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Noche en Cabezas de Hierro

 


Cabeza Menor, 4 de junio de 2025

Metido en el saco como si fuera invierno trato inútilmente de recuperar algo de lo que he escrito. Una jugarreta más de los misterios que pueden encerrar las tripas de un teléfono. Estoy en la cumbre de la Cabeza Menor. Oigo ruidos de piedras rodando. Saco el periscopio. Media docena de cabras miran inquisitivas como si estuvieran viendo un fantasma. La niebla ocupa el lugar. La boina que cubría la cima de Peñalara hace un rato se ha apoderado ahora de todo el entorno en que he instalado mi vivac. El ambiente es de noche de invierno.

Hoy partí del Ventorrillo con la idea de darme una jartá a leer. Llevo unos veranos de caminar por las montañas que había perdido mi vieja afición a leer mientras camino y hoy decidí empezar a habituarme de cara a mi próxima salida veraniega. Caminar, escribí en alguna ocasión, es una manera de meditar. Volver a introducir la rutina de caminar leyendo parte de mi jornada me hace ilusión. Los veranos, esas larguísimas semanas de perderme entre bosques y montañas, con ser deseables siempre hacían que me costara abandonar las rutinas diarias de casa; este año no, este año espero mi partida con enormes ganas. Quizás tenga la culpa ese amago que tuve hace meses con el cáncer de próstata que mentalmente me hizo pensar lo peor. Vuelvo a mis veranos de los Alpes con una ilusión que no recordaba de mucho tiempo atrás. Tiempos de soledad, de aventuras, tiempo de dedicación exclusiva a mi persona y a mis particulares pasiones.

Empezando el sendero que me llevaría a lo alto de la loma de las Cabrillas me entraron ganas de leer a Álvaro Pombo. Paré, le mandé un guasap a Victoria con el pedido de que me enviara Matilda Turpín y cinco minutos después ya estaba inmerso en esa novela que llevaba tiempo en espera. La razón: una fotografía que vi en la prensa de Álvaro Pombo al que recientemente le han dado el premio Cervantes. Nunca había visto una fotografía suya. Me sorprendió esa imagen de hombre muy mayor atado, creo, a una silla de ruedas. Tengo cierta veneración por autores longevos. Me producen una curiosa sensación mezcla de respeto, reconocimiento y admiración. Nuestra cultura occidental, ésta de los últimos tiempos, entre sus muchas carencias está la del escaso reconocimiento que los mayores le merece, respeto sí, de atención, residencias, cuidados, esas cosas. Los ancianos en Occidente han pasado de ser fuente de respeto, sabiduría y reconocimiento, a un estatus en la escala social de segundo grado. Cosas de yayos, me escribía un joven comentarista hace tiempo en cierto grupo de montaña donde yo expresaba ideas que él desde la altura de sus pocos años e inexperiencia veía como obsoletas. Ese pensamiento de mucha gente joven que pretendiendo haber alcanzado la sabiduría estima que de setenta para arriba mejor recluir a la gente mayor en una residencia. Admiro a la gente mayor, leo todo lo que pillo de ellos y si son diarios, mejor, Bauman, Ernst Jünguer, Ernesto Sábato, Salvador Pániker, Sándor Márai… ellos saben mejor que nadie en que consiste esto de la vida y son por tanto los que más nos pueden enseñar.


Hoy he confiado ciegamente en la Aemet y aquí estoy a pelo pensando que habíamos dejado las lluvias atrás definitivamente, así que espero que esto se aligere y me deje dormir en paz.

Subí casi todo el rato leyendo pero ello no me impidió disfrutar de ese magnífico alfombrado amarillo que cubre las laderas de nuestras montañas en esta época con las flores de las retamas o los piornos. Largas nubes de tripa cenicienta cubrían a ratos el cielo, armonía de amarillos brillantes por medio del cual el sendero zigzaguea gracioso frente a la mirada tranquila primero de la Maliciosa a levante y más adelante, trepando ya hacía Guarramillas, frente a Siete Picos y Montón de Trigo oscuros y como esperando ser tragados por las nubes de poniente.


Anoche se me terminó el libro de Silvia Vidal. Lo estiré para que me durara semanas, pero fue inevitable llegar al final. No es un libro que su escritura en sí te anime a leer, pero basta hacer un ejercicio de aproximación, un intento de ponerte en la piel de Silvia y en sus circunstancias para recuperar aquello que el texto no llega a expresar, y es que la autora pasa treinta días escalando en una pared y su relato lo encierra a veces en siete u ocho líneas. El miedo, los peligros, la incertidumbre, la necesidad de izar más de cien kilos por la pared, las tormentas, el frío, el estado de ánimo, las dificultades, todo esto te lo tienes que imaginar. Aún así me corre por dentro una suerte de agradecida inquietud que nada tiene que ver con ese mundo que se me añugaba anoche, que también me inquietaba, mientras daba cuenta en mi diario de alguno de los males de nuestra sociedad. Silvia no quiere saber nada de las redes sociales, de teléfonos, de gps, de brújula. Silvia es el ser más libre que conozco, el más fiel a sí mismo. Leyéndola tienes que detener la lectura e imaginar por tu cuenta ese denso mundo que intuyes. Es la vida personal vivida con la mayor plenitud que uno pueda pensar. El hombre, la mujer al desnudo consigo mismo, con su yo, sus miedos, sus alegrías, su salvaje sentimiento de libertad. No es posible concebir mayor fuerza, mayor sensación de admiración, cuando haciendo un esfuerzo uno intenta meterse dentro de su mundo, colgada en esa inmensa soledad de su hamaca donde los días pasan lentos en medio de una persistente incertidumbre, un esfuerzo agotador, día tras días la hamaca sometida a los tremendos vientos patagónicos o a los fríos y la humedad de un remoto valle en las montañas de Alaska.

