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Mayo de 2009

Galicia, de Finisterre a Vivero



Ver eeg en un mapa más grande





Madrid-Santiago de Compostela, 13 de mayo



El avión se eleva dejando a la izquierda una bella perspectiva de las Cuatro Torres, en una hora en que la luz es limpia y deja sobre la ciudad los tonos cálidos y desleídos de los fondos de Rafael. Minutos después volamos sobre la Pedriza y las cumbres del Guadarrama, un espectáculo matinal que me recuerda mis vivacs de la pasada semana junto al Yelmo, ahora unos miles de metros por encima de los prados y las laderas cuajadas de jara en flor, más arriba de los señoriales llantenes erguidos sobre el enorme rebaño fantasmal de los granitos de mi querida Pedriza.
La nieve cubre el espinazo de Cabeza de Hierro y Peñalara; la laguna de Los Pájaros asoma por el dintel ovalado de la ventanilla del avión. También por ahí, veo allá abajo el Reventón al norte de la laguna, anduve hace días, siempre un Guadarrama solitario y acogedor; un día de viento en que era agradable toma el sol tras una gran roca mientras oía un concierto para piano de Brahms.
Y un poco más tarde son los molinos de viento que jalonaron durante tantos días mi caminar por Galicia el pasado año. El placer de la evocación mientras el avión, dispuesto a aterrizar, hunde sus morros en un mar de niebla. Seis grados centígrados en Santiago Compostela, un poco fresco para esta mitad de mayo.

Lires, 14/05/2009

Al norte de Finisterre cruzo un promontorio vestido con la fragancia de las retamas en flor mientras la lluvia, no mucha, completa un paisaje coherente con la región: niebla, chirimiri y, en esta ocasión, un frío desacostumbrado para la época. Abandono un ancho camino para alcanzar una vereda que hace su recorrido junto a un mar grisáceo que rompe con una ladera de aulagas, helechos y grandes manchas de margaritas.

Mi ilusión hoy: caminar a su vera bajo la lluvia, sentir la caricia de estos parajes solitarios. Luego el camino se perderá y me empaparé hasta la cintura abriéndome paso entre las aulagas; pero no importa, sólo una pequeña molestia.

A la tarde la lluvia no desiste y el suelo está esponjoso de agua todo a mi alrededor, así que decido hacer noche en una vieja escuela abanadonada. Recuerdos de maestro cuando ejerci en una escuela de Asturias; allí el edificio era similar; cuando llegamos, antes de ejercer de maestro tuve que hacerlo de fontanero, pintor, albañil, pocero y electricista. La escuela se caía, pero la gente del concejo tenía otras cosas más importantes que hacer que arreglar la escuela. Los niños hacia sus necesidades tras la fachada norte del edificio. Aprendí muchos oficios entonces, sí; benditos años de aprendizaje.



En la escuela que me sirve de vivac hoy entra el viento como Perico por su casa; la lluvia racheada llega hasta mi saco de dormir. No importa, si se moja ya se secará. Intento leer algunos versos de Francisco Brines pero me caigo de sueño. Hoy no dormí mucho más de tres horas.

Cuando me decido a levantarme, son más de las diez de la mañana; he hecho una cura de sueño de más de catorce horas y el cuerpo me ha quedado como nuevo, y ello con la ayuda de doña Pereza y la disculpa del mal tiempo que hicieron que que me sintiera confortablemente disculpado por tanta vagancia dentro de mi saco de dormir.

Este año voy a ir más despacio; me lo prometí, a ver si aprendo a caminar como Dios manda, tranquilo y según me lo pida el ánimo, que me dé tiempo a saturarme con lo que tengo a mi alrededor, un viaje a ninguna parte en especial que sea todo él puro presente.


Una hora después ya oigo el mar; elemental, tempestuoso y solitario como otras veces; hoy esta orlado por el graznido de las gaviotas y el ulular del viento. Deje el camino y me fui por la arena de la playa a espantar gaviotas y a fotografiar las olas. Los únicos habitantes de la playa se apelotonaban en bandadas como bañistas en Torremolinos en plena temporada.

Como todos los caminos llevan a Roma, en algún lugar donde el bosque de eucalipto deja suspendida su fragancia en el aire, me tropiezo con el conocido mojón de la concha, una de las variantes del Camino de Santiago que se llega hasta Muxia, en el norte. Decido continuarle.

