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Camino de perfección

GR-10. Junto al Tajo, 1 de mayo de 2008

A principios de marzo comencé a caminar, allá junto al mar de Valencia, con la intención de poco a poco ir al encuentro del otro mar, allá por poniente. A estas alturas, después de haber vuelto a Camarena de la Sierra donde había terminado mi primer tramo y haber recorrido durante más de dos semanas el tramo de la GR-10 de Teruel y Guadalajara hasta llegar a la provincia de Madrid, no sé si dirigiré mis pasos hacia las tierras de Pessoa o si llegado a las tierras salmantinas o extremeñas me decidiré por girar al norte por el Camino de la Plata dirigiéndome a Santiago, para continuar quién sabe hacia dónde y cómo. El pasado año me marché a Oriente para un viaje que preveía que no iba a durar más de uno o dos meses y luego vagué durante medio año por Asia y África. Algo parecido podría suceder ahora recorriendo las tierras de España.


Se puede ver el recorrido y las fotos en Google Earth. Pincha aquí


Tener tiempo para hacer lo que deseas es una de las cosas mejores que le pueden suceder a uno en la vida. Hace poco soñé con volver a los Alpes en verano, emulando una travesía anterior; hoy, después de la experiencia de algo más de tres semanas de caminar por nuestra hermosa tierra, el cuerpo me invita a seguir pateando este país. Es un placer levantarse cada mañana y echar a andar, cada día un paisaje, cada día un montón de pequeños pueblos en la retina, cada día los olores del campo saturando las fosas nasales, cada día llenándose los oídos con el sonidos de los pájaros, de los ríos, de la brisa, cada día bañando los ojos con los colores todos de la primavera, las cebadas, los trigos, los brezales, las jaras ya en flor, las gordas nubes flotando sobre los cultivos; y en las últimas jornadas las nubes enroscándose entre las montañas y los valles de Ayllón.


Tardé siete días en comenzar a escribir algo. El cansancio era tal que cuando caí la tarde apenas me quedaban fuerzas para tumbarme y mirar las lomas de Albarracín o los tajos que empezaba a vislubrarse en las cercanías de Peralejos de las Truchas. Transcurrido este tiempo era más fácil disfrutar del camino, las piernas se había puesto de nuevo a tono y empezaba a haber tiempo para todo. Comienzo a transcribir aquí mis anotaciones del caminar de estos días atrás.

***

Hace una semana que camino; mucho todos los días. Cada mañana, mientras mis piernas entran en calor arremetiendo las primeras cuestas, unas veces envuelto en el perfume del espliego o del tomillo, otras atravesando espinos de aulaga en flor, muchas siguiendo un sendero que no requiere mucho mi atención, como hoy, junto a las aguas del Tajo; cada mañana, mientras todo este mundo confluye con el mío, mientras comienza a amanecer sobre los altos de algún acantilado, enciendo mi mp3 y leo/escucho algún libro. A esta hora me gusta leer algo relacionado con el hecho de vivir, algo que me abra el apetito de intentar comprender lo que hago o dejo de hacer a cada momento, cuál es el significado de mis movimientos; o mejor, que me ayude a contemplar las cosas con el ánimo tranquilo, a vivirlas con la delectación simple de un bicho más entre otros muchos de los que pueblan el campo o los ríos. Y hay libros que son más propios para estos menesteres, que diría Teresa de Jesús, de quien precisamente leo en estas mañanas su Camino de perfección; arengas y consejos de la santa destinadas a sus monjas del convento de San José de Ávila, hace ya medio milenio.
Empecé el librito allá cuando atravesaba una mañana temprano por la vetusta localidad de Orihuela del Tremedal; casas de piedra, campanas de bronce sonando en el ambiente claro de la primera hora, calles estrechas y golondrinas y vencejos disputándose el aire de una fría mañana de abril. Hoy también comencé el día con Teresa de Jesús; hoy recorría el Alto Tajo, el rumor del agua siempre a mi diestra, los farallones encendidos por el sol tempranero, un cuclillo trenzando su canto con el agua y otros pájaros; hoy también con el rumor de las hojas de los pinos agitadas por el viento.
Hacía años que quería leer a esta mujer apasionada. Su nombre se oye devotamente tanto en lenguas viperinas como la de Cioran, como en mentes inteligentes y brillantes como la de George Elliot, otra mujer admirable. No hace falta ser creyente para leerla, me parece, de hecho es suficiente sentir la emoción de su pasión para que uno desee hacer de su lectura un primer acto matinal. Si Cioran decía que si Dios tenía que dar las gracias a alguien, sería a Juan Sebastián Bach, algo parecido podría haberse dicho de Teresa de Ávila. A mí me importa bien poco el Papa y toda su cohorte, pero, sin embargo soy devoto de los amores de Teresa y de su fuerza arrolladora. No sé muy bien en qué cajón puede meter un ateo esa emoción que suscita su lectura, cómo se puede diferenciar estos sentimientos de otras pasiones, otros amores; pero sucede de ese modo, siento una profunda cercanía por el cómo dice, acaso más de lo que dice en sí; leo con atención, con recogimiento, sabiendo que en sus palabras, en la enorme fuerza de sus argumentos duerme algo indefinible en donde se esconde la verdad que todos buscamos. Ella habla como priora a sus monjas; las habla, ya lo sé, de un Dios, de un cielo, de un infierno en los que yo no creo, y no sólo que no creo, sino que se me parece como la representación de un estado de ingenuo infantilismo; sin embargo, sus palabras, más allá de las circunstancias de la época en que el mundo vivía encerrado aún en una concepción de la realidad mágica y sujeta a las furias y a las bondades de un Dios nacido a imagen y semejanza de una idea patriarcal humana; más allá de todo esto, sus palabras son vigentes en esa apasionada devoción a los valores importantes, al amor, sea donde sea se ponga ese amor; el amor como fuerza que nos mueve, nos conmueve, nos catapulta más allá de nosotros dando sentido a nuestras vidas. El amor de Teresa de Jesús es tan sublime que es frecuentemente causa de un gran desgarramiento físico interior. Un amor terrible y arrollador que no cabe en la explicación biológica que comúnmente le damos, ni es posible encorsetar bajo ningún sistema; parece. Aunque a mí me emociona ese amor de Teresa de Jesús, no por eso dejo de pensar que está equivocada, que lo que le sucede a ella, aunque con mucho más fuerza, es lo que le sucede a tantos; vive esa sensación oceánica que sentimos todos y que menciona Freud, y que no sabiendo bien dónde colocar muchas veces unos lo refieren a Dios, otros al amado o la amada, muchos a la Naturaleza, a la Humanidad, etc. Quizás por ello no es difícil encontrar concomitancias en la escritura de la santa con otras lejanas culturas orientales, lo que demostraría que las religiones en el fondo lo que hacen es intentar dar salida a inquietudes que el ser humano no logra representarse con claridad, pero que ejercen sobre él una enorme fuerza.
Cuando esta mañana oía largamente, junto al canto de los pájaros que pueblan la arboleda del Tajo, hablar de la necesidad de la oración interior como uno de los principales modos de emplear el tiempo de nuestro día, ese calor que pone, esa pasión de mujer sabia a quien las riquezas y los honores de este mundo parecen tontos y peligrosos juegos con que confundir a la gente; cuando la oía, me parecía que aquello no guardaba mucha diferencia con lo que Buda predica.
Si Teresa de Jesús hubiera nacido en Manchuria o en Nepal, a la oración interior le habría dado otro nombre. Se trata de la misma cosa que se hace en Oriente. A Santa Teresa le sobra Dios, se atrevería uno a decir, le sobra ese gran interés que han heredado los hijos de Alá y los cristianos por un paraíso, un infinito placer post mortum que sería como el resultado de la mejor inversión que uno haya podido hacer en vida. En ella, una mujer tan apasionada, esa relación con un Dios amante, padre y hecho a la medida de un gran monarca, me parece tan solo una consecuencia de la presión social de su época. Lo que cuenta, como en todo amor, es el anhelo del ser amado, ese cántico espiritual que alumbra la noche de San Juan de la Cruz, noche oscura en que el dilatado anhelo del santo viste de Amada a ese Dios salido del Medioevo y que con una claridad más universal, menos apresado de convenciones de la Iglesia de entonces, acaso hubiera roto los barrotes de hierro en que estaba encerrado el pensamiento para llegar a quedarse en puro deseo, la pasión de querer algo, alguien externo a nosotros hacia quien toda nuestra voluntad tiende.
¿Cumplirá todo esto la función de algún mecanismo interno difícil de agarrar por las orejas, de oler, de mirarle las tripas por dentro; sustitución, sublimación, acaso el de esa fuerza necesaria que nos ayude a tener un motivo para seguir estando vivos?
Por la tarde me aparté del camino y busqué refugio junto al agua; entre los pinos, después de concluir las aventuras de un sacerdote metido a buscador de antiguallas del moblaje rural en algún condado del Reino Unido, uno de esos relatos del sorprendedor Roald Dalh, que termina por burlarse de los afanes con que acometemos tantos empeños para ofrecer una visión chusca y humorística de la realidad; entre los pinos y junto al agua, instalé mi iglú plateado y me dediqué a contemplar búdicamente la corriente del Tajo, una agua verdosa y limpia que corría impetuosa rodeada por los farallones rojizos que, como llamas, allá arriba despedían el día.










































