La niebla persiste sobre la cumbre, sin embargo es posible ver enfrente un rastro de luna e incluso, a mis pies, envueltos en una ligera muselina, las luces de los barcos pesqueros que faenan en el mar del llano madrileño.













 

 

 

 

 

 

 

 


Entre amigos. Noche en Alto de los Corralillos



Alto de los Corralillos, 20 de mayo de 2025

El escenario, un cielo cuajado de estrellas, el perfil de una gran roca que me protege del viento. A mi espalda, a la misma altura y a tiro de piedra, la cumbre del Torozo y hacia oriente la cuerda que nace en el Puerto de Serranillos donde el Risco de Gavilanes descuella en la oscuridad. A mis pies, como siempre que duermo en una cumbre, las lucecitas de los barcos pesqueros que faenan en el oscuro mar del llano abulense. Alguien dirá que Ávila no tiene mar. Ellos se lo pierden. Yo, cada vez que subo a esta sierra del Valle, el Gredos Oriental, lo que veo a mis pies es eso. Era un niño que soñaba un caballo de cartón, abrió los ojos el niño y el caballito no vio. Esos mismos que no ven el mar abulense tampoco creerán que las montañas hablan y sin embargo yo cada vez que duermo en sus cimas converso con ellas. Converso con el hombre que va conmigo, escribía don Antonio. Conmigo y con las montañas. A veces también con las estrellas.

Fui a los bosques, decía Henry Thoreau, “porque quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido.” Yo no sé para qué voy a los montes o camino por los bosques. A veces pienso que no hay por qué, que los porqués son una obsesiva manera, una manía que tenemos los sapiens, que no teniendo suficiente con disfrutar de lo que nos gusta, así sin más,  nos entretenemos mareando la perdiz con ellos. Voy al monte porque me sale de allí mismo, porque me gusta. No hay un porqué. Un día que Picasso se encontraba bailando, alguien le preguntó que por qué bailaba. No hay porque contestó. Bailo.



Días atrás me llamó por teléfono Santiago Hernández. Que si me sumaba a una comida por las tierras abulenses con colegas del monte, y me dio algunos nombres,  nombres que pertenecen a la historia y a la mitología de nuestras montañas, Pedriza, Galayos, Gredos, eso que guarda la memoria social de los que practicamos la montaña desde los años sesenta a la actualidad. Cómo no, le dije enseguida. ¿Por qué? A freír monas con los porqués. Al caso. Que es de agradecer que de vez en cuando alguien tenga la brillante idea de reunir a un puñado de locos a los que desde la temprana adolescencia les dio por hacer cosas rarísimas como es emular a las lagartijas. Pensar que hemos llegado a una cultísima y elaboradísima civilización para que al final haya quien dedica su vida a jugarse el pellejo en un Gallinero, o a cortejar por todos los puntos cardinales a un Pájaro o a hacer la corte a un Cocodrilo allá por encima del Callejón de las Abejas… y no te digo si  además se empeñan en acariciar el rosado granito de la picha del Sultán con la intención de llegar a la cima de su glande. Mundo de locos.

Bueno, que me salgo del tema. Agradecidísima reunión de amigos –gracias de nuevo Santiago– de los cuales algunos de nosotros no nos veíamos desde los tiempos en que el autocar de Goyo era nuestro todoterreno para llegar cada fin de semana a nuestro Shangri-La, esa hermosa tierra de Galayos y Gredos, o la Pedriza con la Fifi, y entre cuyos riscos, poco sería decir, se formó nuestro carácter y nuestra persona al calor de una temprana pasión.

Los héroes homéricos y de Virgilio, como buenos carnívoros, celebraban sus fiestas con carnes de reses y buen vino. Nosotros no hicimos hoy, por ayer, otra cosa. Buena carne, buen vino, buena mesonera, no fuera caballero de dama tan bien servido como lo fuera don Quijote cuando de su aldea vino: doncellas curaban dél; princesas, del su rocino. Y tras el postre y el café para bajar tan grato yantar, fue dar un largo paseo hasta la laguna Caña el Gallo desdedonde  sin lugar a dudas en esta primavera se contempla una de las vistas más bonitas de Gredos. Este Gredos tan especial este año que con su extenso manto de nieve recordaba precisamente aquellos tiempos que hoy recreábamos en nuestras conversaciones. Por cierto, qué hermoso es reunirse después de medio siglo y recordar con tanto calor aquel tiempo en el que básicamente se formó lo que seríamos ahora. Lo que somos hoy en gran parte se lo debemos a lo que fuimos entonces, a las pasiones que se apoderaron de nuestra alma en aquellos años.

