Mostrando entradas con la etiqueta Camino de la Plata. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camino de la Plata. Mostrar todas las entradas

La hora del regreso


Antequera –Madrid, 7 de noviembre 



No sé, pero desde el día del viento encuentro el suelo más duro. Además del aislante que me había encontrado semanas atrás en el puro suelo del camino nuevecito, como perdido por alguien que no lo hubiera llegado a usar, usaba un minicolchón de aire que había reparado varias veces sin conseguir que llegara a ser totalmente estanco; lo inflaba pero después del primer sueño ya había perdido la mitad del aire. Me servía bien para esa parte de la noche, la que es más reparadora de nuestro sueño y cansancio. El caso es que el día de la ventolera de Torrox, con el follón del viento y la arena que se me venía encima perdí la funda. Por la mañana, al no encontrarla decidí prescindir también del colchón, se lo dejé a los negritos que debían de pasar allí las noches de frío. Mis huesos echan de menos ahora el dichoso colchón. 



Las seis de la mañana. La noche es muy oscura. En el valle, bastante abajo, los faros de coches esporádicos barren la oscuridad. Desciendo con la luz del frontal encendida, oigo el ruido de mucha agua más abajo, me encuentro con un riachuelo caudaloso que me obliga a buscar un paso un centenar de metros más abajo. Durante un buen rato camino por la carretera, poco a poco se va encendiendo el cielo, no tardarán  en iluminarse las montañas sobre las que apoya la espalda Villanueva de la Concepción. Lo hacen casi de repente, como el sol ese que se enciende sin aviso sobre la picorota de la grandes montañas, sol de caramelo para una fría mañana de invierno. Hoy por primera vez llevo el jersey puesto, casi echo de menos lo guantes de lana. Mi camino tierra adentro se va a ir encontrando poco a poco con el clima continental, dejo atrás la suavidad climática de la costa a la que el mar presta de continuo el generoso poder calorífico que se encierran entre sus aguas. 



Cuando dejo a mis espaldas Villanueva el paisaje que se vistiera de fiesta, la muselina de las lejanas montañas del sur ocupan los valles y disuelven en suaves azules las laderas de los montes, los campos; una gradación de ocres y amarillos tostados se trenzan con los caminos de labor, con fachadas encaladas que salpican los campos; a mi derecha los grandes farallones de la serranía del Torcal acentúan su esbeltez según gano altura. Fue por estos parajes que empecé otra vez a pensar en cómo, dónde terminaría mi vuelta a España. Una cuestión de estética visual me remitía a cerrar el recorrido llegando a Sevilla, otra me decía que ya metido en el Camino Mozárabe bien podía llegar hasta Mérida donde éste termina y se junta con el Camino de la Plata, y una tercera me pedía llegar hasta Córdoba donde finalizaba el track que había bajado de Internet. El caso es que desde el punto de vista visual, al recordar que cuando recorrí España de sur a norte pasé por Antequera haciendo el GR–7, la línea de mi recorrido actual venía a unirse con ella. Las líneas que se juntan, me dije, ya tenía un dónde concluir, ya me veía yo el dibujito de mi vuelta a España yendo a toparse con aquel GR–7 que unía las tierras de la Península corriendo de sur a norte. Sí, estaba decidido, terminaría en Antequera y uno de estos días en casa me entretendría en dibujar ambos itinerarios en la pantalla. Y ya puestos añadiría otros caminos hechos, como el que cruza España de este a oeste, el GR–10. Otra razón para terminar aquí era el espléndido escenario en el que me movía, un buen lugar para poner un punto final a mi aventura, amén de saber que pasando el AVE por Antequera, poderosa razón por demás, esta misma tarde podría estar en casa. 




El magnífico descenso desde el Torcal sobre Antequera, inesperado y como quien desciende de la nubes sobre la tierra de los olivos, el paisaje todo iluminado por la cálida luz de la primera hora del día que se demoraba inexplicablemente allá abajo entre los olivos, entre los sienas y los colores pardos de lo campos. La caliza clara del Torcal se había abierto paso desde el altiplano y de golpe, asomada como a un balcón en la rocalla, el camino se había precipitado hacia el llano por una senda empedrada que describía grandes bucles descendiendo entre las rocas como una improvisada escalera de Jacob sobre los olivares. 