Ponte do Porto, 15/05/2009




Con un tiempo tan triste como éste a uno irremediablemente le entran ganas de marcharse a casa o al menos recluirse en un caserón al calor de la chimenea. Hoy rodar por los caminos bajo la lluvia apabulla mi ánimo; hace que me sienta un proscrito, un poco. Cosas del ánimo o acaso falta de entrenamiento frente a las dificultades. Contrasta éste con aquél de la señora Silvita, una anciana que me encontré hoz en mano cortando haces de hierba para sus conejos. ¡Dios, qué manera de hablar… y en gallego!, que vamos, que cuando ya no pude seguir el hilo de lo deprisa y apasionadamente que hablaba, me tuve que conformar con asentir y mirar aquella viveza que enganchaba uno tras otros los temas pasando del año de la crisis a la época de los piratas que asolaban las costas gallegas o la de los señores feudales cuyas historias parecían ocurridas ayer mismo. Allí la dejé en lo alto de la cuesta con ganas de seguir charlando hasta la llegada de la noche.


El ramal del Camino de Santiago llevaba a Muxía y yo me apeé antes para rodear la ría de Portocelo por O Lago y Ponte do Ponto, camino del norte. Tras la comida en O Lago llovía, no logré encontrar un resguardo para mi hora de la siesta, así que me aprovisioné en Ponte y subí entre el bosque de eucaliptos con la intención de plantar la tienda en el primer metro cuadrado que reuniera las condiciones para pasar la noche.

Ahora el agua tamborilea en la tela de mi tienda de campaña, un rincón seco y acogedor a donde llega la fragancia de los eucaliptos. Hoy creo que voy a inaugurar mi particular sistema de cine en casa. Cuando anochezca encenderé mi aparatito portátil y veré una película de Ozu, un Ozu que veo con nuevos ojos después de leer la novela de Barbury, La elegancia del erizo. También oigo con mayor atención la música de Purcell. A veces hay que leer para que alguien nos recuerde nuestros particulares gustos, alguien que nos redescubre los recovecos de alguna película o que nos levanta las ganas de volver a oír una partitura.

Por otra parte, la lectora de El Buscón de Quevedo es tan horriblemente mala que en un tristrás he estado de dar por leída la obra. Hoy no estoy seguro de que la altura a que nos han puesto siempre a Quevedo sea objetiva, me cansan tantos chascarrillos y tantas agudezas. En mi anterior caminata leí Los sueños y ya me sucedió algo parecido. De acuerdo en que su prosa es brillante y su vocabulario exquisito, pero su temática y el punto de vista con que se acerca a ella son bastante restringidos. Para mí que las agudezas son tantas que a veces se siente que el relato está en función de ellas y no al revès. En fin, entre eso y la lectora que parece leer para aborígenes australianos con su vocalización para sordos, pues que se me está atragantando Quevedo.

Y como sigue lloviendo, mejor cambio de tercio y me voy con los versos de Francisco Brines, que me gustan cantidad. Versos de amor de un poeta a quien el tiempo está jugando la mala pasada que nos juega a todos. Oíd estos versos, por ejemplo:



a mí me encantan; son más austeros y angulosos que los de Neruda, pero también más verdaderos; hay un corte de cotidianidad en ellos que me encanta.

El vagar por Galicia tiene también ese aroma de mujer que asalta cada primavera a todo bicho viviente.

Camelle, 16/05/2009



Junto al débil chirimiri el viento trae retazos de voces lejanas. El graznido de una corneja cruza el aire. Debe de ser tarde; abro un resquicio en la puerta de la tienda; el espectáculo es gris, triste, enfrente unos escuálidos eucaliptos mueven monótonamente sus ramas; las pequeñas flores de los brezos enanos salpican el prado verde de mi campamento. El tiempo no invita a dejar el saco de dormir. No había dirección precisa esta mañana a la que encaminar mis pasos, quizás sólo la idea imprecisa de ponerme en marcha pensando en ver qué me traía el camino y aprovechar las pistas solitarias para continuar con mis lecturas.


