El Chorrillo, 16
mayo
Una tormenta barre el cielo de mi cabaña, inesperada, en
mitad de mi siesta. Me despierto, escucho, oigo llover. Apenas dura nada. Recuerdo
otras muchas tormentas, casi siempre aquellas que me persiguieron cada
tarde durante semanas en el Pirineo Francés; también durante alguna travesía de alta montaña. Todas ellas han quedado grabadas en la memoria de
parecida manera a como quedan en nuestro recuerdo los momentos más significativos
de la infancia. Probablemente la tormenta sea uno de esos fenómenos que mayor
impresión dejan en nuestra sensibilidad, nuestro cuerpo entero. La grandeza, la
majestuosidad con que ocupa nuestro espacio interior, cada rincón de un valle,
las montañas, su rincón más escondido; la intensidad, el sobrecogedor
despliegue de decibelios y la rotundidad inequívoca con que restalla siempre hace de ese momento para quien ha vivido en
solitario bajo la leve tela de una tienda minúscula de vivac, uno de esos instantes
que difícilmente se pueden olvidar.
Sin la vivencia de estas tormentas sobre mi cabeza dentro de
una tienda o cobijado bajo algún refugio de ocasión creo que mi vivencia global
de la naturaleza quedaría muy incompleta. Mi experiencia de una de estas
grandes tormentas a cuatro mil metros en la cresta somera de la Meije, en el
Delfinado, o en otra ocasión sobre la cima del Bernina son circunstancias que
acercan, creo yo, a una especial comprensión de la vida.
Y entra la hortelana con la merienda poco después de ese
pequeño cataclismo primaveral y me cuenta, ella que está muy al día de lo que
pasa por el mundo, que nos vamos a quedar sin trenes; y es verdad, pero a mí el
asunto de los trenes me suena a chino en este momento sensibilizado como estoy
por la aparición en mi siesta de este regalo de truenos y rayos en el que
cualquier programa de conciertos en el Auditorio Nacional quedaría como una
leve cancioncilla ante el esplendor inesperado de la tormenta.
Pero no era de tormentas de lo que yo pretendía escribir
cuando comencé con estas líneas; de lo que trataba era de filosofar un poco
sobre... sobre ¿cómo decirlo? Desde que este invierno comencé a caminar al
norte de Sevilla me he encontrado con tanta gente que hace del camino y sus
aledaños una forma de vida, que uno no puede dejar de plantearse alguna pequeña
cuestión. Un canadiense que deja su residencia, una pequeña isla al sur de
Vancouver al otro lado del mundo, para pasar parte del otoño y el invierno
atravesando Francia y España a pie; un sacerdote, el cura Blas de Fuenterrobles
de Salvatierra, que dedica su tiempo y su esfuerzo a los peregrinos, al entorno del Camino de la
Plata, a dar vida a una asociación de arrieros cuyo cometido es llegarse a Roma
o a Laponia en mulo; otro sacerdote, el padre Ernesto, un rostro patriarcal que
recuerda al Moisés de la película de Cecil B. DeMille, en Güemes, que concentra
en su albergue el mejor espíritu del Camino en la variante norte; dos
peregrinos con los que tropezamos cerca de Santiago que llevaban acaso una
década pateando Europa en un ir y venir a Roma o al otro extremo de la
península; en fin nosotros mismos, Ramón, su cuadrilla y un servidor haciendo
de nuestra ociosidad un interminable ir y venir por el mundo.
Para mí estas cosas han sido siempre difíciles de
encuadrar dentro de un sistema racional, ese cajón en donde por nuestras
latitudes pretendemos meter todo, ¿por qué subimos montañas y corremos ciertos
riesgos y peligros?, ¿por qué así, de
bóbilis bóbilis, se nos ocurre salir un buen día caminando desde Montserrat
para llegar a una lejana ciudad situada en la otra parte del país?, ¿por qué...
en fin, tantas cosas que hacemos y para las que raramente encontramos
explicación, aunque obviamente etc., etc.?