Las maravillas de nuestro nunca suficientemente loado Internet conseguirían que pudiera comer tranquilamente en la estación y pocos minutos más tarde me embarcara rumbo a mi casa. Improvisada y maravillosa conjunción de hechos que te permiten hoy estar aquí, esta tarde allí. Si días atrás filosofaba sobre el tiempo poniendo de relieve la extrema rapidez con que éste transcurre, algo parecido podría decirse del espacio, el espacio puede estirarse y encogerse como las tripas de Jorge dependiendo del dinero de que dispongas y de la infraestructuras viarias del país por el que te mueves.  Ni soñando se me hubiera pasado por la imaginación cuando esta mañana me desperté con la brillantez de Júpiter encima de la cabeza acompañado por Cástor y Polux, que la siguiente noche iba a pasarla en el acogedor espacio de mi cabaña. 



Ahora, mientras me como un sándwich acompañado por una cerveza. el tren atraviesa en las medias luces del atardecer el norte de Andalucía. Recuerdo mis trabajos de esta hora, la horas de la escritura, la hora del mar golpeado contra las escolleras, pasando suavemente el suave rizado de sus olas por la arena, ahora negras, ayer rubias o doradas, la hora del crepúsculo, del fuego, de las delicadas pinceladas malvas y rosas, la hora de las estrellas poblando el cielo. Hoy la hora del regreso.


Ah, por cierto, al hacer limpia en mi teléfono de los archivos de sonido me encontré una segunda grabación de Antonio el Cantaor, que aparecía en uno de mis post semanas atrás, y que  viene al pelo e incluyo aquí. Dice él antes de comenzar su canto:

Todo en la vida 
tiene un principio y un final
como el agua cristalina
que siendo hija de un manantial
se pasea por las colinas
unas veces cuesta abajo
y otras veces cuesta arriba
pero siempre acaba en la mar.




Aquí tenemos la música, también el mar, el alba, el amor, el sentido de la vida, cosas todas ellas componentes de ese hermoso caminar que es la vida y el país que habitamos.

Y gracias a todos vosotros que me habéis acompañado en esta atractiva y laboriosa vuelta a España. Hasta otra. 




































Muestra fotográfica del primer tramo de la vuelta a España



He hecho una selección de las mejores fotografías de los tres caminos. Haciendo clic en las fotografías podéis ir directamente a la presentación de las mismas. 


















ç


Fin y principio de un camino



Monte do Gozo, 28/02/13

Mañana temprano en un bar de Santalla después de una larga caminata nocturna desde Monte do Gozo. El esfuerzo por recuperar cierto clima perdido en estos dos últimos días: la cercanía de Santiago, la presencia de más peregrinos, la entrada en la ciudad, el alboroto de los turistas alrededor de Dop y Vermell, la presencia mema de la policía local esgrimiendo ordenanzas municipales para molestar nuestro tránsito por el centro de la ciudad. El barullo. Uno no ama el barullo, la montonera de gente, todo aquello que le aleja de uno mismo, de un ensimismamiento que es el camino; ensimismamiento, relajación íntima con el camino, el barro, los imponentes eucaliptos que jalonan la senda. Al viajero parece asustarle la ciudad cuando después de semanas de vivir día a día discurriendo por el campo, sorteando riachuelos o persiguiendo el trino de algún pájaro, una toma interesante para su colección de fotografías, se encuentra constreñido al medio urbano. Raro que es uno, qué le vamos a hacer.