Francisco, sentado en un poyo de piedra junto al camino, se comía unos gajos de naranja ensartados en un pedazo de pan. A su lado descansaba la hoz sobre un pequeño carrito. Francisco, con el pelo alborotado de no haber conocido peine alguno en muchas semanas, ha saltado pronto la consabida introducción del tiempo que hace y enseguida ha encontrado la manera de hablar del Madrid de cuando hizo la mili, cuarenta y tantos años atrás, de Tenerife donde atracó un tiempo un mercante en donde prestaba servicio, y se ha detenido profusamente en puerto Cabello, en tierra venezolana, dando antes un paseo por los quehaceres de marino y alguna que otra anécdota sobre un capitán que era capaz de arriesgar la seguridad de su barco con tal de encontrarse a la mayor brevedad posible con una novia reciente que tenía en Caracas.
Francisco, de profesión marinero, llegado a puerto, se hacía vendedor ambulante y buscador de cuerpos bonitos con los que pasar la noche. Uno de aquellos días de puerto Cabello, iba el con su quincallería colgada del brazo, cuando una moza de bien ver se le acercó y, con mirada zalamera, tiró de un collar que el otro dejaba oscilar en el brazo y se lo colocó sin más sobre el cuello.
-¿Me lo regalas? –dijo ésta haciéndole un guiño.
Y como todas las cosas tienen un precio media hora más tarde ambos se encontraban en casa de ella aprovechando la soledad matinal de la casa paterna. Pero apenas había empezado a desvestirse, contaba Francisco con los ojos jugosos y saltones mientras con las manos acompañaba la descripción con amplios movimientos, cuando date, el cerrojo de la puerta de la calle le hizo saltar de un brinco. El padre estuvo a punto de romperle la crisma, pero dado que el arma del delito todavía colgaba del caprichoso cuello de su hija y teniendo en cuenta que era gallego como él mismo, el padre se limitó a amenazarle con romperle los dientes si volvía a encontrarle en su casa. Las venezolanas no son como las de aquí, termina su relato, aquellas son más calientes.
Francisco vive con brazos, manos y cabezas sus historias; instantes después es otro puerto y otra cara bonita, y él que no tenía dinero suficiente para pagar el hotel y entonces ella llama a unas compañeras y ellas hacen un corro para burlar la mirada de los transeúntes y allí mismo bajo la vivísima luz del sol, en el calorazo de la tarde, previo a haber dejado todas sus baratijas sobre un bidón próximo, rinde la faena introduciendo la espada hasta la empuñadura.
Buena gente los venezolanos, dice; ahora, no les toques a su hembra porque entonces son capaces de rebanarte el cuello.
Sería cosa de pasarse un buen rato más escuchándole, pero está empezando a chispear. Le hago la foto de rigor y nos despedimos como si nos conociéramos desde los tiempos de la mili. En su mano derecha todavía esperaba su bocadillo de gajos de naranja.
El mercante en donde trabajaba, dijo en dos ocasiones, mide desde aquí al cruce. Camino y cuando llego al final del barco tuerzo a la derecha y me voy cuesta arriba entre los pinos.


Junto a Camelle el mar se mete entre los peñascos llenando los recovecos de espuma y rumor de olas. La luz difusa cae delicadamente sobre el paisaje mientras a lo lejos la mar gruesa rompe contra una fortaleza de granito que hace de malecón a una recoleta playa. Al prado donde estoy tumbado llega el olor penetrante de las algas, de la hierba húmeda.
La atmósfera se ha hecho más opaca; hace fresco. La historia del buscón llamado don Pablo ha llegado a su final después de que en un monasterio de monjas haya tratado de seducir a una de las novicias, y ahora, por dejar un poco de aire entre una historia y otra me entretengo en el espectáculo del mar, una parte de la costa gallega que aquí recibe el nombre de costa de la Muerte.

Mi vivac de hoy es un mullido jergón de hierba junto a la rompiente del mar.

Laxe, 17/05/2009








Hoy, después de la lluvia de la noche, salió el sol y el mar se vistió de un intenso azul, y las flores amarillas de las retamas y las aulagas fueron más brillantes. La costa se parece hoy a los canchales de la Pedriza, aquí embellecidas por el cortejo espumoso de las olas

Convertir la ciega pasión de la reproducción
en intensa poesía
temblor último en el extremo de cada célula;
encontrarse
morir en otros brazos
rezar para que la existencia siga teniendo sentido
y continúe habiendo rumor de olas
en largos y sollozantes encajes blancos
sobre las playas del mundo.

El agua desciende hervor
entre los cantos rodados
metales de voz gruesa
en el concierto de la espuma
luz de luna sobre la arena,
y en torno a ella el azul sin tiempo
el mar sin tiempo
bullendo junto a la finitud de la vida,
pulida, dislocada, vejada
vejada por los años y las mentiras
ennegreciendo como una turbera
de cuerpo húmedo
aunque rodeada de espléndidas flores amarillas.

Pero qué grato el sol
sobre mis mejillas
frente al hervidero de la playa,
cuán grato el presente
y el vuelo de las gaviotas
y las manos cálidas de las rocas
que acarician mi piel.


Apenas anduve unas pocas leguas de la mano del mar, la orillamar, que dicen aquí, unas veces entre grandes rocas romas y otras acariciando con mis pies el encaje blanco de las olas, poco después de vadear un río que dibujaba grandes meandros en la playa, cuando ya me entraron ganas de hacer una paradita. Eso era lo acordado, caminar sin prisas, y así, obediente a mi disposición y a la belleza del paraje, me paro, doy de comer a mi cuerpo y me tumbo boca arriba todo oídos, todo ojos para el mar y el cielo.
Anoche, mi peli en el vivac, Las hermanas Munekata, de Ozu, terminó a las dos de la mañana y hoy por consiguiente desperté tarde y con aquella historia en blanco y negro pegada a la retina. Ozu, con su cámara a ras del suelo, siguiendo de cerca los hábitos de la vida japonesa, enriquece su historia con los objetos cotidianos, que la muerte, junto a la cual el canto de un pájaro, la belleza de unas flores, no es capaz de nublar. La muerte es un accidente natural, el mar es hermoso, las gaviotas planean despreocupadas en el azul del cielo.
No es pereza la mía hoy, es la conciencia de Ozu que me invita a mirar los detalles de mi entorno, a recoger en mi piel la caricia de la brisa y el sol. Me dejé el reloj en casa, mi teléfono está desconectado, estoy a merced del momento. Ni siquiera hoy domingo se divisa un visitante en la extensa playa de Traba.

