67 días caminando en el frío y la oscuridad

  

José Mijares 


Cercanías de Burbia, 14 de noviembre de 2022

 

(Las fotos del post son originales de José Mijares) 

Son las once de la mañana y en mi campamento base rula la idea de caminar una noche de 67 días consecutivos. Amaneció, me di por enterado y seguí enroscado en el saco pensando en las musarañas. El sol inundaba la furgoneta, pero era lo mismo, la ambigua idea de subir esta tarde a Peña Trevinca se había desvanecido anoche cuando consulté el tiempo que hacía en aquella región a caballo entre Zamora y Orense. Así que como no tenía otra cosa que hacer que hurgarme en el ombligo disfruté de lo que había, el sol. La furgo, que es como mi cabaña, donde el sol y el paisaje entra por todos los lados, es un lugar donde cuesta levantarse; ese contacto con los árboles, el cielo, el sol, el canto de los pájaros, me tiene agarrado con tanta fuerza que trabajo me da pasar a la posición erguida.

Total, acaso para dar diversidad a mis pensamientos, tomé el teléfono y, aparte de encontrarme con los rostros de dos sonrientes y queridos septuagenarios, mi amigo Jorge y su chica, allí estaba el también amigo José Mijares haciéndome repensar la tan diversísima condición del hombre con un relato de una aventura que me es totalmente imposible visualizar, porque no me entra en la mollera que un hombre sea capaz de caminar durante tres meses de invierno en la oscuridad por las heladoras tierras del norte. Levantarse cada mañana, un decir, en medio de la oscuridad con dos dedos de hielo en la tienda de campaña, desayunar, recoger y ponerse de nuevo a caminar en la oscuridad, aunque sea en la compañía de su perro.



José me va a permitir copiar aquí su entrada para que aquel que lea estas líneas comprenda de cerca de qué estamos hablando. Esto escribe en su muro:

“Ayer vimos el sol. Probablemente será la última vez que se vea por aquí arriba hasta el 21 de enero. Como mínimo. En una semana empieza la noche polar y la previsión para estos días no menciona otra cosa que nubes y lluvias.

Si os da bajón el invierno en España cuando anochece a las 5 o 6 de la tarde, imagínate no ver el sol en más de dos meses. Hay luz, eso sí. Una claridad “mortal y rosa” (si está despejado) que ilumina el día unas poquísimas horas y después la noche polar cubre el paisaje.

Algunas veces he salido con los esquíes y pulka para cruzar el paisaje durante la noche polar sin más compañía que Lonchas. Los parques nacionales de: Padjelanta, Stabursdalen, Reisa o las 54 jornadas que gasté a lo largo de Laponia avanzando a oscuras desde Rusia a Suecia me hicieron comprender lo que significa vivir sin sol.

Necesitaba vivirlo para entender a mis vecinos, aunque a ninguno se le ocurriría salir de excursión cuando hay noche polar. Acampar a oscuras y despertar en una tienda helada con dos dedos de hielo en las paredes a docenas de kilómetros de lugares civilizados es como vivir en otro planeta sin salir de este. En mitad de la noche sólo he encontrado a Samis cabalgando motonieves buscando a sus animales.

Da igual la ruta que hagas, cuando sales para recorrer un pedazo del mundo durante la noche polar, todo es nuevo. Nunca encontrarás un paisaje más solitario en toda tu vida”.



Y yo, tumbado al sol, esa luz que nos es tan imprescindible como el aire que respiramos y que ya Yahvé tuvo la inspiración de crear antes de cualquier cosa en el Universo, le comento a José:

Lo que realmente queda por descubrir y explorar es el alma de quien durante 67 días consecutivos camina en la oscuridad y se levanta cada "mañana" en una tienda con dos dedos de hielo en sus paredes.

De los libros de Messner lo que más aprecio es esa expresión de sí en la soledad de su lucha consigo mismo, su miedo, sus sentimientos a veces agarrotados, en otras ocasiones sus lágrimas emocionadas por el encuentro con él mismo. 

... Pero 67 días... ¡Dios! Intento imaginarme esos dos meses y medio que paso los veranos caminando solo por los Alpes, que ya es... pero en la oscuridad y mi capacidad de visualizar hace totalmente imposible llegar a imaginarme la situación.

Y si tu sensibilidad llega a donde llega leyendo "Mortal y rosa" el cuadro a imaginar es casi ya otro mundo.

Con tu relato vas a ocupar junto a Silvia Vidal uno de los lugares más relevantes de mi admiración. Odioso es comparar, pero ambas situaciones me desbordan.

Mi sincera admiración”.




Por demás un hombre que llora leyendo Mortal y rosa, me digo, probablemente guarda un arsenal de sensibilidades dentro de sí tal de con su relato hacernos profundizar en el conocimiento de los rincones más profundos y entrañables de la humana condición. Sí, de momento voy a ponerme a leer esa novela de Francisco Umbral que leí hace mucho tiempo con el solo propósito de seguir los pasos a esa sensibilidad de José que desde tiempo atrás se me ha descubierto como una fuente de inspiración, como un modo más de conocer nuestra condición, porque hartos como estamos a estas alturas de hablar del hombre, generalizando en extremo, como el estúpido bípedo que pudiendo hacer el amor constantemente hace la guerra, explota al otro o utiliza su cabeza como pandero sobre el que otros interpretan su música, es necesario volver las cosas a su justo medio, que tiene en cuenta la excelencia, la voluntad de hierro, la creatividad, la valentía, la bondad que también tantos sapiens derrochan a manos llenas a lo largo y ancho del planeta y que en definitiva nos vuelven de nuevo al optimismo de un mundo en donde la poesía, el valor, la belleza y el tú a tú con uno mismo pueden alumbrar vidas de una extraordinaria y atractiva creatividad.

Ejemplos para una vida que, asumida la complejidad de la existencia, crea de la nada la música, un cuadro, un estilo de vida cuya contemplación halaga nuestros sentidos.

Gracias, José, por las fotos, por el texto y sobre todo por esa magnífica fuerza que te habita y que compartes con nosotros.














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