Siento que hoy tendré que hacer un importante esfuerzo de regreso a las fuentes, el camino como meditación, recreo, comunión con la naturaleza, charla tranquila acaso con Ramón, su caballo o su perro cuando nos volvamos a encontrar, que nos encontraremos, a lo largo del día tras un breñal o en las estrechas calles de una aldea. Persecución de la austera caminata, de la lectura mientras se van haciendo leguas, de recreo con algo de esa música que tengo abandonada en el ipod y a la que raramente llego porque el día se me hace extremadamente corto. Sí, echo de menos a Kaname y a Misako de mi novela de Junichiro Tanizaki y de los que tan cerca me sentía en pasados días; sus conflictos de pareja, el dolor de la separación porque para ambos el otro había dejado de ejercer esa atracción que lleva a los hombres y mujeres a desearse y a quererse con fuerza arrolladora; también sus dilemas en torno al hijo, al bienestar del otro cuando ya no sean marido y mujer. Y cosa curiosa, también echo de menos el denso discurso filosófico, político y social de Lefevre a última hora haciendo disección de la obra de Nietzsche y contraponiéndola a la de Hegel y Marx. Nietzsche que viene a recuperarnos de las manos del estado hegeliano como monstruo capaz de absorber toda nuestra individualidad, nuestra más íntima condición de persona en aras de esa abstracción colectiva que se escapa del control de los ciudadanos para constituirse en ente regido por unos pocos individuos, especialistas, tecnócratas, políticos siempre mediatizados en gran medida por intereses ajenos al bien común. Un Nietzsche que trata de recuperar el gusto por la vida, lo apolíneo, la individualidad creadora que el inmenso pulpo del Estado parece querer estrangular. Recupero con esta lectura mi gusto por el poeta filósofo, a veces triste, enclaustrado en un amor imposible, litigante con los hombres de pensamiento de su tiempo, solitario y tantas veces tan absolutamente diferente a ese otro personaje que es el Zaratustra de su libro homónimo y que tanta fuerza fue capaz de infundir en mi ánimo en los años más jóvenes, cuando el apremiante discurso de aquel era capaz de propulsar en la gente joven el espíritu vivificador de una fuerza nueva capaz de arrasar montañas. La voz de Así hablaba Zaratustra suena así hoy todavía en mis oídos con la inmensa fuerza de la sangre nueva que hace que nuestro cuerpo haga frente reciamente a los problemas hasta el punto de disponernos a hermosas aventuras que tanto incluían la escalada de paredes de granito insólitamente verticales, como afrontar el frío amenazante de los inviernos en las agrestes montañas de Gredos o los Pirineos. Tiempos en los que bebíamos de muchas fuentes nuestra fuerza, y una de las cuales era sin lugar a duda la escritura de Nietzsche.

Cada uno debe saber lo que le alimenta y estimula. Ese es el verdadero conocimiento, o mejor el camino que nos lleva a él. Conocer lo que el cuerpo te pide, lo que éste anhela a fin de que las emociones, las sensaciones, como un atractivo huerto a cultivar, crezcan sedosas y atractivas llenándonos el cuerpo de sugestivo bienestar. He ahí un conveniente modo de mirar las cosas de la vida. Que ésta sienta la atracción magnética de aquello que la hace crecer, que la abona y estimula y sepa pararse por tanto en el camino para buscar alrededor esas pequeñas sensaciones que al final del día, como el sol o el viento sobre la cara, habrán dejado la huella en nosotros llevándonos a la paz de ese tranquilo sueño del que está a gusto consigo mismo y se entrega en los brazos de la noche al sueño reparador.


Ayer amaneció ventoso. Arrebujado en el calor de un paso brioso caminé durante horas hasta que encontré un lugar resguardado a donde llegaba la cálida caricia del sol. Allí, mientras daba cuenta de medio bocadillo que me había sobrado de la cena del día anterior, esperé al caballero andante que no tardó en hacerse visible precedido por el incansable trajinar de un lugar para otro de Dop; Ramón llegaba como un gran señor cabalgando a su rocín, el paciente y sufrido Vermell. Nos saludamos como amigos que no se ven en varias semanas. Esta mañana nos despertamos a la par y le ayudé a preparar sus cosas y a enganchar las alforjas a Dop. Éstas se encontraban en la puerta del albergue y yo las tomé sin más. La puerta, liberada del tope, se cerró suavemente a mis espaldas. Un minuto después oí una fuerte jaculatoria de Ramón a mi espalda. Nos habíamos quedado en la calle, la puerta se abría por dentro, pero no desde fuera. La mitad del equipaje estaba dentro. Un buen chasco, era todavía de noche y dentro los cuatro peregrinos restantes dormían. No había más remedio que despertarles. Si no hubieran estado ellos dentro probablemente tendríamos que haber postergado nuestra partida tres o cuatro horas, una hora conveniente para llamar por teléfono a la hospitalera a su casa para que viniera a abrirnos. Emilio, un hombre de Orense con el que coincidíamos de días atrás en restaurantes y albergues, salió somnoliento y bostezando en gayumbos a abrirnos la puerta. No pude hacer otra cosa que deshacerme en disculpas.