Domingo por la tarde en un bar de Laxe. Un gran salón, se pasa un partido de tenis, una pareja joven hacen frente al televisor su tarde. Ella mira aburrida el espectáculo, de vez en cuando juguetea con el teléfono, él mira distraído, le coge el teléfono a ella y entonces ésta mira al techo esperando pasar las horas. Posiblemente es el día que tienen más tiempo para verse. El fondo del salón es un lugar oscuro sin atractivo alguno, fuera está el sol y un bonito día para pasear por la playa, sin embargo. Un rato más tarde llega una panda de chicos, hacen mesa común, se divierten, él se desentiende totalmente de ella, ella no hace ningún esfuerzo por integrarse en la conversación, sonríe cumplidamente a alguien que le dirige unas palabras, después clava ambiguamente sus ojos en el televisor.

Malpica, 18/05/2009



Hoy anduve largamente por Monteverdi, su historia pasional de Orfeo y la Coronación de Poppea. El cielo, nublado y lacio invitaba a un caminar pausado y contemplativo.

La Galicia de las casas de piedra, de las vacas, del olor a heno y a bosta no está en mi camino, o quizás no existe, ha desaparecido sustituida por construcciones convencionales sin personalidad.

Seguir los hitos del tiempo con los restos de una singladura que va dejando inerme junto al camino restos de memoria, encontrándose altos muros ya imposibles de sortear; discursos que piden conocimientos previos. Ya no es posible contemplar de un vistazo la realidad multiforme ni construir el puzzle de las muchas y complejas piezas con un minimo de coherencia. El motor de la realidad se ha hecho sumamente complejo y los antiguos conceptos, carburador, levas, caja de cambio, ya sólo es accesible a los especialistas. Mala cosa oír a los sabios y memoriosos, a veces, que parecen detentar entre las manos toda la escurridiza, toda la compleja realidad que a nosotros se nos escapa de la mano. Malo por esa sensación de impotencia que lo acompaña.


Sin plaza, sin fuente, sin ayuntamiento, sólo el cementerio donde enterrar a los muertos y una iglesia diminuta al lado donde rezarles el responso. Así son la mayoría de las aldeas que atravieso esta mañana. Tierra de pastos, eucaliptos y el cogollo de las huertas en las proximidades de las aldeas; por demás solitarias, abandonadas a la intemporalidad.

El mutismo de las aldeas corre parejo con el gris taciturno del cielo. Unos pocos trinos salen de las ramas de los eucaliptos, las golondrinas se aplican a construir sus nidos en los aleros de los tejados. Atravieso decenas de aldeas, en la mayoría no me cruzo con nadie. Hoy el asfalto se hace difícil de evitar, estrechos caminos de grava que zigzaguean entre las lomas. Por algún vallecico asoma de vez en cuando veces un trozo de mar.


Tras el ramalazo de erudición sobrevenido con el libro de Eugenio Trías, El canto de las sirenas, que versa sobre música y que me invitó de mañana a caminar acompañado por las partituras de Monteverdi, pasé a la más sosegada lectura de Marguerite Duras, La impudicia, una elección equivocada de mi parte que anduvo buscando la vena narrativa que la Duras estrenó con la historia del amante chino, que había dejado en mí el recuerdo de un fino erotismo que deseaba recuperar. La impudicia está lejos ya de aquella historia junto a las aguas del Pacífico; es otra cosa. No es aquella Duras que escribía que Sartre era un desierto y que nos descubría el esplendor de la vida en cada gesto, en las yemas de los dedos, en la respiración atropellada del deseo.


Sequé mi tienda en un prado, almorcé y me repantigué a escuchar los pájaros y los grillos. La pantalla de mi gps es tan pequeña que por ahorrarme el trabajo de ir haciendo zoom de un lado para otro prefiero permanecer en la ignorancia del lugar en donde me encuentro. Huelo el mar tras la loma de enfrente y sé que no ando lejos de Malpica, pero nada más… y ni falta que hace. Creo que de postre me voy a despachar con versos de don Antonio, que ya de entrada dice en la introducción algo que me gusta y me parece acertadísimo, a saber, que para él la poesía es una manera de meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.