Me tuve que despedir precipitadamente de los amigos. No quería llegar de noche al Torozo. Así que carretera. Después de llevar un buen trecho subiendo caí en la cuenta de que no había llenado mi bolsa de agua. Tuve que volver al coche y apresurar la ascensión. El sol en esta época se esconde por el llano. Fue un atardecer un poco sosito. Llegando al chozo cimero del Torozo, decidí cambiar de destino. Por aquello de mi afición a las colecciones –en el Torozo ya había dormido dos inviernos atrás– decidí que vivaquearía en el Alto de los Corralillos, la siguiente cima a oriente del Torozo.

Y bueno, que ya está bien, que es la una de la madrugada y mañana quiero despertar antes del alba para ver si hay milagro o no. Además he quedado pronto en la cumbre del Torozo con Paco, Teresa y dos amigas y no es cosa de hacerles esperar.




  

Noche en Bailanderos. Una tarde-noche llena de encuentros

 


Bailanderos. Al fondo Peñalara


Cima de Bailanderos, 8 de abril de 2025

En esta ocasión no tuve que pensar mucho mi lugar de destino. Abrí la página del Cara de Libro y lo primero que me apareció fue un papá (Álvaro Nieto) y su nene correteando por la cumbre de la Najarra. La vieja añoranza de mis hijos compartiendo la pasión de su padre desde que pudieron andar, estaba ahí en ese criajo disfrutando la nieve de la Najarra. Así que para la Najarra me fui. La Najarra, esa proa del barco, la Cuerda Larga sería el buque completo, donde tantas veces he visto amanecer, es siempre un excelente destino.

Lo que no está tan bien es subir a las tres de la tarde con la peor nieve que cabe esperar, nieve aguachirri, que decía mi madre. Tampoco había inconveniente porque hoy, milagro, no me había olvidado nada en casa, así que poco más allá de la Morcuera calcé las raquetas de nieve y me hice a la idea de trajinar con una nieve pesada nada agradable por la que ya había pasado una riada de gente. Me aparté de las huellas y me sumergí en un ritmo monótono y efectivo sobre la nieve virgen de más allá. Nieve desde el mismo puerto, pero ya se veía que esa enorme nevada de días atrás estaba desapareciendo rápidamente. Los flancos de Pebañalara aparecían blancos en su totalidad, pero se veía que ya eran objeto del inevitable desmantelamiento que se producirá a no más tardar.




Hoy me esperaba un día un tanto especial. Antes de superar el repecho rocoso previo a la pala de nieve que termina en la cima, me pasa un vecino de Soto con un equipo un tanto rudimentario. Cruzamos unas pocas palabras y sigue adelante. Al poco rato le veo darse la vuelta. Lleva los pies totalmente empapados, a lo que suma un exceso de cansancio, me dice. Aprovecho para pedirle que me saque una fotografía camino de la cima y cuando he guardado la cámara nos encontramos de repente hablando del desierto de Mauritania. Mi compañero ha trabajado en las embajadas de un puñado de países subsaharianos y del golfo de Guinea y nos olvidamos de la nieve y la Najarra y de repente estamos navegando por el río Niger camino de Tombuctú que Victoria y yo habíamos visitado años atrás; recalamos en el desierto de Cinquetti, e incluso recorremos Centro África hasta encontrarnos con el mar y el desierto de Namibia. Y como él ha trabajado también en la embajada de Nigeria, y yo he recorrido África desde Sudáfrica hasta las puertas de Sudán, y su hijo, que vive en Ginebra quiere escalar este verano el monte Kenia y el Kilimanjaro, pues que nos liamos. Sólo faltó que allí, a pocos metros de la cima de la Najarra, alguien nos hubiera ofrecido unas cervezas y un cómodo asiento para seguir charlando hasta la puesta del sol. No hubo más remedio que despedirse.

Mientras hablábamos me había llamado la atención una figura que había aparecido por una canal a la izquierda camino de la cumbre. Nos encontramos en la misma cima. Él en la cumbre y yo por debajo de ella escuchándole. No me dio tiempo a llegar hasta arriba, porque ya separándonos unos cuantos metros, empezó a hablar de una manera tan emotiva que allí me quedé con el macuto puesto y los bastones en la mano temiendo que si me desembarazaba del macuto y subía a la cumbre, iba a cortar el hilo de su emocionado relato. Me decía que hacía unos instantes se había encontrado en una zona peligrosa muy inclinada y que en cierto instante, no llevaba piolet, esa situación le puso en relación con un momento importante en su vida en circunstancias parecidas, en que sintiéndose inseguro en una pendiente de hielo de cincuenta o sesenta grados, Roberto siempre va solo, había sentido a su lado a su amigo Charly como dándole fuerzas y disponiendo su ánimo para superar aquel canalón de hielo. La presencia de su amigo estaba tan presente en él, tan cerca… vi como se le saltaban las lágrimas. Fue después que lo comprendí. El amigo que había estado a su lado protegiéndole en su soledad, Charly, era su amigo Carlos Suárez fallecido unos días atrás. Lloraba.