Ahora, mientras hablaba con Ramón y acariciaba a Dop aparecieron también ellos al final de la cuesta. Haríamos los cuatro kilómetros que nos quedaban hasta la catedral juntos.


Llegar a Santiago y atravesar por las calles con el caballo de las riendas y Dop cargado con sus alforjas perrunas hizo imposible que pasáramos desapercibidos. Ramón soporta mucho mejor que yo estas cosas, se muestra atento con los que le preguntan, se para, se hace fotografías, atiende gentilmente a todos los que se le acercan. A mí la gente me hace huir. Cuando salimos de la oficina del Peregrino, donde nos han extendido un diploma muy chulo en donde se deja constancia de nuestra proeza andariega, diploma color crema con el correspondiente nombre en latín: Albertum de la Madrid Molinero, alrededor de Dop y Vermell se ha formado una pequeña multitud que con la cámara en ristre no pierde detalle de cada gesto, primero del caballo y del perro, y después de nosotros mismos. También está la policía municipal, inevitablemente molesta siempre que pasamos por el casco urbano de alguna ciudad... las ordenanzas muncipales no entienden de la vida andariega de los caminantes, ni de sus rocines, ni de sus perros. Las ordenanzas municipales son las ordenanzas municipales; el piñón fijo de la municipalidad, como el del Estado, malhadados señor Hegel, Robespierre y todos aquellos que hicieron de la organización del poder un pequeño monstruito en donde cada pieza del puzzle, por pequeño que éste sea, ha de encontrar su lugar, ahí y solamente ahí. En la plaza del Obradoiro volvemos a encontrarnos a los representantes de la autoridad: los caballos no pueden pasar por la plaza después de las nueve de la mañana; los agentes tienen una cara de aburrimiento de caerse de espaldas: con algo tienen que entretenerse. Admiro a Ramón, lo bien que se lo toma; yo me alejo unos metros, no los quiero oír, a los agentes, pero él no, el les da palique, pone cara de qué puedo yo hacer con el caballo si no me dejáis pasar por aquí, hace su papel de ciudadano respetuoso con las normas que pide un poco de comprensión a los autorizados a hacer cumplir la autoridad.; y sí, los agentes ceden, se hacen más dúctiles ante la mano izquierda del caballero andante que de inmediato quiere ser fotografiado sobre su rocín frente a la fachada del Obradoiro. Así que sesión de fotos, con perro, sin perro, solos, acompañados; a nuestras fotos se suman las de otros muchos paseantes y turistas que aprovechan lo mejor que pueden esta insólita presencia de peregrinos o caballeros andantes sobre la prestigiosa plaza de Santiago.





Y punto final, hemos llegado al punto último de esta primera parte de nuestro viaje. La plaza del Obradoiro queda atrás y nosotros tomamos la dirección del Monte do Gozo, el multitudinario albergue compostelano en donde acabaremos nuestra jornada de hoy. Desde el Obradoiro nuestro camino será ahora otro, haremos dos jornadas por el Camino Francés y luego derivaremos a septentrión, hacia el mar, por el llamado Camino Norte.

Desde este momento en mi blog la etiqueta del camino cambiará de nombre, de Camino de la Plata pasará a llamarse: Camino Norte del Camino de Santiago.