En fin, otra noche sobre los acantilados, un nido sobre el que a duras penas he podido instalar mi tienda.



Frente al mar de Galicia, 20/05/2009




Rompe el agua blanca
contra la tierra pedregosa,
susurra el agua clara
en la pendiente de la arena
oraciones de espuma
con su abanico de seda.

Y el azul se eleva perezoso
como un gran río
viniendo a besar la arena.
El largo viaje
ha acabado sobre los acantilados de piedra.
El círculo se cierra
en atolondrado balanceo
de aguas verdes y crespas.
No hay destino;
tampoco para el mar:
volver atrás,
caminar por el reino de las aguas azules,
de las aguas de las gaviotas y los albatros,
de acá para allá por el eterno presente
del hueco de una caracola
donde una sirena canta siempre
la misma historia.


* * *


Y yo camino de mañana de la mano
de esa reiteración de rumores y arpegios,
ahora salvaje mole de agua
de vasta testuz
avalanzada en hermosa montaña rusa
sobre la tierra.
El estrecho camino se va abriendo
entre aulagas y violetas
sobre ruidosos acantilados de piedra negra,
al borde de los bosques
en medio de esta mañana
de sol aterciopelado por donde bogan
lejanos barcos de pesca.
Sentado junto al camino
un servidor contempla la mar
y sueña.

A Coruña, 21/05/2009





Día neblinoso, cerrado, con un viento del norte que hace el caminar un tanto desapacible; la costa está desierta, pequeñas construcciones, casas aisladas por aquí y por allá. Yo camino dentro de mi sonsonete búdico, mi rato de meditación matinal. Atravieso una pequeña playa y tras ella avisto un edificio sobre cuya fachada un cartel anuncia un bar. Paso de largo, cuando no hay ni Dios en esta parte del mundo es inimaginable encontrar un bar abierto, pero date, vuelvo la cabeza y me sorprende ver luces en el interior. Está abierto. Dentro el barman y un cliente enfrascado en el periódico; me sale un buenos días campechano y sonoro propio de quien entra en un acogedor refugio: silencio, nadie contesta. El parroquiano ni se inmuta, sigue enfrascado en su periódico; quizás sea sordo; el barman me mira con ojos de idiota. Éste no es sordo, atiende a mi pedido indiferente. Barañán se llama el lugar.

Más tarde, caminando junto al mar, escucho al disgustado Machado que no se corta un pelo con los destripaterrones y ganapanes de Castilla; son la misma especie que habita en tantos lugares de España, desabridos y hoscos como el cierzo o como este viento que barre hoy la costa. Al fin le llega el turno a esa pista solitaria que bordea la costa lejos del asfalto. Es el momento de los versos, pero tras rodear una radea el viento arrecia y los versos de Machado se llenan de aire y viento y las palabras se me pierden con la ventolera, aunque el sentido permanece, versos concocidos por otra parte, envuelto y casi sofocado no importa, la fuerza de la evocación está presente; la mujer manchega, los olivares de junto a Baeza le vienen bien esta fanfarria que llega del mar. Recordaré estos versos así de la misma manera que Las tierras de Alvaragonzález quedarán grabadas en mí desde un lejano viaje por tierras de Urbión. Muchas de mis lecturas hace tiempo que quedaron vinculadas a algún recorrido de caminante, el Tajo, la primavera verde de Guadalajara, los Arribes, Valencia, todas ellas tienen su libro, de la misma manera que Pessoa tuvo momento mientras andaba perdido por tierras lusitanas el pasado verano. Hoy Machado es la costa gallega camino de A Coruña; el mar bravo y crecido a mi izquierda y el viento que me obliga a torcer la cabeza protegiendo los versos del viento.
Hacia el medio día el camino se hace complicado, sortear el complejo de una enorme central térmica, después grandes canteras, más tarde un rosario de industrias. A diez quilómetros de A Coruña decido coger el autobús, estos caminos no son para mí. Será agradable terminar el día retozando en un hotel y paseando largamente por la ciudad vieja después de la caída del sol.


A Coruña, 22/05/2009

Al menos te ha de asistir
el derecho de soñar,
y la desvergüenza de decirlo,
hasta la saciedad
porque no hay mujeres
en el mundo con que cubrir
los despojos que dejó
aquella hora nebular.