Hablamos tanto y de tantas cosas, su madre muy mayor con quien acababa de hablar por teléfono, su padre, esa filosofía de la vida que llevamos dentro desde que descubrimos la montaña. Roberto siempre va solo, tiene el aspecto de uno de esos indígenas de Norteamérica que hemos visto tantas veces en las películas del Oeste; lo ojos brillantes, la mirada firme e inquisitiva. Hacía fresco, pero él permanecía con una ligera camiseta y los brazos desnudos; su aspecto fuerte, la melena al aire, su estar ahí en medio de sus montañas de ese modo eran un canto a la virilidad. Era un hermoso espectáculo mirarle mientras hablaba. Hacía rato que habíamos hecho una pausa y yo habían subido hasta el cilindro geodésico y me había sentado frente a él. Él a la derecha y Peñalara a su izquierda componía un cuadro armónico. Quise hacerle un retrato. Accedió. También yo quise uno para mí. Antes de despedirnos nos dimos un fuerte abrazo como sólo los amigos de toda la vida se los dan. Cargó con su mochila y desapareció tras los bloques de granito de la cumbre. Más abajo le vi ponerse las raquetas de nieve y bajar briosamente camino de La Morcuera.

Me quedé solo con Manuel, que había llegado a la cumbre un momento antes y había mantenido una discreta distancia mientras Roberto y yo hablábamos. Estaba admirado por el tono de nuestra conversación, me dijo cuando estuvimos solos. Fue el primer momento que tuve para admirar lo que teníamos a nuestro alrededor. La Pedriza desde la Najarra, más hoy con la nieve, tiene el aspecto de una atrevida estribación de altas montañas. La cima de la Najarra, que probablemente nuestros ancestros de alguna época glaciar anterior, utilizaron como campo de fútbol, es un lugar excelente para vivaquear, pero, pensé, ¿porque no aprovechar esta excepcionalidad blanca para recorrer una parte de esta dorsal antidiluviana que es la Cuerda Larga?

Total, tras las fotografías correspondientes, me despedí de Manuel, me calcé las raquetas y eché a andar camino de Bailanderos. Vería si podría llegar antes de la hora de los milagros a su cima. De Bailanderos para allá el manto de nieve lo cubría todo con la elegancia que dejan sobre las laderas las grandes nevadas. Viendo aquello ya empecé a pensar que sería buena idea subir al día siguiente hasta Asómate de Hoyos y bajar después hacia las Torres y desde allí hasta Canto Cochino, una ruta que había proyectado hacía tiempo con Julio Gosan y que habíamos ido posponiendo. Entonces habíamos pensado dejar un coche en Canto Cochino y otro en Morcuera. En esta ocasión sólo hay un coche, el mío, y está en Moncuera. Ya pensaré qué se me ocurre mañana para regresar desde Canto Cochino.

Hoy va larga mi escritura. Si alguien desea socializar, nada más tiene que venirse al monte solo, que si hay suerte como la hubo hoy, el día se llena de encuentros y amigos. Con los que van hasta ahora podría haber cubierto unas cuantas tertulias, pero todavía quedaba una sorpresa, la guinda sobre el pastel de la tarde.

No las tenía todas conmigo. Cualquier parte de la cuerda que eligiera para dormir me ocultaría la salida del sol, que seguro se alzaría tras la Najarra, así que resistí la tentación de vivaquear en algunos claros antes de llegar a Bailanderos. Allí seguro que podría asistir tanto al espectáculo del atardecer como de lo juegos de luces del alba. Tendría que llegar hasta arriba del todo. La nieve estaba realmente pesada y pensé que mucho me tendría que apresurar si quería llegar a tiempo. De hecho, en la última rampa la lengua me llegaba al suelo. Me tomé las pulsaciones. Andaban por 155. Vamos, que según el cardiólogo estaba excediéndome en casi treinta pulsaciones, nada saludable para un cuerpo de 76 años camino de los 77. Coño, pero es que el sol ya había vestido de caramelo las laderas que iba dejando atrás. Pero sí, llegué. Al otro lado de la cumbre lucía sin embargo un inmerecido sol de despedida. No obstante hice lo que  pude. Monté el trípode y algo salió.

Luego encontré un sitio muy chulo entre unas rocas y allí me aposenté. Abajo, sobre el valle, el Principito farolero había cumplido su cometido y la luz desperdigada de las farolas salpicaban el llano. Cuando me puse a derretir nieve las luces de la llanura de Madrid brillaban como siempre me parecen a mí que brillan, es decir, como lucecitas de barcos pesqueros que faenan en el mar nocturno de allá bajo mis pies. Cuando vivaqueo en las cimas de Gredos, me sucede lo mismo, sólo que allí el mar a mis pies es más profundo, más negro.