 

Sonríe, que algo queda





Albergue de Outeiro, 27/02/13


Que hubiera luna no me serviría hoy para mucho, sólo se la veía a ratos entre las nubes. El camino, convertido en puro barro, corría encajonado entre una valla de piedra y altos árboles; en muchos tramos servía de cauce a algún riachuelo. Los perros son insidiosos esta madrugada, un par de ellos andaban sueltos, los demás atados o tras las vallas, pero terminaban por ser extremadamente molestos. Uno, no muy grande, me alcanzó con la boca la pantorrilla, tuve que volverme a descargarle una patada. Después llegó el asfalto, ruidoso, la nacional 525: paciencia; a esta primera hora parecía que no iba a ser muy divertido caminar, al menos mientras durara el tránsito por esta carretera. Además esta mañana me empecé a agobiar con la presencia reiterativa de un pensamiento enojoso, antiguas historias relacionadas con mi hijo menor volvían una y otra vez sobre mi memoria con la insistencia de un oleaje reiterativo. Me sucede de tanto en tanto, es triste tener que arrastrar un pedazo de memoria que uno quisiera desechar para siempre. Defenderse de estas cosas no es fácil.



En las calles de Silleda me cruzo con una pareja de alemanes a los que saludo cordialmente y les deseo un buen camino; pero resulta que no vienen de Santiago sino que van como yo allí. Todos los caminos llevan a Roma, pero con la cara de despistados que llevan ellos a esta hora de la mañana no me atreví a asegurarles que era yo el que estaba en el camino correcto, entre otras cosas porque mi gps telefónico sigue haciendo tonterías de vez en cuando. Pasada la mañana los volvería a encontrar delante de mí sorteando los pinares, los fresnos, las arboledas de mimosas que se volcaban sobre el camino. Temprano me había tenido que poner el traje de agua pero después se estabilizó el tiempo y se puso ventoso hasta el punto de impedirme leer. Cuando al mediodía atravesé el río Ulla y me metí en el primer restaurante que me pilló a mano, me volví a encontrar con los alemanes. A esta hora todos estábamos mucho más presentables que en la bruma del amanecer, nos reencontramos como viejos amigos (qué cosas tiene la vida, hay que ver). Una pareja de alemanes, ella bajita, rubia, con una larga experiencia dibujada en su rostro; él, alto, buen mozo, de mirada afable y ojos llenos de ilusionada aventura. Ambos jubilados; cuando les pregunto si es la primera vez que hacen el camino enseguida me cuentan que hace años hicieron más de tres mil kilómetros de bici para llegar desde Munich a Santiago. Sí, tienen la pinta de esos personajes que toman el mundo como si éste fuera la prolongación del patio de su casa.



Voy a tener que hacerme una lista de compras para mañana a fin de ponerme al día. De momento ayer tarde tuve que hacerme la ducha con lo único que pude encontrar a mano, un frasco de Fairy que había en la cocina del albergue. Me hizo gracia ducharme con el verde limón del Fairy como si mi cuerpo fuera la acostumbrada vajilla de después de la cena, algo muy propio por otra parte para quien piensa que de los miles de productos que existen para ducharse, lavarse, maquillarse, u otros muchos ...arses, bien podía ser sustituidos por tres o cuatro, o incluso por uno, una pastilla de jabón sin más. De las maquinillas de afeitar lo mismo, ando de prestado; también me falta un cable para conectar el gps al ordenador. La electrónica funciona muy bien durante el viaje, pero cuando ésta falla uno se encuentra repentinamente en una especie de nimbo donde ni siquiera atina a encontrar el norte. Me sucedió estos día cuando con tiempo cubierto el gps me empezó a fallar y no era capaz de cargar los tracks en el otro porque el cable no iba.