Las cosas se presentan como si una corriente de
irracionalidad fluyera por nuestras venas y por nuestro espíritu llevándonos de
acá para allá sin que nuestra racional racionalidad, tan lista ella, venga a
comerse dos roscas de lo que está sucediendo dentro de nosotros. El otro día,
caminando entre Bolea y Huesca estaba jodidísimo y, sin embargo, quitando al
final del todo cuando era evidente que no podría continuar mi camino, mi
problema era los interrogantes que se me planteaban para las jornadas posteriores,
qué pasaría si persistía el dolor, asuntos así.
¿Qué cosas tan curiosas suceden dentro de uno, no? ...Y ni
las prestamos atención, y nos despertamos y nos vamos a trabajar o nos echamos
al monte como las cabras, o decidimos hacer de hospitaleros por una década... Y
no se diga que sí, que nuestra razón es la que nos dice esto o lo otro, que
sería en el mejor de los casos, pienso yo, una verdad muy a medias. Sucede con
frecuencia como si la relación entre lo que sucede en el neocortex y lo que de
hecho ¨nos pide el cuerpo¨, ese llamado que hace que se apodere de nosotros un
proyecto, una decisión importante sin la apenas participación de la razón;
sucede como si esa relación estuviera llamada no sólo a ser conflictiva sino
que de hecho nuestra razón y nuestra intuición y deseos más queridos, más locos, fueran cada uno a su bola.
Miro por la ventana de mi cabaña y encuentro todo tan
delicadamente bonito: el bosquecillo de las acacias, las adelfas, las
hortensias preparadas para florecer, el huerto esperando las plántulas de tomates y pimientos, los pájaros visitando durante todo el día el comedero
de las pipas que instalé frente a mi mesa de trabajo; tan atractivo para seguir
todas las mañanas trabajando un rato en la parcela, que vuelvo a preguntarme lo
que me pregunto siempre a menudo: ¿por qué no seguir el camino en el otoño, en otro momento, dejando transcurrir la primavera en mi propia casa? Pero la
cosa no cuela, hay otro imperativo por ahí, que sin la asistencia de mi
voluntad consciente parece que dice algo diferente.
¿Será caminar, subir montañas, pasear junto a los
acantilados o recorrer las dunas de Fuerteventura, los barrancos de La Palma un
mandato interno, el efecto de algunos genes que hacen y deshacen a su antojo en
mi cuerpo, imponiéndome un estilo de vida, una manera de ver el mundo que poco
tiene en común con el modus vivendi
al uso?
El tema da para dedicarle todavía lo que queda de tarde y
parte de la noche, pero me detengo aquí. Hacer de la vida un arte es un asunto
complicado para cuya enseñanza no hay universidad que valga, pero tengo la
impresión (me llegó precisamente hace un momento una invitación al Facebook de
Luis, uno de los amigos que encontré después de Bolea en el Camino Catalán) de
que los muchos Caminos de Santiago que recorren Europa y que encauzan hombres y
mujeres de todo el mundo, sí pueden ser
una buena escuela para ese arte del que hablaba más arriba.
7 comentarios:
A ver Alberto que te parece este razonamiento, a la pregunta de tu blog:
Se trata de una forma violenta de reacción contra la vida mecanizada y la mediocridad del vivir cotidiano. Se trata de una búsqueda que esconde un intimo descontento, una insatisfacción de la vida que creemos vencer alcanzando cumbres, o caminos solitarios, superando dificultades cada vez mayores para engañar por un momento la conciencia de la inutilidad de todas nuestras acciones y hasta de la vida misma.
