabundo. Lo ya dicho, rico no es el que más tiene sino el que menos necesita y claro es que la dicha que se despierta entre los brazos de una vida sencilla no tiene parangón con ninguna de las veleidades que suscita ese mundo de consumo que nos rodea.

Chapelle Saint Roch, mi vivac de hoy


Una de las tantas cosas que el vagabundo descubre desde hace muchos años de vagar por el mundo y sus caminos es que la vida es mucho más simple de lo que la pintan. Hace un rato, aprovechando que tenía algo de cobertura, se me ha ocurrido darme una vuelta por los periódicos y de mi cuerpo ha salido una voluptuosa sonrisa de autoafirmación en esas creencias que van progresando en mí con el cansancio, la belleza por la que atravieso o la simplicidad de lo que hago. Siempre las cosas que suceden en el mundo y cómo éste se desenvuelve, me produjeron una gran reticencia, pero según profundizo en este tipo de vida esa sensación de que en términos generales el mundo desbarra se acrecienta en mí. No pretendo decir que la gente debería hacer esto o lo de más allá, sólo, insisto, que en el regreso a una vida mucho más sencilla, y ello sin entrar en problemas ecológicos o de recursos naturales y en el peligro para las próximas generaciones, está la clave de una mayor felicidad.

Cosas por demás que se me ocurren al final de un día matador en que como casi siempre vengo a sopesar si las cosas tienen que ser así o si deberé rebajar el nivel de exigencia conmigo mismo. Había caminado seis horas consecutivas para llegar a St. Sauveur de Tinée e incluso en el último momento había apretado algo el paso para llegar a tiempo a algún restaurante. Cuando me senté frente a una mesa con una cerveza entre la manos estaba exhausto. Había sido una marcha amena de subidas y bajadas, grandes praderías, un empinado barranco, un nuevo ascenso para llegar al refugio-vaquería de Longo, cerrado pero con señales de una reconstrucción interrumpida, y finalmente un interminable descenso por los barrancos y bosques que caían sobre St. Sauveur sur Tinée, que al menos pude entretener con Nueve cuentos, unos relatos de Salinger, el autor que se hizo mundialmente famoso con la sola publicación de un libro, El guardián entre el centeno.



Retuve ayer antes de terminar con Gente independiente, de Halldor Laxness, una cita interesante: “Nada alimenta tanto los dones del poeta como la soledad en las largas caminatas por la montaña”. El protagonista, un tipo un tanto excéntrico que por encima de todo coloca su independencia, es dado a la poesía y encuentra sus mejores momentos de inspiración, eso, caminando por las montañas. A mí la poesía se me acabó, y no como le sucediera a Pedro Salinas al que la distancia servía de inspiración, un tiempo después de que una antigua novia se hiciera rematadamente irrecuperable. Fue un proceso lento, pero al fin la poesía quedó como cosa de otra época. Magnífico aquel tiempo —y tremendamente doloroso—, no necesitaba ir a la montaña, como el protagonista de la novela de Halldor Laxness, los versos salían solitos y fluidos a cada momento, en ocasiones como un canto irreprimible de amor y en otras como una daga que quisiera cortar de un tajo todo recuerdo de la amada. Creo que en ese libro, que titulé Cuando llega el naufragio, está lo mejor que he escrito nunca. Me parece que cuando ayer hablaba de Pedro Salinas hablaba con toda la propiedad del mundo, sí, por experiencia propia.

Cuando llega el naufragio


La montaña, la soledad, determinados estados de ánimo pueden inspirar, pero eso no es nada con la capacidad que tiene el amor en aquel que utiliza la escritura como elemento de expresión.






 

La voz a ti debida

 



Camino del refugio de Longon, 31 de julio de 2021

Camino del Col de Crousette – Col de Crousette – Col des Moulines – Camino del refugio de Longon.