Estamos a veinte kilómetros de Santiago y este provisorio final de etapa no me dice absolutamente nada. Quizás si fuera creyente las cosas marcharan de otra manera, depositaría todo el esfuerzo acumulado desde mi partida hace más de un mes en Sevilla a los pies del Apóstol, me espíritu se encandilaría en las puertas del Obradoiro, o dentro de la catedral viendo volar el botafumeiro; qué se yo. La primera vez que llegué a Santiago, hace más de treinta años, acumulando el polvillo del trigo que molían en las eras del camino, llevando conmigo múltiples colecciones de grillos que habían acunado mis vivac en un tardío septiembre, en mi retina los campanarios que se perdían en el llano de Castilla cuando mi diminuta figura dejaba a sus espaldas las campanas o el revuelo de las golondrinas o los vencejos; esa primera vez, sin saber apenas del camino de la concha y con el sólo bagaje de que por el norte corría cierta ruta que llevaba tras de sí el olor de las sotanas y el de un rastro de historia de peregrinos, llegué a tropezarme con él por la simple razón de que alguien que me llevaba en autostop y que me dejara en Egea de los Caballeros, me habló largo y tendido sobre el asunto y como resultado de aquella conversación cambié de rumbo mi viaje y en vez de dirigirme a Ordesa decidí seguir la ruta del camino de Santiago. En esa oportunidad sí, en aquella ocasión llegar a Santiago fue algo que hizo vibrar en mí cierta sensación desconocida, y más cuando ingresé en la catedral y el coro de las voces y el movimiento del botafumeiro llegó a ponerme en un estado de ánimo cercano a hacer brotar lágrimas de mis ojos. Quizás en aquel tiempo era todavía creyente y entonces en la catedral confluyeron circunstancias que yo no controlaba y que se manifestaron a la una mediante una emoción desbordante. Hoy no, creo, hoy Santiago es una etapa más, y si se me apura una etapa no exenta de molestias.



Miro con cierta risueña ironía ese empeño de Ramón por recibir esa especie de certificado que deben de extender los popes de la catedral a los peregrinos, la compostelana parece que se llama. Voy a informarme, quizás con esa compostelana en mi poder pueda librarme de los infiernos infernales que esperan a todos los ateos, adúlteros, depravados, descreídos y, como sucedía antes que por muchos pecados mortales que cometieras te confesabas, rezabas tres ave marías y ¡ala!, ya estabas otra vez en disposición de visitar a los angelitos del cielo; pues con la compostelana lo mismo gracia plena para entrar en el Paraíso sin más dilación. La cosa llegaba, o quizás llegan todavía, a tal punto que incluso si te morías inmediatamente después de confesarte, aunque hubieras asesinado a medio mundo, podías ir al cielo de cabeza. Estas cosas se tramaban en mi juventud en el ámbito de la Iglesia, no sé si ahora seguirán las cosas así, y si se continuará comprando indulgencias para habitar una parcelita en el cielo tras la muerte como Bárcenas se compra fincas en Argentina, o si se podrán conseguir indulgencias para aminorar el tiempo en que uno podría pasar por no ser lo suficiente bueno en las calderas de Pedro Botero. Uno alucina con esta clase de ingenuidades que parece sigue siendo moneda corriente entre determinada parte de la población.


Por cierto, a propósito de Bárcenas, llevo ya varias veces que le veo de refilón en la tele mientras como en algún restaurante del camino, siempre con la sonrisita en los labios, siempre haciendo frente al lado más cretino de su personalidad con esa contracción de los labios que quiere fingir ante las cámaras de la televisión la imposible demostración de su impunidad; sonrisa de chulo venido a menos de los que produce la fábrica de chorizos de determinadas instancias políticas. Lo mismo le sucedía a Camps poco antes de que todo se volviera contra él y recibiera una soberana patada en el culo que lo pusiera fuera de juego. A Undargarín también se le ve sonriendo de vez en cuando. La geografía humana de nuestro abanico político es algo que no tiene desperdicio.

La pasión de poseer y la pasión de dominar son la diversión permanente de una parte de la humanidad que no encontrando un modo de vivir en armonía consigo mismo, con los demás o con su entorno dedican su vida equivocada a joder la vida al resto. Eso del dicho de san Agustín de que la virtud está en el medio está hecho para este tipo de gente.





