Amantes




El Chorrillo, 10 de junio de 2017


El privilegio de andar últimamente en mis lecturas de un lado a otro de la historia de este planeta, de un lado a otro de las corrientes de pensamiento que han poblado el mundo desde su principio o tratando de averiguar cuál es la razón de que haya países paupérrimos mientras otros nadan en la abundancia, amén de dedicar unos breves minutos a la situación política del momento, confieren al lector, como si de un ermitaño subido a la cima de un monte se tratara, una perspectiva de la realidad nada desdeñable. Sin embargo esta realidad global, el universo, los países, los graves problemas mundiales no dejan de ser para el individuo de carne y hueso de una relativa importancia a la hora de considerar el círculo mágico de su intimidad y el estrecho espacio de tiempo que es nuestra propia vida.


A fin de cuentas, después de recorrer la calamitosa historia de nuestro país, o del mundo, lo mismo da, siempre un continuo expolio del noventa y nueve por ciento de la población por el restante uno por ciento, esa élite que a lo largo de toda la historia de la civilización logró acaparar la riqueza y el poder mediante el asesinato, la extorsión o la espada flamígera de la religión; a fin de cuentas, cuando uno sentado ricamente en su casa al atardecer considera estas cosas y de repente recuerda que él, pese a todo, tuvo el regalo en la vida de ser un amante de la montaña, amante también de sus hijos, de su pareja y agradecido compañero de tanta gente con la que hizo amistad o trató; a fin de cuentas, después de todo, y pese a los imbéciles de solemnidad que quieren hacer de rey Midas en el reparto teatral de la existencia (siempre es oportuno citar aquellos versos de Macbeth: "La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye, un cuento narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa"), pese a los imbéciles, decía, cuando desde la madurez y la experiencia uno mira la vida y de repente se ve fugazmente sorprendido, por ejemplo, por la caricia de ese amor a la montaña que se le instaló en el alma en los tempranos años de su juventud, sucede que la realidad que es el mundo y sus circunstancias acaso sean poca cosa si la comparamos con esa intensa relación con las montañas, los bosques, los glaciares, los arroyos, los vivacs bajo las estrellas, que experimentamos y late en nosotros a lo largo de toda nuestra vida con la delicada asiduidad de un amor que será sin lugar a dudas, ahora sí, hasta que la muerte nos separe.


Nuestra afección a la montaña nos salva de la mediocridad, nos ennoblece. El que quiera porqués y no haya recibido el don, porque don es el haber sido tocado por la gracia de tal amante, no tendrá más remedio que tratar de experimentarlo por sí mismo para saber de qué hablamos. Ergo, cójase una mochila, métase en ella cuatro cosas necesarias para protegerse del frío, alimentarse y proteger los pies de las caminatas y tome alguno de los caminos que se adentran en nuestras montañas; camine, respire la fragancia de las jaras, sude, escuche la brisa en las ramas de los árboles, admire, déjese encantar por el mantra del sonido de los riachuelos, por el canto de los pájaros, por la delicadeza de las flores. Y después de todo esto, cuando la noche vaya esparciendo su cálido abrazo de silencio, busque un claro en el bosque junto a un arroyo, tienda el saco de dormir sobre la hierba y, después de cenar, tendido bajo el manto de las estrellas, contemple hasta que el sueño venga a sus ojos el cielo, escuche al cárabo, el rumor de las hojas, el silencio de la noche. Quizás esa misma noche un duende le sugiera la posibilidad de escalar alguno de esos riscos bajo cuyas paredes atravesó durante la caminata de la tarde; quizás esa admiración por el entorno, la belleza, la esbeltez de un roble, la elegancia de un pino que se retorcía en las alturas, y que fue naciéndole por dentro mientras caminaba lo toque con sus dedos de nieve; quizás, como una inspiración que naciera del fondo de la humanidad del hombre primitivo que todos llevamos dentro, surja en él la necesidad de probar su arrojo encaramándose al cálido granito de una pared que se eleva hacia el cielo como una enamorada que intentara seducir al durmiente con el encanto de sus dones.


Las redes sociales tienen su gracia a veces. Un día, además de unos pocos amigos con los que compartes esto y lo otro, descubres que más allá de esos círculos se esconden montones, miles de amantes, montaraces amantes, quiero decir, de los que ni de lejos sospechabas su existencia. Así que coges el petate y te dedicas a investigar aquí y allá y de repente descubres que eso que tú sientes por la montaña, eso mismo, lo comparten aquí y allá multitudes, gente que no conoces o que conociste y la memoria los perdió entre los vericuetos del tiempo; y así entras en algunos grupos de amigos de los Pirineos, de los Galayos, del Guadarrama, de antiguos socios de algún club de montaña y descubres que por allí, entre una entrada u otra, un recuerdo de hace muchos años o una travesía en esquís, un aficionado a las flores o a los pájaros, un antiguo compañero de cordada, amantes todos ellos que comparten a diario su experiencia, sus recuerdos de enamorado, su entusiástica devoción.


A veces me pregunto si esto de la afición a la montaña no tendrá algún tipo de connotación religiosa. Al devoto, amante o aficionado a los valles y a los montes, cuando camina solo o en compañía no es raro que llegue un instante en que las sensaciones y los sentimientos se le arrebolen por dentro hasta el punto de sentirse como dentro de un santuario. Habiendo vivido decenas de tormentas en alta montaña en completa soledad, por ejemplo, no me sería difícil encontrar algunas concomitancias que tales experiencias pueden tener con el arrobamiento que podemos suponer en místicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Tampoco sería dificultoso encontrarlas con eso que llamamos enamoramiento; esos tiempos en que te pasabas de lunes a viernes pensando en las ascensiones que harías el siguiente fin de semana, cuando el empeño en hacer determinado recorrido en la Amezúa o la Aguja Negra ocupaba una gran parte de tu tiempo mental.

Lo que sí parece cierto en cualquier modo es que la multitudinaria presencia en las redes de amigos del monte lo que denota es una fidelidad de amantes a prueba de bomba.

2 comentarios:

Francisco Sanchez dijo...

Como siempre, y mientras desayuno, hoy un poco más tarde, anoche estuve hasta altas horas mirando las estrellas, y explicándolas a un grupo de personas.....
Y estoy contigo, la mezcla de montaña, estrellas y amigos es letal, pero aun así siempre volveré a ellas.
Buen día.

Alberto de la Madrid dijo...

Igualmente, que tengas un bonito día.