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Cosas dignas de ver


GR-10 Hundido de Armallones, 3 de mayo de 2008


Hoy mi alameda de tarde huele ligeramente a cieno, también algo al romero que cubre junto con las amarillas aulagas y con los cañizos la cercana orilla del Tajo; huele a otoño. Acampo junto a los muros de los restos de un puente que hace décadas debió derrumbarse sobre el cauce del río. Los sillares son de una piedra ocre y cálida y están cubiertos de vegetación; parecen los muros de un monasterio medieval. El rumor del agua me lo sugirió; quizás porque no es posible concebir un claustro románico sin este venturoso rumor de agua que tanto aquieta el alma. Ya estoy seguro de que cuando regrese a casa una de las primeras cosas que haré será poner en funcionamiento esa pequeña laguna que decía ayer, más bien un charco grande, en donde pueda oír el agua caer entre las yedras , un rumor de agua privado que me recuerde este otro de hoy, los pájaros, el claustro de San Juan de la Peña, la fuente de ayer en el convento de Buenafuente del Siltal. El agua empuja a mi ánimo hacia la mansedumbre y la comprensión, me reconcilia conmigo y con el mundo.
Esta mañana temprano el paisaje era de sabinas, bojes y encinas; allá abajo discurría salvaje el Tajo, impenetrable, franqueado de muros rosados que sobresalían entre la vegetación; arriba volaban intemporales y distraídos grandes buitres; planeaban como sin objeto, por puro placer, como grandes cometas negras. Era un camino agradable lleno del olor del tomillo. En algún momento éste se precipitó cuesta abajo y desaparecimos él y yo en lo profundo del bosque hacia los acantilados que festoneaban el cauce del río; el paisaje se hizo agreste, bello. Y poco más allá, como una aparición, un breve prado de hierba rala en el que parecía haber crecido un puente de piedra, el de Tagüenza; inesperado puente de gran arcada y sobre todo especialmente desproporcionado para el humilde camino al que servía. Aquí el Tajo se estrecha, se hunde, verde y enigmático en una angostura de piedra gris y aparece magnífico desde lo alto del pretil del puente cincuenta metros más arriba, como colgado del cielo. ¡Cuántas cosas dignas de ver! Para Teresa de Jesús, cada dos o tres páginas siempre hay alguna cosa digna de ver.
Una vez que toda la familia bajamos parte del Alto Tajo en colchones inflables, emulando a Huckleberry Finn en el Mississippi, nos prometimos con otros amigos tan locos como nosotros, que algún día habríamos con construir un balsa con ruedas de coche y navegar hasta Lisboa; un día que el hijo pequeño de ellos, Rodrigo, y el nuestro, Mario, parloteaban detrás de nosotros, subiendo hacia lo alto de los acantilados que se alzaban sobre el río, sobre la existencia de Dios. Era cosa digna de oírse. También aquí, caminando, cada poco hay cosas dignas de ver. La teología duró hasta mitad de la cuesta, y eso que la marcha nos dejaba sin resuello. A partir de cierto momento la pareja cambió de tema y hablaron de la vida y Rodrigo expresó su opinión de que él nunca querría ser poeta, como si ello fuera una profesión similar a la de zapatero o carpintero; y cuando Mario le preguntaba, parados entonces en un repecho en donde se admiraban los salvajes meandros del Tajo con sus aguas verdosas y agitadas, que por qué, Rodrigo respondía que porque a los poetas los mataban. No comprendí en el momento los vericuetos de los razonamientos de este crío de siete años hasta que momentos después, yo ya retrasándome en la ascensión prendado de la interesantísima conversación de estos jóvenes filósofos, oí el nombre de García Lorca. Comprendí entonces. Los padres de Rodrigo tienen un cortijo en tierras granadinas y en su casa se lee bastante. Rodrigo con sus pocos años ya había empezado a atar cabos.
Nos prometimos navegar el Tajo; pero no da para todo en la vida. Hoy, viéndolo espléndido y solitario, escuchando su ruido sordo desde las alturas, me volvieron a entrar ganas de navegarlo; al menos esta parte que recorro últimamente. En cuatro días que llevo caminando a su vera me da la impresión de hacerlo junto a un amigo; también él es un solitario; también él atraviesa alamedas, cañaverales, riscos grises y herrumbrosos; también él es acompañado constantemente por el canto de los pájaros, por el reclamo del cuclillo que con aburrido cucú parece recordar a cada momento el tic tac del tiempo, un metrónomo del que yo huí hace una semana desprendiéndome del reloj y viviendo después guiándome por el sol o la noche, pero del que no es posible prescindir, aunque uno no tenga ninguna obligación concreta que cumplir, ni lugar o pueblo preciso al que llegar a una hora determinada.
El camino invita constantemente a ser devorado, atravesado, dejado atrás; se busca el repecho siguiente, la curva próxima del río. Me tengo que violentar para ralentizar mi marcha. Hoy, después del puente del Tagüenza, una vez llegado a lo alto de la ribera izquierda, el caminillo se hizo pista, ancha, enorme, deslumbrante y barrida por el sol del mediodía. A la mañana había comenzar a caminar muy abrigado, hacía fresco, pero ahora, a las doce, sobraba todo. El paisaje era bello, pero la pista se hizo extremadamente monótona, reiterativa. Cuando se anda muchos kilómetros por un terreno uniforme los pies terminan cociéndose. Eso me sucedió hoy. En cierto momento me derrumbé a la sombra de un pino, no podía más; saqué el aislante, me tumbé y me quedé dormido. La segunda parte se me hizo más corta y, cuando me quise dar cuenta la pista se había ido estrechando y estrechando y se dirigía directamente hacia el río. No había señales. Me entró la duda, saqué mi brújula y la conecté; no, estaba en buen camino. Al poco desaparecía totalmente la pista y aquello se convirtía en un caminillo de cuento rodeado de romero, bojes y aulagas; el río cantaba su sonaja al lado; un lugar que llaman el Hundido de Armallones. Recordé entonces la novela de José Luis Sampedro, El río que nos lleva, en donde se describen la vida de los gancheros que tiempo atrás utilizaban el río para bajar la madera cortada aguas arriba. Quizás uno de los gancheros tuviera una novia en el cercano pueblo de Armallones; de eso me debe sonar este pueblo.
Allí el camino iba de la mano del río y me fue posible encontrar un lugar para pasar el resto del día a la sombra de una chopera, junto a los sillares del puente de que hablé al principio. Ahora va casi anocheciendo y, junto a los otros animalejos han aparecido los mosquitos. Me tuve que vestir del todo. En mi macuto no hay ningún tipo de repelente. La tarde es tranquila, deliciosamente agradable; hubo un momento que se nubló y parecía que iba a llover, pero pasó. Las hojas de los chopos tienen un delicado color otoñal, tierno, como agitado todavía de sol de invierno, como si se asomaran a la primavera probando todavía a ver qué tiempo hace.
Hoy tendría que haber hablado de algunos relatos del bien humorado Roald Dalh que leí mientras atravesaba la aburridísima pista del mediodía, pero creo que no me va a dar tiempo. Cuando llegué aquí venía tan cansado que no me moví del suelo en media hora, tras la cual sólo de mala gana me decidí a comer algo; alrededor todo quedó disperso; ahora me toca recogerlo y poner la tienda. Anoche me quedé dormido oyendo a Montserrat Figueres; voy a ver si hoy llego hasta el final. También esto es cosa digna de ver, tumbado, a oscuras, metido ricamente en el saco, descansando a plena conciencia enchufar el mp3 y terminar el día oyendo a Montserrat Figueres acompañada por la viola de gamba de Jordi Savall.











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Entre Carrascosa y Sotoca de Tajo