La austera belleza del frío





A Laxe, 26/02/13

De madrugada era otra vez una pequeña aventura dejar el monasterio de Oseira e internarse en la noche espesa de una hora todavía más desacostumbrada si cabe. El reloj no había dado las seis de la mañana cuando ya me encontraba de camino buscando la senda que discurría entre las retamas, ocultando aquélla bajo sus ramas; el camino, parcialmente helado exigía atención y ojo al canto para no darse de bruces sobre el hielo que se acumulaba en las rocas aparentemente inofensivas. La senda subía apenas visible por una empinada pendiente, a lo lejos restallaban débiles las luces sobre un cerro cercano en el que los molinos de viento ocupaban toda la longitud de la loma. La luna, espléndida, lucía en su plenitud en la cercanía del horizonte. La luna lunera cascabelera que tanto me encandila, estaba ahí para mi recreo y para dulcificar esta extrema soledad que exhumaba la temprana madrugada de hoy. Luna fría y lejana cuya compañía dejé allá, si mal no recuerdo, hace un mes en los ya lejanos campos de Andalucía. Sí, un mes, más, que llevo caminando día tras día, madrugada tras madrugada, sin que apenas el paso del tiempo se me rinda evidente hasta caer en detalles obvios como el de esta madrugada con nuestro satélite luminoso y amigo apareciendo de nuevo sobre el cielo e incitándome a caminar la noche, a buscar casi a tientas la continuidad de un camino, el rastro de las flechas amarillas, y cuando esto no es posible, a la luz de mi linterna sortear los charcos, los riachuelos que quedan apresados en lo ancho del camino y convierten a éste en un lugar de difícil tránsito. Evidentemente mi cuerpo sabe mucho más que yo, si no no se explica que hoy, mucho antes de que el despertador se pusiera a sonar, me despabilara yo a cierto impulso desconocido que me dijera, venga, tío, despierta, vamos con la luna lunera cascabelera, que está para nosotros, para ti y para mí; seguro que a esta hora no hay más de cuatro chalados en este país que anden flirteando con la noche y la luz fría de nuestro romántico planeta.

El barro, helado, ofrecía cierto apoyo a mis pies para atravesar la corriente de agua; en otros lugares, donde ésta yacía quieta, la atención puesta en la superficie resbaladiza del hielo somero donde mis bastones resbalaban. No obstante, pese a todas mis precauciones, esta madrugada no me libré de una estrepitosa culada. El camino había desembocado en el asfalto y por éste corría una discreta corriente de agua. Traté de evitarla, salté sobre la corriente principal y, más allá, me encontré con una capa uniforme de hielo. Pese a caminar pisando huevos y con extrema precaución, lejos de la corriente principal el asfalto había dejado de ser asfalto para convertirse en una uniforme e inevitable capa de hielo. Terminé en el suelo, un bastón se fue al carajo, yo di cuan largo era en el suelo y todavía resbalé por la pendiente de hielo un par de metros. Más adelante, advertido del peligro del hielo, ya no tuve engorro en utilizar la linterna cada vez que intuía que el hielo ocupaba el camino.



Por oriente había comenzado a amanecer. La temperatura dio un bajón, me helaba las manos y las orejas. Algún día alguien debería explicarme por qué a esta hora en que el sol empieza a aprestarse a salir la temperatura da un bajón considerable. Salgo de cualquier albergue embozado, pero enseguida me sobra la ropa, me desprendo de ella, incluso de la braga y los guantes, mas cuando empieza a amanecer debo enfundarme de nuevo toda la ropa que tengo hasta que el sol está discretamente alto. Un misterio a resolver.

La belleza está presente en los lugares inesperados del día que comienza, en el barro helado, en la escarcha sobre los prados, en el frío que se hace sentir en los dedos de mis manos, en la nariz, en las orejas, en el rumor de los arroyos; la belleza fría del momento, todas esas bellezas que nos parecen a veces lugares inhóspitos, y que son una vez que uno ha empezado a habitarlos una fuente de gozo. La austera belleza del frío.