 

Tuve la sensación de que hoy el agua no iba a aparecer en mi camino, tal era la desolación que vestía el monte al norte del Col de Crousette y a los pies del Petit Mounier. Las montañas se habían transformado en alargadas lomas que se hundían a lo lejos en lejanos valles. Perdida la altivez y la arrogancia propia de las montañas más al norte y privadas acaso por su orientación al sur del agua y por consiguiente de la fragancia de los altos bosques el descenso se convirtió en un caminar en la desolación.

Me había detenido bajo el Petit Mounier a comer algo y a secar la tienda pero diez minutos más tarde tuve que recoger precipitadamente porque se puso a llover. El lugar se llenó de nubes como salidas de la nada. Por la arista apareció una forma entre la niebla que me hubiera dado para una buena fotografía, pero no tuve tiempo de sacar la cámara. Era una chica embozada en su ropa de lluvia, una solitaria y acaso tímida mujer a la que quise decir que parara un momento para componer una foto de ese alguien como salido de las nubes. Pero caminaba mucho más deprisa que mi francés que es muy lento y la chica solitaria desapareció entre la niebla como había aparecido. Quizás lo soñé y se trataba de un fantasma.



La escenografía montada por las nubes no duró más allá de cinco minutos, tras los cuales se abrió la visión al valle y las montañas.

Me había pillado desprevenido ese cambio tan rotundo después de la larguísima ascensión al Col de Crousette. He atravesado el Parque Nacional de Mercantour varias veces por distintos lugares y esto no se parecía en nada a lo que conocía de otras ocasiones, un paisaje desolado y solitario al que faltaba la virulencia de los barrancos o las atrevidas formas de sus aristas y paredes rocosas. Descendí cerca de tres horas teniendo siempre en mente la necesidad de encontrar agua. La etapa no tenía ningún punto de apoyo, el único lugar, el refugio Longon, me habían dicho en la gite del día de anterior que estaba cerrado, así que en el momento en el que al fin me encontré con un arroyo, me senté a considerar la situación. Eran cerca de las tres, un poco pronto todavía, pero… tenía agua. El tiempo ofrecía el aspecto de otros días, las nubes merodeaban espesas y oscuras como vaticinando la acostumbrada tormenta que al fin se desató una hora más tarde mientras echaba una reparadora siesta.



El día anterior Gustavo había dejado un comentario en mi blog en forma de interrogante y que correspondía a unos versos de La voz a ti debida, de Pedro Salinas:

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?

Leer a Pedro Salinas es entrar en un mundo en donde el amor no es cosa de dos. El poeta ha caído, Falling in Love, dicen los angloparlantes, en las embrujadas redes de Cupido, y desde allí, envuelto en la locura del deseo de la amada, enhebra versos isométricos donde endecasílabos, eneasílabos, heptasílabos y pentasílabos se pasan el testigo para responder al impulso amoroso del poeta.

Es un mundo conocido, la destinataria de sus versos no es su esposa sino una lejana dama que vive al otro lado del océano. Una vez leí que el único amor capaz de mantener su fuerza primera durante años y años es aquel que se encuentra separado por largas e insuperables distancias. Es el caso de Pedro Salinas y, me temo, que una parte muy importante de su valor como poeta se la debe a esa exclusiva circunstancia de la distancia y del imposible del encuentro con la amada.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

Tiene el amor su cima:

Es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

En la resistencia a separarse pero especialmente, al fin, en la separación. La concepción del amor como indeleble tensión que permanece y se renueva precisamente en la ausencia de la amada, es como zarza ardiente de Yahvé en el Sinaí, no se consume, permanece y alimenta constantemente al poeta, que vive en un continuo estado de exaltación y esperanza. 

Shakespeare necesita matar a Romeo y Julieta, y lo mismo le sucede a Wagner con Tristán e Isolda, porque más allá de la cúspide de la tensión no hay nada. En el acto del encuentro definitivo se ha consumado la vida, más allá de esa puerta encantada la existencia se desvanece, más allá no hay nada. Quizás por ello, la poesía de Pedro Salinas se detiene ante la puerta encantada, aquella del relato de H. G. Wells y la tensión que genera ese no poder traspasarla es la hondura de su poesía.



