Pontones, 06/07/10



Hoy es la ceja del puente de Pontones, la que protegiendo mi siesta del sol, ha empezado a tambalearse haciendo peligrar mi ganado bienestar a la sombra del puente, puente sobre el río Seguro, allá cuando todavía es un infante y recorre distraído y apenas sin ruido el centro del pueblo, cuyas casas se reflejan en él recogiendo de paso el frescor que la corriente va dejando a su paso. El mismo frescor que me llega a mí desde que decidí bajar a hacer la digestión del cordero asado con ajos que me había metido entre pecho y espalda en el mesón del lugar.



Adaptar el ritmo de mi andadura a las circunstancias está siendo un acierto, circunstancias especialmente significadas por el calor, lo que hace que tenga que preveer evitar por completo las horas de calor.
Mi caminar de hoy comenzó cuando apenas había empezado a amanecer. De pronto la pista por la que ascendía se cortó y me encontré completamente desorientado. El gps, que es un poco lento en despertar y suministrar los datos que necesito, tardará todavía cinco o diez minutos en encontrar sus satélites; le sucede siempre que el terreno es algo escabroso. Así que a tientas me voy hacia el final de una pequeña esplanada; en el tronco de una encina hay clavado un viejo cartel que en la oscuridad acierto difícilmente a leer, dice: CAMINO MUY PELIGROSO. El terreno es abrupto y suenan cerca las aguas de un riachuelo. Al fin descubro una pequeña la senda a mi izquierda. Será al cabo una agradable sorpresa. Cuando en uno de estos montes uno agarra una pista, que siempre resultan algo pesadas y reiterativas, se piensa que esa misma pista te va a llevar derechita hasta el pueblo siguiente. Craso error en este caso, del que me alegro enormemente, pues resultó uno de los paseos más bellos de este recorrido andaluz. Peligroso en absoluto, pero sí enrevesado, subiendo por una empinada canal, atravesando quebradas, pastizales abandonados, discurriendo bucólicamente, cuando el sol ya había dorado las cumbres, por un terreno carstico que recordaba alguno de los bellos parajes del Pirineo Navarro, allá por los altos de Belagua.




Como no hace un calor excesivo creo que aprovecharé para acercarme un poco a Santiago de la Espada, mi siguiente destino, buscaré un lugar especialmente atractivo en donde pueda seguir leyendo los versos de Lezama Lima, un encuentro más que literario, musical, por el que fui sorprendido esta mañana mientras bajaba un sendero salpicado de rocas como pintadas a la cal y quejigos oscuros. La muerte de Narciso, el título del libro, no es en un buen sentido de la palabra, literatura, tiene que ver más con el sonido y sus cadencias, con el ritmo de las palabras agrupadas, quien sabe si arbitrariamente a veces, con la sonoridad de determinados vocablos, con la imagen provocada por un verbo sin una ilación clara. Música hecha por el músico Lezama, a quien es imposible leer en su narrativa ignorando la importancia que ésta tiene en sus novelas. Así que el cometido de esta tarde es encontrar un promontorio, prado, lugar especialmente dotado donde las musas puedan expresarse a sus anchas, y yo, por tanto, asistir al encuentro eucarístico con la poesía-música de Lezama Lima.








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