Hoy no sé si voy a acabar con la paciencia de los que suelen leerme, pero es que el día se llenó de tantas bondades inesperadas… Así que estaba yo preparándome un poto de caldo de verduras en la negrura de la noche, cuando por encima del ruido del infiernillo y de mi sordera, me pareció oír algo. Ni caso, a lo mejor era un oso que al olor de mi sopa se había acercado. El dato es que como no le hice caso al oso, éste resoplo más fuerte dando las buenas noches. ¡Hostia!, me dije, lo mismo es un oso que quiere charlar conmigo. Así que me di la vuelta y resultó que no era un oso, que ahora el vecino que tenía ante mí no era de Soto del Real, sino de Bustarvejo. Se trataba de Moisés Moilibelula que, aprovechando la media luna crecida, se estaba dando una vuelta por estos parajes. Nos presentamos. Moisés, que había dado las buenas noches y al no tener respuesta pudo pensar que se había tropezado con un montañero borde y maleducado, casi se disponía a seguir su camino cuando yo caí del guindo. Creo que es la primera vez que tengo una visita nocturna en estas circunstancias. No puedo decir qué aspecto tenía Moisés porque en la penumbra sólo atisbaba parte de su rostro. Pero, coño, que agradable encuentro. Mi poto de caldo estaba precisamente a punto para dar cuenta de él. Parecía como si hubiera estado esperando la llegada de Moisés. Moisés, se quitó los esquís, yo me incorporé, él se sentó enfrente y ya estábamos ahí de charla, no como la cosa más normal del mundo, sino como la cosa más agradable de la noche. El universo sobre nosotros; la Osa Mayor, la Luna y Orion allá arriba como invitados de piedra sorprendidos de este encuentro casual; la oscuridad, la soledad de la sierra a nuestro alrededor; un escenario perfecto para charlar durante un buen rato en los altos guarrameños. Supuse que tendríamos amigos comunes. Le mencioné a Moisés Castaño, pero no, eso pertenecía acaso a un tiempo en que él era niño; sí conocía a Vinches o a Carlos. Yo le llevaba 20 años, así que quedaban por medio dos generaciones, pero era lo mismo, en la cosa del monte poco cuenta la diferencia generacional. Charlamos un rato, nos terminamos el caldo y Moisés, que venía caliente y ligero de ropa con la caminata, se estaba quedando frío. Tuvimos que despedirnos. Hoy era el segundo abrazo de esos que das cuando etcetera… Se volvió a poner los esquís, nos dijimos un efusivo adiós y desapareció en la oscuridad.

Mas de la una de la madrugada y yo mañana queriendo ver amanecer. Veremos.

***

El Chorrillo, 9 de abril de 2025

Amaneció pichí pichá. Esto de los amaneceres es una auténtica lotería. Hoy no hubo suerte. Tendría que haber madrugado para pillar la nieve dura, pero no fui capaz. Fue agradable, no obstante, desayunar al sol mientras éste se abría paso entre las nubes del horizonte. Hoy tendría por delante un día realmente fatigoso. Me calcé los crampones y funcionaron bien, pero frecuentemente la nieve cedía. Desde Asómate de Hoyos, Peña Lindera, alzada solitaria sobre el llano nevado, ofrecía un bello espectáculo junto a las Torres un poco más a la derecha. Llegué cansadísimo al collado de Prado Pollo. Allí me quité los crampones, me hidraté, tomé un piscolabis y me sumergí en el valle frente a la Bota. Ese siempre magnífico recorrido que tantas veces repetí a lo largo de los años. Me decía Francisco Lorenzo en un comentario a mi reciente post, aquel de Ellas y nosotros, que “Un capitulo mas, de peleas entre perros y gatos, que pesadez ¡¡¡”. Le contestaba yo que es que la vida es perpetua repetición desde que nos levantamos, pasamos por el baño y así sucesivamente hasta la noche. El perfume de lo femenino volverá, volverá... como tantos otros temas. Lo mismo con este recorrido pedricero, uno de los más bellos de nuestra sierra; lo repetiremos una y otra vez siempre sorprendidos de su belleza y complejidad; llama a esa belleza y complejidad mundo femenino y tendremos un paralelismo coherente.

En Canto Cochino estaba tan cansado que no dudé en sentarme en la carretera a esperar a que alguien me llevara en auto-stop hasta un lugar donde hubiera cobertura y pudiera localizar un taxi que me llevara de nuevo al puerto de la Morcuera. Un hombre joven paró y me dejó en una terraza de Manzanares. Así que comí y mientras daba cuenta de una torrija y un café con leche, localicé un uber que cerrara el círculo de mi recorrido. Cansado pero contento.


 

 

 

 

 

 


Noche en Peña Águila

La Peñota desde Peña Águila

 

Cima de Peña Águila, 27 de marzo de 2023

Desde casa apenas se veía la sierra. La bruma dejaba adivinar algo; muy poco. Así que pensé que ya decidiría el destino por el camino. Metí las raquetas de nieve y los crampones pero olvidé la tienda y una ligera funda de vivac que llevo siempre para casos de emergencia. A la altura de Villalba ya podía comprobar que una enorme boina de nubes cubría la parte central de la sierra. No tenía más remedio que elegir un lugar que en caso necesario me pudiera ofrecer alguna protección. ¿El pequeño refugio de Peña Citores, el del Cerro de la Camorca, Cabeza Lijar, Peña Valiente, acaso el refugio de la Salamanca o el de la Najarra? Me decidí por la Salamanca, pero cuando fui a salir de la autovía me encontré con que el acceso al Alto de los Leones estaba cortado. Y ya en San Rafael, tan tarde se me había hecho y la tanta nieve que cubría el bosque, me hizo volverme atrás. Me di la vuelta, volví a cruzar el túnel y pese a la boina que cubría La Peñota y Peña Águila, decidí subir a esta última desde Los Molinos, la zona más despejada. Por Maliciosa parecía como si algún monstruo en forma de raya marina estuviera dispuesto a tragarse a ella y a toda la Cuerda Larga.