Son las nueve de la noche. Está oscuro. Los días se acortan. La tormenta ha vuelto y ruge discretamente en las alturas. Gruesas gotas de lluvia golpean contra la tela de mi tienda.

Caminar durante dos jornadas en los Alpes con la única presencia en los senderos de tres caminantes añade a la jornadas un plus de soledad que lo acrecienta precisamente ese saber que antes de siete horas de caminar no hay un alma. No es frecuente esta situación y quizás por ello esta noche siento mucho más mi aislamiento bajo está lluvia pertinaz.






 

 

Privilegios de un vagabundo cansado

 


Camino del Col de Crousette, 30 de julio de 2021

St Etienne de Tinée – Col de Blainon – Gite de Roya - Camino del Col de Crousette

 

Con las manos bajo la cabeza y metido en el saco contemplo a las moscas que revolotean en el cono interior de la tienda. Siempre hacen lo mismo, por mucha precaución que tenga siempre se cuelan y se van a ese rincón que tanto les gusta. Como no hay manera de que se comuniquen unas a otras de un valle al siguiente lo que imagino es que tendrán algún gen específico que les lleva a buscar ese lugar. No me suelen molestar a no ser que sean muchas, que entonces la densidad de población tiene la culpa. Lo más curioso, y que no me acabo de explicar, es que todos los días antes de dormir echo una ojeada y ahí están correteando en el poco espacio de un palmo, pero cuando me despierto han desaparecido estando la tienda totalmente cerrada. Esta mañana he inspeccionado el suelo de la tienda y ni rastro de ellas. Me tiene intrigado este misterio. Podrían tener las moscas un ciclo vital muy corto y morirse de un día para otro, ni idea, pero desaparecen sin dejar rastro. Mi abuelo, cuando yo era chico, me hablaba de la generación espontánea en la naturaleza, que para él tantas cosas explicaba, pero lo que nunca se me ocurrió preguntarle era si también existía la desaparición espontánea de las moscas. En fin, que estoy echo un lío con eso.

Estoy tan roto esta tarde que mi cabeza no es capaz de ir mucho más allá de las moscas. De verdad. Esto no hay quien lo explique, eso de que un día no puedas ni con tu alma y otro marches seis horas sin más, de subidas y bajadas, con bastante entereza. Hoy en algún momento pensé que no llegaba al mar. Me dolía un montón la espalda, las correas del macuto se hincaban de manera insoportable en mis hombros, en fin, que estaba hecho una verdadera caquita, de ahí que no me dé la cosa más que para hablar de moscas.



Una de las flores más bonitas que me encuentro desde hace tiempo son las margaritas; se elevan orgullosas sobre un largo y delgado tallo junto al sendero como quien da los buenos días o como moza que sale a la calle acicalada esperando que la miren y remiten todos los sapiens machos con los que se cruce. Pues bueno, hoy no vi ninguna, aunque bien la busqué para que me ayudara a descifrar si sería capaz de llegar al mar o no con aquello de ir arrancando pétalos, uno que diría sí y otro que diría no. No hubo margaritas y tampoco es cosa de irse hasta Elfos para pedir un oráculo a los dioses. Así que me quedo con la intriga. De momento, tras la larga contemplación de la moscas, que en mi caso sustituye a la llama de una vela frente a la cual en la oscuridad solía meditar en algún momento de mi vida, me vuelvo a encontrar bien. He subido un desnivel de mil metros, he bajado por una desolada ladera otro tanto, y en Roya, frente a una pequeña iglesia, me han dado de comer un plato típico llamado aiolí que que suelen comer por aquí los católicos en tiempo de cuaresma y que con el postre y el café me ha dejado el cuerpo bastante arreglado.