Después todo era blanco
huríes y ondinas
palpitaban en leves olas
entre las frágiles curvas de la primavera
con su clac clac coronando la mañana
a través de laderas como dunas.
Qué lejos estaba el mar
en esta blancura neutra
donde se abrían los pétalos de las rosas
y donde más tarde una María Magdalena
una mano sobre la muerte
otra sobre el santo varón de la cruz
expresaba su devoción de amante;
o donde serias damas
entre las sombras de un lienzo
miraban circunspectas;
donde el hombre inventaba monstruos
y llenaba los diabólicos infiernos posibles
con saturnales en que saciar la inquietud
ciega, palpitante
que medra bajo la piel;
atento sin embargo a no olvidar
esta bella tierra de aguas
y ensenadas de luz marina
donde también es posible encontrar
colgado un cuadro de Sorolla,
estameña capa machadiana
arrollada sobre el cuerpo de un pastor.

La mañana se había aislado
en una blancura almidonada.
antes de echar a andar
por las estrechas calles de piedra.


Fue después que hubo que salir
y encontrarse con los cuadros y
la emulación del silencio azul
y las voces de los niños bajo el mar.
el tiburón aburrido e inapetente del acuario
nadaba parsimonioso y abstraído.
Había una calma letal
en ese fondo de mar prefabricado
donde la luz del sol iluminaba difusa
su grey apresada y bien alimentada;
pero obviamente los peces eran peces tristes
condenados a girar como borricos parsimoniosos
alrededor de su noria marina.








Xesús Rodríguez Corredoira/Las capas de santa Isabel


Felipe Criado Martín /A propósito de un paisaje






Oleiros, 23/05/2009





Oleiros, 23/05/2009


También la sed de comprender
sed a paso de hombre
mientras la ciudad y su perfil de hormigón
se aleja en la bruma.

Hambre y sed,
conocer qué te quita el sueño
te rompe
te alenta,
sorprende las horas de tu día
con su persistente ardorosa presencia
mientras las calles y sus mil rostros
van quedando atrás.

Cruzo la ría,
se desdibujan tenues las casas de los hombres
al otro lado del mar
por entre los pinos
más allá de la silueta del castillo de Santa Cruz:
Oleiros,
callos a la gallega
el sol tratando de abrirse paso,
las condiciones de una hipoteca
las mujeres,
el mundo habitado por mujeres, también.

Cuesta entender un trabajo de la Naturaleza
tan complejo,
tan claro y luminoso:
cómo se decanta en la mañana
las pocas cosas que importan al hombre.

Anoche vi Cuatro minutos,
también aquello era difícil de entender,
la prisión, la música, el amor,
sentimientos que somos
y roban la serenidad.

¿Qué queremos comprender?,
¿nuestro amor, nuestra sed, nuestra hambre
nuestra desazón?;
mientras trabajamos
acaso nuestro cuerpo logra substraerse
a su fuerza gravitatoria,
pero es una ilusión,
aquella de la La cuestión humana
que sólo sirve para postergar el amor,
esa otra de La ley del deseo
que en la oscuridad de mi vivac
alumbraba nuevas razones
tras las que transcurre
nuestro congénito torpor para amar.

Tan torpes siempre,
nosotros, los hijos de la razón,
los deseosos amantes.

Y el mar estaba ahí como cada mañana
con su lienzo de niebla
mezclando en aguadas de plomo
la gastada luz del norte
tras las que surgía la ciudad gris
como una Atlántida fantasmal.



Las películas:
La ley del deseo. Almodóvar
Cuatro minutos. Chris Kraus
La cuesión humana
. Nicolas Klotz