No sé, probablemente haya muchas razones y no todos tengamos las mismas. El auge del alpinismo en Europa, cuando la conquista de las grandes paredes de los Alpes, tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial y fue llevada en gran parte por alpinistas alemanes. Probablemente lo que argumentas les venga bien a aquellos pioneros y, desde luego, a muchos otros alpinistas de nuestra época. Como anotas, la insatisfacción de una vida que no nos llena, que carece de una fuerte motivación y en donde el individuo masa parece destinado a ser un elemento sin mucha consistencia, sin una conciencia de sí mismo suficientemente satisfactoria es importante; todo esto puede llevar a realizar actividades en donde el individuo sí puede experimentar su yo y recibir de ello una fuerte compensación. El individuo superando dificultades se pone a prueba y como resultado de ello siente un importante estímulo personal. Es un elemento. Pero el asunto es complejo y podría haber muchas otras explicaciones.
No comparto, sin embargo, esa finalidad que apuntas de que sea para engañar la conciencia de la inutilidad de nuestras acciones o de nuestra vida. El que la vida no tenga ninguna finalidad no veo que tenga que ser razón para que nos pongamos a subir paredes o emprender dificultosas actividades. Yo lo veo de una manera más natural, escalar, caminar en determinadas circunstancias lo siento más como un acto creativo. Te sale de dentro pintar, escribir, caminar, enfrentarte a dificultades, a largos proyectos de caminos; te sale de dentro, te expresas y expresándote tu yo adquiere mayor significación, más consistencia de sí. Yo pienso que somos unos seres más en este conjunto de vida del planeta que nacemos, nos reproducimos y morimos sin más finalidad que reproducirse y volver a morir, pero con la excepcional ventaja sobre el resto de los animales de poseer autoconciencia y capacidad para crear. lo cual genera en nosotros un sofisticado placer del que carecen los otros seres.
La curiosidad y nuestra creatividad quizás sean tan fuertes como para empujarnos a hacer locuras. Creo que el tema es interesante, acaso trate de desarrollarlo en algún momento.
Alberto te añado una reflexión de Gerardo Blazquez que hizo en su día sobre el Alpinismo:
Es solo la irreprimible e intrínseca necesidad de lucha que todo hombre porta consigo. Y precisamente, en este "combate por lo inútil" en esta experiencia de una irracionalidad absurda, en un forceo contra las potencias libres de la naturaleza donde una vida mas allá y sobre si misma, elevándose por encima de todos los rascacielos de inmundicia y bajeza que invaden el mundo, hasta sentir en la propia carne una dolorosa y exultante fricción con limites de silencio.
Esto es Alpinismo, lo otro puro ejercicio de higiene para el hombre de "empresa" ventile su organismo intoxicado.
(Gerardo Blázquez)
Ante todo que me alegre ver aquí escrito el nombre de Gerardo Blázquez del que no sabía nada desde los tiempos en que nos veíamos en Galayos o Gredos. Creo que en mi última novela escribí algo sobre él precisamente, un recuerdo que me vino de una alta ruta en donde hasta el aliento se helaba.
Estoy plenamente de acuerdo con su reflexión. Quizás a algo parecido llamo yo necesidad de expresarnos, de ser nosotros, lo que encierra en todo caso un verdadero acto de creación. Cuando dejé de ver a Gerardo estaba en situación de dedicarse a la pintura. No sé qué hizo después pero me parece que en su cerebro esta idea de pintar debía de guardar cierta relación con el hecho de escalar.
En la cita de Gerardo yo sólo suprimiría ese "elevándose por encima de todos los rascacielos de etc." No necesitamos nada de eso para poner a prueba nuestro cuerpo y nuestra alma en el ámbito de la montaña.
La verdad es que con este ejercicio se ve uno gratificado, pues van saliendo los amigos de la juventud poco a poco y creo que eso es bastante importante. Fuerte abrazo y animo, que todo se pasa, el tiempo es la mejor medicina.
Alberto sobre lo de "engañar la conciencia de la inutilidad de nuestras acciones o de nuestra vida."
Estoy de acuerdo contigo, lo que pasa que hay casos de Alpinismo extremo, como fue el de Walter Bonatti, y otros. Que si pudieron llegar a ese extremo.
Sí, a Bonatti le putearon lo suficiente como para que no quisiera saber nada del mundo.
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