Aiolí


La gente de la gite d'etape de Roya, además de ser la amabilidad en persona, me ofrecieron wifi, así que me di una vuelta por FB y terminé topándome con dos entradas interesantes, una de Glauco Tmelc, que me voy a permitir copiar casi enterita,y otra de Francisco G. Romero que empezaba citando a uno de los sabios más notables que el mundo ha dado: Marco Aurelio.

Escribía Glauco que “el montañismo no sólo permite elegir el campo de juego sino también las reglas: por eso en el mismo lugar se pueden jugar juegos distintos y tener experiencias muy diferentes. Hay ciertas excursiones que -por longitud, dificultad, aislamiento- nos presentan sus condiciones: obligan a la austeridad y al minimalismo, a resolver con lealtad los desafíos de la naturaleza. Esas actividades -que para el que sepa mirar tienen su estética- nos imponen su ética. No es cierto que sean rarezas, no son tesoros escasos, al contrario, están por todos lados, en todos los terrenos. Lo único que hay que hacer es imaginarlas. Eso sí, no importa lo apremiante que terminen siendo las circunstancias, tenemos que acordarnos que estamos ahí por lo que Peter Boardman llamaba un lujo y un capricho, estamos ahí por una elección de la que otros carecen”. Sí, y es que después de lo derrengado que me encontraba cuando me acogí a la hospitalidad de los dueños de la gite, la entrada de Glauco venía a poner de nuevo las cosas en su sitio. La cita de Peter Boardman me venía a recordar que estoy aquí, se acerca ya a la cuarentena, por un lujo y un capricho, estoy aquí porque he hecho una elección que a otros muchos les sería imposible hacer. Estas palabras me restituían, pese a todas las dificultades y al cansancio extremo por el que había trascurrido mi jornada, a mi condición de privilegiado. Tener todavía la posibilidad de atravesar los Alpes con setenta y tres años se me aparecía como un regalo de los dioses. Así que ahora, contemplando el fin de la tarde y tras beberme a pequeños sorbos un perolo de té con leche, no me queda otra que dar gracias a los hados que me siguen empujando a vagar por montañas y valles.

Del post de Francisco G. Romero retenía una idea que me ha sido, en la última década de mi vida, siempre querida. Dice Francisco que nunca creyó que sentarse a pensar en la muerte fuera fuente de vida. Y lo dice después de citar a Marco Aurelio, que mantenía que el hombre debe reflexionar en su epitafio frecuentemente. Caro Baroja tenía por dado que los hombres cuando han cumplido muchos años necesitan mucho tiempo para pensar en la muerte. Y mientras ella se acerca, aquel hermoso pensamiento zen: “Mientras la muerte llega toma tu sake; vive como un león y, cuando llegue tu hora, muere también como un león”.

Francisco invitaba, con Marco Aurelio, a pensar en un epitafio. Para mí es difícil pensar en un epitafio que supere en brevedad y elocuencia a aquel título con que Pablo Neruda encabezó sus memorias: “Confieso que he vivido”.



Todavía tuve un instante para consultar el correo. Había un comentario de Gustavo Catalán a mi post de ayer, que citaba unos versos de Pedro Salinas. Escribía lo siguiente: “¿Será el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, ese "largo adiós que no se acaba?".” Me siento inclinado a seguir el hilo de lo que me va trayendo tanto el camino como las ideas que sobrevuelan al calor de lo que otros escriben. Quizás mañana…

Tras dejar la gite a mis espaldas todavía quedaba el tramo más hermoso de la jornada. Trepar por un tupido bosque con la música del torrente en lo hondo del barranco y, finalmente, cuando las verticales paredes de ambas laderas de repente dieron paso a unos pequeños prados, tras cruzar el torrente por un atrevido puente, encontrar al fin el descanso deseado. El momento más grato del día me esperaba ahí como se espera largamente un regazo en el que descansar de las fatigas.