GR-10. Carrascosa de Tajo-Sotoja de Tajo, 4 de mayo de 2008

Trapiello, sus diarios, uno de muchos, Los caballeros del punto fijo, diluye esta tarde su no mucha sustancia en un bello paisaje de lomas atravesadas por caminillos, ocres unas veces y de pálidos amarillos otras. Atravesando a la hora de la misa por Oter las campanas llaman a los feligreses al precepto dominical. Un grupo de hombres esperan fuera; les pregunto por el camino de Carrascosa; me indican desganadamente y mal, con lo que más adelante tengo que habérmelas con las laderas empinadas de un barranco cubiertas de altos espinos. También había llegado con Trapiello a la silenciosas calles de Carrascosa del Tajo en donde las parras hacían jeroglíficos sobre las fachadas, austeras, todavía con unas pocas hojas transparentes y brillantes sobre la madera fibrosa y oscura. En la plaza cantaba el agua de la fuente, un banco de forja, arrimado a la fachada principal de la iglesia, quedaba muy bien para mi cámara; arco de medio punto de piedra rosada y banco de arabescos al sol del medio día. Dos chavales se interesan por mi camino; me quito el auricular y se lo digo sin muchas ganas de darles conversación. Aunque camino constantemente por el mundo no dejo por ello de estar con frecuencia metido en el caparazón de mi propio yo; esta mañana estaba muy arrebujado en mi lectura y en mis pensamientos y se me hacía fastidioso el contacto con la gente, por demás tan rudimentario y reiterativo como siempre en estos pequeños pueblos... salvo que a uno que caiga la suerte de tropezarse accidentalmente con algún loco interesante como Santi, aquel ermitaño que encontré en las montañas de Valencia; a fin de cuentas entre locos anda el asunto, porque no parezco otra cosa a los lugareños con los que entablo conversación cuando les cuento de dónde vengo y a dónde voy.
Trapiello contaba la historia de una farra que se corrieron un puñado de intelectuales en Munich y que le había relatado una mañana la dueña de una librería de viejo de la calle Cedaceros. Por allí andaba achispado Ortega y Gasset, metiéndole mano a su vecina por debajo de la mesa, la amiga de la librera. ¡Qué cosas! ¿Y por qué será que a uno le cueste tanto trabajo imaginarse cosa tan común en personajes de aspecto tan serio y circunspecto? Mientras fotografiaba a un gato ricamente sentado sobre la atalaya de un tronco que servía de asiento a la puerta de una casa, perdí el hilo de mi lectura; el gato, cuando veía que me aproximaba salía pitando, pero minutos después volvía a su altillo. Es domingo, en las calles laterales había gente repantigada en sillas y tumbonas, como si se tratara de la hora de la siesta de un mes de agosto. Callejeé con la cámara en la mano; un pueblo más, unas pocas casas con la pátina del tiempo en sus fachadas, una iglesia de piedra con su torre de adobe y su enrejado de forja en la puerta. Todas las iglesias del recorrido están cerradas a cal y canto.
Tras fotografiar nuevas parras y nuevas fachadas tuve que rebobinar para encontrar el hilo del relato de la librera. Seguí leyendo cuando dejé el pueblo a mis espaldas. El camino se perdía a ratos arrasado por la rejilla de un arado; lo volvía a encontrar unos cientos de metros más allá después de husmear con mi brújula en la mano por los alrededores. Tierras herrumbrosa y oscuras salpicadas con manchas entreveradas en sus ondulaciones de café con leche claro. Después campos de tomillo y romero, de abejas zumbonas y de hileras de álamos en los bajíos. Tras haber descansado bajo un pino que aliviaba del sol del mediodía se nubló y caminé entonces por una soledad de lujo. Más tarde fue grato pasear con las cosas nimias del diario de Trapiello. Me gusta la idea de su escritura, pero si la energía que le sobra en la prolijidad de muchas entradas la hubiera empleado en dar un poco de profundidad a sus historias quizás su lectura hubiera sido mucho más interesante. Subiendo un vallecillo cubierto de brezos y espinos me tuve que tragar entero un viaje convencional a Roma que no era otra cosa que la expresión de lugares comunes. Antes había estado en París, y allí la sustancia consistió en ir a una exposición sobre Bretón con la pretensión tomada previamente de poner de vuelta y media al susodicho, ya que ni Bretón ni su entorno le gustaban un pelo; lo que yo quizás también habría hecho ya que ese personaje de manos pulidas y aristocráticas no es santo de mi devoción, aunque en mi mochila venga precisamente un libro de él. A Trapiello le gusta no dejar títere con cabeza, sólo milagrosamente se salvan sus amigos y J.R.J., que imagino será el poeta; ahora G.d.B., a ese no le pasa una, desde pederasta para arriba, todo lo que se le ocurre; se entretiene maquiavélicamente en llenarle de estiércol, insultos simples y sin sortilegios, acaso animado por el incentivo de una mayor venta de su libro. A veces huele un tanto a podrido: los ecologistas, algunos conflictos políticos y bélicos de importancia... despacha bulas a diestro y siniestro, se parece a Dios Padre separando a buenos y malos en el Juicio Final; su resentimiento le sale por las junturas de las palabras con no poca frecuencia. Sin embargo ese aire de lo cotidiano que corre por el libro me gusta.