Pontedeume, 24/05/2009



Llovía cuando salí del restaurante. El camarero, muy comprensivo al verme atareado en la tarea de la escritura, me había dicho que no cerraban, que podía quedarme hasta la noche; pero yo que no, que iba a caminar un poco más. Y llovía cada vez más, pero el paisaje estaba lindo, cargado, de unos colores increíblemente hermosos, porque es así cuando llueve, la arena mas oscura, más tensa, el mar más grave y consistente, el cielo una joya para el que tiene ojos; nunca el cielo es tan bello como cuando desprovistos de prisa y de la necesidad de guarecerse uno se deja engullir en esta densa atmósfera, tan intemporal, tan ajena al espacio; cuando llueve, llueve y basta, no hay otra cosa sobre el campo, sobre el mar que el agua que todo lo impregna; esta lluvia que no tiene ritmo ni variación alguna, que es agua monótona, que empieza y es como si fuera a durar toda la vida; así debieron de ser las lluvias que inventó García Márquez para su Macondo (por cierto, que no le sale la olita roja a Macondo. Al Word le caben unos pocos topónimos solo, pero entre esos pocos no deja fuera Macondo. Qué maravilla el hecho de que con la sola fuerza de la imaginación se puedan levantar ciudades o personajes que serán imperecederos, extraordinarios, notables, mucho más notables que ese otro noventa y nueve por ciento de ciudades, de personajes, incluso naciones, donde miles de hombres nacen y mueren sin haber tenido la dicha de pasar al repetorio toponímico del Word. Dice mucho esta voluntad de los señores de Microsoft por dar relevancia a aquella mítica ciudad de las lluvias). Cuando el camino atravesó algunas praderas y los tristes pinares que suspiraban bajo la lluvia, mis botas y mis mallas eran ya un charco.
En los días de lluvia el campo y el mar quedan aislados en el prístino mundo de su soledad. Los pueblos están vacíos, se ha producido un gran paréntesis en la tarde del sábado. Bajo el aguacero me tropiezo con un supermercado; soy el único cliente. Me desembarazo de toda mi impedimenta y husmeo por aquí o por allá lo que será mi cena de hoy. Se me pasó por la cabeza buscar un hotel, ya veremos, de momento la cena está asegurada. Salgo otra vez a la lluvia. Me dirijo a un hotel que me han indicado en el supermercado. Desde fuera huelo que aquello no va conmigo, aunque me tienta el pasar la tarde tumbado en la cama leyendo un libro; pregunto, no, uno es hombre de principios, sería la primera vez que me arredrara la lluvia tanto como para gastarme el presupuesto de la semana en una habitación que me viene grande. Además, me cortaría esta inesperada relación con la lluvia. El Señor proveerá. Y así vuelvo al camino y pongo en mi tocadiscos portátil el octavo libro de los madrigales de Monteverdi. Buena elección para escuchar bajo mi capa de agua, mientras el mar aguanta cabizbajo al otro lado, mientras busco a ratos la ruta con mi gps. Qué desgarradoras son a veces las voces femeninas de estas partituras; pocas veces se le oye a Monteverdi una broma distendida; al menos es así esta tarde; el amor y la guerra parecen ser los dos extremos en donde se mueven estas voces bajo la lluvia.

Había una ramificación de mi itinerario que terminaba en el faro de Mera; pero al poco desaparece la vegetación y me encuentro ante un paisaje desabrido y hostil con la silueta del faro al fondo. Ninguna posibilidad de encontrar un abrigo al resguardo del agua, algo que por lo menos proteja mis cosas mientras monto la tienda. Me voy la vuelta. No me tormente piu, plañe la soprano en largos lamentos que la voz del tenor acompaña como un eco. Y un rato después a la derecha del camino una vereda lleva a un lavadero donde una fuente de piedra canta su canción, y desde unas rocas cae sobre el pilón un tejadillo, y me acerco y entre el pilón y la roca descubro que hay espacio suficiente para instalar mi vivac, muy cerca de donde el chorro de la fuente se oye, claustral, acompañado por la lluvia.

Bajo uno de los aleros del pilón donde instalé mi vivac al abrigo de la lluvia, cómodamente abrigado en el saco de dormir, el portátil sobre el pecho, las gafas de ver preparadas, la luz de la linterna extinguida, la sesión de cine comenzaba: Vivir su vida, de Godard. Últimamente me dio por el dislocado y a veces disparatado Godard; pillé a Quique y Lucía un puñado de ellas y me introduje en su mundo. Esta pareja a la chita callando se va haciendo poco a poco con una excelente filmografía, Lucía la Gorda, claro. Antes ya me sirvieron un empacho de Bergman que me duró casi todo el invierno. Con Godard la cosa no da para tanto, aunque siempre es sugestivo asomarse a sus películas, expresionistas, locas, obsesionadas con el mismo cine; encantadoramente cándida, llena de una laxitud y de una sinceridad pasmosa, como la de ayer noche bajo el alero del lavadero. Viejos tiempos los de lavar la ropa en comandita.

A la mañana siguiente desde el lavadero arrancaban las bienvenidas señales blanquiamarillas del un PR, que después se enlazaron con otro más allá y bordearon la costa de la ría de Betanzos por parajes umbríos realmente hermosos; cerca del mar, con ese aire de tierras inundadas por todas partes en donde las pequeñas penínsulas y las islas afloran con hermoso juego de luces. Comí en Sade, me di una vuelta por Betanzos y sorteé tierras excesivamente pobladas para caminar, en autobús hasta Pontedeume. Antes de echarme al monte me proveí de una lasaña y una hamburguesa para la cena. En la playa bailaban los reflejos del atardecer. Más arriba, mar y pájaros, uno de tantos bosque encantados. En éste rompe el mar a sus pies. La tarde tenía unos reflejos y unas sombras propias de las fotografías espectaculares; hice algunas tomas que espero hagan justicia al crepúsculo que se disolvía dejando un muestrario de siluetas de lomas y barcos meciéndose en la ensenada de la ría de Ares. Casualmente encontré un balconcillo sobre los acantilados para mi vivac.
Es la hora de la cena.