Y cuando la mañana avanza enciendo el ipod y continuo con Lefebvre: apoderarse de las herramientas del Estado, fuera de la tutela de la subordinación al ciudadano para atender a los propios objetivos del poder, a veces incluso desligados del poder económico aunque aquel pueda en ocasiones hacer su recorrido en solitario, el poder por el poder. Los mecanismos de acaparación del poder desde Maquiavelo parece que pertenecieran a la cartilla elemental que todo estudiante debería conocer a fin de defenderse del abuso y de su uso espurio, pero no es así. Se sabe bastante bien del funcionamiento y del monopolio con que cierta clase lo utiliza, pero nos comportamos como si no lo supiéramos, como si cualquier desaprensivo con el apoyo de los medios de comunicación pudiera hacerse con todo el inmenso poder que se desprende de tener a su disposición la violencia, los medios, la ley, un parlamento domesticado hecho para servir los intereses partidistas más que los del ciudadano. Cualquiera que llegue al poder, por los medios que sea, dispondrá de herramientas de incalculado alcance, sin que tenga que rendir cuentas de su gestión, para atender a aquellos objetivos que el partido, la casta, pueda albergar. De seguro que los ciudadanos, olvidadizos ellos, sin el sentido que da el conocimiento de la historia, en la siguiente legislatura habrán olvidado y volverán a votar de acuerdo con los esquemas de siempre, la propaganda o la diabólica perversidad de aquellos que usan de las promesas falsas como medio para auparse en el poder.



El frío ha cedido, el sol calienta discretamente y ahora es el placer de caminar. A esta hora las marcas de las huellas en el camino son numerosas, los peregrinos parecen aumentar en las cercanías de Santiago de Compostela. Y con un pequeño intervalo en que mi cámara deja constancia de la bella luz que ilumina los campos y las algodonosas nubes de levante, cambio de tercio y me sumerjo en la lectura de Junichiro Tanizaki, de nuevo el encanto de una voz de mujer que atiende mis deseos de lectura. ¿Puede la voz de una mujer llegar a excitar mi libido sedosamente adormecida en estos días? Puede, hay voces de lectoras que son un peligro para un caminante sumido en una castidad obligada, un peligro, pero también un delicioso placer, porque al placer de la lectura se añade un placer colateral que con sus matices, su modulación, su ritmo, su modo de hacer vivir a sus personajes y sus circunstancias, inducen en el que escucha una extraña sonata en la que tanto están presentes los temas argumentales como el soterrado fluido que naciendo en la hipófisis viene a derramarse sin que uno apenas se de cuenta por todo el cuerpo hasta llegar a la madre del delito. Ejem, ejem...



En fin, cambiemos de tema, novela recomendable, envidiable relato con amplias modulaciones de lo que debería ser el final de una relación en un matrimonio, reconocimiento de que hay cosas que se acaban, que se deben de acabar sin acritud, sin rencor, con un cierto cariño por esa persona que te acompañó durante una, dos, tres décadas, de la que tuviste uno, dos hijos y que ahora debe emprender otra vida sola, con otra persona, pero a la que no abandonarás si no estás seguro de que va a encontrar un lugar seguro y afectivo en otros brazos lejos de ti. El mundo debería encontrar soluciones mucho menos heladoras para solucionar los problemas que se derivan del reconocimiento de que las relaciones matrimoniales pueden no ser ni mucho menos hasta que la muerte nos separe.


Terminada mi jornada de caminante paso parte del día en Casa Ana, un restaurante en la carretera cerca del albergue de A Laxe. A Ana le gustaría hacer el Camino de Santiago, pero el restaurante la ata; me pareció una mujer seria y algo alejada, pero ha bastado que Ramón, que llegó hace un rato, y yo le diéramos motivos, para que se desatara a hablar. También se acerca su hija Ana, una estudiante de doce o trece años que tiene problema con la matemáticas pero que le encanta el Conocimiento del Medio.

El albergue es una chulada de diseño posmoderno, pero un tanto helador, lo que me ha inducido a venirme a pasar la tarde aquí, donde en la chimenea arden buenos leños de roble. Además, después de la comida Ana nos ha dejado en la mesa una damajuana de orujo que alimenta mi escritura. He encontrado el lugar ideal para terminar el día. Victoria, la encargada del albergue, me dijo por teléfono que la calefacción se encendía a las tres pero el edificio es de techos tan altos, tiene tantos cristales, que dudo que pueda convertirse en un lugar acogedor.

Ya casi estamos en Santiago.