La obsesión de escribir un diario con la intención de entregarlo a la imprente año tras año debe de ser un peso terrible para un escritor, a no ser que sea éste un medio de vida, que así lo parece, lo que al final viene a verse con excesiva frecuencia, sobre todo en aquellas páginas que no salen del impulso de lo vivencial sino de la necesidad de llenar páginas que cierren con un volumen adecuado el diario del año correspondiente.
Aquí los pueblos siguen llamándose de Tajo, pero el río queda algo alejado; ya es campo abierto y venteado; incluso con cobertura telefónica, con lo que después de cuatro o cinco días vuelvo a tener comunicación con el mundo.
Esta mañana, cuando Teresa de Jesús empezaba a glosar las palabras del Padre Nuestro, tropieza en seguida con la necesidad de situar geográficamente a Dios (Padre nuestro que estás en los cielos...) y, ni corta ni perezosa va y se sale por la tangente de la mano de San Agustín diciendo que Dios está dentro de nosotros. El problema de la localización espacial lo resolvió tan en un periquete y lo ilustró tan profusamente que al final quedé encandilado con la idea e imaginé que la propuesta podía ser muy fructífera precisamente porque uno está muy acostumbrado a leer textos de procedencia muy heterogénea donde ese dentro de uno, pozo misterioso, cielo e infierno de la mismidad, ser interior, fin y objeto de nuestro hacer porque de ser nosotros mismos se trata; ese dentro de uno, decía, parece ser el centro del universo hacia donde caminamos todos. Y siendo así que Dios está dentro de nosotros y nosotros dentro de él, se colige malamente tanta caterva de intermediarios que como en los transacciones comerciales lo único que hacen es engordar a costa del prójimo. Un asunto totalmente personal; así se debería entender, se llame éste Dios, ser interior o de cualquier otra manera.
De ahí y de hacer de una elevada contemplación cosas esenciales para la vida podríamos pasar a ser ateos sin necesidad de vivir la sospechosa contradicción de la santa, que por muy santa y altruista que parezca no deja en definitiva de aflorar en sus razonamientos un egoísmo paranoico dado que todos sus actos están dirigidos a conseguir un bien personal eterno. Y así, junto a ese tenebroso sadismo, esa inconcebible maldad de un Dios que se va a cobrar venganza por toda la eternidad, por toda la eternidad, ahí es na, ella, la santa contempla impasible desfilar ante sí la cámara de los horrores con toda naturalidad sin que en ningún momento a su caridad se le ocurra preguntarse que en aquellas circunstancias ella y su Dios, en el consentimiento de ese horror, en su pasividad, en su falta de caridad para todos los condenados, se convierten en los seres más malévolos del universo. ¿Cómo una santa de tales amores divinos podría vivir en las delicias del paraíso eternamente mientras sus hermanos, sus hermanas, como ella dice, permanecerán cociéndose a fuego lento, sufriendo las mayores torturas que un sádico demente puede inventar para ahondar en su deseo de venganza?
Se va la luz. Esta tarde me produce un poco de asquito esa “solidaridad” de mi santa de estos días con su Dios, ese carnicero vengador que inventaron los mismos energúmenos que avivaron las hogueras de la Inquisición y se instalaron en el esplendor del Vaticano. Me da lástima encontrar que esta mujer con la que he conversado estos días, y de la que tantas cosas interesantes se puede aprender, termine, al modo en que se hace hoy en tantas instancias, descubriendo que de lo que al final se trata es de buscarse el bienestar propio, en su caso junto a su Señor, el poderoso, el dador de contento y felicidad... Y a los demás que les parta un rayo; qué le vamos a hacer, es ley de vida, parece decir tácitamente ella. Sin embargo esas “malas personas” a las que Dios destina una eternidad de sufrimientos no deben ser probablemente otra cosa que pobres infelices que no supieron, no pudieron encontrar ese camino de la perfección que enuncia el libro de Teresa de Ávila.
Evidentemente en estas cosas cree ya bastante menos gente que en el siglo XVI, pero aún así es notoria esta hipocresía católica que diseñaron los seguidores de san Pablo en donde la bienpensante feligresía contempla un futuro de felicidad tras la muerte perfectamente compatible con ese otro invento del Infierno.
Las matas de espliego y tomillo, agitadas por la brisa, añaden un bienestar más a esta tarde que amenazaba lluvia pero que se quedó tan sólo en delicados matices de colores y en campo perfumado. Sobre el campo se ha echado la noche y sólo el perfil de los picos y las formas alargadas y grises de las nubes colgando en el tibio azul ocupan el horizonte. Hay una gran sensación de soledad en el ambiente. EL caminante, recostado en el tronco de un pino, piensa EN en lo mucho que le gusta esta vida.
Es hora de meterse en el saco de dormir.





