Cabanas-El Ferrol, 26/05/2009



El pronóstico para el lunes era de sol y tiempo despejado, pero llueve toda la noche. Se me ha roto una varilla de la tienda y el contacto entre el doble techo y ésta se convierte en una vía de agua que inunda mi tienda. Pronto mi saco de dormir está completamente empapado de la mitad para abajo. En el fondo, donde había colocado el macuto, se forma un charco de agua que, no teniendo salida, engrosa su caudal poco a poco durante toda la noche. Diluvia. Todo está muy húmedo, pero me encojo y procuro no darle importancia a la cosa. Recuerdo aquella noche en que los primeros expedicionarios de la Antártida…….

Tras la lluvia suena bronco el mar con un ritmo que se repite monótonamente cada pocos segundos en reiteradas avalanchas. Son las seis de la tarde y la lluvia continúa persiste e igual. Dejo mi lectura de La forja de un rebelde, de Arturo Barea por un rato y doy cuenta de lo único que tengo para comer hoy, amén de un mendrugo de pan que me servirá de cena, es decir un trozo de hamburguesa que me sobró de la cena de anoche. Eso y un capuchino que me bebo a sorbitos con la delectación de las ocasiones a recordar. A mitad de mi capuchino hago balance: de la mitad para debajo de la tienda todo es un charco, lo que me obliga a estar encogido todo el tiempo. Se salvaron casualmente mis pantuflas. De la mitad para arriba la cosa está más seca aunque envuelta en una pastosa humedad. Saco los únicos calcetines que me quedan secos, me cambio, me pongo las pantuflas y me vuelvo a meter en el saco de dormir, procurando utilizar sólo la parte de arriba que es lo único que queda seco. Por un momento siento el placer del confort de mis calcetines secos y mis pantuflas. Me colocó una camisa, y pongo cuidadosamente a resguardo del agua mi jersey y las mallas largas. De puta madre, me digo.

Recuerdo lejanos días de escalada en los Alpes cuando el mal tiempo nos tenía retenidos en toscas literas durante días enteros esperando que dejara de llover o nevar. En aquellas circunstancias mi compañero siempre fue las obras completas de Tagore, un volumen de tapas de piel verde y hojas en papel Biblia, que después me afanó mi hijo Mario. Hoy los tiempos han cambiado y mi ipod, además de llevar enlatada toda la música que una persona puede oír en su vida, almacena una completísima biblioteca; y ello sin contar una colección de películas que almacena mi nimiportátil.

Es una curiosa circunstancia ésta, aislado en alguna parte del mundo, un bosque sobre los acantilados, bajo la lluvia dentro de una pequeña tienda con todo este bagaje digital, por otra parte tan ligero como un buen libro, pero sin otro medio de subsistencia que un mendrugo de pan.

De todos modos se está bien aquí dentro escuchando el relato de los años de infancia de Arturo Barea, la entrañable infancia de cuando los niños rodábamos por las calles de los pueblos y las ciudades como los seres más libres del mundo.

No muchas novedades más esta tarde. Más lluvia. Dedico largos ratos a navegar entre los años de la vida y la realidad que lo circunda. Un deporte que me es muy querido. En medio de ella aparece un gato negro que me mira algo sorprendido por un rato, luego una ardilla trepa por el roble de enfrente, más tarde aparece otro gato, éste listado de bandas grises; hace ademán de acercarse, pero no tengo nada que echarle de comer y termina aburriéndose y marchándose. Una corneja agita las ramas sobre la tienda y se produce un chapoteo sobre la tienda. Por unos minutos deja de llover. El ave que llena con su canto los alrededores viene a posarse frente a la puerta de mi tienda, pero ya ha empezado a oscurecer y apenas distingo su bulto columpiándose en unas zarzamoras. Había pensado ver La infancia de Iván, de Tarkovsky, pero la limitación de movimientos que me imponen la lluvia me hacen desistir.

Noche húmeda pero no del todo incómoda. Llueve. Sólo hago votos para que ningún imperativo me obligue a salir de la tienda. A las nueve de la mañana llamo por teléfono a casa para que me den el parte metereológico de la zona. Gracias, mi señora. Parece que la cosa está por mejorar.





Cabanas, 25/05/2009


Con su nana de lluvia sobre mi tienda
la tarde de plomo y agua
transcurre entre el Brunete y el Navalcarnero
de una novela de antes de la guerra.
Sobre el bronce de la tarde
la campana da a lo lejos las horas.

Llueve,
las olas dejan el rumor agreste
en el paño monótono de la hora.

Aislado en mi tienda azul
escucho expirar la tarde,
en ayunas, como un devoto en penitencia,
me meriendo trinos de pájaros
y tañidos de campanas,
algunas gaviotas que graznan bajo el agua.

Loco coleccionador de instantes
a fin de cuentas,
de cuando la savia sube
desde la tierra preñada a las ramas;
hoy óbito preñado de olas y agua.