Coto do Andoriña o Pilar, 10 de noviembre de 2022
Tras la comida me tumbo al sol que entra por la puerta lateral
de la furgoneta como una bendición. No hay prisa, el techo de hoy, techo bajito
como el de mi cabaña, está ahí no más, trescientos metros de desnivel y ya
estaré en compañía de los molinos de viento. Viento amigo del que hace días
huyo tras el arduo forcejeo que él, yo y mi tienda mantuvimos sobre las cimas al
otro lado de los montes astures que mi furgoneta atravesó mirándolos de reojo no
fuera a ser que también a ella le tocará la lotería y tambaleándose diera con
sus morros sobre el asfalto, que todo podría ser dado el cabreo que se traía el
amigo Eolo y la furia con que arremetia contra todo bicho viviente los últimos
días. Que sí, que yo debía haberme acercado al puerto de San Glorio para
hacer una visita nocturna a Peña Prieta, y acaso también a Torre Blanca, pero
que tal como estaba el patio mejor me olvidé de ello hasta ocasión más propicia, que
visto que mi tienda las pasa canutas con el viento mejor no forzar la
situación. Así que mientras tanto la tarde de ayer me entretuve en sondear el
tema del viento en las tienda de campaña, acaso con la idea de tener a mano una
mayor protección en días ventosos y no encontré nada en Internet que me
convenciera. Lo más una Vaude testada con vientos de 78 kms/hora, que no era
suficiente y que además se subía a la parra en el precio. Después de la
experiencia de días pasados, sobre todo en el San Lorenzo, estoy empezando a
dudar que exista una tienda que cumpla los requisitos para resistir los vientos
que allí soplaron durante toda lo noche, con seguridad más de 100 kms/hora. Así
que estos días de vientos ponen en alerta mi inquietud. Que aunque por muchos
cientos y tormentas he pasado, mis huesos con los años se van haciendo más
exigentes y piden dormir con cierta seguridad en las cumbres.
Así que hoy, ya puestos en la tesitura de rizar el rizo con
los vientos, y por añadidura con los molinos, aunque estos sean de diferente
catadura que aquellos de don Quijote y Sancho, hoy correspondería referirse a aquel
célebre capítulo VIII de el Quijote en el que se habla del buen suceso
que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de
los molinos. Que puesto Cervantes, a la sazón preso por unas cuentas no del todo
claras en torno a la gestión de los suministros de aquella Armada Invencible, a
elucubrar desde su encierro sobre las locuras que de tanto en tanto visitan el
coco de los sapiens, es decir el confundir molinos de viento con gigantes, le
salió un brillantísimo capítulo que bien podría resumirse con eso que nos
sucede cuando confundimos el culo con las témporas. Dicen que de buenas
intenciones está empedrado el camino a los infiernos, pero como Cervantes, con
mejor humor que Calderón y no teniendo nada de atrabiliario, lo que quería,
supongo, era aliviar la larga y solitaria estadía en la prisión, hizo lo más
práctico y positivo que cabe hacer en tales circunstancias, a saber, reírse de
la humana condición tantas veces encerrada en esos sueños de la razón que
pintara Goya, cuando no en quimeras que tanto pueden venir del calentamiento de
los sesos, aunque también del sexo, como de ese sentido borreguil que acucia a
más de la mitad de los madrileños que no teniendo dos dedos de frente votan a
quien votan.
Son las cuatro pasadas y, teniendo ya mi crónica una extensión
pasada ya la mitad de lo que es el canon habitual, es decir, mis deberes a la
sazón ya encarrilados, creo que va a ser mejor que haga el macuto y me vaya
subiendo a las alturas junto a los molinos de viento. Pilar, el techo de La
Coruña, me reclama. Hasta dentro de un rato.
Bueno, ya está, nueva noche en las alturas. ¿Viento? Ni pizca.
Hace un rato le he preguntado a la encargada de la torreta de vigilancia de los
molinos que cómo era posible que con esta calma los molinos siguieran girando.
Me ha dicho cualquier cosa, creo que no lo sabía. ¿Las aspas las mueve el
viento o es el sistema que los mantiene en movimiento? Buena pregunta si la
trasladamos al ámbito humano. ¿Nos mueve nuestra propia voluntad o es el
sistema que nos mantiene en movimiento de un lado para otro. Entras en FB y el
sistema te está diciendo lo que tienes que hacer, comprar esto o lo otro, pedir
amistad a este o aquel, unirte o no sé qué grupo, etc. En Madrid la maquinaria
política montada por la derecha induce a considerar que la sanidad funciona de
pm, que la libertad consiste en poder tomarte una cerveza cuando te sale de las
pelotas. A las conciencias cada vez les mueve menos su propia voluntad, ese
viento que alimenta nuestro sistema energético, que ha sido sustituida por los
mercaderes de todo tipo. El mundo se retroalimenta en gran medida, cada vez más,
bebiendo de su propia estupidez. No es sólo que el planeta se esté yendo a la
mierda en buena parte por nuestra culpa, es que la estupidez poco a poco se
está convirtiendo en norma. Ayer mientras comía en un restaurante en la tele
apareció Trump que arengaba como uno de esos predicadores de Estados Unidos a
su pueblo, miles de personas, jóvenes y mayores aplaudían a rabiar. Lo dicho, la
estupidez incrementa su clientela a marchas forzadas. Ayer un amigo me decía
que él vive en Madrid pero que no quiere saber nada de los madrileños ni de los
acontecimientos que se puedan celebrar en la comunidad. ¿Por qué? Pues porque,
decía, con cualquiera que te puedas tropezar es un posible votante de la tal
Ayuso. ¿Tendremos en el futuro que construir bunkers, recintos en donde
encerrarnos para no sucumbir al contacto generalizado de la estupidez?
Esta noche me rodean los molinos de viento de Coto do Pilar o de
Andoriña, techo de La Coruña. Después de un día de pasear junto al mar y vagar
por las carreteras de la Galicia rural no está nada mal este final de jornada. Por
fin cesó el viento y puedo dormir con la puerta de la tienda abierta. En medio
de ella luce Júpiter.
A la mañana, un pelín antes de que el sol salga por el horizonte, me suena un guasap de buenos días del amigo Jorge, que hoy me despierta con una bella historia escuchada en un café. La canta Serrar y su título es Anduriña. El nombre de la cima en donde amanezco: Andoriña, una bonita casualidad despertarse en Coto de Andoriña con la música de Anduriña. ¡Gracias!, Jorge.
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