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Otro eremita en mi camino


GR-10. Alaminos-Jadraque 5 de mayo de 2008

La mañana estuvo hecha de los verdes espléndidos de la cebada y los trigos con un cielo azul intenso en que flotaban gordinflonas y ligeras nubes que de continuo me hacían parar para con mi cazamariposas digital engrosar con ellas mi colección de las cosas bonitas del mundo. Pensé que sería un día caluroso y pesado pero resultó de lo más apacible desde el mismo momento en que terminé de recoger la tienda y el sol empezó a despuntar entre los brezos. Una encantadora pajarera matinal que se intensificó según me fui acercando al pequeño pueblo de Sotoca de Tajo. En la alameda próxima formaban una escandalera “digna de oírse”, el pueblo aparecía vacío, aquí no hay aldeanos madrugadores ni amantes de la música matinal. El cementerio crecía a un lado más allá del tapiz de cebadas luminosas.
Luego pasé por Cifuentes. Desayuné abundantemente bajo las arcadas de la plaza. Todo el mundo estaba ocupado, sólo parecía haber un ocioso en el lugar, uno con barba de semana y media y aspecto un poco loco; todo vestido de negro, mallas cortas, barba entrecana, con las gafas puestas al revés porque éstas sólo tenían un cristal a la derecha que él necesitaba a la izquierda, ya que al cristal ausente se le había aflojado un tornillo y pasó a mejor vida; una mochila junto a una mesa llena de fotocopias de mapas, unas gafas de sol, un pincho de tortilla en un platito sobre una bandeja, un café con leche y un par de bollos. El tipo estaba ensimismado en el laberinto de fotocopias. Había llegado a la conclusión de que la ruta que marcaban sus papeles no le convenía, que hoy quería comer bien y abundantemente en un restaurante y por la ruta marcada no había ningún pueblo con aspecto de ofrecer ese servicio.
Para salir de Cifuentes conecto el gps, el mejor invento que le ha caído al caminante en las manos en los últimos tiempos. Hoy sería de gran utilidad. LocalizO un pueblo para comer, Masegoso, y después diseño un nuevo camino para la jornada.
La lectura de Roald Dalh era interrumpida constantemente por la necesidad de hacer alguna toma, los colores de la tierra, terrones oscuros, verdes cimbreándose con la brisa, algunas lomas de formas femeninas, el camino zigzagueando hacia el fondo de una alameda. Roald Dalh repite algunos procedimientos, hoy me gusta menos. Le sucede lo que a Trapiello, vive de la escritura y eso en ocasiones se nota. No hace mucho me di un empacho con los cuentos de Horacio Quiroga. Algunos relatos eran admirables, llenos del exotismo de la selva, de la visión profunda de quien ha vivido muchos años el reto de un mundo agresivo y difícil, de quien ha surcado los ríos amazónicos, de quien ha tenido un íntimo contacto con la naturaleza y sus habitantes... pero escribió tantos, tantos cuentos urgido por la economía doméstica que su escritura se resintió. Borges dijo injustamente de él que hizo mal lo que Kipling ya había hecho bien. Borges tropezó con alguno de los peores cuentos y debió desistir en su lectura. Borges también tenía sus amigos y sus fobias, como todo el mundo, imagino. Trapiello es un currante de las letras, creo que con estos diarios ya lo he leído del todo para siempre. A Roald Dalh le sucede algo de lo mismo, al final se hace una literatura excesivamente ligera, cargada demasiado con la sorpresa guardada, con la anécdota que hace sonreír; aunque es admirable el derroche de su bien montada escenografía cuando la cosa viene al caso.
Este verano cumplo sesenta años. Leí en una ocasión de alguien que decía que a esta edad sólo se debería releer, que no podía, etc. No creo que haya que ser tan exagerado, pero la afirmación apunta a la necesidad de ser exigente en la selección de las lecturas que uno hace, lo cual no es tarea fácil, si se piensa en que las posibilidades son prácticamente infinitas.
¿Me merecerá la pena leer al señorito Bretón? ¿No será mejor sustituir Moby Dich, que leí hace veinte años, por Víctor Hugo? ¿Releeré los relatos de Chejov o mejor me pondré con ese ejemplar en papel que traje de Las alegres comadres de Widsor y tres o cuatro comedias que lo acompañan? ¿Y qué haré con Baroja, Galdos, Larra, J.R.J., todos esos nombres que también existen y que me recuerda Trapiello, tantas obras que esperan su turno? Más lo poetas de la famosa lista, más el montón del rincón de mi mesa de trabajo, o Cervantes, o Quevedo... ¡La vida es tan corta!
Después de las cebadas el camino desapareció. Apagué mi mp3. Tuve que caminar con la brújula en la mano, la pequeña trocha, que desaparecía de vez en cuando, atravesaba una gran hondonada de quejicos; salté una valla; quizás estaba en la finca privada de un ricachón, no sé, pero el paisaje era encantador, sobrio, de troncos cubiertos por esos líquenes de color anaranjado, casi rojizo, que pueblan los troncos de las encinas, los chopos y algunas rocas, unos ejemplares que he fotografiado en los países más dispares del mundo y que a veces se componen de manera tal sobre rocas o árboles de merecer un puesto en las pareces de cualquier prestigioso museo moderno. El caminillo no parecía dirigir a ninguna parte, describía ondulaciones continuas entre los árboles; al final se subió a un collado y allí volvieron a aparecer las cebadas que anunciaban las cercanías de Alaminos, un pequeño pueblo de bellas fachadas y calles estrechas. Tres hombres vestidos con un mono azul, que mataban el tiempo sentados en un banco de la plaza junto a la fuente, se interesaron por mi caminar. También había un gato. Vieja manía ésta de fotografiar gatos, que me viene de los regalos que mandaba a mi amiga M desde cualquier país del mundo en que me topara con algún bello ejemplar, porque sabía que ella amaba a estos felinos de uñas afiladas. Eso hasta que un día se mosqueó por un pie de foto de uno de esos gatunos regalos, confundiendo el buen humor con un a alusión a su persona que no le gustó (¡ay el sentido del humor, cuánto de él debería habitar en nuestras vidas y sin embargo...!) y entonces los gatos se fueron al carajo.
Es una pena que haya perdido mi afición a despartir con las gentes de los pueblos. Recuerdo que hace muchos años sí lo hacía, cuando tenía un pensamiento idealizado del mundo rural; después fui maestro durante un par de años en un remoto pueblo de Asturias y ahí se me acabó el interés. Las historias se me aparecieron tediosamente reiterativas, mi atracción por el rudimentario mundo rural se vino abajo. Ahora, cuando atravieso estos lugares, muchos de los cuales no llegan a los veinte o treinta habitantes, soy cortés con la gente que me encuentro, pero ahí acaba todo. Otra cosa son las armonías y los colores que esconden estos lugares, su silencio, sus iglesias como resto de una época distinta, sus calles empedradas, las pajareras que habitan en las alamedas próximas, sus cementerios donde siempre se levantan inhiestos y solemnes cipreses.
He llegado al llano. Ayer Victoria me contó que Mario se volvía de Méjico, que tiene tantas ganas de poner en práctica todo lo que ha aprendido con los indígenas del Yucatán (por cierto que mientras él y Paula viajan fueron también metiendo sus impresiones en un par de blogs. Aquí están sus vínculos: Mundo choza y Mundo huerta), tiene tantas ganas que ha decidido pasar la primavera en su cabaña de paja y barro atareado con la huerta y con los animales. El caso es que ahora me hace ilusión terminar provisionalmente este tramo de camino precisamente en su choza, en Valdemanco, lugar por el que casualmente pasa mi ruta. También tengo muchas ganas de estrechar con fuerza a este eremita y hortelano que tan interesantemente se está fabricando su vida. Así que si no me pierdo muchas veces, antes del próximo domingo habré terminado esta etapa de mi recorrido. Quizás un paréntesis, el tiempo de pasar a limpio estas notas, ordenar mi fotos, ver las exposiciones de Modigliani a la que no pude asistir antes, acudir a casa de Guille y Rosa para ver a mi nieta, visitar a mi padre, ver qué tal anda la Gorda... un puñado de cosas más y quizás vuelva a ponerme en camino. Veremos.
Hoy dormiré entre las cebadas y el revoltijo del canto de los pájaros.


























