Jimena de la Frontera, 25/04/10



Las del alba serían; más bien un buen pedazo antes, cuando un servidor comenzó hoy a caminar. Aliviado algo del menisco y ya con el viento amainando, comencé a subir la trocha que dejara abandonada semanas atrás. Bajarse del taxi y entrar en el mundo de los pájaros y la oscuridad, fue todo uno. Toda la pajarera de El Chorrillo parecía haberse venido aquí a hacerme compañía en estos primeros pasos por los Alcornocales.
Mis cascos colgaban de la parte trasera del macuto como un aditamento más contra el viento que, en aquellos días no me había dejado ni leer ni escuchar música. Así que trocha nocturna en mi primer día de marcha, a lo lejos los gallos tirando del alba, ladridos de perros, el motor de una motocicleta con alguien camino del tajo. El ruiseñor orquestando, penetrando armonioso la noche.


Le pregunté al conbductor del autobús, probablemente rumano, por la hora en que amanecía, y me contestó que no sabía, que a las nueve o a las díez de la mañana; andaba más despistado que yo. Un marroquí me despertó amablemente en el puerto de Algeciras, hemos llegado; tenía una sonrisa encantadora.
Camino hacia el castillo de Castellar, una prominencia que sobresale sobre todas las tierras del lugar. La fragancia de los eucaliptos viene a mí en un curva del camino; el día que empieza a clarear entre las ramas de las encinas. 


 
Día largo, muy largo, empezando por un también largo viaje en autobús que me depositó a las cinco y media de la madrugada en una solitaria y lúgubre estación de autobuses, donde no se veía en la oscuridad ni un alma. Después todo fue rodando poco a poco hasta convertirse en un muy agradable paseo por las sierras gaditanas. La subida a la eminencia del castillo de Castillar por una vetusta calzada muy bien conservada que zigzagueaba entre tojos, alcornoques, encinas y una pequeña selva de jaras ya en flor. Me como un bocadillo de queso y pato trufado en alguna de las lomas que se alzan sobre Jimena de la Frontera, pero no está muy apetitoso, y menos después del capricho que me di esta tarde para curarme del cansancio de la mañana, un enorme entrecot, una exquisita sopa de tomate, tarta de queso, y todo ello regado con tinto de verano, amén del café, no muy bueno, pero qué se le va a hacer. Decía de la calzada, sí, donde más arriba me salieron tres perros con muy mala hostia que me hostigaron hasta ponerse a un escaso metro enseñándome todas las fauces como dispuestos a acabar conmigo. Cierta práctica he aprendido con esto de caminar arriba y abajo el país, pero aun así. Con una mano brandí el bastón y se lo aproximaba a los hocicos mientras al más atrevido se le desfiguraba el rostro dispuesto a morder, mientras con el otro me disponía a asestarle un enorme estacazo sobre la cabeza. Tres perros furiosos no son ninguna broma; pero pronto vino una solución mucho más drástica, avisté varios pedruscos más arriba y me fui derecho a por ellos, dispuesto a romperle la crisma a alguno si se aproximaba un centímetro más. No hizo falta, sólo bastó tomar la piedra en la mano para que los tres se pusieran en fuga. Acostumbrados deben de estar a alguna pedrada, ya se vio. Una leyenda sobre un panel hace algo de historia y dice que desde allí ejercían vigilancia sobre las tierras del Campo de Gibraltar y la costa. Buena vista debían de tener aquellas gentes para ver lo que pasaba junto al mar...
Poco después de dejar a mis espaldas el castillo, definitivamente decidí que tenía que perderme; soporto malamente el asfalto y los puntitos de tracks de mi gps, de momento no ofrecían otra alternativa, así que, con muchísima precaución, mi rótula no perdona, tiré por un empinado talud que se metía en entre las frondosidades del bosque y me fui abriendo paso en un bello paisaje de robles y encinas. Abajo, las lomas se dulcificaban y suponía yo que tenían que terminar en algún momento con darse con la vía del tren. Cuando el terreno se hizo más tranquilo, volví a mi libro, no hacían falta los cascos antiviento que me compré el día anterior, y que colgaban aparatosos de la parte trasera de mi macuto. Bolaño, Los detectives salvajes, el volumen que tomé para alternarlo con La busca del tiempo perdido, y cuya lectura me fue sugerida por mi amiga Raquel. Raquel y yo nos ponemos poco de acuerdo, sobre todo cuando hablamos de política, pero también en nuestras lecturas. A mí me dio por ponerle peros a Borges, que últimamente me gusta bastante menos, y ya tuvimos cosa en la que discrepar, y todo porque cuando entró en la librería en la que habíamos quedado, yo tenía un libro de Bolaño y ella le situó a la altura de Borges, cosa en la que se pasó un pelito, que aunque me guste menos Borges, el señor Bolaño, por favor, nada tiene que ver, ni mucho menos, con el la escritura de Borges, mucho más sustancial y trabajada. Bueno, pues con Bolaño me despaché casi todo el día mientras el risueño paisaje de sierras y lomas, de pastizales moteando el llano, iba discurriendo bajo mis mies.
Mi vivac de esta noche está guardado por dos enormes centinelas, grandes alcornoques, que como sombras quijotescas velarán mi sueño.




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