No las tenía todas conmigo. Después de tres meses de inactividad, un poco sí me atemorizaba esta salida. El frío, la nieve, la soledad, esas cosas, pero no duró mucho ese temor. Miré de reojo las raquetas y los crampones y me dije, demasiado peso, otra vez será. Al fin y al cabo la ladera sur de la Peñota estaba despejada de nieve. Al poco de andar ya casi me sentía como otras veces. Los carboneros garrapinos andaban por ahí como siempre alegrando el bosque con su canto.

Notaba el peso del macuto, pero logré llegar hasta la cima de Peña Águila de un tirón, pese a que en algunos lugares la nieve cedía y me hundía hasta los mismísimos. Había subido envuelto en la niebla pero ya casi arriba despejó y ésta quedó abajo como un encrespado mar de grises claros. Por poniente el sol hizo un atisbo de abrirse entre ella pero el intento fue vano. Sólo me dio tiempo a tomar unas pocas fotografías y nada más. Se me estaba haciendo de noche y no había viento, así que no busqué mucho. Confíe en que ni el viento ni la nieve o la lluvia vinieran a molestarme. Como también me había dejado la pala de nieve en el coche tuve que patear lo mejor que pude la nieve para hacer un pequeño nicho en el que instalar mi colchoneta y el saco de dormir.

He olvidado en casa también la linterna, así que me ha tocado comer a ciegas. Hoy recordaba cierta noche con Emiliano de Diego en La Barranca, una de nuestras primeras salidas. Aquel día nos habíamos protegido del mal tiempo entre las ruinas del hospital, una noche terriblemente oscura en que ambos también habíamos olvidado las linternas. Creo que nunca he experimentado una oscuridad tan absoluta. Fue realmente complicado instalar nuestro vivac y cenar. Por más oscuro que esté, siempre al cabo del rato puedes percibir la forma de los objetos. Allí era como estar ciegos. Hoy hacia frío y no tenía ganas de andar trajinando con la cena, así que introduje la bolsa en el saco y a tientas fui metiéndome en la boca lo que pillaba.

Se lo decía a alguien hace un momento, estoy como niño que estrena zapatos nuevos. Y lo bien que me va a venir despegarme un poco de las noticias que estos últimos días me tienen un tanto absorbido. Un amigo me advertía precisamente hoy de que me estaba tomando las cosas del gobierno y la UE con demasiado calor, pero es que es tan difícil cuando uno siente tan fuerte dentro de sí que le están intentando engañar, que nos tratan a los europeos como imbéciles preparándonos por todos los medios, ahora esa provisión de 72 horas por si acaso, qué casualidad en el mismo paquete que el desarme; ese temor global que un analista político ayer simplificaba diciendo que el enemigo para los pueblos de Europa ahora no es Rusia, que el enemigo son los dirigentes de la UE. Hay quien percibe estos asuntos globales en que estamos como quien ve llover. A mí me parecen de tal trascendencia que aunque no quiera me sale la indignación a borbotones de dentro; me sucedía ayer con el asunto del rearme.

De momento la niebla ha desaparecido, la Osa Mayor preside el cenit. Sin embargo, un gran nubarrón avanza pesado desde las cimas de Siete Picos al ritmo de la Cabalgata de las Walquirias en la versión de Coppola en Apocalypse Now, donde la música acompaña dramáticamente la escena del ataque de helicópteros.

Desde hace mucho tiempo el sueño se me ha hecho muy frágil, incluso renuente. Pienso que quizás tiene que ver con la melatonina, que acaso inhibe el par de horas que paso frente a la pantalla del teléfono. Paso mucho tiempo despierto. El viento, no muy fuerte, vapulea mi saco de dormir. Por su boca entra un pequeño chorro de aire. Pero se está bien; respiro con gusto estas raciones de soledad que me proporciona estar durmiendo entre la nieve. Ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Espero la hora del alba, siempre esa posibilidad de que el cielo se vista de oro y grana. Echo una ojeada fuera. Ahora está despejado pero la contaminación lumínica resta profundidad al firmamento; esa espléndida oscuridad del cielo de Gredos está ausente en Guadarrama.



Pensaba hace un rato en la invitación que me hizo días atras José Luis Ibarzábal para participar en la Travesía de los Tres Circos, en Gredos. ¡Quién pudiera volver a aquellos tiempos precisamente en este momento en que el Circo ha vuelto a las condiciones de nieve de antaño! ¡Gredos y sus altas rutas de tan grata memoria! No volví a calzar los esquís después de principios de los años setenta y siempre usando esquís de travesía y con una técnica más bien primitiva. Son ese tipo de cosas que tampoco están ya a mi alcance. Doña Añoranza me visita todavía en ocasiones. La misma que adivino en algunos compañeros que suben constantemente fotografías de época. Santiago Pino de su ascensión a la Oeste del Naranjo; Luís Alberto recientemente imágenes digitalizadas de diapositivas de las antiguas Altas Rutas; Laureano, de viejas escapadas en Pirineos o Alpes… tantos. El testimonio de viejas pasiones que todavía hoy resucitamos con la tozuda disposición de quien no querría abandonar las montañas ni siquiera en las puertas de la despedida definitiva. Todavía recuerdo a Julio Armesto contando con ilusión el tiempo que vendría después de su enfermedad en que con seguridad volvería a escalar. Fue precisamente vivaqueando en una de estas cumbres que me enteré de su fallecimiento. Recuerdo haberle escrito entonces una cariñosa carta de despedida desde mi vivac. La Parca se llevó al otro mundo esa aspiración suya. Descansa en paz, Julio.