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Uno es de donde mejor está

GR-10. Jadraque-Merenchel, 6 de mayo de 2008



A veces uno no sabe muy bien qué hace por el mundo caminando desde el alba a la tarde. No lo sé, es como tratar de ver si haciendo esto o lo otro el espíritu se nos aquietara un poco (o por el contrario se nos llena de regocijo e inquietud), encontráramos esos pedazos de verdad que cada cual persigue o simplemente tratáramos de comprobar si poniéndonos en determinadas circunstancias nos llega la inspiración y nos da por pintar un cuadro, escribir un libro o hacer un poema. Uno es de donde está a gusto, decía un personaje de Patagonia Express, de Luis Sepúlveda. Uno trata de saber de dónde es tomándole el pulso a la vida en diferentes circunstancias; va preguntando de puerta en puerta, aceptando un mate aquí, compartiendo una cerveza allá, pegando la hebra donde se tercia, fotografiando el mundo y descubriendo a retazos lo poco o mucho que tiene la vida que merece la pena aprender.
Yo debo ser mucho de aquí, del camino; el personaje de Sepúlveda en principio era de Eslovenia pero terminó siendo de la Patagonia, que uno no debe de ser de donde nace sino de donde la vida y el tiempo le va diciendo con los años. Pero aun siendo así uno tiene la afición de volvérselo a preguntar de vez en cuando, como esta tarde después de comer en Jadraque y haber caminado desde el amanecer en que caí rendido en una alameda junto al río Tajuña y no me desperté hasta que empezaba a atardecer, y eso porque los mosquitos mierderos habían tomado mi cara como campo de aterrizaje. Mi cansancio hablaba entonces por mí.
Allí me dije: se acabó por hoy, pero la cosa no me convencía, el lugar era un poco opresivo, aunque bonito. Así que recogí y me puse en marcha. Me faltaban dos capítulos para terminar Patagonia Express, así que a la salida de Jadraque me volví a colocar los auriculares y esperé a que se me desentumeciera un poco el cuerpo después de tan larga siesta. Fue dejar la carretera y empezar a trepar por una vereda ondulante que volví de repente a sentirme profundamente de aquí, del campo, de los sembrados, del barranco aquel junto al castillo que había descendido poco después del mediodía; de los colores lujuriosos, espléndidos de las cebadas, de las flores, de las amapolas, del color tabaco de los surcos.
Llegué a lo alto de una loma, un mirador excepcional con unas pocas encinas en donde instalé mi tienda. A un par de kilómetros, en una hondonada, estaba el pueblo de Membrillera, y detrás, por poniente, la línea de las montañas a las que me dirijo, la zona de Ayllón; quizás la cumbre más alta sea la del Ocejón. Salí caminando desde la orilla del mar y ya estoy cerca de Madrid. Ni español, ni italiano, ni hindú, yo debo ser de aquí, de la tierra que piso, ya que estoy muy bien en ella, ya que disfruto tanto este silencio sólo interrumpido hoy por unos pocos grillos lejanos; ya que la brisa es amiga.
Cada uno es de donde mejor está. Hoy estuve en la Patagonia con Luis Sepúlveda, y también me sentí de allí, también recorrí en una ocasión aquellas tierras con extremo gozo. Hoy, subiendo la culebrilla del sendero que me llevó al cerrillo donde instalé mi vivac, tuve el deseo de volver allí; de otra manera, al modo como me desplazo ahora, a pie, sin prisa, durmiendo una noche en una quebrada, otra junto a un río, otra más en medio de la inmensidad de aquella tierra, como en aquella ocasión en que el coche en que viajábamos se salió de la pista de tierra y después de dar un par de volteretas se quedó boca arriba pataleando como un escarabajo panza arriba que no pudiera volverse mientras las ruedas giraban en el vacío. Habíamos volado entre Usuahia y Río Gallego en un pequeño avión que se demoró lo suficiente como para hacernos perder el autobús que nos había de llevar a Punta Arenas, al otro lado del cono sudamericano, en Chile, y decidimos hacer autostop en un lugar donde la afluencia de vehículos no pasa de cuatro o cinco a lo largo de todo el día. Tuvimos suerte, a los diez minutos paró un coche; una joven y su madre viajaban a alguna hacienda del interior. Hablábamos animadamente después de dos o tres horas de viaje, cuando en una curva la conductora no pudo dominar el coche y éste derrapó primero y salió dando vueltas después. No tuvimos tiempo apenas más que para la sorpresa; nosotros salimos a gatas por la ventanilla trasera cuyo cristal se había roto. Algo echaba humo dentro del capó; salimos corriendo en previsión de que aquello pudiera incendiarse o explotara. No sucedió ni lo uno ni lo otro, el coche era como un perrito patas arriba que quisiera recibir las caricias de su dueño. Una broma en la inmensidad de aquel desierto de arenas y matas ralas. Victoria se había hecho un corte en la oreja y las mujeres habían sufrido algunas contusiones en las piernas y en el pecho sin importancia. Eso fue todo. Sorprendentemente a los diez minutos vimos aparecer a lo lejos una furgoneta. Entre todos volteamos el coche y momentos después éste arrancó sin dificultad. Lo vimos alejarse todo lleno de abolladuras camino otra vez de Rio Gallego. Nos quedamos en medio del páramo en donde un pequeño mojón pintado de amarillo indicaba el punto kilométrico cuatro mil y pico.
Fue de lo más maravilloso que nos ocurrió en aquel viaje de medio año. Era una soledad que se palpaba con las manos; hacía frío y el cielo era intensamente azul. Caminamos por el medio de la pista de tierra durante todo el día, no pasó ningún vehículo en ese tiempo. Tampoco llevábamos provisiones. Tuvimos durante todo el día la conciencia de estar viviendo un momento excepcional caminando por uno de los parajes más salvajes y solitarios del planeta. Al final, en la tarde, en algún momento oímos muy lejos el zumbido de un motor: nuestro autobús, diminuto y renqueante se estuvo aproximando durante un dilatadísimo tiempo, salvando toda la inmensidad que nosotros habíamos hecho caminando. Llegamos a Punta Arenas de madrugada.

