En el Mustallar, techo de Lugo. Los Ancares.

 


 

Un alto cercano a Burbia, 13 de noviembre de 2022

 

Como unos zorros che; sobre un cerro a donde subí con la furgo para acaso poder contemplar esos milagros del atardecer y el alba, que no lo habrá pero que por si acaso. Como unos zorros, y eso que iba prácticamente de vacío. Los Ancares son mucha montaña, largas marchas de aproximación, terreno apto para osos y jabalíes, pero también esa agradable impresión de estar estrenando el mundo. Así que la tarde transcurre masticando agradablemente ese cansancio que se me ha posado en el cuerpo tras ocho o nueve horas de trajinar monte arriba monte abajo por parajes más propios para alimañas que otra cosa.

Decía Alan Watts que la gente que va con prisa pierde la capacidad de sentir. Y que meditar es sacudirse toda prisa. Meditar es la atención plena al presente, sin juzgar.

¿Mi presente? La lluvia tras los cristales, la noche, una oscuridad absoluta en este cerro que he elegido para pernoctar. Mi cansancio poco a poco va pasando por el alambique de la tarde sin prisas, como dejando en el espacio de la hora pequeñas gotas de rocío. Estar con tu cuerpo, tus músculos, la lluvia, eso parece que es meditar, según Alan Watts.



Me hago un té y lo acompaño con unas pastas libres de gluten (ya empecé a ser selectivo con todo lo que atraviesa mi organismo). Mandar a los riñones la mayor cantidad posible de líquido; esa consigna. Esta tarde estoy en blanco, podría escribir los versos más tristes esta noche, escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos», pero Neruda está lejos de mí ánimo. También podría escribir sobre la bombachita colgando de la canilla del baño, esos versos de un tango que encontré en el muro de Néstor, pero no sé, lo mismo pensando en la bombachita y en lo que ésta suele cubrir, la imaginación se me iba por derroteros incompatibles con mi deseo de escribir. Paciencia. 


Escribe Pániker en su diario que en todos los momentos críticos de su vida siempre ha dispuesto de un aliviadero fundamental, el diario, la glosa intelectual de lo que le ocurría, la indagación. Si no consigo escribir, afirma, es que mi deterioro es realmente importante.

También dice en otro lugar que es una pauta bastante universal el que la gente cuando habla no suela saber lo que dice, que habla, o que escribe, porque tiene necesidad de hablar o escribir. Y no sólo se conforma con esas palabras, que dice a continuación que lo que es cierto es que pasamos la vida sin entender gran cosa de lo que sucede y apenas nada de lo que nos sucede. Con lo que apaga y vámonos.

Lo de la bombachita y la canilla lo canta así Adriana Varela 






En tu bulín de ermitaño aún te sigue faltando

La bombachita colgando de la canilla del baño…..

No te vayas a Sevilla

Que vas a perder la silla

y la alegría más bonita

De encontrar la bombachita

colgando de la Canilla.

 

La letra del tango me encontré nada más abrir el feisbuk, que es lo que hice cuando ya estuve cómodamente instalado y enterado por mis hijos y un amigo de la magnífica fiesta de Cibeles. ¿Y qué sería la bombachita? Anda que mira que haber viajado toda la América Latina y no saber qué era la bombachita, me dije tras la oportuna consulta.



Aunque sólo sea por coherencia con el título de este blog creo que algo debería decir sobre mi excursión de hoy. Me fastidió oír el despertador y tener así sin más que levantarme, algo que no suele entrar en mis costumbres, que más bien me gusta haraganear en el saco por tiempo indefinido. Miré por la ventana y bueno, nubes y despejado se repartían el cielo a partes iguales. La primera sensación cuando eché a andar fue la liviandad de mi macuto. La primera vez en mucho tiempo que mi espalda vivía el alivio de una carga insignificante. A poco dejé atrás los añosos castaños, alguno de los cuales, al decir de un paisano con el que estuve hablando, podía ser milenario, y enseguida tomaron el relevo los robles, que aquí y allá admitían en sus dominios algún acebo. Sus troncos cubiertos por llamativas barbas de viejo, tan vistosas ellas, y en las ramas a punto ya de caer al suelo el ferruginoso color de las hojas que ya dejaban un espeso manto sobre el sendero. La tarde anterior, cerca de donde había instalado mi campamento base, apareció un tractorcillo renqueando por la cuesta, bajaron de él un hombre y una mujer y, mientras ésta recogía castañas, el hombre sacó el recogesoplahojas, lo puso en marcha y se dedicó a despejar de hojas los castaños de los alrededores. Yo, todo extrañado, salí con mi pollo al ajillo en la mano y mientras daba cuenta de él me fui a que me explicara el paisano el porqué de lo que estaba haciendo. Despejan la base del castaño de hojas para abonarlo, fue su explicación. Al parecer los habitantes de Burbia aquí no se reparten el terreno sino los castaños. Una costumbre ancestral que lleva a sus vecinos a mimar a cada castaño del bosque como si fueran criaturas de su propiedad que necesitan como todo bicho viviente de nutrición y cuidados que yo desconocía, que pensaba que siendo ya tan mayorcitos los castaños ya habían aprendido a cuidarse solos.



Transcurren muchos kilómetros antes de que la comodidad del camino dé paso a un estrecho sendero que arremete por la empinada ladera entre los robles por parajes que el otoño ha cubierto de una cálida belleza por todos los lados. Robles, acebos, algún abedul aislado poniendo una nota de amarillo sobre el tostado de los robles. Más arriba la ladera está dominada por los brezos y los peñascales. Imposible dar un paso fuera del estrecho sendero antes de llegar al collado que comunica con Piornedo.

¿Y el viento? Pues sí. No exagerado, pero fuerte. Trescientos o cuatrocientos metros más de desnivel y la trocha termina haciendo cumbre junto a los mojones cimeros. No estuve ni dos minutos allí. Me fui a averiguar en la ladera opuesta a ver cómo se veía el descenso por allá, el track lo insinuaba, pero me encontré con unos contrafuertes rocosos que no me gustaron. Me di media vuelta y elegí volver por dónde había venido.  Tampoco el viento y el frío invitaban a otra cosa. En el descenso al collado me encontré con dos parejas que subían desde Piornedo. Nos saludamos: Está fresca la mañana, ¿eh?



















     

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