En cosas así pienso en estas noches de sueños interrumpidos. Otras veces me da por hablar con la montaña, un diálogo silencioso como el de dos amigos que caminan juntos y en cuyo caminar sobran las palabras. Volver a la montaña es volver a ti mismo en lo que eres y en lo que fuiste, esos pedazos de vida que a veces se nos extravían en la memoria y que conviene rescatar en lo posible. Días atrás, por ejemplo, que salió hablando con un amigo por guasap cierta ocasión en que él había hecho la Integral de Gredos, una persona a la que no logro rescatar en mi memoria. Cuando comentando aquello, aumentamos la resolución del zoom, él nombró a Moisés Castaño y a Luis Bernardo Durán y a “otro” más cuyo nombre no recordaba, y además citaba el último vivac de la Integral al pie de los Hermanitos, terminé comprendiendo que aquel “otro” era yo mismo. Probablemente él formaba cordada con Luis Bernardo, mientras yo lo hacía con Moisés Castaño. Es posible que hayamos compartido la misma cuerda y sin embargo, ahí nos encontrábamos mandándonos guasaps como dos desconocidos que casualmente coinciden en un grupo. Así se comporta de vez en cuando la memoria. Las noches en vela traen regalos de este tipo. Los males del mundo que vivimos en este momento desaparecen y de repente te encuentras con pequeños rincones del pasado que salen poco a poco de los resquicios del insomnio.

Y entre unas cosas y otra en el cielo han empezado a aparecer las primeras débiles luces del alba. Las nubes cabalgan sobre la Maliciosa y amagan con engullirme y cubrir de nuevo la cima de Peña Águila. Las brasas del horizonte se encienden ahora a la derecha de la Maliciosa y las masas de nubes se hunden en el valle de La Dehesilla tras atravesar el puerto de la Fuenfría.

Mi saco está cubierto de una gruesa capa de escarcha. Las nubes trotan a mis pies mientras el alba intenta brotar como una flor sobre las faldas de la Maliciosa. Visto el espectáculo vuelvo a quedar profundamente dormido hasta que el sol viene a pegarme de lleno en el rostro. Hora de desayunar, recoger y a paso tranquilo, como quien quiere disfrutar a fondo de la mañana, descender la montaña camino de casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Nochevieja en Peñalara

 



Cumbre de Peñalara, 1 de enero de 1984

Dormí cinco horas. Cuando me desperté ya había cambiado de año. Desde hace mucho tiempo no hay nadie más ajeno que yo a las efemérides que rondan el tránsito de los años, un paso del tiempo que al decir de Einstein acaso ni siquiera existe. Somos, vivimos, cogemos una curda, nos malcasamos, o si tenemos suerte nos biencasamos, tenemos hijos y viajamos, pero aún así todo eso, según cierta ley de la relatividad, quizás acaso todo ello suceda en un instante. Una interesante paradoja que no he logrado entender pero que a veces recuerdo como una posible opción, y ello pese a la memoria que tiene la dichosa manía de querer ubicar todo en ciertos compartimentos llamados meses, años o días. Si el tiempo era para cierto escritor norteamericano el río en el que él pescaba, yo preferiría que el tiempo fuera un espacio en donde cerrar los ojos y tener todo a mano.

Recuerdo que en mi última noche de dormir en Pedriza, en ese maravilloso espacio que Julio Gosan ha bautizado como el Kubil, en un punto en el que tardaba en dormirme, me dio por recorrer mis vivacs en las cumbres de todo el Sistema Central durante los cuatro últimos años (imposible no echar mano a esa herramienta que llamamos tiempo). Empecé recordando los más extremos, el Calvitero y el Canchal de la Ceja, seguí por la Azagaya y la Covacha y así fui recordando noche tras noche pasando por el Meapoco, el Almanzor, la Mira y todos los Picos de la Sierra del Valle. Cuando aquello se me acabó salté a la Almenara y continúe por Guadarrama. Fue un paseo fantástico el recordar mis noches, invierno, primavera u otoño, en todas aquellas cimas hasta alcanzar la Sierra del Rincón, el Pico del Lobo y el Ocejón. Quizás esa noche me acerqué a esa intuición de no existencia del tiempo porque era como estar viviendo todas esas noches bajo las estrellas en el mismo instante. La sensación de estar viviendo una magnífica experiencia en donde no cabía la continuidad, todo era simultáneo, siempre estaba ahí el atardecer brillante o sin chicha ni limoná y las constelaciones y los planetas y las largas noches de íntima relación con las cumbres y el firmamento. Una situación así se acerca creo yo a una idea del tiempo estancado e inmóvil en donde todo sucede en un instante. Ni qué decir tiene que me dormí como con una gran sensación de bienestar.