Junto al relato de Sepúlveda viví mi propio experiencia mientras caminaba al lado de los lustrosos verdes de la cebada. Después recordé mi paso temprano de esta mañana por Argiles, un pueblecito agarrado a las laderas de un barranco de gran belleza, tuve una breve charla con un grupo de lugareños que tomaban el sol a las diez de la mañana en la plaza del pueblo. No parecía que hubiera mucho de interesante que descubrir allí, sin embargo el lugar tenía edificios de piedra muy bellos; tres caños de agua alegraban con su rumor la plaza. Pueblo sin tienda y sin bar pero con un puñado de vecinos mano sobre mano. Tampoco los alrededores del pueblo mostraban actividad económica notable: unos pocos campos sembrados de cereales tan solo.
Desde el altillo de mi vivac de hoy se veía la silueta del castillo de Jadraque, allí sobre una alta loma; el cielo empezaba a llenarse de estrellas como todas las noches. Sobre mi cabeza se encendía la Osa Mayor

























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Hacía frío en el tajo

GR-10. Monasterio de Buenafuente del Sistal, 2 de mayo de 2008



Parece que van llegando los días, toco madera, en que va siendo posible encontrar algo más que cansancio, un algo que ha de crecer para que el camino se convierta del todo en cosa agradable. Aunque se esté en buena forma los primeros días son siempre demoledores, el cansancio sale de todos los poros de la piel pidiendo un poco de paz y, a la tarde, cuando debiera ser la hora de hacer otra cosa y ensoñarse con la nadería de lo que vuela, pía, o ventea o canta alrededor, el cuerpo no responde a otro que a la necesidad de tumbarse y cerrar los ojos para elevar la plegaria de agradecimiento por haberse acabado por hoy el camino. Bendito instante (bendito olvido, decía ella; bendito tiempo, decía yo); bendito instante el de ese momento de la tarde en el que el cuerpo cae derrumbado junto a un arroyo, junto a unas matas de espliego o romero, o al lado de un bosquecillos de bojes, o en medio de un campo de yantenes a punto de reventar el capullo de sus flores; o en las cercanías, como hoy, de un monasterio cisterciense, el de Buenafuente del Sistal, convento silencioso de aguas rumorosas y cantarinas frente a la iglesia, donde rezaba en bonita letra gótica: Mi casa de oración, con un gran tilo en mitad de una placita llena de flores y en donde di cuenta de mis provisiones con el ánimo más puesto en las ganas de disminuir el peso de mi mochila que en el apetito. Y es que cuatro o cinco días de provisiones a la espalda, porque pueblos no hay esta parte del recorrido que salva el Alto Tajo, son mucho peso para un servidor, más el agua que también pesa lo suyo. Así que en estos días de lo que se trata es de consumir lo más posible. Sueño con el momento en que mi macuto se vea vacío de comida. ¡Qué alivio entonces!, contar así con el siguiente pueblo en que sentarme a la mesa de un restaurante o en la plaza junto a la iglesia o el ayuntamiento, y devorar las provisiones recién compradas en la única tienda del lugar; comer fruta a montones, que pocas veces cargo porque pesa mucho, yogures, caprichos frescos que le saben a mi cuerpo deliciosamente después del austero menú que da el camino.
Hoy tuve suerte después de dejar el Tajo en Puente San Pedro, puente de buenísimo recuerdo, de recorrido familiar en bicicleta, de proyectos de navegación fluvial, de un día que escapamos de Madrid M y yo y nos perdimos en las hoces del Duratón y atravesamos la tierra por pistas de pedruscos y macadán hasta llegar al Tajo, y después al nacimiento del río Cuervo; tuve suerte porque tras la árida pista que llega a Villar de Corbeta y tras perderme deliciosamente en un sabinar lleno de aulagas y pinos chicos, y de llegar al convento y salir por un caminillo marcado con las cruces rústicas de un viacrucis rudimentario, encontré un camino por cuya cuesta abajo era una delicia descender pensando en las cosas bonitas de la vida. Y para más gusto hacia poniente se elevaban unos farallones de óxido claro que llamaban mi atención de escalador de otros tiempos; y saqué la cámara y fotografié aquello entre las ramas de unas encinas; y apenas allá abajo subía una mujer, y a ésta la veía ascender con la lengua fuera y me gustaba contemplarla apoyando las manos a cada instante en las rodillas. Cuando nos cruzamos, dejó abrirse en su rostro una sonrisa encantadora. Su rostro era regordete y muy agradable, con un cierto aire de monja buena e inocente; su pelo corto muy a lo chicón, resaltaba su cara bonachona. Cuando nos cruzamos, se permitió un respiro, quedó como los corredores dispuestos a emprender la carrera, manos en las rodillas y mirada al frente. No era algo para que le asaltaran a uno pensamientos pecaminosos; podía tratarse de esa monjita que se encuentra Machado en aquellos versos del tren. ¡Qué bonita cosa es una mujer cuando uno lleva días sin tropezarse con ninguna!
Decía que tuve suerte y es que además de todo lo anterior, cuando ya miraba el campo hermosamente vestido de tarde con recelo porque bonito estaba, pero lleno de espinos y pedruscos sin un llano para mi tienda, después de un recodo me encontré con un prado aseado y acogedor con dos mesas de piedra bajo las ramas de sendas encinas, y al que no le faltaba el agua cantarina de una fuente. El bosque estaba lleno de pájaros y del zureo de las palomas.
Hoy también leí a Teresa de Jesús mientras descendía el curso del Tajo muy temprano, cuando el sol apenas acababa de posarse en los roquedales de las escarpaduras del río, allá en lo alto; mientras la bruma se demoraba entre los sauces y los pinos ralos de la orilla, allí donde el río, más arriba, parecía abrirse paso como entre las nubes. Una humedad y un frío que me pillaron desprevenido; me hubieran venido bien unos guantes de lana que se llevó Victoria hace un par de días cuando nos separamos en Peralejos de las Truchas. Leía las explicaciones que daba la santa sobre cómo ha de ser la oración mental, padres nuestros y ave marías con que desayunarse todo el día sin apartar la mirada del Altísimo. Y yo, mientras oía a la Santa iba pensando que quizás me habría venido mejor traerme un librito de San Francisco de Asís, que era más aficionado a la naturaleza que Teresa de Jesús, una oración quizás para mí más acorde la del parloteo con los pájaros, o los jabalíes que se esconden pero que dejan marcado el bosque con sus patas de excavadora.
Hoy me aburría un poco la santa; mientras la oía distraídamente quise imaginármela en las cercanías de un amor no tan divino. Tan recia mujer habría necesitado un buen ejemplar masculino, inteligencia y sensibilidad a espuertas. Se me hace difícil imaginar una posible pareja para estas mujeres que admiro, y a las que leí últimamente, la Dickinson, George Elliot, Teresa de Jesús, Colette. Harold Bloom dice de George Elliot que no había varón en la época de Elliot a su altura, a excepción de Adam Smith que ya estaba “cogido”, que la hubiera hecho sombra, y explica que de haberse casado con un hombre de inferior inteligencia su obra se habría resentido inevitablemente. No sé, entonces las mujeres lo tenían bastante mal. Desde luego lo que no me imagino es a un hombre corriente con una mujer de armas tomar como Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz probablemente no habría pasado de hacer manitas con la Santa. No recuerdo ahora, metido en un bosquecillo de bojes, encinas y pinos, si Quevedo coincidió en vida con ella; quizás Quevedo habría sido un buen plan, pero es que a Quevedo le sucedía lo mismo que a Pessoa, a Sabater, a Pavese, eran tan poco agraciados físicamente que es difícil pensarlos en las cercanías del dominio de Cupido.
Las salidas de madre de Bocaccio, cuando mete las narices en los conventos, no sirven a la energía de la superiora del Convento de San José de Ávila que en esto del amor iba muy que muy en serio y muy reciamente. Quizás Teresa sí habría hecho buenas migas con Dante a condición de que ésta hubiera cambiado el hábito por el traje cortesano de Beatriz; aunque a la humildad de la santa le viniera algo estrecha esa manía de Dante de saberse por encima de todos los mortales de su época.
El sol se está ocultando tras la ladera que tengo enfrente. Una pena, porque se está bien aquí, dándole a la lengua como en los mejores tiempos, oyendo el agua de la fuente en medio de este maravilloso silencio, lejos del “mundanal ruido”. Y es que todavía es tiempo frío cuando el sol no está a mano, como esta mañana que caminé enfundado en jersey y chubasquero hasta cerca del medio día.
Es hermoso caminar por estas tierras de España, sin prisa, sin otro cometido que mirar aquí o allá con las manos en los bolsillos, sin otra ocupación que contemplar lo que se va encontrando en el camino, hablando con el hombre que va con uno que decía don Manuel. De vez en cuando me pregunto si habrá necesidad de darse un respiro, o si por el contrario podría seguir caminando ininterrumpidamente durante meses. Hace poco planeaba atravesar los Alpes y sin embargo esta mañana se me ocurría que quizás podría seguir hasta... ya lo dije. No es un sueño irrealizable como antes, cuando era necesario asistir diariamente al trabajo, ahora casi todo es posible. La duda es que poco antes de salir de casa arreglé la parcela, plantamos rosales y sembramos unos cuantos parterres con montones de flores; y pensé hacer un pequeño laguito con una fuente cantarina al modo de los monasterios, y... y no puedo estar en dos sitios a la vez, ni en tres, ni en cuatro.
Veremos. Caminar es una forma de vida bastante completa, y más ahora que ocho o diez libros no pesan más allá de diez o quince gramos; ahora que se acabó el tiempo de cargar con una biblioteca ambulante que abultaba tanto o más que el resto de la impedimenta; ahora, además, que no tengo que esperar el final de la tarde para leer a Trapiello, a Roald Dalh, a Melville, a Teresa de Jesús, a Bretón; ahora que los libros me entran por las orejas y he descubierto el placer de hacerme a la idea de que los autores me leen personalmente desde lo más recóndito de sus tumbas; ahora que ya no están muertos porque me hablan a cada momento mientras hago una de las cosas que más me gustan de la vida: caminar.




































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