Otro asunto relacionado con el tiempo es ese entusiasmo que la gente pone en estas horas de tránsito como hoy. A veces sospecho que esto de la Navidad, Nochevieja, Carnaval y tantas otras celebraciones no son otra cosa que el esfuerzo por salir del envaramiento y la rutina de los días. El cuerpo hace todo lo posible para entre rutina y rutina establecer hitos que amenicen lo que podría ser el tránsito por una autovía a lo largo de miles y miles de kilómetros. Y la sociedad lo hace muy bien. Incluso para aquellos que odian la Navidad ésta al fin de cuentas, con su turrón, sus luces, sus fiestas, sus regalos, son como otras, el Carnaval, por ejemplo, el conveniente cambio de ritmo, lo otro que nos saca de la rutina. Vamos, como en la música, esa inesperada irrupción de un clarinete, el cambio de melodía, el zambombazo final de una sinfonía, esto de fin de año, el folclore de las uvas y el champán para celebrar qué. Para celebrar nada, que seguimos vivos y que nos gusta montón continuar estándolo, vivitos y coleando. De ahí está irrupción a saco en el Año Nuevo.

Espabilado como estoy, tanto o más como todos los vecinos que allí abajo a mis pies en  el llano segoviano en este instante lanzan fuegos artificiales y deseándose lo mejor unos a otros para el año que comienza, no sé yo si debería escribir mi crónica habitual o por el contrario dedicarme a repasar el año que dejamos atrás y como correlato hacer una pequeña lista de buenas intenciones para el año que entra, que siempre viene bien. No sé. Mientras lo pienso doy el parte: temperatura ambiente – 5° C, sensación térmica – 9°C, viento moderado de aproximadamente 20 Kms/h. Cielo despejado. Dentro del saco la temperatura es confortable.  Así que todo en orden.

Recuerdo que cuando era niño, y en ocasiones no tan niño, y acaso bajo la influencia de los ocho años de escolarización en los Salesianos, Año Nuevo era el ejemplo de reflexión para considerar cuánto uno había sido un tipo un tanto repulsivo, amable, cabroncete, buena persona. Buena, esas cosas que para algunos son monsergas de curas y para otros un modo de llamarnos la atención a nosotros mismos. Recuerdo que cuando estudiaba inglés, el método por estas fechas inauguraba un capítulo titulado New year resolutions. El método se estructuraba en torno a una historia protagonizada por un joven despistado y torpón llamado Arthur. Arthur en aquellas circunstancias se hacía montones de propósitos que luego por supuesto no cumplía. A mí mis propósito de adolescente sí me valieron. Me ayudaban a mantener un poco el control de un espíritu apasionado y tímido que había de reconducir constantemente. Aún practico aquello de tanto en tanto. Suena a cosa de niños, pero funciona eso de intentar ser buena persona; ser buenos, decíamos entonces, es una cosa que deberíamos intentar practicar todos.

Mi termómetro marca 5 bajo cero, pero apenas se puede ver, la escarcha cubre la pantalla. Mi saco está también escarchado como un árbol de Navidad, pero dentro no se nota. Asomo la cabeza por el ventanillo del saco de dormir y la constelación más aparente es la sartén de la Osa Mayor. Hace viento pero el pequeño corralillo que he encontrado a cincuenta metros de la cumbre, me protege bastante bien. Son cerca de las dos de la mañana y dudo entre intentar dormir o leer un rato a Steinbeck y a su perro Charley que esta noche han acampado en un bosque de secuoyas. Jamás he logrado aprender la situación de los estados de Estados Unidos, pero en esta ocasión algo me va quedando desde que salieron de Nueva York, primero hacia el norte, Maine y Vermont, después rumbo oeste por Michigan, Wiscosin y otros hasta uno de los parques nacionales de la costa oeste donde Steinbeck tuvo que darse vuelta porque los osos ponían frenético a su perro Charley.

En fin, como le decía hace un momento al amigo Paco, es un bonito lugar éste para echar un sueño en el frescor de la noche, y acaso para echar un vistazo al pasado y sentir el corazón caliente. Creo que sí, voy a leer un rato.

Feliz Año nuevo a todos. Buenas noches.

 


Nota: Quizás alguno hayáis reparado en la fecha del post, 1 de enero de 1984. Se trata de una llamada de atención para los quisquillosos de las prohibiciones. Seguiré utilizando esa año de publicación para todos mis post que escriba en lugares donde llegan las prohibiciones. Hoy tuve una instructiva charla con el forestal encargado del parque. Cuando pasé por su garito quiso interesarse por dónde había dormido. Le contesté que siendo forestal no tenía más remedio que mentirle. Charlamos durante casi un cuarto de hora. Charla amigable sobre asuntos que no voy a mencionar aquí porque ya lo hice en el pasado en exceso, el tema de las prohibiciones de vivaquear y demás. Incluso aceptó, sin mucha alteración en el rostro, que le dijera que en la comunidad de montañeros en general los responsables del Parque son considerados paletos y vándalos. Después sostuvo la tesis de que los vivacs son cultura a proteger, algo que se da de bruces con la realidad en casos aislados, pero que al menos demuestra cierto grado de comprensión. El dilema masificación y respeto de las minorías, era claramente un asunto sin resolver. Nos despedimos amigablemente.